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EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO

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Portada de EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO

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Autor: CARSON MCCULLERS
Título original: The heart is a lonely hunter
ISBN/ASIN: 9788432219573
Género: Literatura contemporánea
Editorial: SEIX BARRAL
Fecha de publicación: 1940
Fecha de edición: 2002
Número de páginas: 384

Sinopsis:
Escrita con tan sólo veintitrés años, El corazón es un cazador solitano (The Heart is a Lonely Hunter, 1940) fue la primera novela de Carson McCullers y dio a conocer la magnitud de su talento. Centrada en el ambiente de una pequeña ciudad sureña y en un grupo de personas que -en torno a la figura emblemática del sordomundo John Singer, el personaje más conseguido de esta genial autora- tienen en común la esencial soledad, su marginalidad y el rechazo de una sociedad que les ignora, El corazón es un cazador solitario es ya un clásico de la narrativa contemporánea. Leyendo El corazón es un cazador solitario el lector no puede evitar implicarse con cada uno de sus personajes y vibra ante la experiencia de seguir a Carson McCullers en su viaje por las profundidades del alma humana. Esta pieza maestra justifica sobradamente las palabras que Graham Greene escribió acerca de su autora: «Carson McCullers y quizá William Faulkner son, tras la muerte de D. H. Lawrence, los únicos escritores con una sensibilidad poética original. Prefiero Carson McCullers a William Faulkner porque escribe de modo más claro; la prefiero a D. H. Lawrence porque no tiene mensaje.»

Etiquetas: narrativa norteamericana, siglo XX, gótico sureño

 
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FLORES EN EL ESTIÉRCOL
5 con 9 votos

“Lo más fatal que un hombre puede tratar de hacer es estar solo”. Dolorido lo comparte Copeland, el médico negro que da igual los títulos que tenga, pues, como el inspector Virgil de 'En el calor de la noche', es negro y eso basta para no ser digno y ser apaleado. Su único recuerdo agradable de un blanco es que uno se le acercara en un bar a darle fuego. Lo más triste del asunto es que la frase la suelta un hombre que se siente terriblemente solo, aun rodeado de gente, como cada uno de las almas errantes que pululan por esta tierna y dolorosa obra coral sobre el amor, la pérdida y la incomunicación.

Da igual que esa pérdida con la que decide sorprendernos la vida sea la de un ser querido, la de la inocencia, la de la fe en la justicia o en el sentido de la existencia... todas y cada una de ellas aparecen en alguno de los protagonistas de corazón solitario: Biff, Mick, Jake Blount, Willie, el indescriptible Mr. Singer. Da igual la pérdida, lo importante es si hay forma de vivir tras ella en un mundo febril que nos aísla y nos intenta anclar de manera inexorable en el desánimo y el individualismo. Sintomáticamente, el único ser de toda la obra capaz de comprender hasta el límite y con quién mejor se puede conversar es un sordo(mudo). Y paradigmática es también la explicación melancólica de Biff de por qué abre su negocio de madrugada, cuando ni le merece la pena el esfuerzo: “La noche era el momento. Estaban aquellos a los que de otro modo jamás vería”. Impotente soledad. Tal vez esto es lo peor de ese cazador solitario llamado corazón, que le es imposible ser gregario aunque sea esa la única forma llevadera de sobrevivir a la pérdida de la “presa”. Está condenado a tener espíritu de guepardo contenido en un cuerpo de león. Un absoluto desastre.

