En sopadelibros.com utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu navegación.
Si continúas navegado por la web, consideramos que aceptas su uso.
Para cambiar la configuración del navegador y/o obtener más información del uso de cookies en sopadelibros haz click aquí.
loading Enviando datos...

EPISODIOS NACIONALES. QUINTA SERIE

6
1 votos
Portada de EPISODIOS NACIONALES. QUINTA SERIE

Comprar EPISODIOS NACIONALES. QUINTA SERIE en Amazon.es

Autor: BENITO PÉREZ GALDÓS
ISBN/ASIN: 9788437624129
Género: Clásicos de la literatura
Editorial: CÁTEDRA
Fecha de edición: 2007

Sinopsis:
Los "Episodios Nacionales", escritos con espaciados intervalos a lo largo de casi cuarenta años, los fue distribuyendo Galdós en cinco series. Las cuatro primeras tuvieron cada una diez volúmenes; la quinta, los seis que aquí publicamos: "España sin rey", "España trágica", "Amadeo I", "La Primera República", "De Cartago a Sagunto" y "Cánovas". En el primer episodio de esta quinta serie, Galdós declara que es intención del narrador escribir sobre unas cuantas historias particulares acaecidas en 1869, para evitar que las historias particulares terminen perdiéndose "en el sumidero del olvido". Con los "Episodios", Galdós inventó un género mixto en el que la historia externa estuviera engarzada con la interna y viceversa, enhebrando ambas historias reproduciendo datos de la realidad histórica e inventando, al mismo tiempo, numerosos personajes que aunque no fueran reales estuvieran tomados del tronco común "de las generaciones olvidadas".

 
Ordenar reseñas:

ÚLTIMOS EPISODIOS
5 con 3 votos

¿PORQUÉ EMPEZAR POR EL FINAL?: Benito Pérez Galdós escribió cuarenta y seis Episodios Nacionales, o sea, cuatro series de diez novelas cortas y esta quinta serie inacabada de la que solo escribió seis. Cuando en el año 1907 empezó a escribir esta última tanda de novelas tenía sesenta y cuatro años, siendo por tanto una obra prácticamente inscrita en su última etapa. Hace mucho ya que leí Trafalgar, —el primero de todos los episodios— y, sí, me gustó, pero no me dejó el ánimo en disposición de seguir leyendo otros episodios, en buena parte, por mi flagrante falta de interés en la Historia de España que aparece en los primeros episodios, que es muy anterior al periodo de la vida del autor. Ni la guerra de la Independencia, ni los periodos de Fernando VII, o de Isabel II me atraen; era una época en la que aún primaba el absolutismo y la política era un juego de influencias entre militares y aristócratas dedicados a manejar una política de enlaces dinásticos. Sin embargo, la Revolución del 68 (La Gloriosa), el asesinato de Prim, el reinado de Amadeo de Saboya y la fugaz primera República, empiezan a atraerme; tal vez, por su mayor cercanía, tal vez, por que anuncian procesos más modernos de política parlamentaria que anticipan el siglo XX, y, quizá también, por que por primera vez en la Historia de España, la burguesía adopta un papel activo en la lucha política. Además, para el Galdós maduro de 1907, estos acontecimientos ocurrieron siendo él joven, a diferencia de aquellos, con que inició “Los Episodios Nacionales”, ocurridos cincuenta años antes de su nacimiento. Siendo así, los hechos tuvieron necesariamente que tener el atractivo y la frescura de lo vivido por el propio autor, inmediatez que es un valor añadido más, que hace que vayan surgiendo las ganas por saber y por ampliar el conocimiento de la Historia de la época, condición ésta que considero sine qua non para entrar con gusto en su lectura. Todas estas cuestiones guardan mucha relación con algo que influyó bastante en mí pasada decisión de no seguir con “Los Episodios Nacionales”: me refiero, a que la imagen que tuve de los episodios en mi cabeza rezumaba un españolismo y un patriotismo muy acentuados, y no tenía yo ganas de leer algo que temía, que fuese panfletario en dicho sentido. Hasta cierto punto, era lógica esa idea mía por que la imagen que se tenía, y se tiene, de los episodios se basaba sobre todo en Trafalgar y en los referidos a la Guerra de la Independencia, en los que la dialéctica del estado de guerra imponía un lenguaje necesariamente patriótico. Obviamente, los años vinieron a diluir ese error de concepto, haciéndome ver que en el ánimo de Galdós no cabe lo patriotero, y que, en lo referido a españolismo, se mantiene siempre dentro de unos límites sensatos que —a mi modo de ver— definen un patriotismo razonable. En resumidas cuentas, el título de la obra y los episodios iniciales dedicados a combatir al “francés” no han de hacer pensar a nadie que el autor se desvía de una trayectoria marcada por el respeto a la Historia y por una interpretación racional y ecuánime de los hechos.

