En sopadelibros.com utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu navegación.
Si continúas navegado por la web, consideramos que aceptas su uso.
Para cambiar la configuración del navegador y/o obtener más información del uso de cookies en sopadelibros haz click aquí.
loading Enviando datos...

CASA DESOLADA

Tendencia a subir 8
8 votos
Portada de CASA DESOLADA

Comprar CASA DESOLADA en Amazon.es

Autor: CHARLES DICKENS
Título original: Bleak House
ISBN/ASIN: 9788477025955
Género: Clásicos de la literatura
Editorial: VALDEMAR
Fecha de publicación: 1853
Fecha de edición: 2008
Número de páginas: 1087

Sinopsis:
Casa Desolada (1853) representa, para Chesterton, el punto más alto de la madurez intelectual de Dickens, su obra central. Esther Summerson, abandonada al nacer por sus padres, es la protegida de John Jarndyce, un poderoso gentleman de buen corazón que lleva años pleiteando a causa de una herencia. Esther vive en la residencia de Jarndyce, Casa Desolada, desde los dieciocho años, junto con Ada y Richard, primos adolescentes de John, huérfanos e indigentes a causa de la disputada herencia, a los que éste trata de orientar en la vida. La novela gira en torno a los avatares biográficos de Esther -cuyo relato en primera persona se intercala con el del narrador-, siempre luchando por encontrar su identidad, superar su origen y triunfar socialmente.

 
Ordenar reseñas:

LA BELLA Y LA BESTIA
5 con 5 votos

Lo primero que llama la atención de “Casa desolada” es su complejidad, inesperada, viniendo de alguien tan popular y afamado por su sensibilidad y de quien antes esperaríamos ternura que complicación. La crítica actual parece colocarla como su mejor novela, pero los comentarios de algunos lectores son menos elogiosos, no negativos, pero sí menos entusiastas que en otras novelas. Tratando de explicarme esa aparente contradicción, he indagando en sus páginas en busca de las razones de unos y otros para opinar así.
No soy muy partidario de clasificarlo todo, y más en cuestiones no mensurables, pero he de decir que esta novela es de las más avanzadas y, tal vez por ello, de las menos populares del autor. Recuerdo que cuando leí “La sombra del ciprés es alargada” de Miguel Delibes, pensé que su carácter de “novela de tesis” (la que se escribe al objeto de desarrollar una opinión o ideología) está en el origen de sus defectos, y creo que pasa lo mismo con “Tiempos difíciles”, en la que la introducción del tema obrero y la cuestión social, daña la novela. Digo esto porque creo que nunca hay que generalizar y, en este caso, la queja contra el mal funcionamiento del sistema judicial en el Reino Unido, que es la tesis que aborda la novela, no la perjudica en absoluto, y no lo hace porque el escritor conoce la materia, porque encaja en su planteamiento literario, y porque este asunto le obsesionó toda su vida y se lo tomó como cuestión personal. El nefasto funcionamiento del poder judicial llevó a la cárcel por deudas a su padre, quedándole a él el trauma y la obsesión de denunciar y combatir al sistema judicial británico con todos los medios a su alcance. “Casa desolada” se convierte así en un claro alegato contra la justicia inglesa sin salir, por ello, perjudicada, al contrario, la tesis le imprime un fuerte carácter, vindicativo en este caso, arrogándose la responsabilidad de su propia grandeza y a la vez de su inhabitual complejidad.
Aunque la novela sea una diatriba contra los juicios de la Inglaterra victoriana, no se trata este asunto de manera exclusiva, sino, complementaria. Comienza la historia central con “el relato de Esther” (título de sus capítulos), que forma su espina dorsal y se desarrolla a modo de relato tierno, con profusión de buenos sentimientos, personajes entrañables y planteamiento genuinamente dickensiano; el otro asunto lo ocupa el ya mentado juicio y su desarrollo, enseñándonos capítulos tan ásperos como el desagradable tema que tratan: la causa judicial “Jarndyce vs Jarndyce”, gente extraña, pintoresca, tipos estrafalarios, insólitos, o prácticamente inverosímiles, que, pese a ello, acaban por cobrar sentido una vez situados en ese patético submundo londinense gris y contaminado por la insalubre niebla. Esta parte referida a lo judicial, está contada por un narrador omnisciente que podríamos con toda certeza identificar como Dickens, que, desde su posición, utiliza algo así como el presente histórico para plantear los diálogos, a veces en tiempo real, otras veces resumidos a posteriori, mientras juzga y saca deducciones de los hechos, con su moraleja y, sobre todo, con fuertes dosis de un humor ácido o irónico, a veces entrañable, otras corrosivo. Son capítulos difíciles por la constante introducción de nuevos personajes que, inicialmente, no se sabe a qué vienen, se supone que tendrán que ver con la historia pero desconocemos el vínculo y si unimos a ello el sofisticado lenguaje dickensiano, queda un marcado estupor al que contribuye la naturaleza extravagante de los personajes; son raros, raros, pero la mayoría terminan por ser aceptados —pese a su excentricidad—, al envolverlos el autor en un halo de familiaridad que los hace grotescos pero entrañables, llevándonos a admitir finalmente que sí, que se pueden encontrar tipos así en el mundo real. Hay aquí historias de urdimbre espesa e inextricable, en las que el autor utiliza un estilo relativamente moderno —mucho más de lo que yo recordaba—, porque narra con soltura, sin demorarse en explicar quién es ese que se incorpora, qué es lo que le vincula al resto, dónde se sitúa, o cuándo sucede su intervención. Por el contrario, la parte que narra los sucesos de la trama principal se lee con absoluta facilidad, de manera amable, y contada dulcemente por Esther, protagonista y a la vez narradora, siguiendo una secuencia lineal de acontecimientos en la que el lector nunca se pierde.
Lo expresado hasta aquí, podría hacer pensar en una novela organizada en dos partes, una, con una trama poblada por personajes mayoritariamente burgueses, y otra, por pícaros, abogados, jueces y policías, y ello repartido aleatoriamente por sus páginas. Y efectivamente esas son las partes, pero su distribución no es aleatoria sino claramente prefijada; los capítulos de ambas se alternan uno tras otro de manera terca y sistemática: empieza la novela con uno de Esther, y le sigue otro judicial, otro de Esther, otro judicial… y así sucesivamente hasta el final. Esta alternancia conlleva, para el lector la exigencia de cambiar de estilo narrativo en cada capítulo, y siendo tanta la diferencia estilística entre ambas partes, esos cambios no son nada desdeñables, lo que hace que la lectura evolucione en la cabeza del lector, según avanza la novela, hacia un compromiso mental en el que la dulzura de la historia de Esther se equilibra con la dureza de las ásperas fases judiciales.
Si la crítica social es consustancial a la obra de Dickens en su conjunto, en “Casa desolada” tal tendencia adquiere carácter de obsesión permanente. No escapan a ella el sistema judicial, los manejos de la abogacía, la contaminación del aire londinense, el deplorable sistema de vida de los más desfavorecidos, la explotación de los débiles, la petulancia de la nobleza, los celos de ciertas mujeres, la violencia que sufren otras en sus matrimonios, la terrible opresión de los prejuicios en la sociedad victoriana, la irresponsabilidad de algunos filántropos despreocupados, la arrogancia de los franceses, y muchas cosas más que ahora no recuerdo. Tan estrafalarios son los tipos que allí se exponen y tan numerosos los pecados que representan, que acaban conformando en sus páginas una tribu peculiar y desquiciada, a ojos del estupefacto espectador, poblada por personajes kafkianos de cuando Kafka aún no había propiciado el adjetivo, si bien es cierto que el trato que Dickens aplica a esta gente, a base de caricaturización y trazos sentimentales, camufla en alguna medida su absurdo y disparatado carácter “cuasikafkiano”. En todo caso a Mr. Skimpole (ese indolente niño grande) yo no me lo creí, pese a la profusión de explicaciones y matizaciones que aporta Dickens para darle consistencia. Sólo al final, por boca del policía, el autor razona el porqué de su existencia: Skimpole simboliza la caricatura de personas que, tras una apariencia bobalicona e infantil, con indolencia y abandono de sí mismos, abusan de los demás escondiendo su interesado egoísmo; tal vez el autor conociera a alguien así, yo, tal como se describe el personaje en el texto, no soy capaz de imaginarlo.
