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EL ALEPH

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Portada de EL ALEPH

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Autor: JORGE LUIS BORGES
ISBN/ASIN: 9788420633114
Género: Literatura contemporánea
Editorial: ALIANZA
Fecha de publicación: 1949
Fecha de edición: 2003
Número de páginas: 183

Sinopsis:
Este volumen reúne dieciocho relatos de Jorge Luis Borges, entre ellos quizá los más elogiados y repetidamente citados. Tanto «El inmortal» como «Los teólogos», «Deutsches Requiem» y «La espera» muestran las posibilidades expresivas de la «estética de la inteligencia» borgiana, inimitable fusión de mentalidad matemática, profundidad metafísica y captación poética del mundo.

 
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A BORGES LO IGNORA LA MUERTE
5 con 8 votos

No soy dado a escribir reseñas de libros sobre los que ya se han vertido ríos de teclas en esta web, de manera especial cuando lo que se ha dicho ha sido muy bueno y probablemente mejor que la pavada que me atrevo a compartir. No obstante, digamos que me he sentido llamado por el espíritu de Borges a lanzar algo que se base en una puntuación superior a un 4. Y no es nada fácil, ni breve.

Cuentan de Agustín, obispo de Hipona, que mientras transitaba sobre la playa disertando sobre el ínclito dogma de la Trinidad, halló a un zagalete que corría una y otra vez, con sus manitas cargadas de agua de mar, desde la orilla hasta un pequeño agujero fabricado en la arena en el que la iba derramando cuidadosamente. “¿Qué haces?” -le preguntó el Ministro-. “Vaciar en este agujero el agua del mar”. “Pero eso es imposible”. “Igual de imposible es que encuentres sentido al misterio de la Trinidad”. Así de imposible es “entender” a Borges, por ello mi única estrategia ante El Aleph será la del niño que ve por primera vez el mar y suelta con solitaria admiración: “Papis... ¡Qué pasada!”, sin tener ni pajolera idea de que, debajo de ese agua, aún hay más.

Pues eso, ¡qué pasada!, aunque en cadenciosas ocasiones me quede en lo de afuera del mar, sin pretenderlo. Supongo que por algo será que en la cubierta del libro lo que se aprecia es un túnel... Me apropio, entonces, la medida descripción que de Pedro Damián hace Borges en uno de los cuentos: “hombre taciturno, de pocas luces” (sobre todo esta segunda parte, sin atisbo de captatio benevolentiae, que dijo aquél) y se me ocurre compartir que la única táctica oportuna ante el despliegue de Borges es la que, acertadamente, usó el genial realizador H. G. Clouzot en El Misterio Picasso: invadir paulatinamente la mente del artista. Sólo que en la literatura no es viable y por el momento me contento con reconocer que he gozado con El Aleph -”seré fusilado (…), desde el principio, yo me he declarado culpable”-, quizá porque esperaba lo que encontré, y eso, es más que fundamental.

Disfruté con su metafísica inusual, tan indescifrable en una primera, segunda, tercera lectura, como lo es en muchas ocasiones el Sartre de La Náusea; con sus medidos adjetivos que dicen tanto por ser tan divergentes y meditados; con su forma de destripar lo trascendente en la intrascendente de cada historia... Pero ya os digo, poca explicación y análisis literarios tengo fuera del dulce sentir, ¡si hay peña que levita con el suprematismo de Malevich y su Cuadrado blanco sobre fondo blanco, que a mí, con ignorante honestidad, me deja perplejo en la peor de sus acepciones! Porque es cierto y muy natural que Borges te pueda y te venza, pues ¿a quién le apetece en tiempos de estrés leer una selección de relatos de apenas 200 páginas con un diccionario de historia en una mano y el de la RAE en la otra? Incluso prescindiendo de ambos tochos yo disfruté porque Borges es... Borges: distinto y particular en todo y quizá también porque no percibo esa autocomplacencia de estilo que tanta leña recibe. Lo tengo en las manos, leo y contemplo una escritura fluida, grácil y nada forzada (retomo a Malevich, qué le voy a hacer). El propio Borges, en el relato de El Aleph, nos hace partícipes de su propio desprecio a lo superfluo, artificial, excesivo e intelectualoide: “tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura (…). Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal...”

