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CATEDRAL

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Portada de CATEDRAL

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Autor: RAYMOND CARVER
Título original: Cathedral
ISBN/ASIN: 9788433920577
Género: Literatura contemporánea
Editorial: ANAGRAMA
Fecha de publicación: 1983
Fecha de edición: 2002
Número de páginas: 208

Sinopsis:
En cada relato de Catedral se revela la presencia latente o la intrusión de terrores extraordinarios en una existencia ordinaria (Cathleen Medwick). El propio Carver ha escrito: "Pienso que es bueno que en un relato haya un leve aire de amenaza... Debe haber tensión, una sensación de que algo es inminente. Sus personajes son gente de lo más común: trabajadores manuales, empleaduchos, parados, parejas a la deriva... desamparados, golpeados por la vida, muchos de ellos bebedores, acceden, a pesar suyo, a una suerte de dimensión heroica, tercos testimonios de una realidad implacable. Su estilo es escueto, lacónico, opera por sustracción; se ha dicho que Carver inaugura una nueva visión, un nuevo método, una nueva tonalidad. Una de las voces más originales que han aparecido en la narrativa norteamericana desde hace muchos años.

Etiquetas: Cuentos, Realismo sucio

 
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CATEDRAL
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Dicen -Frank Kermode e Irving Howe- que Raymond Carver fue un maestro dentro de los límites que se impuso a sí mismo, lo que es una apreciación justa para quien hizo de la omisión de elementos el corazón de su arte. (Hasta el punto de convertirse en la norma que sigue arrasando hoy por todo el mundo en los talleres de escritura creativa. En España, supongo que de allí viene Sara Mesa).

Tengo entendido que parte de esos límites se los impuso, más bien, su editor Gordon Lish. Especialmente en ‘De qué hablamos cuando hablamos de amor’. Allí, por cierto, se encuentra «El baño», la “versión Lish” de mi cuento favorito de ‘Catedral’: «Parece una tontería». Existe una tercera versión, pre Lish, en ‘Principiantes’ (AKA ‘De qué hablamos cuando hablamos de amor sin editar'; que no es lo mismo que la versión final del autor) con el título: «Algo sencillo y bueno». En cualquier caso, para cuando escribió la colección de ‘Catedral’, Carver ya había dejado el alcohol y logrado cierta estabilidad con su segunda mujer, la poeta Tess Gallagher convertida también en la primera lectora de sus cuentos. A ella debemos la idea original del cuento «Catedral». Para entonces Carver tenía suficiente confianza en sí mismo para conservar sus finales y aquello que Lish identificaba con un “estilo excesivamente sentimental”. A mí me gusta.

Harold Bloom, que compara con sensatez el relato «Catedral» con «El ciego» de D.H. Lawrence, de lo que Carver no sale demasiado bien parado, le incluye entre los grandes cuentistas norteamericanos contemporáneos de segundo orden, junto a Sherwood Anderson, Nabokov, Malamud, Updike, Ozick, Ann Beattie y Alice Munro. Vista tan ilustre compañía no me parece una valoración injusta en absoluto. En el primer grupo se encuentran: Hemingway, Faulkner, Willa Cather, Katherine Anne Porter, Scott Fitzgerald, Eudora Welty, Flannery O’Connor. Por suerte nosotros no tenemos que elegir.


En cambio, de quien siempre hablamos cuando hablamos de Carver es de Bukowski. La etiqueta de “realismo sucio” me suena más a mercadotecnia que ha una clasificación literaria, pero es cierto que al menos Bukowksi y Carver tienen en común a Hemingway como santo patrón, los ambientes empobrecidos en la América de Nixon y de Reagan, los borrachos solitarios y los trabajadores precarios. Y para de contar.

Bukowski, en el fondo, era un místico. Para él la calle y el alcohol eran una pasión, veneno y enfermedad, aquello que le autodestruye y le ennoblece, el medio de alguna revelación. Para Carver en cambio la precariedad y el alcohol eran un problema de verdad. La botella podía aliviar mediante el olvido pero la salvación estaba en la comunidad. Tal vez por eso en lugar de tratar la sublime autodestrucción de un individuo, los cuentos de Carver (siempre hablando desde ‘Catedral’) giran en torno al reconocimiento mutuo y los momentos de comunión.