El balance de su lectura durante los primeros dos tercios del libro, es controvertido y cambiante: los capítulos denominados “El relato de Esther”, se leen con la normalidad con que se suelen leer sus novelas, y los que atañen al juicio, no digo que con dificultad, porque el texto característico del autor, incluso aquí, se sigue bien, pero sí con la desafección que produce el saber que su contenido, muchas veces, no tiene una repercusión inmediata en la trama (aunque sepamos que la acabará teniendo), produciendo una sensación de impaciencia ingrata para el lector. Quien lea con tiempo y sosegadamente, tal vez disfrute con el estilo, incluso más que en otras novelas suyas, porque puede que esté aquí el mejor Dickens, el más desinhibido e innovador (estilisticamente hablando), pero el lector habitual de sus libros, que además tiene tendencia patológica a devorarlos, encontrará demasiado abstrusos algunos episodios. Sin embargo suele ocurrir que, en estos libros extensos que superan las mil páginas, llega un momento, el último tercio, en el que ese complejo tejido de tramas y personajes empieza a encajar en la historia principal con la precisión de un rompecabezas, mejorando la percepción del lector que toma un cariz más positivo según avanza hacia el final, terminando por dejar un muy buen sabor de boca. No comparto demasiado algunos comentarios sobre lo duras que resultan las situaciones de miseria o desigualdad que refleja este libro, no me lo parecieron tanto; puede que acentúe un poco más que en otros, los aspectos más dramáticos o angustiosos que soportan los personajes en sus páginas, o por decirlo de otra forma, puede que resalte algo más la indigencia, el desamparo y la fragilidad que eran norma en la sociedad del siglo XIX. Pero vivir entonces era muy duro, las penurias de las clases bajas eran atroces y endémicas, la ciencia médica o los medios que facilitan hoy la vida no existían, y se moría uno por cualquier nimiedad, y eso queda reflejado en todos sus libros y no sólo en éste.
Al igual que he escrito sobre el acentuado afán crítico de Dickens en esta novela, también quiero opinar sobre su posición de referencia en la sociedad de su tiempo en la que yo creo que no era, ni por asomo, un revolucionario, ni un socialista, ni nada parecido; sé que hay quienes lo creen así, pero me parece que esa idea surge de las apariencias y no de un análisis sereno y reflexivo. Sus novelas influyeron en ciertas mejoras sociales en el Reino Unido, es cierto, pero por la sencilla razón de que utilizó su arrolladora popularidad para hacer propaganda (indudablemente creía en la causa de los más débiles) contra las injusticias sociales, y a la vez que la hacía, entretenía al personal y ganaba un buen dinero. Y así lo debieron entender sus lectores (muchísimos y de todas las extracciones sociales), porque sus críticas se recibieron más como razonables reproches a una sociedad con cierto cargo de conciencia, que como furibundos ataques contra los estamentos o las personas objeto de ellas. Y cuando en “Tiempos difíciles” intentó poner el acento en los problemas sociales de verdad, en los del proletariado, el resultado defrauda, con esa misma novela como la más floja de las suyas que he leído. Yo creo que el carácter de denuncia que tienen sus libros (chocante por directo e innovador), era sin embargo absolutamente inocuo desde el punto de vista político y si surtieron algún efecto benéfico sobre la legislación, fue por vía de un reformismo absolutamente integrado en la sociedad, asumido por ésta y exento de cualquier carácter rupturista o simplemente ideológico. Su mensaje no traspasaba el ámbito de lo privado de sus personajes, ese era el terreno en que se movía con aplomo y eso era lo que sus seguidores esperaban de él. En mi opinión, lo genuinamente suyo no era introducirse en terrenos ambiguos por su proximidad a lo político, su auténtica especialidad era crear historias tremendas, con increíbles coincidencias, en las que se mueven unos personajes tan bondadosos y tan idealizados que cuando, al acabar la novela, todo sale bien, el lector siente una profunda satisfacción al comprobar que la vida, al final, es maravillosa y merece la pena esforzarse por vivirla; o sea, una especie de cuento de hadas hecho novela de mil páginas. No lo digo en tono sarcástico, al contrario, lo digo con pleno convencimiento; esto es así, y es lo que hemos sentido todos los que leímos a Dickens de pequeños, entonces nos producía y, en alguna medida nos sigue produciendo, un efecto casi insuperable, hasta el punto de consagrar aquellas lecturas como las de recuerdo más querido y más arraigado. Particularmente, tengo ese tipo de consideración por “David Coperfield”, que es una novela de tintes autobiográficos, que leí de pequeño y luego de mayor, y que me dejó en ambos casos un extraordinario recuerdo.
“Casa desolada” no alcanza a producirme tan cálidos efectos, por la sencilla razón de que la he leído con una edad excesiva. Pero aun así, me dio la sensación de ser una gran novela, una de las mejores de su autor que, sin embargo, requiere un mayor esfuerzo (y no me refiero con ello a su extensión), por su propio carácter de novela exigente con el lector que, además, provoca una notoria percepción de gran calidad, que la convierte, quizá, en una de sus mejores obras; y no creo que eso entre en contradicción con el hecho (comprensible en razón de su exigencia) de que no sea de las más apreciadas por un número muy extenso de lectores.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 7