Entonces, tras ese discurso del autor se me ocurre pensar que el pecado de Borges tiene menos que ver con la vanagloria o el egotismo que con su vocación. Y me explico, si lees a Melville, a Hawthore, a Steinbeck o incluso a Dostoievski, al terminar la obra no se te queda cara de imbécil por mucho que te hayas quedado en lo de “afuera del mar” y pienses con maravillosa simplicidad que Moby Dick es una novela de aventuras, que La letra escarlata va sobre el amor, Las uvas de la ira describe un drama sureño o que los Hermanos Karamazov es un melodrama con tintes de tragedia... Nadie se rasga las vestiduras por eso, ya que se da por sobreentendido que te has enterado sin tener que pensar en alegorías pictóricas, trascendencias metafísicas y demás parafernalias. Resulta que con Borges es muy fácil que se te quede cara de imbécil, posiblemente porque tanto Melville, como Hawthorne o incluso Dostoievski son escritores con vocación de filósofos, y Borges es un filósofo con vocación de escritor, de igual modo que el nombrado Sartre o Hesse, y eso es lo que habría de esperarse, como él mismo expresa en La casa de Asterión: “como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura”. A Borges, cualquier estupidez le sirve de sobra para expresar su adentro, pero del argumento te enteras, aunque sea casi imposible hacerlo del todo con ese adentro y por consiguiente el resto sea/parezca sumamente estúpido. Pero a mí me cuesta decidir qué es más ingrato, pensar que Moby Dick es una simple novela de aventuras o renunciar a El inmortal, El muerto, Los teólogos, La espera... esos textos de Borges tan gozosamente escritos porque sé que no los voy a entender.

Mal o bien que nos pese, los diálogos alrededor de Borges mitigan el efecto devastador de la verdad profunda de su frase en El inmortal: “ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte”. A Borges lo ignora la muerte.

Escrito por Poverello hace mas de un año, Su votacion: 8

FELIZMENTE PERDIDO Y ENGAÑADO EN EL LABERINTO
4.83 con 6 votos

Antes de abrir EL ALEPH, tenía ya una idea concreta de lo que imaginaba tener entre mis manos. Baste decir que estaba equivocado en todo, casi (se sostiene la creencia en un Borges capaz de plasmar en la “narrativa de ficción” (?) contenidos habitualmente de otros géneros como el ensayo, bajándolos de su pedestal y devolviéndoles su estatus de ficción humana). Borges no es un autor hermético, es tan difícil como el lector quiera, no es un autor pedante, ni barroco, ni denso ni pesado; no es un autor metafísico, ni ambiguo, ni un filósofo que escribe ensayos disimuladamente colándolos por cuentos. No sería correcto decir que Borges es un genio, aunque, al menos en sus cuentos, es Dios (por lo menos, un dios). En ellos es todas las cosas (y ninguna): es autor que sueña la historia y editor que la publica, es narrador y protagonista soñados, guía didáctica y lector tan confundido como nosotros. Borges es uno de los autores más interesantes que he leído, con una idea del arte y la literatura que me atrae y comparto, pero hoy por hoy, no creo que se convierta en uno de mis autores predilectos. Borges, desgraciadamente, es Borges.

