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CUENTOS

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Portada de CUENTOS

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Autor: IGNACIO ALDECOA
ISBN/ASIN: 9788437600994
Género: Narrativa
Editorial: CÁTEDRA
Fecha de edición: 2005

Sinopsis:
En torno a los temas del trabajo, la guerra, la burguesía, los condenados, los viejos y los niños y los seres libres, Josefina Rodríguez, esposa de Ignacio Aldecoa, ha reunido una selección de cuentos de quien ha sido maestro indiscutido del género. Esto relatos constituyen un puntual testimonio de los años oscuros de la postguerra y en ellos palpita, en apretada humanidad, la gente triste y resignada, amarga y tierna de la España de los años 50.

 
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ALDECOA Y LA POSGUERRA
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Seguro que a cualquier español le habrán dicho alguna vez aquello de “tienes más cuento que Calleja” (Saturnino), pero de la guerra para acá, el mejor escritor español de cuentos es, por lo visto, Ignacio Aldecoa. Así que armado con esa fe, que me ha sido previamente revelada, me dispongo a leer los cuentos suyos que incluye esta recopilación de Cátedra.
Vaya por delante que, no siendo aficionado a relatos de menos de cuarenta o cincuenta páginas, dudo que su lectura me llegue a producir ningún éxtasis y, en ese sentido, he de dar la razón a los que han dicho, empezando por el mismo Aldecoa, que el relato corto constituye un género en sí mismo, no como pasarela de acceso al estrato superior de la novela, sino con entidad propia, con mecanismos de creación y de interpretación independientes, y con tanta categoría como los demás géneros literarios. Por ello, en razón de sus coordenadas específicas y de complicado acceso para mí, tengo que suponer a priori la improbabilidad de que pueda aportar lo que el género exige, que es mucho, y me llevará seguramente a disfrutar sólo parcial y limitadamente.
La primera observación que anoto es que casi todos los cuentos son muy cortos, incluso de menos de diez páginas, lo que, inevitablemente tiene consecuencias directas en su contenido: son pura anécdota (por breves, no por insignificantes), son apenas, retazos de realidad, decía yo para expresar lo mismo refiriéndome a “Dublineses”, son instantáneas extraídas de la vida, que apenas duran unos minutos, pero, ¿qué son unos minutos en la vida si, además, suele tratarse de los más cotidianos? Pues apenas nada, ese tiempo es sólo un destello, sus cuentos tienen poco contenido, son poco densos; pero por más que representen tramos cortos de vida, hay que convenir en que, para cada personaje, las circunstancias vividas en esos destellos podrían tener importancia, de hecho, con seguridad, la tienen.
Así pues, su pequeña extensión y el efecto subsiguiente, su ligerísima trama, tiene como consecuencia un relato en el que pueden ocurrir dos cosas; una, que el meollo de la pequeña historia de tan obvio no pueda escapar a la captación del lector; otra, que esté solapado, que, camuflado bajo su aparente sencillez, sea difícil dar con él. Según mi experiencia, en la mayoría de casos no descubro tal meollo, (si es que existe), lo que me hace percibir el relato como un texto extremadamente simple que así, en un pronto, ni catalogo como bueno, ni como malo.
Entonces, ¿qué se puede deducir del contenido del párrafo anterior? Mi conclusión es que, el impacto que ejercen estas historias, viene impuesto por la sintonía que tenga el lector con las circunstancias propias del cuento; si traspasa el umbral que permite entrar a contemplar la historia desde dentro, no desde fuera, el panorama cambia.