«Parece una tontería» y «Fiebre», dos de los mejores cuentos del libro, son variaciones de la misma historia. En ellos hay un duelo, un acoso telefónico y una especie de eucaristía laica al final a modo de cura.


La eliminación de elementos a lo Hemingway es también muy distinta en Carver. Si la revolucionaria poética de Hemingway buscaba, entre otras cosas, hacer presente la acción; la extrema ascesis de Carver le lleva más bien a los terrenos de la abstracción.

Es interesante cómo en algunas narrativas contemporáneas el relato -la distribución de acontecimientos y elementos a lo largo del texto según una lógica (opinión personal: lo aburrido de leer)- ha alcanzado una importancia sobre la historia que nunca tuvo en la novela realista. ‘Guerra y paz’, por ejemplo, trabaja con grandes unidades: caracteres, arcos de personajes, la voz del narrador, grandes reflexiones (sobre la historia, p.e.), grandes temas (la muerte…), etc.; pero en los cuentos de un Carver las unidades son minúsculas: pequeños gestos, dichos y pensamientos que se distribuyen por el texto con una función lógica.
Los peores cuentos de Carver se limitan a estas peripecias minimalistas. Exagerando: en un cuento como en «Cuidado» no hay más que rascar que unas manidas relaciones causales en torno a lo que parece ser un problema sin importancia: destaponar un oído. Mediante un hábil desplazamiento, de los que Carver es un maestro, esa pequeña peripecia tiene un significado-marco más amplio. El protagonista ?a quien su mujer ha echado de casa debido a sus problemas con el alcohol? y su mujer están proyectando el presente de su relación en la limpieza de un tapón de cera. En Carver los grandes conflictos existenciales, sociales y de pareja se proyectan en la situación más rutinaria e insignificante.

Estas proyecciones suceden a menudo hacia terceros. Los protagonistas son meros testigos a los que «afecta» aquello que presencian o escuchan. A veces, para bien. Proyectarse en un compañero de una clínica de desintoxicación puede insuflar esperanzas («Desde donde llamo»); o, en los casos más logrados, el juego de testigos y proyecciones puede producir aquel sentimiento melancólico pero abierto a una posible comunión fraternal de que todos estamos juntos desde nuestros problemas individuales («El tren»).

Por la vía de estos narradores y protagonistas que son afectados por aquello que sucede a su alrededor llegamos al mejor Carver, aquél en el que la causalidad es tan elíptica que de ella sólo queda la atmósfera. Entre la peripecia y la atmósfera, siento debilidad por «Conservación» aunque no esté entre los mejores. En «El compartimento» el protagonista proyecta sus miedos y afectos por el reencuentro con su hijo a un problema menor: el robo de su cartera en un tren, pero no podremos localizar qué de esta situación es lo que le hace cambiar de intenciones. En realidad, no es un “qué”, es algo menos nítido, intangible y atmosférico.

En algún cuento de Carver, que no me impresiona, todo se reduce a esta atmósfera. «Vitaminas» es algo parecido a una alegoría atmosférica. Hay referencias a la contracultura y a Vietnam, a crisis económicas y a la lucha por los derechos civiles de los negros y de la mujer; pero sin otro hilo en los temas que una sensación apocalíptica.


Carver llega a la mayor abstracción a través de extremadamente concreto, donde todo parece abundar en significados ocultos. Nada produce un efecto más inquietante que enumerar con precisión, como en un inventario, algo que carece todo significado. Aquí está la verdadera fuerza de un cuento como «La brida», al menos hasta un párrafo final que necesitaría un toque Lish. Ese efecto de vacío tiene unas implicaciones amenazadoras y alienantes a las que es difícil resistirse.

Me parece que es por eso que, como tan bien apuntaban Fausto (y Krust) en su crítica, los finales de Carver parecen quedar abiertos. En los cuentos de Carver no suele haber un cierre causal, pero siempre producen una clausura sentimental. Eso da la sensación de estar en una meseta en el camino de vivir y no tanto en una unidad autoconclusiva.


Para cerrar, van mis cuentos favoritos: «Parece una tontería», «Fiebre» y «Catedral». «Catedral» conserva un misterio encarnado en la figura del ciego radicalmente opaco, que no comprendo y me empuja a releerlo. Y este es el efecto que producen los narradores de primer orden.