Los cuentos de Borges antes que alegorías, laberintos o enigmas, son buenas historias que se pueden disfrutar sin más pretensiones. Son directas, sencillas, casi siempre atractivas y autosuficientes. Son también, un complejo laberinto. Las más de las veces el mismo Borges nos presenta este laberinto en forma de enigma, de misterio; las menos, no aparenta ser tal cosa.
En el segundo de los casos, yo, lector, recorro la historia como si fuera un lindo pasillo sin giros. El paseo es, agradable y llano, pero hay algo que no encaja. Los bloques de piedra que me ha lanzado Borges y la colocación que me ha sugerido no encajan bien del todo. Hay algo extraño, pero no acierto a atisbar qué es. El cabroncete me la ha jugado. Releo el cuento, y nada, la sensación de extrañeza se ha acentuado, sé que estoy en un laberinto (al fin y al cabo, es Borges), pero ni tan si quiera soy capaz de percibirlo. En estos cuentos el laberinto debe construirlo el lector para tratar de dar sentido a una historia que aparentemente ya la tiene. Para mí, se trata de la situación más complicada. Requiere dar un salto gigante del nivel de lectura superficial y concreto (la historia) a otro más vasto y cada vez más abstracto. Emma Zunz es el ejemplo por antonomasia.
Pero la mayoría de las veces Borges nos plantea abiertamente el enigma situándonos en el laberinto, y se agradece. En estos casos es frecuente que él mismo actúe de guía por el laberinto, y nos suele mostrar diversos corredores, de los cuales, casi siempre, opta por una salida, generalmente “metafísica”. Puede parecer un error esta forma de cerrar el relato dando la respuesta mascada al lector, pero no lo es, y en ocasiones el mismo Borges (¡si es que no lo puede poner más fácil!) lo señala. En estos cuentos, aparece una posdata, una nota, un paréntesis, o una confidencia del propio narrador, que ponen en tela de juicio su respuesta. Dice en Pedro Damián, tras proponer dos conjeturas: “…la verdadera (LA QUE HOY CREO verdadera)…” y termina el relato diciendo que esa opción le fue dada por una lectura, ergo tampoco es cierta, no más que las otras al menos. Borges me ha vuelto a engañar, será cabrón. El argentino no juega con la ambigüedad, sino con la recursividad. Devuelve al lector la opción de coquetear con las otras respuestas que barajó el narrador. Pero si el lector es listo no tropezará con la misma piedra: no debe fiarse de Borges. El lector hábil prescindirá de las soluciones borgeanas, de esos esquemas y laberintos que ha propuesto Borges para resolver el laberinto mayor que ha propuesto en la historia, y tratará de crear su esquema propio, su laberinto personal. Pero esto no es tarea fácil.
Yo, confío en Borges y en sus cábalas. No por exceso de confianza, ni por gusto, sino porque mis carencias culturales mi imposibilitan desafiar la palabra de este hábil manipulador de historias. No soy capaz, ni por asomo, de entrar en el juego que propone. Bastante que soy consciente de ello, bastante que en la visita guiada por Borges a su propio laberinto logro atisbar galerías laterales, bastante que mientras asiento con la cabeza como buen acólito una vocecita en ella dice “sí, sí, que te lo has creído”; pero que nadie me pida que dentro de este laberinto en que me pierdo construya el mío propio, bastante tengo con luchar por dar sentido al laberinto que incluye los de Jorge Luis. Estoy seguro que habrá lectores, pocos, que son capaces de hacerlo, ojalá yo pueda hacerlo en una relectura algún día (apuntado queda FICCIONES). Para esos afortunados, EL ALEPH debe ser un libro 10, para mí también; pero mi lectura, tristemente, es de 7-7.5 como máximo. Lo es porque aunque me pierda, aunque Borges me engañe, aunque me vea incapaz, disfruto tratando de jugar, escuchando la fácil voz de este narrador y dejándome llevar por sus embustes.

El estilo de Borges ya dije que no es (o no me parece…) barroco en absoluto, es más, lo situaría en las antípodas. Como bien dice poverello en su reseña (aunque discrepo en que Borges sea un filósofo con vocación de escritor y no lo contrario; discrepo desde la misma distinción), la escritura de Borges es fluida, grácil y nada forzada. Me gusta esa concentración que tiene: ni una palabra de más, ni una de menos; cada palabra escogida cuidadosamente y colocada con premeditación y alevosía; aunque supere mi capacidad para penetrar en su significado. Quitando, eso sí, un vocabulario -tal vez sea por ser hispanoamericano, o por decisiones léxicas muy premeditadas- que a veces tengo que buscar en el diccionario, EL ALEPH se lee muy fácilmente.