ESTILO DEL AUTOR: No debería ser muy difícil determinar el estilo literario de Galdós, siendo su forma de escribir tan fácilmente reconocible. Yo supongo que en el trato directo debía ser una persona elocuente y de personalidad exultante, detalles ambos que permiten imaginarlo como alguien que hubiera sido grato conocer y tratar personalmente de haber vivido en su época. Su humor, su talante socarrón y una ironía bastante directa, no exenta de cierta agresividad dialéctica, salpican su lectura y la convierten en tremendamente amena. No era un escritor que se esforzase en busca de crear y pulir su estilo. Su escritura brotaba de manera espontánea y natural de su cabeza sin esfuerzos ni complicaciones. A veces, se detecta en su texto, un lenguaje manido caracterizado por cierta cursilería propia de una sociedad de valores anticuados, o por la mojigatería de sectores católicos anclados en el pasado, o, sencillamente, por una manera rancia de expresarse con fórmulas vanas llenas de convencionalismos pomposos, huecos y estirados, que en conjunto conforman un texto más bien amanerado. Ciertamente, este lenguaje se encuentra con frecuencia en sus páginas pero no se debe confundir con su manera de escribir; ese lenguaje es sólo el reflejo de la manera de hablar de los años finales del siglo XIX que él gusta de transcribir incidiendo en esos defectos y exagerándolos con su característica sorna. Como los diálogos son tan frecuentes en sus novelas, estas formas expresivas que hoy en día nos chocan tanto aparecen con profusión en su texto. Véase un ejemplo:

"¡Válgame Dios! ¡A lo que ha venido a parar la nobleza! Si no hubiera otros indicios para calar toda la malicia demagógica de esta familia degenerada, lo que observé esta tarde me bastaría para formar juicio. Cuando llegué, la marquesa leía… Para recibirme y saludarme, dejó el libro en el velador cercano… De soslayo lo miré… ¿Qué libro era, Dios mío? Pues “Los miserables” de Víctor Hugo… Áteme usted esa mosca… Y dama aristocrática me soy… Y ex camarista de la Reina legítima. ¿Qué idea tendrá esta gente de legitimidad, y de los sagrados derechos, y de la verdadera y única religión?"

Se puede observar por el tono de esta diatriba del personaje —que es un apasionado carlista— cómo Galdós acentúa el énfasis del reaccionario para burlarse con su caricatura y así hacer ver el rechazo que siente por este tipo de actitudes, por los tipos que las detentan, y por el habla que se gastan. Mas luego está también el lenguaje propio de la época, los adjetivos calificativos machaconamente delante del sustantivo (con castiza donosura y adecuado verbo), los pronombres, añadidos al final del verbo (quitábase los guantes), el demostrativo delante del verbo (en el momento en que esto leía) y, por supuesto, un vocabulario que, hasta hoy, va cambiando como cambian todas las cosas (tronado por loco, peladilla por piedra arrojadiza, trapisonda por embrollo, estantigua por persona desfasada, etc.).

EPISODIOS 1 Y 2: En el primero, “España sin rey”, un cincuentón carlista alavés (don Wifredo) deambula por Madrid a la espera de un cargo que no llega mientras se mete en líos relacionados con una familia riojana y un señorito andaluz; entretenida trama inscrita en el contexto de una burguesía acomodada con un toque de amores despechados y otras cosas por el estilo, con el clásico sello del autor, y todo ello inmerso en un ambiente político en el que se busca una salida airosa a la situación creada después de la revolución de Septiembre, trayendo a un rey democrático ajeno a los Borbones. En el segundo “España trágica”, la historia es leve: un joven de familia acomodada, Vicente Halconero, se echa novia, viaja a París, se mete en múltiples líos, y alguna cosa más, mientras se viven de cerca los trapicheos electorales a que se enfrenta Prim para encontrar un rey constitucional, y la desgracia de que cuando por fin lo consigue trayendo a Amadeo de Saboya, le pegan siete tiros en su coche en la calle del Turco (hoy Marqués de Cubas). La trama es muy lineal, pero tiene la virtud de mantenernos interesados hasta el punto final del magnicidio (mil veces pasé por el lugar del crimen).