Afortunadamente McCullers comprende que los mejores frutos y flores nacen gracias al estiércol y su sentimiento timbrado y profundo se acerca más al rousseauniano de Hawthorne o Steinbeck que al descorazonador de Faulkner o Céline. Ni en lo hondo del dolor o del infierno más humanamente insuperable la escritora sureña renuncia a la ternura: “el médico aguardaba la aparición de la negra, de la terrible cólera como la de una bestia que surge en medio de la noche (…) Descendió a las profundidades hasta que finalmente no quedó más abismo. Tocó el sólido fondo de la desesperación, y se sintió algo aliviado.//En ello conoció cierta fuerza y una sagrada alegría. El perseguido se ríe, y el esclavo negro canta para su alma ultrajada bajo el látigo. Una canción sonaba en su interior ahora...” Pocas veces he tenido la dicha de gozar de unos textos en los que se entremezclen de manera tan sutil como apasionada el sufrimiento de la realidad con el ser humano interior que también somos y que es capaz de elevarse y sobrevivir por encima de la tragedia. He de reconocer no obstante, para no llevar a engaño a futuribles lectores, que tampoco es que encuentre uno exceso de consuelo en ello ni en la suposición nada errónea de lo que adviertes que está por venir.

El inicial estilo pausado y sin ahogos de McCullers colabora notablemente a que la narración fluya con naturalidad. Si bien en la primera parte de la novela puede atenazarnos esa sensación incómoda de no avanzar, su descripción situacional y episódica es imprescindible para alcanzar ese punto difícil y necesario de sentir, sufrir, comprender, derramarte con unos personajes tan dramáticamente humanos. De manera particular con Singer, enamorado de fidelidad exquisita en una relación de claro componente homosexual, extraña y hermosa, que atraviesa de manera trasversal toda la obra; John Singer, principio y fin de cada una de sus páginas, esté o no presente, protagonista de un prólogo cuya profundidad no se alcanza del todo a comprender hasta que casi se está cerrando el libro, y dónde después de él todo es un profundo y desolador epílogo.

La intensidad, explosión y cochura del estilo crítico de McCullers en lo tocante al racismo, al individualismo, a la desesperanza obligada de las clases pobres y, de manera mucho más concreta, su enfoque directo y nada velado hacia un tema tabú como la homosexualidad no serían comprensibles sin la propia historia personal de la que aparecen constantes referencias a lo largo de esta su primera novela: su nacimiento en una familia de clase media del sur, el piano y el amor por la música de la adolescente Mick compartido por la escritora, la profesión en común del padre de ambas -joyero-, el sentimiento constante de pérdida e impotencia seguramente marcado a fuego por sus constantes enfermedades y recaídas... y cómo no, su asumida homosexualidad que la llevó a tener varias relaciones con mujeres -incluida la mantenida con la otra excelente sureña Anne Porter- a pesar de haber contraído un conveniente matrimonio. En una sociedad tan estúpidamente puritana y clasista como la norteamericana de los años 40 la impertinente osadía de McCullers sólo es posible desde su recóndita soledad y su sentimiento de incomprensión. Sólo desde otro cazador solitario.

¡Oh, melancólico corazón!, por muy amado que seas del resto del mundo ¿encuentras acaso sentido a tu existencia cuando perdiste aquel objeto a quién amar?

Escrito por Poverello hace mas de un año, Su votacion: 8

SOBRIA ARQUITECTURA DE PERSONAJES
5 con 5 votos

No tengo duda alguna de que sería mucho más acertado comparar la novela de Carson MCullers con una sinfonía en la que varios instrumentos principales tocan líneas distintas que se solapan entre sí, enriqueciéndose con la entrada y salida de instrumentos secundarios y dando lugar a una obra coral de una orquesta sinfónica magistral. Pero yo no sé nada de música. Por el contrario, al leer el libro de la narradora americana sí tengo la sensación de encontrarme frente a una obra arquitectónica, como una catedral o, mejor, la burla desesperanzada de una catedral, construida en base a los personajes del libro.

Cuatro columnas, una por cada personaje protagonista, se erigen inclinadas hacia otro pilar central confluyendo en él. Cuatro columnas. Como si fueran los cuatro evangelios -pechos en crecimiento, nariz penetrante, temblorosos labios y ojos furiosos serán su iconografía-, o tal vez los cuatro pescadores a quienes llamó Jesús: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mt 4:19) les dijo, y así estos cuatro personajes, confluyen en el protagonista central, un enigmático sordo(mudo) que conserva en los bolsillos sus parlanchinas y oxidadas manos. A su vez el sordomudo, Mr. Singer, sin que nadie parezca darse cuenta, solo tiene ojos para su compañero del alma, Antonopoulos, un sordomudo rechoncho impregnado en sudor y grasa, de mirada bobalicona y sonrisa sabia. A quién mira aquel no lo sabemos, tal vez a nadie, acabando en su supuesta estupidez la recursividad. Solo sabemos que adora comer, beber, y algún otro íntimo placer personal. Y en caso de necesidad reza a la virgen con fervor.


