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LA MONTAÑA MÁGICA

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Portada de LA MONTAÑA MÁGICA

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Autor: THOMAS MANN
Título original: Der Zauberberg
ISBN/ASIN: 9788435017336
Género: Literatura contemporánea
Editorial: EDHASA
Fecha de publicación: 1924
Fecha de edición: 2006
Número de páginas: 1051

Sinopsis:
La acción de esta novela transcurre en un sanatorio de tuberculosos en Zauberberg, que recientemente ha sido noticia por su cierre definitivo, donde coinciden dos primos de caracteres muy distintos. Más que en los sucesos (el conocimiento con Clavdia Chauchat o con una pareja de peculiares y enfrentados pensadores, los pequeños conflictos generados por la convivencia entre personajes de muy distinta procedencia, el goteo constante de fallecimientos, etc.), el interés de la novela reside en la perfecta reproducción de la vida interior, afectiva e intelectual, de la amplia galería de personajes que despliega Mann ante los ojos del lector, todos ellos perfectamente individualizados e interesantes por sí mismos. A partir de ahí, las reflexiones sobre temas muy diversos que van desde la política hasta la estética, pasando por la naturaleza del tiempo, aportan una visión panorámica de la Europa de la época, con una profundidad realmente extraordinaria en la literatura de todos los tiempos.

 
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IN IILO TEMPORE
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Hace ya varios años, tres o cuatro quizá, que leí LA MONTAÑA MÁGICA, entonces aún no había leído MUERTE EN VENECIA, MARIO Y EL MAGO, ni tampoco LOS BUDDENBROOK y por lo tanto fue mi primera lectura de Mann y mis expectativas eran en aquel momento, eso mismo, expectantes, no tenía ideas previas ni positivas ni negativas.

El libro es largo, más de 1000 páginas, pero no se me hizo pesado en ningún momento, y a pesar del tiempo transcurrido recuerdo perfectamente su lectura por lo que no me cuesta nada hacer una reseña, en absoluto. De hecho, recuerdo exactamente lo necesario para hacerla, es decir, conservo esa impresión de haber leído algo con sentido cabal, que tiene un significado profundo y que por esa autenticidad sigue ahí, impreso en el cerebro. Y recalco estas cosas por que soy irremediablemente olvidadizo, y de muchísimos libros queda tan poco en mi memoria, que difícilmente podría hacer una reseña de tres o cuatro líneas.

Empezaré por el principio, por la herramienta primordial del escritor que es el lenguaje. Thomas Mann es, en mi percepción particular sin ningún género de dudas uno de los escritores que se expresan con más claridad; su prosa es transparente como el agua, sus frases no se complican, ni se retuercen, ni se alargan, su objetivo es transmitir una historia de tal forma que se capte por el lector de la manera menos esforzada posible; así pues su escritura es sencilla huyendo de las complejidades. Pero, no sólo un texto claro debe utilizar la gramática de forma sobria para ser bien entendible, también los conceptos han de estar ordenados y debe haber una intención de no exponer ideas excesivamente confusas, o en una secuencia inadecuada, de lo contrario el idioma sufre y se empieza a torturar para resolver esas complejidades. Esto último, bien hecho, sería, sí se diera el caso, otra forma de entender el arte de la narración, igual de digna que la de Mann y que además da lugar también a magníficos escritores, algunos de mi gusto como H. James, por ejemplo, y otros no tanto como Juan Benet. Pero ahora hablamos del autor alemán y su estilo está claro que apuesta por la sencillez expresiva y por la racionalidad en la exposición de las ideas y los hechos.

Son muchos los detalles que me vienen a la mente hablando de LA MONTAÑA MÁGICA, pero el más recurrente, el que más huella deja quizá es el del “tiempo” como tema de la novela, naturalmente me refiero al tiempo cronológico, no al atmosférico aunque también éste tiene algún papel importante en la novela. Es impresionante ver como el escritor juega durante mil páginas con un concepto tan etéreo, tan inaprensible, como es el transcurrir inacabable de los días, adjudicándole un papel que compite en protagonismo con el propio Hans Castorp. Los personajes se sumergen allí en una especie de nube espesa que hace perder la noción del tiempo, digo nube porque parece un elemento más confuso que desoriente a los sentidos, pero en realidad es la propia montaña la que ejerce ese papel desorientador, La novela se supone situada en Davos, la estación invernal suiza centro del turismo alpino de más alto nivel, que en aquella época debía estar más centrada, sobre todo en verano, en el auge de los sanatorios antituberculosos, para los que entonces se recomendaba el aire seco y puro de la montaña; aunque lógicamente también se usaba para la creciente afición a los deportes de nieve y hielo en invierno.

Hay otro elemento fascinante, tal vez un poco mágico, que es el edificio. No sé por que me viene a la mente el hotel de EL RESPLANDOR, la película de Kubrik, no por que se parezca, sino por esa común percepción en ambos casos de que la edificación tiene personalidad propia. Es un sanatorio pero se comporta como una residencia donde las personas pasan a hacer su vida diaria como si estuviesen en su casa y ésta les acoge con calidez a pesar de su esencia clínica. Aquí están sus terrazas donde han de tumbarse en la hamaca plegable por prescripción facultativa y convenientemente tapados con manta porque puede ser baja la temperatura. Están sus salones donde llevarán una actividad social digna de los salones parisinos proustianos; estará también el comedor que da confortable continuidad a esas reuniones, agrupándolos por mesas; están lógicamente también la clínica y el despacho del director, especie de sanctasanctórum de la religión médica. Este ente arquitectónico, es el medio en que se sitúa la mayoría de la acción, y cuando terminas el libro te parece que fuera también tú propia casa.

Pasando a los personajes, hay algunos que están entre los mejores de la historia de la literatura; Setembrini es el mejor, es la voz de la experiencia, de la sensatez, pero también de la bondad y de un cierto inconformismo congénito; el director del sanatorio con su ambigüedad calculada también me encanta y tengo pasión por el personaje femenino, la rusa Claudia Chauchat y su enternecedora relación medio platónica, medio pasional, con el protagonista, el cual a su vez parece medio homosexual.

¿Cuál es el tema del libro? Se preguntará todo aquel que tenga alguna intención de leerlo. Básicamente, la estancia en el sanatorio de una serie de personajes enfermos de tuberculosis, esto es obvio, pero a partir de ahí poco más se podría decir de una forma sucinta. Porque en este sentido creo que a LA MONTAÑA MÁGICA le pasa un poco lo mismo que a A LA BUSQUEDA DEL TIEMPO PERDIDO, que sí lo vas a ver bien, no tiene prácticamente un argumento definido; desde luego ocurren cosas, pero nada que se pueda definir claramente con una descripción hilvanada. Simplemente pasa el tiempo y los residentes se relacionan socialmente y afectivamente entre ellos y charlan sobre cualquier tema posible. Sacar de algo tan poco definido un libro tan jugoso, da una idea de la capacidad de Mann para utilizar su creatividad y tejer casi hasta el infinito esa maraña de intensas relaciones humanas que se forma en la novela. La diferencia con Proust y su superlibro es que por razones de extensión (más de tres mil páginas) y del lenguaje que utilizan uno y otro, radicalmente distinto, mucho mas legible el del alemán y mucho más intrincado (aunque impresionante) el del francés, LA MONTAÑA MÁGICA es un libro de mucha mayor divulgación; que yo me atrevo a recomendar abiertamente a todo el mundo. Sin duda es uno de los libros que más me gustó hasta el presente.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 9