En sopadelibros.com utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu navegación.
Si continúas navegado por la web, consideramos que aceptas su uso.
Para cambiar la configuración del navegador y/o obtener más información del uso de cookies en sopadelibros haz click aquí.
loading Enviando datos...

LA HERMANA SAN SULPICIO

8
1 votos
Portada de LA HERMANA SAN SULPICIO

Comprar LA HERMANA SAN SULPICIO en Amazon.es

Autor: ARMANDO PALACIO VALDÉS
ISBN/ASIN: 8423900762
Género: Romántica
Editorial: ESPASA - CALPE
Fecha de edición: 1939
Número de páginas: 291

Sinopsis:
Desde su Viana del Bollo natal llega al Balneario de Marmolejo el doctor Ceferino Sanjurjo, dispuesto a beneficiarse de las saludables aguas del establecimiento. Allí, entre otros residentes, se encuentra la Madre Superiora del convento sevillano del Corazón de Maria, a quien acompañan dos hermanas jóvenes de la congregación. Desde el primer momento, el doctor Sanjurjo queda fascinado por una de las monjitas, la hermana San Sulpicio, quien a su belleza poco común une una chispeante alegría y una voz excepcional.

Ficha creada por Mayte

 
Ordenar reseñas:

UN GALLEGO DESPLAZADO
5 con 3 votos

Cuando pensaba en «La hermana San Sulpicio», me venían a la cabeza reminiscencias de un pasado borroso y lejanísimo. Tras su lectura se ha desvanecido toda aquella detestable carga folklórica derivada del cine, que no está en la novela por mucho que el tema roce lo religioso y la acción transcurra en Sevilla.
Armando Palacio Valdés fue uno de los escritores de la generación que cultivó la novela realista en la España de finales del siglo XIX, y hoy no es, ni el más conocido, ni el más celebrado. Pero eso, no fue siempre así; en su época, fue uno de los escritores españoles más renombrados. Junto a Vicente Blasco Ibáñez, el más conocido fuera de España y el más traducido a otros idiomas. Sin embargo, pese a su éxito indudable a nivel popular dentro y fuera de España, para la crítica quedó en buena medida estigmatizado por su carácter sencillo y conservador, su escritura fácil, y unas inquietudes perfeccionistas e innovadoras bajo mínimos.
Las novelas de los dos escritores mencionados, fueron llevadas al cine como consecuencia directa de su popularidad. En el caso de Blasco, es conocida la versión de «Los cuatro jinetes del Apocalipsis», dirigida por Minelli, e interpretada por Glenn Ford. En el caso de Palacio Valdés, las versiones cinematográficas de «La hermana San Sulpicio», fueron dos: la que rodó Florián Rey con Imperio Argentina en los años treinta y la dirigida por Luís Lucia después de la guerra con Carmen Sevilla. Mi recuerdo se basa en alguna de estas dos versiones que debí ver por Televisión Española en los años sesenta. Era un tipo de cine folklórico y de poco interés, que ponderaba mucho el costumbrismo andaluz más empalagoso; ese es mi recuerdo. Pero después de leer la novela, todo aquello se desvanece porque leyendo se comprende que esto no tiene que ver con aquel cine rancio, esto es una novela que se inscribe en el realismo de los últimos años del siglo XIX, junto a autores como Benito Pérez Galdós, Leopoldo Alas, Emilia Pardo Bazán, Juan Valera, o José María de Pereda.
Palacio Valdés era asturiano, se educó en Avilés, después en Oviedo, y se estableció finalmente en Madrid. Su obra se ambienta, sobre todo, en el Norte de España, y por tanto esta novela es, por su ubicación, una excepción. En todo caso, conoció Sevilla y vivió un tiempo allí, pero no demasiado. La novela está narrada por su protagonista, que describe las vicisitudes que sufre para conseguir casarse con una señorita sevillana. La descripción del escenario de los hechos tiene mucha importancia en la novela; la ciudad impacta al protagonista por su estética y por el peculiar sistema de relación social que practican los sevillanos. A partir de ahí, entra en un proceso de disección de la sociedad sevillana, que supera en importancia a la acción de la novela, sobre todo desde que, apenas pasadas unas páginas, el protagonista revela el final de la novela. Esto, lejos de desilusionar al lector, le lleva a leer con otra actitud, en la que, deja de tener importancia el saber qué va a ocurrir, y pasa a tenerla, el saber cómo va a ocurrir, el conocer a través de qué intrincados vericuetos, va a llegar el protagonista a ese final anunciado. Esto relaja, y permite concentrarse en los dos aspectos más interesantes de la historia: el derroche de análisis psicológico de su narrador y protagonista, y las magníficas descripciones de los escenarios de la novela.
Ceferino Sanjurjo, gallego y poeta, tras desvelarnos sus circunstancias personales, nos cuenta que va a disfrutar de un periodo vacacional en Marmolejo, municipio de Jaén famoso por sus aguas. En su fonda, se hospedan también tres monjas; dos novicias y una de más edad a cargo de las otras dos; una de ellas atiende por hermana San Sulpicio, aunque su nombre es Gloria. Ceferino las conoce y simpatiza con Gloria; conversa con ella, y conoce su condición de novicia, que significa que podría salir del convento al no haber tomado aún los votos. También averigua que ella no desea adquirir tal compromiso, y que si está en la orden es por presiones ajenas a su voluntad; con esa información, nuestro protagonista ve el cielo abierto y cuando ellas retornan al convento sevillano, sigue sus pasos y pone rumbo a la ciudad. En Sevilla, lo primero que hace es buscar pensión; una vez encontrada, comienza a tratarse con sus compañeros de residencia, con ánimo de poner en marcha una red de amistades y relaciones que le permitan acceder al entorno próximo a su amada, dándose así inicio al difícil proceso de conquista, porque ella, pese a su escasa vocación religiosa, le facilita poco la tarea.