Estas columnas que se erigen sobre el baldosado mundo de un pueblo sureño en EEUU a mediados de los años 40, sostienen una vasta cúpula con un magnífico fresco sobre el amor, la soledad, la (in)comunicación y la búsqueda de un sentido.

La comprensión mutua es imposible, parece decirnos. Nuestro corazón busca desesperadamente algo y para ello es mejor no estar solos. Pero necesitamos alguien que comprenda esa búsqueda y sus avatares, que nos comprenda y nos ayude a darle sentido, que nos escuche. El desastre es que esta caza del corazón es siempre personal y única, y jamás podrá ser compartida. Es sobrecogedora el ansia y la necesidad de cada uno de nosotros -y de los personajes- por abrirse sin reservas a alguien de quien no temer ser juzgados o incomprendidos. Esto es posible con un sordomudo que no contesta, o con un “subnormal” (?). Pero por afines que parezcan la búsqueda de dos personas, su comunicación unilateral, donde cada uno solo desea vomitar aquello que tiene en las entrañas y le corroe sin escuchar al otro, se irá por el desagüe en el momento en que se paren a escuchar las réplicas del interlocutor, pues nunca comprende “la verdad”. Formidable la ilustración de esto durante el encuentro (en todos los sentidos) del Dr. Copeland y Jack Blound. Esta búsqueda solitaria y depredadora de aquello que da sentido a la existencia y al mismo tiempo de un compañero ya viene magníficamente sintetizado en el título de la novela, y fue expresado a la perfección por Poverello en su reseña: “[El corazón] está condenado a tener espíritu de guepardo contenido en un cuerpo de león. Un absoluto desastre”. Él lo dice en referencia a que la pérdida de la presa solo es soportable en compañía, yo lo expandiría más a toda la búsqueda.

Entra aquí la clarificadora concepción del amor de la autora (Salakov tuvo el acierto de insertar un hermoso texto al respecto en su reseña http://www.sopadelibros.com/review/2603 ). Para Carson lo importante de la comunicación, como del amor, no es el objeto al que se dirige, sino el amante. “El amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante”, y del amante y solo de él dependerá la cualidad de este amor. El amor siempre es solitario, como todo lo que atañe al corazón. Por eso no importa que las relaciones y el afecto de los personajes que pueblan la novela sean siempre unilaterales, lo que importa es la cualidad de estas, el afecto sincero que despiertan. Esta concepción del amor rehúye toda perversión y etiqueta. Son sentimientos ricos, sutiles y desconcertantes para el personaje y para el lector, pues no son más que reflejo del amor que los personajes tienen para dar en su interior. Consideraría muy atrevido y reduccionista afirmar que Singer es homosexual o siente un amor homosexual por Angelopoulos, o que Biff es un pederasta. Las únicas etiquetas que podría colocar a sus sentimientos son las de un amor singeriano para el primero y biffniano para el segundo. En esta cadena todo vuelve a acabar en Angelopoulos. Biff ama a Mick que ama a Singer que ama a Angelopoulos que no sabemos a quién demonios ama si es que ama a alguien.

Este punto de partida a raíz del cual se desarrolla la novela me parece formidable y habría podido dar lugar a un excelente cuento. Es más, si los capítulos dedicados a Mr. Singer -mis favoritos, en concreto el prólogo, probablemente lo mejor de la obra- se hubieran publicado por separado, el significado habría permanecido intacto. En realidad el resto del libro, los devenires de cada personaje, no son más que ilustraciones de estas ideas, con la peculiaridad de que cada uno tiene un contenido a desarrollar que da el valor añadido suficiente para engrandecer la historia y formar la más que buena novela que resulta al final.


