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DOKTOR FAUSTUS

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Portada de DOKTOR FAUSTUS

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Autor: THOMAS MANN
Título original: Doktor Faustus
ISBN/ASIN: 9788435009379
Género: Literatura contemporánea
Editorial: EDHASA
Fecha de publicación: 1947
Fecha de edición: 2004
Número de páginas: 720

Sinopsis:
Doktor Faustus relata la historia del compositor alemán Adrian Leverkühn, que inevitablemente se desdobla en dos planos. Por un lado es la novela de aprendizaje de un estudiante de música zarandeado por las complejidades y avatares de que fue víctima la ALemania del siglo XX, y, por otro, es el desarrollo de una aguda reflexión acerca del papel, la forma y la importancia del arte. Ambas líneas argumentales se apoyan constantemente la una en la otra para mantener siempre vivo el interés del lector y le ofrecen una profunda y penetrante mirada sobre la condición del hombre en un mundo convulso. Sólo "La montaña mágica" alcanza, entre la amplia obra de Mann, una calidad literaria comparable a la de "Doktor Faustus", considerada por buena parte de la crítica su novela más trascendental e incluso la mejor novela del siglo XX.

 
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INSPIRACIÓN DEMONÍACA
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Han sido muchas las obras que, a lo largo del tiempo, han tratado la leyenda del hombre que pacta con el diablo y la más conocida de todas es el Fausto de Goethe. La novela Doktor Faustus, es la versión con la que Thomas Mann, quiso acercase a este tema y fue escrita en su exilio californiano durante la segunda guerra mundial. No se trata de una novela convencional, al contrario, es una obra muy especial por su estructura biográfica, por su abundante contenido específicamente musical, y por las numerosas connotaciones simbólicas que contiene y que relacionan su contenido con cuestiones de música, filosofía, religión, además de con los hechos de carácter bélico más relevantes de su época.
Desde el momento final de esta historia y narrando en primera persona, un amigo del músico alemán Adrián Leverkühn, hace un repaso retrospectivo de la vida de éste, desde la infancia hasta una madurez que coincide con el final de la segunda guerra mundial. La lectura de esta novela provoca en el lector sentimientos contrapuestos a lo largo de toda su lectura. El autor crea una historia de ficción, que, sin embargo, en muchos momentos se confunde con la realidad de la Alemania de la época; por ello, a veces, el lector duda si lo que lee son hechos reales o inventados, pero pronto se adapta a discriminar el carácter de cada cual. Algo parecido ocurre con las ciudades donde nace y vive, hasta que la oportuna consulta revela que son imaginarias. Una vez encarrilada la narración, se van desvelando los personajes que acompañan al protagonista en las distintas fases de su vida, sus estudios de adolescente, su trayectoria universitaria, o sus primeras decisiones sobre su futuro profesional. En la novela no sólo figuran los sucesos más destacados de su vida, Mann intercala entre ellos, fases discursivas, en las que el narrador se extiende en razonamientos y reflexiones sobre múltiples materias, en particular sobre las que son disciplinas docentes en los estudios del protagonista. Son fases que utiliza para hacer múltiples análisis y disertaciones, fundamentalmente sobre historia, música, teología, y filosofía, siempre en relación con el estudio y la disección del carácter germano y con su fecunda eclosión a partir de la Unificación de Alemania.
Thomas Mann, es uno de los escritores que más he leído, por adaptarse especialmente bien a mi particular capacidad de asimilar lo que leo. Bien, pues a pesar de ello, cuando me adentro en esta novela, acabo encontrando fases en las que me entran unos deseos irreprimibles de saltarme páginas, viendo cómo se encela con determinados temas. Son fases del libro que pecan de una tremenda complicación, haciendo que su mensaje caiga en la aridez y en el tedio; son los mencionados pasajes discursivos, en los que Mann lleva demasiado lejos su entusiasmo con ciertos temas y se adentra por terrenos demasiado farragosos para cualquiera que no sea un especialista en esas materias. En realidad es una cuestión de medida, porque con su extraordinaria capacidad para desarrollar cualquier asunto, el libro se sigue perfectamente durante una gran parte de sus páginas; tan sólo bastaría que hubiese sopesado mejor los momentos más duros para aligerarlos, evitándose así caer en excesos que no aportan nada a la obra en su conjunto y que, llevados tan lejos, sólo parecen responder a un regodeo del autor hasta límites que la mayoría de los lectores considerarán innecesarios. En ese sentido son especialmente difíciles de asimilar los contenidos referidos a temática musical, en los que trata sobre autores muy conocidos, especialmente Bach, Beethoven y Wagner, pero también sobre otros que lo son mucho menos, o que son totalmente desconocidos; también trata sobre cuestiones puramente técnicas, como el análisis de algunas obras concretas, o el de determinados instrumentos y sus dificultades para los solistas, y ya no digamos, cuando se interna en el campo teórico de la composición, planteando cuestiones de armonía, acordes, contrapunto, canon, melodía y mil cosas más que se salen de lo que puede seguir un profano, por más que le guste la música clásica. Tan es así, que hubo de aclarar en una nota de las primeras ediciones del libro, el hecho de que pasajes bastante amplios de éste, fueron en su totalidad escritos por Theodor Adorno, un musicólogo alemán amigo suyo, que aceptó su encargo, pero que posteriormente le requirió para que reconociera públicamente su autoría.