Escrito por Tharl hace 4 meses, Su votacion: 8

RETAZOS DE REALIDAD
4.14 con 7 votos

Siempre es agradable e ilusionante descubrir un autor nuevo que te deje nuevas sensaciones con una lectura. En este caso, Carver con sus historias ha conseguido “zarandearme” y abrir los ojos (sí aún cabe más) ante una realidad sombría y melancólica. Este libro será una iniciación hacia la obra de este literato, que espero sea igual de provechoso y estimulante.

Esta es mi segunda incursión en el género denominado "realismo sucio". La primera experiencia no fue muy afortunada con "Escritos de un viejo indecente" de Charles Bukowski. Por lo que recuerdo (ya ha llovido), tiene poco que ver ambos escritores.

Este texto está compuesto de 12 relatos, sin ninguna interconexión entre ellos. Pero si poseen algunas características comunes, además del estilo narrativo.

La forma de escribir de Carver es sencilla (no simple), directa, sin adornos y refleja lo corriente de la vida con un toque pesimista y triste.
En cuanto a estilos, prácticamente me gustan todos. Me considero “omnívoro” en este aspecto, con alguna preferencia a la narración barroca y detallista. Al principio puede chocar un poco la sobriedad de palabras y expresiones, pero enseguida se habitúa al minimalismo que llega a cautivar. Es una escritura “desnuda”, pero exacta y precisa en la descripción de situaciones y personajes. No se echa en falta la adjetivación, figuras literarias o divagaciones que refuerce el argumento o haga hincapié en determinados pasajes. La utilización del diálogo es un gran complemento por su función descriptiva de los personajes, realiza una exploración de su naturaleza. La narración y los coloquios, por su forma de plasmarlo, tienen un cierto aire cinematográfico, como filmaciones de retazos de realidad.

La cotidianidad que tiene como base en todos los cuentos, no hay que confundirla con situaciones habituales y vulgares, tienen su punto peculiar sin llegar a ser hechos fantásticos o absurdos. Es la realidad vista por protagonistas comunes, corrientes donde es fácil identificarse o ver nuestro entorno. Es una búsqueda del significado de la vida (¿quién no se lo pregunta constantemente?); la identidad y su situación social y afectiva; o las relaciones familiares, de amistad, de trabajo o la sensación de soledad. La gente anónima que pulula son personas “normales”, de clase baja o trabajadores, personas frustradas, sin empleo y alcohólicos como el propio escritor. El autor ha combinado lo especial de sus personajes con lo habitual que tiene la “vida normal”, rezuman humanidad. Aunque parezca una paradoja, es un “reflejo particular” de cada persona compuesto sobre el “espejo social” de todos.

En estos relatos proliferan las crisis de pareja donde el hombre está subordinado a la mujer, son afectos frágiles y descarnados. Hay una comunicación difícil y tensa, que a menudo acaban en la incomprensión y la rutina.

La estructura que construye Carver está compuesta, como he dicho antes, de pequeñas escenas o retazos de la vida. Enseguida expone la situación del argumento sin exageraciones, con prosa llana y efectista. Luego la mayoría de las conclusiones de los cuentos son abiertas, donde interviene el lector con sus reflexiones sobre lo que ha leído o lo que puede acontecer después del final. Después de la lectura de cada historia, que es corta, sencilla y de apariencia corriente, se encuentran debajo de esta “capa gris” las pinceladas de color. Siempre se le da vueltas al relato hasta que acaban surgiendo estas riquezas veladas. Algunas son evidentes y otras van aflorando con el tiempo, merecen un cierto reposo y sosiego.

No puedo decir que todos los relatos me hayan gustado, (por eso no es mi nota más alta) pero si tienen algo atrayente, y la mayoría son magníficos. Si tengo que destacar algunos diré: “Parece una tontería”, “Catedral”, “Fiebre”, “Vitaminas”….

Y para finalizar, un apunte de cine: “Vidas cruzadas” de Robert Altman. Quien no la haya visto, le recomiendo esta película de los 90. Está basado en los cuentos de Raymond Carver, y en concreto de “Catedral” toma y versiona: “Parece una tontería” y “Vitaminas”. Puede que sea excesivo el metraje, 3 horas, y tanta fragmentación entre las historias hace que el nivel tenga altibajos, pero sin duda es un film a tener en cuenta, con buenos actores de un reparto coral, y secuencias formidables.

Escrito por FAUSTO hace mas de un año, Su votacion: 7