Siguiendo con nuestra catedral es curioso cómo las cuatro columnas se relacionan entre sí pero sin llegar nunca a entremezclarse, se trata de esa imposibilidad de comunicación real de la que hablábamos. No obstante, tienen un desarrollo similar. El avance del libro está bien estructurado dedicando un capítulo a cada personaje, como los POV que ha puesto de moda George Martín en su saga pero con mucha más habilidad narrativa. Planteamiento, nudo y desenlace. Comienza con un formidable prólogo (Mr. Singer) al que le sigue un capítulo de introducción de cada personaje. Mick es una niña en crecimiento que vive en una familia de clase media baja y en decadencia; Biff, un hombre que le gusta la gente “rara”, los marginados y que ha perdido el sentido de la existencia; Copeland un médico negro que trata de promover la liberación de su pueblo y que por su rigidez perdió su familia; Blount es un pobre borracho que predica la “verdad” de la revolución proletaria. La segunda parte comenzará con el mismo esquema: un bloque con un capítulo de cada personaje con la misma función narrativa seguido de otro capítulo sobre Singer en el que reflexiona brevemente sobre sus compañeros y trata de conectar con su amigo griego. Pero poco a poco esta estructura va cambiando, algunos personajes se repiten y otros se separan individualizándose más entre sí y cobrando unos más protagonismo sobre otros.

Son precisamente estos paralelismos y diferencias de los cuatro personajes los que los hacen tan interesantes. Todos son increíblemente humanos, tienen sus demonios y sus deseos, todos son cazadores solitarios. Todos viven en esa concepción del ser humano y sus relaciones que concibe la autora, pero a su vez son distintos. Tal vez la primera gran diferencia es la señalada por Singer: todos aman y desean algo enormemente (la música, el proletario y los negros) y suelen odiar otra cosa con todas sus fuerzas, excepto Biff, él siempre está haciéndose (y al mudo también) preguntas, quiere saber el porqué de las cosas, el sentido de la existencia, ese gran problema que se le escapa al gran observador, pero en realidad en su contemplación no está vitalmente comprometido con nada. De los otros tres, Mick se dirige a ella misma mientras que los otros dos se desviven por los demás, por hacerles comprender “la verdad”. Mi favorito es Biff, el más ambiguo, lleno de matices y solitario de todos. Él es sin ninguna duda el personaje más desesperanzado de la novela, como si no perteneciera a la vida real. Puede que sea a quién menos desgracias le ocurren -o al que aparentemente menos le afectan-, y sin embargo es el más deprimente. Su esperanza no está en alcanzar a su presa, sino en la esperanza de encontrar alguna a que merezca la pena perseguir. Pobre de aquel que se identifique con este eterno observador por encima de todos los demás.


Al margen de estas semejanzas y diferencias, de los encuentros y desencuentros de los cuatro personajes entre sí y con muchos otros secundarios en absoluto irrelevantes, la historia de cada uno tiene un valor intrínseco propio. Sirviendo de historia de madurez, de denuncia social (fascismo, abusos sociales y racismo), etc. A este respecto es inevitable no indignarse por las desgracias que sacuden a los Kelly y a Copeland, o compadecerse del patetismo de Jake. Ninguno tendrá un buen final, siendo el de Mick, por lo real que resulta, el que más permanece en la memoria, pues es el miedo de todo soñador que aún no ha llegado a ser adulto independiente. *
Con todos y cada uno de estos personajes es fácil identificarse, pues todos forman parte de una misma unidad, son imágenes caleidoscópicas de la autora y con facilidad de nosotros mismos.


