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EL DIABLO A TODAS HORAS

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Portada de EL DIABLO A TODAS HORAS

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Autor: DONALD RAY POLLOCK
Título original: The Devil All The Time
ISBN/ASIN: 9788494015656
Género: Narrativa
Editorial: LIBROS DEL SILENCIO
Fecha de publicación: 2011
Fecha de edición: 2012
Número de páginas: 372

Sinopsis:
Tras el sensacional éxito de Knockemstiff, he aquí la esperadísima primera incursión en la novela de Donald Ray Pollock: El diablo a todas horas mezcla la imaginería del gótico norteamericano con la sequedad y crudeza de la novela negra más descarnada en una trama adictiva y contundente, que replica y expande la intensidad de sus mejores relatos. Todo un despliegue de poder narrativo, y la reválida de una firma imprescindible.

Cuando Willard Russell, veterano de la primera guerra mundial, descubre que el cáncer empuja a su mujer hacia una muerte inevitable, concluye que solo Jesús podrá socorrer a quien la ciencia ha condenado; tras erigir un altar en pleno bosque, se entrega a unas sesiones de oración que, poco a poco, se tornarán peligrosamente sangrientas, y en las que participará, estoico, su hijo Arvin. Durante más de dos décadas, desde la resaca posbélica hasta los aparentemente esperanzados años sesenta, Arvin crece en busca de su propia versión de la justicia, rodeado de personajes tan particulares como siniestros: Carl y Sandy Henderson, una pareja de asesinos en serie que patrullan América en una extraña misión homicida; el fugitivo Roy, predicador circense y febril, y su compañero Theodore, guitarrista paralítico y asediado por sus pulsiones; el religioso Preston Teagardin, cruel, sádico y lascivo, y el sheriff corrupto Lee Bodecker, que está dejando de beber. Hombres y mujeres frecuentemente dominados por formas monstruosas de la fe, que perdieron el rumbo en un mundo a la deriva donde Dios no es más que una sombra.

· «Violento, inquietante, perverso, desgarrador… y muy bueno. Puede que sientas rechazo, puede que te impacte y es casi seguro que te horrorizará, pero leerás hasta la última palabra.» The Washington Post

· «Absténganse las almas sensibles. Pollock se interroga sobre el mal, sobre la parte oscura que hay en cada individuo, desplegando una prosa suntuosa.» Le Monde

Ficha creada por Krust

 
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DIOS A DESTIEMPO
5 con 8 votos

Sangre, sudor y lágrimas. Hay que verter mucha tinta roja, transpiraciones corporales varias y llanto desolado por la tierra amada de las letras para encontrar entre la literatura contemporánea alguna lectura que sea digna de figurar entre las grandes obras maestras de la literatura. Pero a veces sucede, y esta diabólica novela que ha engendrado Pollock bien podría pasearse impunemente por la posteridad sin preocuparse demasiado en consultar ese reloj de arena intemporal que utilizaremos después para medir el tiempo, largo en el mejor de los casos, en que volverá a aparecer en las estanterías modernas de nuestras librerías alguna obra de este calado. Si es usted poseedor de una de esas jodidas almas sensibles que acaramelan el tedio de cualquier existencia, lárguese de aquí, hágase el favor, hágase pues su voluntad, y continúe rebuscando en todo ese insustancial contenedor de basura de lecturas impulsadas hasta los primeros puestos de las listas de los más vendidos del actual vertedero editorial por ese público sometido al rebaño de las modas; porque corre seriamente el peligro de ‘perderse’ de por vida ante semejante despliegue de desgarradora y humana perversidad.

Donald Ray Pollock nació en Ohio en 1954, como desunido de otros lugares más habitables y hacia el sur de ese estado concreto encontramos el condado de Knockemstiff (título, por cierto, de una serie de relatos cortos ensalzados por el beneplácito siempre acogedor del favor de crítica y público que supuso la puesta de largo del autor en 2008, a la nada temprana, aunque admirable, edad de 54 años); un terruño desolado donde cristo perdió la gorra y el diablo pasó a recogerla, un espacio que conoce al dedillo, y donde vuelve a localizar y desarrollarse la acción de esta novela; un pedacito de infierno en la tierra que les aseguro que no olvidarán jamás. A los 17 años dejó la obligación y el sopor de las aulas para conocer la tiranía del trabajo duro y mal remunerado, encalleciéndose las manos y el alma, primero en una planta cárnica y después en una fábrica de papel. Tras su exitoso debut, perdió el miedo y mandó a tomar por el culo al asalariado despertador que lo arrancaba de su catre cada mañana para fichar en el implacable reloj de marcaje de la factoría de turno para acabar graduándose, ya en 2009, en la universidad y preparar en dos años el lanzamiento de esta, su primera novela larga. Doble o nada.

