En sopadelibros.com utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu navegación.
Si continúas navegado por la web, consideramos que aceptas su uso.
Para cambiar la configuración del navegador y/o obtener más información del uso de cookies en sopadelibros haz click aquí.
loading Enviando datos...

Reseñas de sedacala Opciones de perfil

Primera Anterior ... 1 2 3 4 5 ... Siguiente Última

Portada de 4a5991f61364ee748444
OTRA DE GALDÓS en EL AMIGO MANSO
En la producción literaria de Benito Pérez Galdós, sobresalen “Fortunata y Jacinta” y los “Episodios Nacionales”. “El amigo Manso”, en cambio, no sobresale por nada y es precisamente por eso por lo que he decidido escribir su reseña, por el simple hecho de ser una novela más, y por añadidura una muy representativa de sus maneras literarias más características, las mismas que le hubieran conducido al premio Nobel, de no haber sido por las envidias y los resentimientos que imposibilitaron el consenso en su candidatura. La de Manso es una historia contada; Galdós utiliza ese recurso por el que el narrador, que es también el protagonista y que está ubicado en el tiempo al final, nos explica cuando empezamos la novela que prefiere contárnosla desde el principio, poniéndose a ello inmediatamente. Ni que decir tiene que ambas figuras, narrador y protagonista, se confunden en la personalidad del propio autor, lo que significa que todas las opiniones y los puntos de vista que nuestro amigo Manso expone en la novela, se corresponden con los del escritor; seguramente no es una trama rigurosamente autobiográfica, pero la filosofía que destila es exactamente la característica del novelista. Esto en lo que se refiere al mecanismo narrativo, pero en lo referente al mensaje que quiere transmitir, el verdadero objetivo de Galdós con este libro fue hacer una crítica demoledora de la sociedad madrileña de su época (la de la restauración monárquica). En el libro, que es relativamente corto con sus poco más de doscientas páginas, repite su costumbre de introducir una multitud de personajes alrededor de los dos o tres principales. La trama desarrolla la situación personal de Máximo Manso, un catedrático de instituto soltero, y su relación con las personas que le rodean, mostrando enseguida como se modifica esa situación cuando un adinerado hermano suyo que vive en Cuba, decide trasladarse a Madrid con su familia, trastornando sus circunstancias personales hasta extremos que le acaban resultando insufribles. Dentro de la trayectoria creadora de Galdós, esta novela se encuadra en la etapa “realista”, en la que sus tramas tratan de expresar su descontento con el ambiente que se respiraba en la sociedad española en un sentido amplio, utilizando como base sociológica la pequeña burguesía madrileña de su época. Ese intento regenerador, presente en esta etapa de sus novelas, pone en evidencia su talento creador y su enorme facilidad para la creación de personajes y para desarrollar sus comportamientos sociales. El costumbrismo finisecular que se desprende de sus personajes y sus situaciones, se percibe al principio como un poco trasnochado, como una historia de sainete de épocas y costumbres sociales ya muy lejanas, por lo que inicialmente a algunos les parecerá caduco y pasado de moda, aunque siempre habrá muchos otros a los que no les costará nada trasponer esa barrera temporal y lingüística, y disfrutarán de su estilo olvidando aquel aire de cosa anticuada. Mejoraría mucho la opinión de aquellos a los que gusta menos, si intentaran viajar en espíritu (apoyándose en su lectura) hasta las décadas finales del XIX, se sumergieran en aquel estrecho mundo, y trataran de palpar sus entresijos desde dentro para comprenderlo un poco mejor. En cualquier caso, conviene que unos y otros consigan una eficiente acomodación mental al medio decimonónico, porque ello permite apreciar mejor las razones que llevaban a don Benito (hombre tal vez un poco ramplón y falto de elegancia pero sincero y sensato) a bramar contra el machismo, el clasismo, la vulgaridad o la intolerancia, buscándoles las cosquillas a sus personajes con una ajustada mezcla de sarcasmo, ironía y buen humor. Habrá quien puntualice, atinadamente sin duda, que muchos de aquellos argumentos progresistas que manejaba Galdós, a fecha de hoy se han quedado muy cortos en lo que a avances se refiere, y también que el lenguaje que utilizaba era engolado y tenía un exceso de afectación (el de la época); sí, todo eso es verdad, pero si se quiere establecer un juicio ecuánime, se han de situar las cosas en su contexto, y en el contexto de 1882, Galdós era un hombre de progreso, además de buen creador de tramas y aún mejor en el desarrollo de personajes y situaciones, con un estilo sobrio (para la época) que aunque, a veces, hace que sus libros se arranquen de forma algo titubeante, al poco tiempo acaba conquistando al lector en un camino hacia el final que resulta plenamente satisfactorio. El argumento de “El amigo Manso”, nos muestra cómo el entorno social y profesional del protagonista modela y configura su perfil humano, que es campechano y apacible (de ahí el doble sentido de su apellido), haciéndonos ver lo mal que casa esa personalidad suya con los comportamientos sociales al uso, hechos a base de malicias, sutilezas y convencionalismos, por personajes muy representativos de aquella decadente burguesía, y por tanto, claros receptores de su agudeza y su socarronería. Ese enfrentamiento da lugar a una trama entretenida, sorprendente y gratificante, siempre, clara está, que se tenga un mínimo interés por conocer los pormenores y las inquietudes propios de la sociedad española de finales del diecinueve.