En lo referente al estilo no sé qué opinar. Carece de la gracia de mis autores decimonónicos favoritos, de su lírica habilidad descriptiva, de su capacidad de envolver gracias al artificio de su arte al lector y proporcionarle las más variadas emociones, esa búsqueda tan romántica de lo sublime; y sin embargo, las frases cortas y contundentes de la autora, sus yuxtaposiciones afiladas y su sencillez, su sinceridad, hacen que la forma se ajuste al contenido como un guante. El lirismo de McCullen está en donde mira, su dureza en la realidad de los hechos, su mayor virtud la sinceridad, el dejar a la historia hablar por si misma… y menuda historia… Puede que no sea igual de envolvente, puede que menos intensa de lo que me esperaba, pero la honestidad de sus páginas hace que la historia quede grabada a fuego, sobretodo porque sabemos que es verdad lo que se nos cuenta, que así es la vida.

La autora hace malabares para evitar ofrecer su interpretación de los hechos, para dejar todo abierto al lector, quien ha de interpretar las imágenes, formas y grabados de las magníficas columnas que ha trazado la autora. Por si mismo debe tratar de dar significado a la vida que emana esta formidable obra de mampostería, en la que cada frase está colocada con plena conciencia junto a la anterior. Es como si el lector tuviera que tomar a Biff el relevo.

No me cabe duda al respecto. Lo mejor de la escritura de Carson McCullen es su humanidad y sinceridad, algo en lo que no solemos percatarnos pero que es un privilegio excepcional. Hemingway decía que bastaba con ello para escribir un buen libro.


Llega ahora el único pero que veo a la novela, y es que la autora quiere jugar con la ambigüedad entre la esperanza y la fe frente la desesperanza y el sinsentido. La belleza de la vida y su crudeza, pero la balanza está demasiado desequilibrada para que me ocurra, aunque solo sea por un instante, como a Biff. “Entonces, de repente sintió como un intenso estímulo en su interior. El corazón le dio un vuelco, y se apoyó la espalda contra el mostrador para sostenerse. Porque en un fugaz resplandor captó una vislumbre del esfuerzo y del valor humanos. Del interminable y fluido paso de la humanidad a través del tiempo infinito. De aquellos que trabajan y de aquellos que -tan sólo una palabra- aman. Su alma se expandió. Pero sólo por un momento. Porque en su interior sintió una advertencia, un rayo de terror. Se hallaba suspendido entre los dos mundos. Vio que estaba mirando su propia cara reflejada en el cristal del mostrador. El sudor le perlaba las sienes y tenía la cara torcida. Tenía un ojo más abierto que el otro. El izquierdo, entrecerrado, escrutaba el pasado en tanto que la mirada más amplia del derecho se dirigía, asustada, a un futuro de negrura, error y ruina. Y él se encontró suspendido entre el resplandor y la oscuridad. Entre la amarga ironía y la fe. Se dio la vuelta bruscamente.” A mí, ni me sacude esa ambigüedad con tanta intensidad ni puedo evitar inclinarme hacia la amarga ironía. Tal vez sea demasiado sensato. Tal vez lo mejor sea cerrar el libro, salir de la lectura y cuando vuelva a entrar en otra ya estaré sosegado y pueda esperar tranquilamente el sol de la mañana.

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*¡¡¡¡SPOILER!!!
Me inquietó enormemente el final. Tras la fabulosa muerte del mudo se abre una tercera parte a modo de cierre donde la muerte del mudo no es en absoluto el motor de la acción, no obstante, con su muerte (desconcertante el cartel del viejo Simms de “ÉL HA MUERTO PARA SALVARTE”) todo se desmorona, todos vuelven a cero en su búsqueda, con el sabor del fracaso en la boca y la una leve pero brillante brizna de esperanza. Y una vez más, el capítulo de Biff es el más perturbador.

Ahora he de confesar que tampoco se de arquitectura, y abandone “El Corazón es un Cazador Solitario” como suelo abandonar toda catedral: preguntándome el profundo significado de todas esas formas que se erigen ante mí, con muchas intuiciones -como he dejado escritas- y más dudas e interrogantes. Y la sensación de que soy un poco obtuso. Pues si algo es la opera prima de McCullers es una novela abierta a la interpretación del lector y con mucho más que ofrecer de lo que parece, tanto como el lector quiera.

Escrito por Tharl hace mas de un año, Su votacion: 9