Como ya avancé, uno de los indudables atractivos de la novela es contemplar la disposición de este hombre como espectador de todo lo que le rodea. Su condición de gallego le hace adoptar una actitud de estupor ante lo insólito que es para él todo lo que ve; la arquitectura, el ambiente urbano, el frescor de los patios, su uso como salón de reuniones, la vida en la calle, la manera andaluza de relacionarse, el formidable río Guadalquivir y un clima que, excepto en verano, encuentra delicioso. Y su condición de enamorado le predispone a ver la ciudad como un Edén particular de extraordinario clima, y su alma de poeta se deja llevar envuelta en la magia del lugar. Es un entorno estético y social que le encanta y que agradece de buena fe, sin que le cueste nada hacerlo.
Pero en el trato individual con la gente, no le ocurre igual; los sevillanos le desconciertan cuando llega y al final del libro, cuando se va, aún no ha asimilado el carácter andaluz. Parece lógico, siendo gallego, que al principio no se relacione con la gente como lo hace la gente del sur, sino como un individuo ajeno a esa sociedad que no llega a entender bien los matices del carácter autóctono, ni unas pautas de comportamiento que se le antojan sorprendentes y extrañas a su temperamento. El autor, fiel a su adscripción al realismo, trata de expresar las diferencias, incuestionables, que hay entre la forma de ser del andaluz y del gallego, o más bien, puesto que él era asturiano, entre el hombre del sur y el del norte y, en esa dicotomía, él como autor se pone en la piel de éste último. Pero a pesar de ello, es benevolente con la manera de ser andaluza y no llega a criticarla; no esconde lo que no le gusta y si ve defectos los señala, pero sin caer en la crítica, sólo en la fría exposición de lo que ve, dejando que el lector critique lo que crea conveniente. Tras el éxito popular del libro, Sevilla le honró con múltiples homenajes, que seguramente no le hubieran dispensado de haber considerado que la novela daba una mala imagen de sus habitantes.
En cuanto al lenguaje con que está escrita la novela, hay que decir que es muy fácil de seguir aunque aparezcan en ella, a veces, formas de expresarse que hoy nos parecen antiguas y que en 1889 aún se utilizaban. Insiste mucho, demasiado a mi modo de ver, en adaptar la ortografía del texto a la pronunciación andaluza, creo que sin conseguir un resultado convincente. El intento de escribir con una ortografía que permita leer lo escrito sonando como suena la pronunciación andaluza, es un trabajo vano que adolece de imprecisión y queda ridículo; no digo que, en casos puntuales y personajes de rasgos muy marcados, no sea interesante usar el sistema en alguna frase, pero, con la profusión con que lo hace Palacio Valdés, el resultado es insatisfactorio.
A modo de resumen puedo decir que «La hermana San Sulpicio», me ha parecido una novela de grata lectura y aspectos interesantes, pese a que, en estricto sentido, no la considero una gran novela. El ambiente andaluz, que en España siempre tuvo buena acogida, le llevó a adquirir una gran popularidad que el cine acrecentó aún más, pese a que también el cine haya contribuido a darle un aire folclórico bastante deleznable, que a algunos nos ha llevado a asimilar su recuerdo al sentido del verso machadiano —La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María…—, cuando en realidad, la novela no es eso, o al menos, en su lectura no se detecta ese tono caduco. Lo propiamente andaluz tiene una lectura que, en justicia, habría de ir encajada en la línea del realismo en que milita la novela y, en ese sentido, hay en ella episodios de enorme fuerza y amargura, como el que se encuentra Ceferino cuando recurre a ir casa de la criada que le sirve de correo para comunicarse con Gloria y en el barrio de las afueras donde vive la fámula con su marido y sus hijos, ha de enfrentarse a situaciones de una violencia y una dureza sorprendentes. No es una escena con los rasgos desgarrados del pintoresquismo romántico de Carmen, no hay gitanos con navajas, ni toreros, ni cigarreras, pero el lector, lee consternado el relato que Palacio Valdés hace de estos hechos con un dramatismo y una dureza propios del naturalismo; igual ocurre en otro incidente tremendo, protagonizado por un marqués, y con un duelo a pistola de por medio; todo ello sorprende doblemente cuando pensamos en la novela popular y dicharachera que presumíamos que era, antes de leerla. Muy al contrario, la novela constituye un retrato cabal, preciso y descarnado de la sociedad andaluza de su época, que llama la atención por lo inesperado y porque le permite al lector hacer una valoración, sorprendentemente (no lo esperaba) positiva de su lectura.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 8