2 comentarios, puntuación: 5 con 2 votos
Escrita 22 de Enero de 2019
Añadir a mis favoritas

Portada de c2bd06f5bde9cf4fb9f2
REALISMO PORTUGUÉS en EL CRIMEN DEL PADRE AMARO
Constreñidas a sus respectivos marcos idiomáticos y con una gran incomunicación mutua, las literaturas española y portuguesa del siglo XIX no consiguieron tener en Europa la enorme repercusión que sí tuvieron las literaturas inglesa y francesa. Una de las consecuencias de ello es el desconocimiento generalizado que aún hay en España de la obra de José María Eça de Queirós, uno de los mejores escritores portugueses del siglo XIX; y eso pese a que su importancia fue parecida en muchos aspectos a la que aquí tuvo Benito Pérez Galdós; ambos escritores fueron prácticamente coetáneos, cultivaron un tipo de novela similar de corte realista, empezaron trabajando como periodistas, luego se relacionaron con las administraciones públicas de sus países, Galdós fue diputado y Eça de Queirós diplomático, y ambos, también, eran tenidos por personas de ideas progresistas. La principal consecuencia del realismo que marca su estilo literario, es la eficacia con que “El crimen del padre Amaro” introduce al lector en la sociedad decimonónica de su época, una sociedad muy aferrada todavía a valores arcaicos y conservadores, en la que sin embargo comenzaba ya a aflorar tímidamente el germen de la modernidad. La Iglesia era una de las instituciones que más se oponía a esos esbozos de progreso tratando de mantener un férreo control social; además, la presión religiosa que muestra, no hubiera sido tanta en una ciudad mayor y más moderna, como Lisboa, pero era especialmente asfixiante en Leiria, una ciudad pequeña, de interior, en la que el clero, siempre vigilante de la moral y las costumbres, fomentaba sobre todo entre las mujeres de la burguesía local, un ambiente saturado de catolicismo rancio y anquilosado. Leer “El crimen del padre Amaro”, permite exponerse a los efectos de aquella beatería como si nos sumergiéramos en el pasado, como si viajáramos en un túnel del tiempo que nos transportara de golpe a 1870; tanto es así que cualquier lector español de más de sesenta años (como es mi caso), encuentra el ambiente descrito como algo familiar, como algo que rememora inequívocos recuerdos de la infancia, lejanos sí pero no olvidados, en los que cierta presión social del entorno hacía temer un futuro cuajado de rosarios y jaculatorias, de lecciones de liturgia y de asistencias a ejercicios espirituales. Afortunadamente, hace sesenta años había ya también otras influencias alrededor que en seguida permitieron comprender con alivio que ese temor era injustificado. Esta novela, en cambio, nos retrotrae a la segunda mitad del siglo XIX y a un país, como Portugal, de gran tradición católica, por lo que la influencia de la Iglesia debía ser allí igual o seguramente mayor que la que pudo existir en la España de 1958; y hago tanto hincapié en el ambiente en que se mueven los personajes porque el realismo de este tipo de novela (recuerdo aquí una vez más el paralelismo con Galdós), permite palpar una con gran fidelidad ese entorno tan asfixiante. Naturalmente, cuando se plantean los problemas que son centro del argumento, el lector de hoy toma partido y comparte absolutamente la visión inequívocamente crítica que ofrece el autor. Pero independientemente de ese enfoque moderno, natural en el lector actual, la lectura es atractiva por cuanto el método literario de Eça de Queirós facilita dos cosas: una, la perfecta comprensión del espacio moral en el que se mueven los personajes, y otra, la facilidad con que, una vez inmersos en dicho espacio, podemos seguir y entender los conflictos anímicos que les atenazan, pese a que éstos sean a veces tan imprevisibles como diferentes entre sí puedan ser las reacciones de distintos seres humanos; y así el autor nos va presentando a cada personaje cuando se le introduce en la narración, haciendo un retrato que le define perfectamente, para luego, según se va desarrollando la trama, observar cómo se desenvuelve y, por fin, cómo soporta los aprietos a que se ve sometido. En esta tarea, la prosa del autor es precisa en las descripciones, pero también imaginativa, envolvente y dotada de una enorme solvencia para explicar los conflictos morales que pasan por el interior de la mente de sus personajes en cada momento. Nadie debe confundirse con el título de la novela y pensar que está leyendo algo así como una novela policiaca, porque la novela no trata de crímenes, tramas policiales, ni nada de ese estilo. La novela narra la trayectoria de Amaro, un cura joven destinado en la parroquia de Leiria; el narrador omnisciente empieza poniendo al lector en antecedentes de su vida desde pequeño hasta su llegada a esa población, y continúa con la explicación de los pequeños problemas domésticos que tiene que solucionar para organizar su hospedaje; a la vez va introduciendo paulatinamente al cura en la vida social de la ciudad, y va situando a los personajes que van a presidir la trama a lo largo de la novela, entre los que hay un canónigo amigo suyo, y varias personas más que frecuentan tertulia en la casa en la que se hospeda. La novela parte de una intención claramente crítica de Eça de Queirós en todo lo relacionado con la preeminencia de la Iglesia Católica en la vida social de la época, pero muy concretamente con el mantenimiento del celibato entre los miembros del clero y con los problemas que ello acarrea. Así la trama se dedica a analizar el comportamiento social de Amaro, y a mostrar cómo su personalidad particular llega a afectar a su ministerio y a su labor espiritual, a pesar de sus intentos por compaginarlo todo, y ello en una sociedad sujeta a prejuicios arraigadísimos alentados por el clero y mezclados con la creciente influencia de las ideas modernas que van tomando también posiciones, aunque tímidamente, en la pequeña burguesía rural del Portugal de 1870.