En la calle del turco
Le mataron a Prim
Sentadito en su coche
Con la guardia civil

“Trafalgar” es una referencia pequeña y demasiado especial para definir el método que sigue Galdós en sus “Episodios Nacionales”; así que, ahora, con el episodio número cuarenta y uno, voy a empezar como quien dice: partiendo de cero. Influye en esto el hecho de que las circunstancias históricas que pretende describir son, en esta última época, de carácter marcadamente político, revolucionario y parlamentario, lo que obliga a escribirlos apoyándose mucho en los propios actores de la política, y en los escenarios recurrentes que son las calles madrileñas y el palacio de las Cortes. Es sabido que uno de los mecanismos que utiliza Galdós en sus novelas de manera sistemática es la descripción inmediata de la apariencia física y de las costumbres de sus personajes antes de que estos empiecen a deambular por su narración. Hay, por tanto, una profusión de caracteres, talantes, rasgos físicos, indumentarias y actitudes de muchos personajes —unos desconocidos y novelados, otros conocidos y reales— de la política española de la época. Los conocidos tienen apellidos tremendamente sonoros, sobre todo, para los acostumbrados a moverse por las calles de Madrid: Abascal, Becerra, Canovas, Castelar, Moret, Prim, Ríos Rosas, Sagasta, Serrano, Silvela, etc. son ejemplos de esto que señalo. Podría decirse, que la estructura a la que necesariamente se tienen que sujetar estas novelas para airear bien el ambiente político español del siglo XIX, es una especie de corsé que limita su desarrollo, conformándose como historias sencillas y exiguas, no solo en su dimensión, sino además en sus aspiraciones literarias. Pero su lectura tiene dos vertientes, una, el disfrute como obra literaria y otra, la tarea de impregnarse en el ambiente público de aquella política española. Los personajes, como siempre en Galdós, son autenticas creaciones llenas de matices, las tramas —en cambio— van y vienen, a veces se incrementa su tensión novelística y a veces se mengua. Y siempre que la trama mengua, es por el incremento de la tensión histórica, de manera que, cuando no es una cosa la que interesa, es otra, configurándose así como un conjunto perfectamente equilibrado. Aquí, quería yo hacer la siguiente reflexión: la narrativa galdosiana es mucho más brillante por su simpática opulencia que por un severo perfeccionismo, algo que, en mi opinión, no se ha tenido en cuenta en las adaptaciones al cine que se han hecho de su obra que siempre han puesto el acento en el patetismo de sus historias en vez de ponerlo en el matiz del humor, en la picaresca o en la crítica mordaz y sarcástica. Leyendo los diálogos de alguno de sus personajes, recordaba la peculiar forma de hablar de Agustín González (el cura de “La escopeta nacional”), y —pensaba yo— lo bien que un actor como aquel hubiera encarnado a alguno de estos tipos atrabiliarios (otro ejemplo de vocablo hoy demodé) de sus novelas; tipos que alternan cómodamente las tabernas de baja estofa con la tribuna de invitados del Congreso de los Diputados. Si a algún productor se le hubiese ocurrido insuflar un estilo en la línea de Berlanga en la adaptación al cine o a la tele de alguna de sus obras, no dudo que se habría explotado la vena galdosiana a la perfección y, concretamente, estas dos pequeñas historias de sus episodios con numeroso acompañamiento coral, se prestarían a ello a las mil maravillas. Así que yo creo que, la grande, la auténtica significación trascendente de Galdós, no está en el dramatismo de sus historias (salvo en “Fortunata y Jacinta” y en alguna otra), su enorme valía reside en su carácter de testigo privilegiado que, desde la atalaya de su posición literaria un tanto al margen de la política doméstica, es capaz de crear una obra gigantesca que en buena parte es un exponente de la estupidez y la ineptitud de todo un país, y que es también un ácido retrato de todas las clases sociales pero sobre todo de políticos, militares, aristócratas y religiosos. Sólo la clase social situada en el escalón inferior se libra, no de su sarcasmo y sus chanzas —que de eso hay para todos— pero sí de la mala uva con que van cargadas sus andanadas contra los prepotentes.