En cualquier caso el texto del libro es, como casi siempre ocurre en los libros de Thomas Mann, de una extraordinaria calidad, y quizá en este caso el hecho sea aún más meritorio, en función de las especiales dificultades que, como acabo de indicar en las páginas anteriores, plantea el tema del libro. A pesar de ello, consigue mantener página a página, suficiente tensión narrativa como para llevar la mente del lector como agarrada de la mano, sin permitirle despistarse y sin dejar de tener la sensación de estar leyendo un texto de una gran significación. Luego, en los momentos críticos o culminantes de la trama, el interés y la sensación de calidad suben aún más el tono hasta llegar a producir auténtica emoción, derivada, no sólo de las circunstancias emotivas de la trama, sino también de la constatación de estar leyendo una prosa dotada de una envidiable capacidad intrínseca de emocionar.
En este punto se podría inquirir: ¿pero, hay muchos momentos en que la trama adquiere esa dimensión emotiva y culminante, o el libro se desenvuelve con un ritmo sosegado y exento de emoción, como parece derivarse de su planteamiento? Esta pregunta debo contestarla admitiendo que, efectivamente, algo de esto último hay, sobre todo si se tiene en cuenta la amplia extensión del libro, porque, esos momentos culminantes se sitúan en las fases más intensas de la trayectoria personal del protagonista que, por aventurar una cifra, quizá supongan un sesenta por ciento de su paginado. Siendo así, es cierto que dichos momentos álgidos son escasos y están concentrados en el último tercio del libro, lo que puede convertir la lectura de la otra fase menos intensa, —el cuarenta por ciento restante— en una labor que requiere esfuerzo y determinación, aunque siempre compensado con la lectura de su excelente prosa.
¡Pero ojo!, basándome sólo en lo expresado hasta aquí, quizá no estaría ahora recomendando este libro, ni siquiera, probablemente, escribiendo su reseña. Lo que me anima a escribirla y a recomendar su lectura —con la lógica salvedad de que se asuman estos temas— es su contenido simbólico en cuestiones como el carácter de la nación alemana, su historia musical, su tradición filosófica, y su trayectoria militar desde la creación del Estado alemán en el siglo XIX, hasta la gran hecatombe de 1945. Son cuestiones que Mann introduce en su novela sobre el mito de Fausto, quizá, para ampliar y potenciar así su contenido, y quizá también, por su interés en hablar de todo ello en una encrucijada histórica en la que estos temas eran de candente actualidad, además de tremendamente polémicos y controvertidos.
Me limitaré a enumerar: El personaje de Adrián Leverkühn, pretende ser un alter ego de dos personajes reales, uno, en lo musical, el compositor austriaco Hugo Wolf, especializado en lied (canción alemana) y hombre de temperamento desequilibrado; y dos, en lo filosófico, de Friedrich Nietzsche, el célebre escritor y pensador de personalidad depresiva y enorme influencia en su época. Aparte de esas referencias, se sugiere de manera subliminal en el texto, que el conocido contubernio característico del mito de Fausto, en el que alguien ofrece su alma al diablo a cambio de unos determinados y extraordinarios favores, se desarrolla también en una dimensión colectiva, promovido, nada menos, que por el conjunto de la nación alemana (impelida por sus dirigentes) que disfrutaría así de su mayor momento de gloria, aunque con la delimitación temporal del plazo acordado, tras el que todo se viene abajo sintiendo la caída como mucho más dura. Naturalmente, se trataría de un símil que el autor aprovecha para reflexionar y hacer todo tipo de consideraciones sobre la realidad alemana, especialmente en el periodo de entreguerras, aunque también en periodos anteriores.