7 comentarios, puntuación: 5 con 4 votos
Escrita 27 de Noviembre de 2018
Añadir a mis favoritas

Portada de 9ed4989cdf4cbd638c27
HUÉRFANO Y LISIADO en SERVIDUMBRE HUMANA
Es sabido que Somerset Maugham fue el auténtico prototipo del escritor de éxito, sus libros se vendieron en abundancia y sus historias se propagaron por el mundo del cine y el teatro. Consecuentemente, ganó mucho dinero y vivió muy bien; pero la pregunta es: ¿cómo reciben los lectores de hoy sus obras, sigue presente aquella fascinación con que se acogían sus novelas en la primera mitad del siglo XX? El recuerdo que tengo de “Al filo de la navaja” no me sirve para dar contestación a esa pregunta porque hace ya bastantes años que lo leí, y aunque recuerdo perfectamente la buena impresión que me causó, no me planteaba yo entonces estos juicios de manera tan decidida como me los planteo hoy. Lo que sí recuerdo claramente es que esas buenas sensaciones me llevaron después a leer otras cosas suyas, en las que la impresión ya no fue tan buena. Me refiero a “El velo pintado” y a un libro de viajes por Andalucía, lecturas ambas que me decepcionaron completamente. Empezaré diciendo que “Servidumbre humana” es una novela en la que su autor narra las vicisitudes que vive su protagonista desde su infancia hasta llegar a la edad de treinta años. Ese es el asunto central de una historia que se utiliza solo a modo de armazón con el que soportar el auténtico leitmotiv de la novela —el mundo interior del personaje—, para exponerlo y analizarlo en la medida de sus posibilidades. La historia se presta a ello porque su vida es cambiante pero no especialmente novelesca lo que, unido a una narración absolutamente lineal, le permite concentrarse en su auténtico objetivo que es la disección de la esencia de ese ser humano, objetivo que concentra mucho más peso del que tendría con la simple narración de los hechos novelados. Y lo que ya termina por poner en valor la obra, es la constatación de su carácter autobiográfico, porque muchas —aunque no todas— de las cosas que le suceden al protagonista, tienen un paralelismo con circunstancias personales de la vida de su autor, siendo la más importante de todas ellas su defecto físico, que en la vida real era la tartamudez, y que en la novela cambió por un pie deforme de nacimiento. Cuando uno aborda la lectura de esta novela, lo primero que detecta es que el lenguaje que utiliza su autor en ella es extremadamente simple. Cuenta lo que ocurre, en una narración muy directa y muy sucinta, y cuando refleja los diálogos que se dan entre los personajes, éstos son escuetos y de una sencillez rayana con la vacuidad. Por otro lado, los personajes van surgiendo paulatinamente, apareciendo y desapareciendo según el protagonista va a Heidelberg o a París, pero no tienen demasiado carácter ni personalidad y no terminan de dejar huella en el lector. No sé si es porque son personajes planos y carentes de fuerza o flojean por su endeble construcción, pero tengo la sensación de que influye también en ello la difícil credibilidad de los problemas planteados, y quizá también la homosexualidad del autor, porque varios de los extraños vínculos personales que aparecen en la trama, o son raros o son poco entendibles. Tengo claro que ese no es el punto fuerte de esta historia y por lo tanto pasaré por él mencionándolo pero sin detenerme, porque al margen de estas debilidades de los personajes y de sus actitudes, la narración es extraordinariamente fluida; por alguna razón, que uno no llega a poder concretar, se lee con una facilidad que, quizá, peque incluso por excesiva, si es que tal cosa es posible. De todo ello podría deducirse que casi setecientas páginas en este plan, pueden llegar a ser un poco pesadas pero, sobre todo, a carecer de la garra que se le supondría al escritor de éxito. De hecho me consta que algunos lectores lo considerarán así, porque se tarda un poco en adaptarse a la dinámica de la narración, pero lo cierto es que en algún momento dado se le coge el aire, y a partir de ahí se impone