Con una galería de personajes extremos en su condición de mortales, sin expectativas claras de evolución en un futuro que se nos antoja de supervivencia, que les obliga a improvisar el mañana que a su vez vendrá a expensas de lo que a todas horas de hoy acontezca, y sin olvidar en ningún momento la memoria de un pasado que les condiciona sobremanera desde el mismo momento en que nacen en esas poblaciones donde el censo bien podría contener un solo apellido entre sus habitantes y donde todos son un poco primos entre ellos, un poco hermanos de la misma mierda, paridos por la misma madre ‘gótica y sureña’ que les dio a luz entre tinieblas; la novela transcurre a lo largo de veinte años desde mediados de los años 40 con el recuerdo de la guerras norteamericanas marcado a fuego en el veterano lomo de algunos de sus personajes principales (Willard Russell, que es el encargado de abrir el fuego protagonista en un soberbio primer acto de situación, cediendo luego el relevo a mitad de lectura a su hijo Arvin) hasta mitad de los 60 cuando empiezan a surgir desde algún arcano recodo de la rebeldía juvenil norteamericana esos primeros hippies que abandonan sus nidos familiares, pateando con rabia para romper los cascarones y salir de los huevos del sistema y regalándole después una flor, para lanzarse a las carreteras en busca del firmamento posterior de Woodstock.
Lúcida reflexión sobre el poder que ejercía entonces la religión cristiana en esos yermos parajes repletos de paletos (mención especial para los dos predicadores: Preston Teagardin, el oficial de la escuela papal, y Roy, un charlatán de circo convencido de su gracia divina); el estilo narrativo de Pollock, fluido y sumamente adictivo, nos conduce a lo largo de siete partes, subdivididas en cincuenta y cinco capítulos sin concesiones, donde resulta imposible sustraerse del interés que cualquiera de esas vidas ejerce sobre el lector: el matrimonio de Carl y Sandy Henderson componen una road movie terrorífica, mientras el sheriff Lee Bodecker (hermano de Sandy y cuñado de Carl) lleva el género hacia la intriga de las mejores novelas negras de la época. Difícil de clasificar en un género concreto: toneladas de cigarrillos, whisky a raudales, sexo adulto que haría enrojecer de vergüenza a la misma malasombra del tal Grey (afortunadamente Pollock nunca será un jodido best seller), música de Elvis sonando en las cochambrosas radios de tugurios inmundos que no traspasarían ustedes de otra manera que no sea a través de la lectura de esta novela… ya que cada personaje, todos ellos gentuza de segunda división regional, tira con una fuerza inusitada hacia la punta de la pluma de Pollock con la intención de conseguir el protagonismo que supone la supervivencia entre las líneas de las que dispone cada uno, solo la pericia del autor haciendo que todas esas existencias se crucen en sus trayectorias, se crucifiquen en sus intersecciones, confluyan en una misma obsesión teñida de ocre por el óxido de los clavos de la Santa Cruz que todo lo une, a los estados y a quiénes los habitan, es capaz de crear una excelente salida a la desbocada huída hacia ninguna parte de esta jauría humana.

Todo eso, y sólo eso, permite que Dios ponga a cada uno en su sitio (cuando cierras la contraportada del libro y reflexionas sobre ello, nunca antes de hora) y sea después, y sólo después, cuando la estela divina del creador de dolor ya deja de percibirse en el horizonte, llegue el Diablo, a la hora que le apetezca, y vuelva a descolocarlo todo, a ellos (los personajes) y a nosotros (los lectores) dejándonos desorientados y en busca de un lugar, otro lugar, otra lectura, puede que llamado Tristeza, puede que Redención.
Será esta una novela de culto, no tengo ninguna duda al respecto, de este siglo XXI, el nuestro.-

Escrito por _567_ hace mas de un año, Su votacion: No ha votado

CREA DEPENDENCIA
4.67 con 3 votos

Brutal. Realmente el diablo no abandonó ni un segundo a Donald Ray Pollock mientras escribía este libro (seguramente ya le había vendido su alma cuando escribió Knockemstiff).