EPISODIOS 3, 4, 5 Y 6: El tercero, “Amadeo I”, es la historia de un joven periodista (Tito) contada por él mismo, en la que refiere sus éxitos con las numerosas mujeres que va conociendo y sus desvelos para ganarse la vida, al tiempo que cuenta lo que pasa en la España de Amadeo de Saboya hasta que éste, harto ya de aguantar desaires, decide irse por donde ha venido. Su presencia como narrador tiene la virtud (es un decir) de lastrar la narración haciéndole perder agilidad. En el cuarto episodio, “La Primera República”, Tito continúa con sus peripecias personales mientras explica los sabotajes a que se ve sometido el sistema republicano, y con cosas tan extrañas como unos rifirrafes navales cerca de Cartagena en los que interviene la flota del Kaiser (¿?). El quinto, “De Cartago a Sagunto”, comienza con la entrada de Pavía con la Guardia Civil en el Congreso, y sigue con revueltas cantonales, escarceos carlistas, y en lo personal, unas alucinantes (“stricto sensu”) aventuras, con su comadre Mariclío y otras amigas, situadas en el terreno de lo onírico. Por fin, en “Canovas”, el sexto episodio, se liquida la historia personal de Tito y la Historia de España acaba narrándose de una manera demasiado directa, es decir, deja de ir entreverada con lo personal y centra al final casi todo el protagonismo.