Pongo dos ejemplos: El primero trata de un grupo de trabajadores del campo pillados en el paréntesis que hacen en los momentos más duros de su trabajo, aprieta un calor inclemente, se adivina el frescor del agua del botijo, se lo pasan entre comentarios rutinarios, surge una leve conversación entre unos y otros, y… y ya ha terminado. ¿Sintonía de este lector?, poca. En el segundo ejemplo, un matrimonio se sienta a la mesa en la periódica comida de los domingos, con sus hijas y con sus maridos; conversan, ellos de negocios, ellas sobre chismes, después llega el hijo soltero y la conversación se desplaza hacia una incómoda incursión en las convenciones sociales, se acaba la comida y la conversación, y se van al futbol. ¿Mi sintonía?, mucha, me interesó y, por tanto, me gustó. Esta recepción radicalmente diferente de ambos relatos, ¿tiene sentido? En ninguno de los dos la ínfima trama da cambios bruscos, la situación de los personajes permanece inmutable en su escasa duración, los diálogos expresan estados de ánimo, o la manera de pensar de los personajes, pero, en ambos relatos por igual, ¿por qué entonces uno sí y otro no? Se me ocurre pensar que soy un lector demasiado ajeno al mundo rural, que no siento con la debida intensidad el pequeño drama, o la pequeña comedia, que están representando esos campesinos en su escenario natural, que es la tierra, es algo externo a mí mundo y, aunque lo intente, no consigo sentir la impronta que conlleva; en tanto que yo, ese mismo lector, que he vivido siempre en familia, en mi ciudad, con unos hábitos parecidos y con unos vecinos o amigos que también llevan una vida similar, percibo la sobremesa dominical de estos vitorianos (supongo que habla de sus conciudadanos), como algo que capto desde dentro y que, desde ahí, me afecta y lo reconozco como propio y casi casi diría que lo vivo como supuestamente lo viven los personajes y como probablemente lo vivió, el propio Ignacio Aldecoa, el día que lo escribió.
Hay otra cuestión que me interesa traer a colación, porque viene muy al hilo del razonamiento del párrafo anterior; se dice a menudo con referencia a estos cuentos o a cualquier colección de cuentos o relatos en general: “… son irregulares, los hay muy buenos, pero también menos buenos, los altibajos son inevitables, el autor no puede mantener siempre el mismo nivel de excelencia …” Para poder enunciar con cierta base la manida frase anterior, habría que establecer la valía de cada cuento, ser capaz de ponerles nota, de catalogarlos como buenos, o como menos buenos; ¿acaso hay algún patrón, alguna vara de medir, alguna referencia válida a la que arrimar estos cuentos para poder, en la comparación, dilucidar si son buenos o no? Yo no creo que el manejo del lenguaje establezca diferencias entre unos y otros, porque todos están bien escritos y en cuanto a su argumento, es tan leve que malamente serviría para anteponer unos a otros. ¿Qué queda entonces para poder evaluar la categoría del cuento; habrá tal vez algún criterio oculto, o de difícil concreción, que a mí —inexperto consumidor de relatos cortos—, se me haya escapado? No lo creo y si he de guiarme por mis sensaciones para valorar, sólo me queda el asunto que tratan, el ambiente en que se ubican y el talante de sus personajes. Así que vuelvo tercamente a lo que ya dije; si empatizamos con todo eso, el cuento nos agradará y nos parecerá muy bueno, si no, la lejanía afectiva nos lo hará aparecer como flojo. Quiero decir que, objetivamente, los cuentos de Aldecoa son todos buenos, están bien escritos y su estructura es tan sencilla que no pueden ser malos. Ahora bien, podrán entretener, emocionar, sorprender, hacer meditar… o también podrán pasar de largo sin producir casi ningún efecto, todo ello en función de los gustos particulares de cada cual y de su facilidad para sintonizar con las situaciones. Al menos, así me están afectando a mí; los ejemplos contrapuestos del mundo rural y de la burguesía, son extensibles a los otros temas que aparecen aquí y que fluctúan entre el interés y la desafección.
Pero hay una última cuestión, que también puede influir en la reacción que produce el cuento: la tristeza que caracteriza el ánimo mayoritario de la franja de población que suele protagonizar sus cuentos; una tristeza desesperanzada, cuando se trata de pobres y oprimidos y si son burgueses, la tristeza preñada de amargura de los vencedores que —en lo más profundo de su ser—, sienten que no son ganadores del todo. Ese ánimo decaído de las capas populares y parte de la burguesía, influye en sectores muy sensibles de la sociedad —caso de los movimientos literarios—, que adoptan una actitud crítica, al menos, en la medida en que les era permitido. Estos relatos, por su datación, están dentro de los movimientos literarios de los años cuarenta y cincuenta; en plena depresión anímica, Aldecoa muestra su malestar al régimen y lo demuestra con su inclinación a acentuar los padecimientos sufridos por seres desvalidos y vulnerables, o en caso contrario, por mostrar la mediocridad de una burguesía deleznable, que detestaba. Aun así, lo triste no ha de producir necesariamente mala impresión, literariamente hablando, incluso podría producirla buena; empero, es verdad que leer repetidas historias cortas hace que la tristeza desanime más, por reiterativa, que si se tratase de novelas largas en las que, una vez dentro del libro, se acomoda uno pronto a la situación.