¿En que se concreta esa parte de la novela que dedica a tratar sobre estos asuntos? En mi opinión, todo lo relacionado con el nacionalismo alemán, —que es de eso de lo que hablamos— es la parte más interesante de la novela y el autor la trata con su estilo característico, lo que quiere decir que, además de su calidad como escritor, plantea el asunto con unos recursos que son muy suyos y que vemos repetidos en sus otros libros. Sus protagonistas, por ejemplo, suelen tener una característica muy alemana: la ambición por triunfar, el deseo irrenunciable de luchar denodadamente hasta obtener el éxito. Los personajes masculinos, sin embargo, tienen otro rasgo que les señala: son ambiguos, es como si su personalidad se escapase por alguna fuga invisible impidiéndoles definirse de una manera clara, a veces esa ambigüedad es sexual, pero no siempre. En cambio las mujeres suelen ser de personalidad fuerte, su feminidad triunfa a través de la rotundidad y el carácter, no a través de la delicadeza. Y el niño, cuando existe como personaje, es el ángel tierno, el efebo delicado y bello, y de maravilloso carácter. Estos rasgos son recurrentes en algunos protagonistas suyos, lo que no quiere decir que todos sus personajes respondan a esos esquemas, al contrario, su variedad permite demostrar que los estereotipos que a veces se manejan —con excesiva alegría— hablando del carácter de los pueblos, pueden ser tremendamente inexactos, además de injustos. Al hilo de estos conceptos surgen algunas dudas; veamos: El narrador de la novela, como dije al principio, es un amigo de la infancia del compositor que sigue en contacto con él a lo largo de su vida, ¿es posible que sea también el trasunto del propio Thomas Mann en el sentido de que la ideología que se esconde tras las palabras del narrador del libro coincida con la de su autor? No sería nada raro dado que es habitual que los escritores viertan contenidos autobiográficos entremezclados con los de ficción. Y como una ramificación de esta pregunta diría también: ¿La ambigüedad de Leverkühn —que la tiene— habría de hacerse extensiva también a la toma de posición ante el nazismo del propio Thomas Mann?
Si me hago estas preguntas u otras similares, es porque el lector de la novela se va a encontrar también con motivos sobrados para planteárselas a consecuencia de la reiterada —a lo largo del texto— insistencia en lo mismo: la extraordinaria valía de los músicos alemanes; o de los pensadores alemanes que llevaron la filosofía a sus más altas cimas; o la lucidez de Lutero que ya en el siglo XVI supo despejar las tinieblas del Catolicismo romano; o la eficacia y la determinación de la milicia prusiana que enseñó a ingleses y franceses el funcionamiento de un ejército; o la brillantez en todos los órdenes de los científicos e intelectuales teutones; y por supuesto, la presencia de los hombres y las mujeres alemanes que siempre conjugaron en su espíritu y en sus cuerpos, los ideales de perfección y belleza heredados de la Grecia antigua. Y cuando, por una serie de desgraciadas circunstancias —en las cuales ellos no creían tener culpa alguna—, el tratado de Versalles les llevó a la ruina y a la humillación, nadie, como el pueblo alemán, hubiera sabido superarlo en tan poco tiempo hasta el punto de darle totalmente la vuelta a la tortilla. Es decir, que el mensaje contenido en el libro es germanófilo hasta decir ¡basta! Pero Thomas Mann lo desequilibra favorablemente exponiendo también lo contrario, es decir, a que extremos de ignominia y desvarío llegó el pueblo alemán conducido por un nazismo envenenado de soberbia y orgullo, un poco en la misma manera en que Mefistófeles envenenó la mente de Fausto (Leverkühn, en este caso). Este es el esquema de partida del libro; mi duda, y aquí es donde entra lo de la ambigüedad que decía, es que no estoy convencido del todo de que ese desequilibrio a favor, que se pretende al introducir los conceptos contrarios al nacionalismo, suponga un mea culpa sincero que garantice que lo que fueron desvaríos de un orgullo culpable, no se vuelvan a repetir en el futuro. Así que leyendo esta sucesión de conceptos contrapuestos, me quedo un poco mosqueado y dudo de la sinceridad de un mea culpa que me parece desganado, como si renegase de todo aquello, mucho más, por la obligación que impone la derrota, que por auténtico convencimiento de que aquel régimen fuese de inspiración demoníaca.
Así que la profesión de demócrata convencido de Mann, formalmente queda a salvo, su enfrentamiento con el nazismo fue real y lo demuestra su exilio y acogida en los Estados Unidos durante la guerra. Pero así y todo, yo mantengo un poco de mosqueo fomentado por la querencia a la ambigüedad que muestran algunos de sus personajes y que él mismo se encarga de exhibir cuando se lanza a hablar sobre la situación de su país. Sirva también como ejemplo de su ambigüedad, el hecho de que en sus libros aparece como el más simpático de los narradores, haciendo gala de la fina ironía que contienen sus libros, para luego, en la realidad de su vida privada, demostrar, como han indicado con imparcialidad sus biógrafos, que fue un tipo soberbio y engreído hasta extremos difícilmente compatibles con la afabilidad que parecen destilar sus escritos, ¿Cómo fue posible esa labor de ocultamiento y disimulo de su auténtica faz? Pues lo fue, por la ambigüedad calculada que, ayudado en su formidable habilidad como escritor, distribuyó entre los personajes de sus libros, y también en su propio personaje, no sólo en lo privado, yo sospecho que también en lo público.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 7