Una gran novela, con grandes personajes; tan buenos los principales como los secundarios, que también tienen sus dos o tres hojitas de gloria.

Como diría Murphy, todo lo que es susceptible de ser corrompido será corrompido, solo hay que esperar el tiempo suficiente. En esta tierra donde Dios hace tiempo que no dirige su mirada, el tiempo ha pasado ya y muy pocos son los que se salvan de la podredumbre, aunque, y esto es lo que lo hace más tremendo, en estos pobres "diablos a casi todas horas" permanecen unas pocas gotas de conciencia que les hace ser impotentes y, a veces, no siempre, horrorizados espectadores de ellos mismos.

Pero no estamos ante una historia de perdedores; nos encontramos en un escalón más abajo, el de aquellos que nunca han tenido nada que perder y viven en la desesperanza de los que nacieron con muy pocos números de la tómbola y en el entorno equivocado… podríamos ser nosotros mismos. Y esta es la gran fuerza de los relatos de Pollock (porque esta novela podría entenderse como un libro de relatos de igual forma que su anterior obra –Knockemstiff, el mismo pueblo que volvemos a visitar en este libro y que es el lugar de nacimiento del autor- podía leerse como una novela). Por mucha que sea la podredumbre, y es mucha, los personajes y sus acciones se nos hacen muy reales por verosímiles: su estupidez, su depravación, su amargura, su degeneración, incluso su inocencia, su candidez, que también la hay, todo se nos antoja desconcertantemente cercano.

Hay sexo, sí; hay violencia, mucha; hay perversiones, unas cuantas. El sexo puede ser algo muy retorcido; matar no es solo acabar con la vida de alguien. Pero nada es gratuito, el relato es sencillo, no se recrea en lo abyecto, y lo que es más perturbador, no todo está en lo leído. Como en el erotismo, también en la violencia es mucho más potente sugerir que enseñar. Una escena contada hasta el mínimo detalle es eso, una escena; una escena sugerida, si está bien sugerida, son miles de escenas, tan morbosas, retorcidas y malsanas como la imaginación de cada uno es capaz de elaborar.

“Cynthia era uno de sus mayores éxitos. No era más que una chica de quince años cuando él había ayudado a uno de sus profesores del Heavenly Reach a sumergirla bajo las aguas del Flash Fish Creek durante una ceremonia de bautismo. Aquella misma noche se había follado a aquella criatura delicada debajo de unos rosales, en los terrenos de la universidad, y al cabo de un año se había casado con ella para poder trabajársela sin que los padres fisgaran en sus asuntos. En los últimos tres años, Preston le había enseñado todas las cosas que se imaginaba que un hombre podía hacerle a una mujer. No quería ni pensar en cuántas horas de su vida le había costado, pero ahora la chica estaba tan bien entrenada como el mejor de los perros. Solamente tenía que chasquear los dedos y a ella se le empezaba a hacer la boca agua pensando en lo que a él le gustaba denominar su "cetro".”

“Al chaval de Iowa le costó más tiempo que a la mayoría darse cuenta de lo que estaba pasando, pero aún así no ofreció mucha resistencia. Carl se tomó su tiempo y sacó por lo menos una veintena de fotos de objetos saliéndole de varios lugares: bombillas, perchas y latas de sopa. Para cuando dejó la cámara y dio el asunto por acabado, ya empezaba a oscurecer. Se limpió las manos y la navaja en la camisa del chaval y luego se puso a caminar hasta que encontró una nevera Westinghouse entre la basura… las paredes estaban cubiertas de una fina capa de moho verde y en un rincón había un frasco roto de mermelada viscosa y gris. Joder, ¿vas a meterlo ahí dentro? – Me da la impresión de que ha dormido en sitios peores –dijo Carl.”

Una novela que crea dependencia, que se lee alternando las sonrisas – comprensivas o culpables- con las muecas de asco por esa inmundicia que nos degrada y nos agrada como ese picor que aliviamos hasta hacernos sangre.

P.D. Tiene pero, sí. Para mi gusto, el final de la novela es demasiado justiciero y, paradójicamente, no hace justicia al resto del libro.

Escrito por Guille hace mas de un año, Su votacion: 8