En el mecanismo que utiliza el autor para narrar los episodios, aun gustando, se aprecia siempre que la fusión de lo histórico con lo novelado, es una arriesgada mezcla que él salva con brillantez y maestría gracias a su particular talento, pero que se encuentra, con frecuencia, cercana a caer, o en lo pesado, o en lo ligero. Es lo que ocurre en los episodios 3 y siguientes, al cambiar el narrador con la incorporación de un periodista inquieto, muy mujeriego y de escasísima estatura llamado Tito, que a poco de empezar su narración, cita que conoce en la pensión en la que vive, a otro estudiante de su edad que es isleño (quiere decir canario) que escribe cosas relacionadas con la historia española, y que al no disponer de tiempo le encarga que escriba para él contando las aventuras propias de su azarosa vida particular y los acontecimientos más interesantes de la vida pública española de la época, proposición que él, Tito Liviano (bautizado así en honor al historiador Tito Livio), acepta, poniéndose inmediatamente a escribir. A partir de ese momento la narración que arrastrábamos de los episodios 1 y 2 cambia, y adquiere un tono completamente distinto en el que la agilidad y gracia características hasta entonces, han desaparecido. Sin embargo, el escritor sigue siendo Galdós; el personaje de Tito es sólo una pirueta con la que siembra dudas sobre su propia identidad (el “isleño” al que se refiere es él mismo), pero con el cambio, los acontecimientos públicos españoles y los particulares de Tito, pasan a tener un perfil tan plano que se convierten automáticamente en repetitivos y aburridos y, a partir de ese momento, al lector le parece que ya no es don Benito el que escribe con sus características maneras amenas y amables, sino que es Tito Liviano el que hace aproximadamente lo mismo que antes hacía Galdós, pero sin su facilidad para hacer grata esa sabia fusión de trama particular e historia pública que aparece en los dos primeros episodios de la serie y muy probablemente en las anteriores. A partir de ahí, leer la vida del protagonista se vuelve un trabajo agotador y sus innumerables conquistas, y los tejemanejes de la política española se convierten en una sucesión mecánica y anodina de líos, contubernios, algaradas, sublevaciones y otras muchas cosas que tienen como denominador común una tremenda falta de interés que indica que no están bien contados, por cuanto, sucesos similares en los dos episodios previos, sí que interesaban al lector y mucho. Conclusión: sabemos que todo esto no es más que un truco del autor y, sabemos también, que desde el punto de vista del interés de la narración el resultado es negativo. ¿Qué sentido tiene pues introducir un cambio que conduce a resultados tan clamorosamente nefastos? ¿Qué es lo que aporta entonces esa innecesaria transformación? En mi opinión, Galdós rebusca entre distintos planteamientos novedosos para organizar su trama, y éste de los episodios aparentemente escritos por “otro” le interesa porque le permite tomarse algunas licencias relacionadas con la difusión de su ideario en sus novelas. Él tenía sus propias ideas sobre como debería configurarse políticamente España; de hecho fue diputado y entró en política, pero, independientemente de esa actividad, y a título particular, siempre estaba encantado de transmitir su ideario a través de sus novelas. Yo creo que el personaje de Tito lo crea para que le sirva como una especie de “médium” que difunda libremente su ideario, no el más moderado de 1875, sino el más radical de 1910 (él, al contrario que otros, se radicalizó con la edad). Ahora bien, la pregunta entonces sería: ¿Y, por qué no transmitir sus puntos de vista a través de un personaje “normal”, como Evaristo Feijoó en “Fortunata y Jacinta”, en vez de crear un fantoche como Tito Liviano? La respuesta a esta pregunta tiene mucho que ver con su estado de ánimo al escribir estos episodios. Galdós, desde su perspectiva de 1910, sufría teniendo que contar la desastrosa situación política de 1875 sabiendo que, pese a haber transcurrido treinta y cinco años, las cosas habían ido aún a peor, por imposible que esto pudiera parecer. En todo aquel tiempo, España, en vez de mejorar, parecía deslizarse imparablemente por un plano inclinado cada vez más y más resbaladizo. Ese estado de cosas radicalizó paulatinamente su ideario, impregnándolo de una amargura y una desesperanza que le condujeron a crear este personaje rompedor, extravagante, indisciplinado, descarado, carente de ese talante especial que suelen tener sus personajes, pero que además era un tipo de apariencia casi irreal, alguien que se eleva por encima de su tiempo como salido de un extraño sueño. Y todo ello, con el objetivo de ser un vocero irreverente que no tenga empacho en decir todas aquellas agrias verdades que el tenía por ciertas (su ideario radicalizado por el pesimismo), sin dejarse nada, pero también sin poner en evidencia a las claras su propia autoría. ¿Tenía pues, algún pudor a decir ciertas cosas? Yo creo que sí, que en su amargura, emitió por este conducto contenidos un poco pasados de rosca que no quería que se oyeran de su propia boca. Y creo que esa fue la autentica razón de que transformase el mecanismo de los cuatro últimos episodios, aun a costa de obtener un resultado literario peor, lo que, a esas alturas, y, ya un poco despechado con la vida, le daba exactamente igual. El estilo del texto es suyo, eso no cambia, pero la forma de narrar, la manera de plantearle los hechos al lector, la secuencia en que suceden, su característica amabilidad aquí endurecida, las actitudes delirantes o simbólicas de algunos personajes; son, en definitiva, un cúmulo de detalles en la estructura de su prosa que él, en su afán por “parecer” otro diferente, modificó lo justo como para salirse de esas maneras suyas que tanto apreciamos sus lectores, y extraviarse irremisiblemente en un terreno en el que no controla los resultados. Podría ser que tuviera, incluso, un deseo voluntario y decidido, de alejarse del Galdós de siempre sin pararse a pensar en las posibles consecuencias para su imagen pública.

UN COMENTARIO MÁS: Antes de empezar a leer esta serie, me llegó, de fuentes generalmente bien informadas, el dato de que algunos consideran estas historias crepusculares de la obra galdosiana como “ilegibles” por malhumoradas y faltas del carácter aventurero y amoroso que tuvieron las anteriores. Estoy totalmente de acuerdo en el calificativo, por que, es muy cierto que son difíciles de leer, pero no lo estoy tanto, en cuanto a las razones por las que esto ocurre. En la introducción de este personaje como narrador hay despecho y amargura, pero aun así, no observo que la incuestionable condición de “ilegibles” de estos cuatro últimos episodios, sea la consecuencia de un malhumor senil de viejo cascarrabias que limite el tono aventurero o amoroso; creo que la “ilegibilidad”, sólo tiene que ver con el cambio de narrador y con todo lo que eso conlleva, que es mucho. Fíjate en el detalle de que aquí aparecen, en algunos momentos, Plácido Estupiñá, e Ido del Sagrario. Genio y figura…

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 6