Es imposible hablar de los cuentos de Borges sin comentar mínimamente su contenido, su gusto por paradojas y oxímorons, pero trataré de ser breve. Se suele calificar a los cuentos de Borges como “cuentos metafísicos”, algo incorrecto salvo si añadimos varias matizaciones. Borges no pretende imponer una metafísica -aunque como todo ser humano por científico que se crea acaba haciéndolo-, al contrario, partiendo del escepticismo más absoluto, juega en sus cuentos, en el terreno de la ficción, con la teología cristiana, islámica y del Indostán, con la metafísica y la filosofía. Su intención es precisamente desacralizarlas, no importa una u otra, todas (o ninguna) son ciertas. El valor de todo pensamiento, de toda teoría, está en cómo contribuye a dar sentido a la “historia”, a la “realidad”, teniendo en cuenta que ésta dista mucho de ser real. En esta actitud, que considero sana y acertada, solo echo en falta que dé la misma importancia y ponga al mismo nivel ficticio-real a la prepotente ciencia moderna.

Dicho esto, solo me queda dejar una cita de Hume-Borges, que se puede aplicar perfectamente a sus historias.
“El mundo es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios infantil, que lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su ejecución deficiente; es obra de un dios subalterno, de quien los dioses superiores se burlan; es la confusa producción de una divinidad decrépita y jubilada, que ya se ha muerto.”
Como diría Borges, la imposibilidad de desentrañar el laberinto del universo, no quita que tratemos de darles sentidos, como humanos. Lo importante es que no nos tomemos estas respuestas -vengan del campo que vengan- demasiado en serio. Aunque las proponga Borges.

Y, por favor, no me pidáis que los ordene, pero mis cuentos favoritos son: “El Inmortal”, “Emma Zunz”, “La Casa Asterión”, “Deutches Requiem” y “El Zahir”. El Aleph, aquel más estudiado del libro y que da título a la colección, me dejó un poco frio.

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A falta de una buena edición comentada y prologada, recomiendo a modo de hilo de Ariadna el siguiente artículo: http://www19.homepage.villanova.edu/silvia.nagyzekmi/spa3950/Jaime%20Alazraki%20Borges.pdf . Yo lo leí a posteriori, pero puede ser una buena guía/introducción para quien se acerque al autor por primera vez (incluye Aleph y Ficciones), por supuesto, sin sacralizar lo que ahí se dice.

Escrito por Tharl hace mas de un año, Su votacion: 8

JACTANCIOSO Y SEGURO DE SUS DOTES
4 con 5 votos

Esta era una asignatura pendiente, y ya la he superado, pero, no sin soportar un cierto peaje como contrapartida. El Aleph que tan brillantes votaciones disfruta en los foros, ha sido, por momentos, uno de los libros más aburridos que he leído.

Curiosamente, algunas de sus historias, me han resultado especialmente gratas, bien escritas, con esa precisión casi matemática con la que Borges plantea sus sesudas sentencias. Pero sólo algunas. En otras, la mayoría, sin duda también perfectamente escritas, la precisión de sus reflexivas frases adquiere unos grados de retruécano y complicación tales, que para mi percepción modestamente limitada, se convierten en muros infranqueables. Y parece que en estas últimas y mas frecuentes historias, se recree en la jugada, como esos delanteros jactanciosos que seguros de sus excepcionales dotes, resuelven el último regate con otra nueva finta que deja boquiabiertos a los espectadores y humillados a los defensas.

Así, sus sentencias, sus frases complejísimas, sus elaborados razonamientos encriptadas en uno o dos renglones, su escasez de información al lector sobre una narración, de la que éste no tiene casi datos, por estar recién empezada. Todo ello se convierte en una maravilla de texto, riquísimo, tremendamente elaborado, profundo, genial, no sé como decirlo, se me acaban los adjetivos, la lectura perfecta para el lector más inteligente. Pero sólo para él.

Para mi insufrible, así ha de parecerte necesariamente si no alcanzas esa talla de lector avezado. Y sencillamente, me aburre.