JARNDYCE VERSUS JARNDYCE
4.25 con 4 votos

“Casa desolada” me parece un titulo más que apropiado para esta novela. En Dickens siempre está presente la miseria, la pobreza y la indefensión; y sin embargo en esta novela en concreto he encontrado una perspectiva más lúgubre, más cerrada, más claustrofóbica. Hay lugar para la esperanza y para dejar entra un poquito de luz, pero si se sopesa la narración en conjunto, yo al menos obtengo un total más oscuro. Dickens construye un mundo propio y autosuficiente, que se alimenta de sí mismo. Sí, la trama se desarrolla en la Inglaterra del siglo XIX, en calles y edificios de Londres que existen –o existieron- y en condados que no son imaginarios; y narra unas situaciones que estaban presentes en la sociedad que rodeaba al autor. Pero no es eso a lo que me refiero: el autor se las arregla para crear un universo inmenso de personajes que funcionan en relación al resto de estos personajes, casi independientes o marginados del resto de Londres o Linconshire. Son muchos los personajes –unos veinte, quizás más- y sin embargo el modo tan característico en el que se nos presentan hace que sea imposible olvidarte de ellos y que al llegar al final (después de 1088 páginas) quieras saber qué sucede con ellos; de un modo más o menos directo, el autor satisface esta necesidad. No podría mencionar sólo un personaje destacable en esta constelación, sólo que todos están maravillosa y cuidadosamente dibujados y que incluso los más desagradables –en mi caso, dos en concreto me resultaron especialmente despreciables-son destacables.

La novela intercala el relato extremadamente sentimental –no lo digo como un reproche, sino como una mera descripción- de Esther Summerson, la principal protagonista de la historia y el relato más objetivo –aunque nunca objetivo del todo- y frío de un narrador omnisciente; lo que le da a la novela cierto ritmo (necesario para una novela tan larga) y cierto toque de misterio. La estructura y como el autor consigue (una vez más, en una novela tan larga) que todas las piezas casen al final me parece una obra de ingeniería literaria.

Me ha encantado esta novela, como sospechaba que sucedería. Es una lectura apasionante, o al menos a mí me lo ha parecido. No he podido dejar de leer hasta llegar, poco a poco, al final.

Escrito por Maria hace mas de un año, Su votacion: 9