He escrito esta reseña según leía los cuentos, pero no de un tirón sino espaciadamente, teniendo así la oportunidad de ir corroborando poco a poco lo ya dicho, y efectivamente me reafirmo en ello, como lo prueba el hecho de que el cuento que más me ha gustado, incide aún más que los otros en temas para los que estoy especialmente predispuesto. “Young Sánchez”, que se sitúa en un barrio de Madrid —no dice cuál pero da lo mismo—, contiene un retrato magnifico de Paco, de su mundo y de las personas que lo habitan. Paco, es un chaval que intenta salir de su incierto destino particular triunfando en el boxeo. Paco vive, con una madre esclava del trabajo, su padre enfermo y una hermana poco agraciada, en la modestísima vivienda familiar; cuando sale charla con todos, con los amigos en la calle o en la barra del bar, también con los vecinos, con los antiguos compañeros de colegio, con los vendedores de las tiendas o del mercado, con el quiosquero que le vende el Marca, con una plausible novia que es dependienta, con su manager y entrenador, con otros compañeros en el gimnasio, o con los jugadores de mus del bar que le adulan en sus ilusiones boxísticas. Paco tiene una inminente pelea en Valencia en la que está toda su ilusión y en la que está su única posibilidad de escapar de su destino, porque sabe que el mundo del boxeo es el último asidero al que agarrarse para salir de la mediocridad; bueno pues, pese a todo, Paco tiembla, la ansiedad le puede.
Todas estas cosas me llevaron, como urbanita innato que soy, a visualizar en la memoria el recuerdo de aquel lejano universo del barrio que conocí y que se parecía mucho a éste de “Young Sánchez”. Los personajes de este cuento se expresan con un lenguaje muy específico, muy propio del ámbito urbano que lo acoge, lo que me viene al pelo para terminar la reseña hablando de los diálogos que utiliza y de la precisión con que refleja el habla, o la jerga propia de cada ambiente.
Me agrada menos cuando trata del mundo rural y no sólo porque me sea menos afín, sino también porque creo que se excede con su empeño de adoptar, en las dos o tres páginas iniciales, unas maneras preciosistas, con demasiados cultismos, utilizando palabras inhabituales (rescoldo de su vocación poética) que exigen tirar de nota a pie de página, en una especie de introducción poética que, pasado ese comienzo, deja, para volver y centrarse en la pequeña trama del cuento, otra vez con los diálogos sobrios, elocuentes, costumbristas, amanerados, o como sea que hablen los personajes de cada grupo social, o geográfico en que se ubiquen sus personajes.
Me agrada más, sin embargo, cuando los escenarios campesinos dan paso a los urbanos, en “Young Sánchez” volví a oír, tras muchísimos años, formas de expresión populares sacadas de mi infancia, vocablos que entonces hacían furor, tics chulescos, giros verbales constantemente en boca de la gente de los cincuenta, en calles de entrañable carácter, en el omnipresente metro, en unos bares que eran el sustitutivo de la sala de estar, en unos billares que ocupaban el tiempo sobrante, en el mercado por el que nuestra madre nos arrastraba de la mano, por no hablar del querido u odiado colegio, según cada cual… formas de expresión, en definitiva, que con asombrosa facilidad me retrotrajeron en el tiempo al mundo de los barrios populares de Madrid en los cincuenta, mundo que me es fácil visualizar ahora con estética de película en blanco y negro, del coetáneo cine neorrealista italiano, tan querido por Aldecoa, aun siendo consciente de que es un mundo que, es seguro ya que no existe, o, al menos, no, tal como era en los cincuenta.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 8