sobre la historia una especie de sesgo sentimental que se abate sobre sus páginas, y las impregna profundamente hasta adueñarse de la narración. En mi opinión, no hablamos ni de sentimentalismo melodramático, ni de ñoñería folletinesca, y ello gracias a dos características principales: una, que mantiene un tono de cruda crítica social, que no esperaba encontrar en un escritor como Somerset Maugham, exponiendo los hechos de una manera bastante ácida, dura y descarnada; y dos, que el objeto fundamental de la historia termina por centrarse claramente en la búsqueda del sentido último de la vida, sobre todo para aquellas personas que parten de circunstancias difíciles, agravadas además por la penalización que supone su tara física. Y ello sorprende, porque cuando empezamos la novela, no podíamos fácilmente imaginar que fuese a derivar hacia ese tipo de planteamientos, ciertamente ásperos, pero de mayor enjundia de lo que hacían presagiar las limitaciones que demuestra manejando el lenguaje y cierta falta de garra en la creación de personajes, defectos ambos que evidencia a lo largo de los primeros capítulos. Por tanto, mi resumen es que son sus circunstancias particulares (las autobiográficas), las que dan como resultado una de las mejores novelas de un escritor cuya calidad es hoy cuestionada y cuyo prestigio se sitúa actualmente en horas bajas sin ningún parecido con el que tuvo en su momento álgido, pero que, pese a ello, se sigue leyendo con agrado, especialmente cuando su narración aborda las fases más dramáticas, en las que la vida somete a duras pruebas a su protagonista; ahí es donde sale la vena del novelista sensible que tiene los recursos necesarios para emocionar y hacer vibrar al lector un poco a la manera en que lo hacía Charles Dickens cuarenta o cincuenta años antes de que se escribiera esta novela, con sus peculiarísimos personajes desenvolviéndose por las sórdidas calles londinenses, siempre, obviamente, salvando las abultadas distancias que hay entre la categoría de ambos escritores. Quizá esa sea la razón por la que tengo tan buen recuerdo de “Al filo de la navaja”, que es una novela con un argumento más elaborado y más novelesco que la más autobiográfica “Servidumbre humana”. En aquel momento aún no había adquirido el gusto por analizar tanto los libros que leo, y simplemente me dejé seducir por aquella fascinación que mencionaba al principio, que encandilaba a los lectores de la primera mitad del siglo XX, y que estaría formada en buena parte por las grandes dosis de emotividad y sentimentalismo que transmitían sus historias, y en otra buena parte por la casi extraña simplicidad de un texto que hace que sus novelas se digieran con una extraordinaria facilidad. Lo primero, me parece que sigue vigente, si bien es más apreciable en sus novelas más elaboradas o más conseguidas. Lo segundo, ayuda en el sentido de que facilita su lectura, pero ayuda menos en el sentido de que resta el atractivo esperable en una escritura más personal y definida. No quería dejar de mencionar la afición un poco enciclopédica que exhibe Somerset Maugham en esta novela en todo lo relacionado con la literatura y al arte de su tiempo, y en general con cualquier asunto cultural, religioso, médico, filosófico, o viajero. Son materias todas ellas con las que su protagonista tiene relación en algunos pasajes de la narración, en los que aprovecha para explayarse en sus comentarios sobre cada asunto. De tal manera que la lectura de esta novela aporta el aliciente añadido de poder comprobar cómo era el perfil cultural de aquel escritor, que tendría veintitantos años cuando la escribió en el cambio del siglo XIX al XX (menciona en la novela la coetánea guerra de los Boers), y que sentía un obvio interés por cualquier asunto cultural de los vigentes en el mundo europeo de la época. Llama la atención de manera muy concreta el entusiasmo que suscitaba en él la obra de un pintor tan especial como El Greco, que lleva al protagonista a pasarse media novela soñando con poder viajar a Toledo.