Se podría objetar a este planteamiento mío, que una lectura de este calibre requiere un cierto esfuerzo, una cierta entrega, pero ocurre lo siguiente: Mi lectura de un libro cualquiera, es lenta y trabajosa hasta que alcanzo un nivel de información sobre lo que se me está contando, que me permita relajarme, cosa que me suele ocurrir entre la página 40 y 80. Sí tuviese que leer todo el tiempo en esas condiciones, solamente ojearía el periódico y alguna revista, tal es el grado de esfuerzo que me requiere la lectura larga en sus comienzos.

Pero, por suerte o por desgracia, a partir de ese número de páginas, empiezo a disfrutar, a pesar de proseguir con mi lectura descuidada. Entiendo que lo que empieza a ocurrir, a partir de ahí, es que la mayor información adquirida, permite, a pesar de esa actitud desatenta y leyendo muy rápido, conseguir una captación adecuada o cuando menos suficiente, de lo que está contándome el escritor. Así leo, y así disfruto con lo que leo. La avalancha de información que atraviesa mi cerebro, no va siendo desmenuzada y filtrada, como creo que hacen la mayoría de los lectores. Simplemente, pasa por allí y al pasar deja un poso, que es con lo que me quedo, es lo que saboreo y es lo que me gusta o me disgusta.

Quiero decir concisamente, que lo que capto de un texto son sensaciones, flashes, impresiones (los impresionistas querían captar impresiones de la realidad, no la imagen real contenida en la retina).

No sé, que proceso seguirán otras mentes, la mía sigue el que he descrito. Pero las mentes que han disfrutado leyendo El Aleph, es seguro que siguen un camino diverso del mío, intuyo que mucho mas cerebral y analítico, porque una perfecta comprensión de lo leído es necesaria, como punto de partida, para desde ahí disfrutar de la abrumadora erudición, profundidad de pensamiento y lirismo inagotable, que contiene la prosa de Borges.

Pero, en ese escenario no está Sedacala. No le es posible. Ese es el peaje que decía al principio. Solamente en algunos relatos, llegué a atisbar su mérito. Así, El muerto, Deutsches Requiem o El Zahir, pasaron bien. El resto, intragable.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 4

NO ME GUSTA BORGES Y PUNTO.
2.8 con 15 votos

No me gusta una obra con una prosa sobrecargada y llena de artificios.
No me gusta una obra donde las numerosas comas, frases eternas, adjetivación excesiva, y adornos literarios se comen la historia.
No me gusta una obra donde la prosa pedante ocupa la mayor parte del texto.
No me gusta una obra donde tenga que releer más de dos veces un párrafo para poder sacarle todo su jugo.
No me gusta una obra cuyos relatos parecen enrevesarse y dar mil circunloquios para al final no decir nada.
No me gusta cerrar un libro y quedarme con la sensación de haber perdido el tiempo.
No me gusta Borges y punto.

Escrito por Mayte hace mas de un año, Su votacion: 2

LEEDLO SABIENDO LO QUE VAIS A LEER
2 con 1 votos

Reconozco que soy un bruto, pero en general vaya tostón de libro. Lo he terminado porque son cuentos y quieras que no, pues se hace más llevadero. Será un clásico, muy profundo o lo que queráis, pero yo creo que mi problema de base es que considero la metafísica una soberana estupidez.

Es decir, en la antiguedad en un momento en que el proceso de conocimiento "estructurado" del mundo no estaba establecido (es decir aún no se había establecido el método científico por el que solo tiene sentido teorizar sobre aquello que se puede medir, y solo es válido aquello que predice correctamente las mediciones, lo cual no quiere decir que dentro de 2 días deje de serlo...), pues puede que fuese muy interesante hacerse pajas mentales sobre el sexo de los ángeles o la inmortalidad del alma, pero hoy por hoy confío más en lo que pueda decirme Stephen Hawking que el Papa o ningún filósofo sobre el mundo.

Vamos que excepto un par de cuentos un poco más orientados a la psicología humana (y como nos comportamos en ciertas situaciones "límite"), me ha parecido un verdadero tostón.

Lo repito y reconozco soy un bruto total, pero ¿qué le vamos a hacer?. Aviso a navegantes que sean como yo o parecidos…

Escrito por arspr hace mas de un año, Su votacion: 3