8 comentarios, puntuación: 5 con 4 votos
Escrita 19 de Junio de 2018
Añadir a mis favoritas

Portada de cd48bf73ef179564d2c0
LAS TINIEBLAS DE LA MENTE II en EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS
Escribo esta reseña en enero de 2018, una vez de terminada mi segunda lectura de este libro. Escribí la primera en septiembre de 2011, y ahora la reescribo para fundirla con mis impresiones actuales y juntar en una sola reseña, la visión del 2011 y la de ahora, y así poder analizar la forma en que, sus respectivas lecturas, han repercutido en mi criterio por el simple hecho de haber transcurrido siete años entre una y otra. Todo lo escrito, lo está a fecha de hoy, aunque sin ocultar mi opinión de entonces, tamizada, eso sí, por el filtro del paso del tiempo. Hace siete años no tenía una idea previa de su contenido, me sonaba, sí, pero muy poco; mis referencias provenían de las citas con las que algunos autores habían intentado propalar la afición por Conrad; y por no saber, no sabía siquiera que Coppola se había basado en ella para crear su película “Apocalipse now”. Así que cuando empecé a leer, esperaba encontrarme con una entretenida novela de aventuras, que era exactamente lo que yo andaba buscando por aquel entonces; sí que es cierto que me había mosqueado un poco el desconocimiento del autor y su obra en mí entorno, porque cuando yo le comentaba a alguien mi deseo de leer a Conrad, me ponían cara de no saber de quién les hablaba, sospechando ya entonces que era un escritor de reconocido prestigio en círculos de lectores entendidos, pero un completo desconocido entre la masa de lectores que lee las novelas de moda de cada temporada. Pero ese temor no me echó para atrás, un buen día di el paso y lo empecé. Y me sentí fastidiado al comprobar que no se cumplía lo prometido, o al menos, lo que yo creí entender que me habían prometido. ¿Dónde están, pensé yo, las supuestas aventuras en este galimatías incomprensible? Quienes me lo recomendaron (recuerdo que Manu Leguineche, fue uno de ellos), pensarían que siendo de su gusto también lo sería del de sus lectores, pero conmigo las cosas no funcionaron así (creo que con muchos otros tampoco), me vendieron algo basado en acción, viajes, y aventuras, y allí no encontré nada de eso, y si algo había, quedaba más que camuflado entre una prosa difícil, introspectiva, amarga, y centrada en el análisis crítico de una situación casi surrealista. Esto, claro, no era lo que yo esperaba y me sentó mal; y me sirvió para aprender que cuando se afronta una nueva lectura, conviene enterarse bien de qué va; claro que en la ignorancia, la sorpresa puede ser para bien, lo que sería estupendo, pero si es para mal te llevas un chasco. Obviamente, confirmé también que la variedad de gustos literarios es infinita y nunca puedes estar seguro al cien por cien de una recomendación; pero eso, hacía ya tiempo que lo había aprendido. Cuando, hace ya casi siete años escribí lo que expresan los párrafos anteriores, fue para intentar explicar el chasco que me llevé con esta novela; recibí una recomendación que no supe interpretar, o que no se ajustaba a mis deseos, y mi lectura fue un desastre. Pasó el tiempo y seguí leyendo otras cosas, unas me gustaron, otras no tanto, pero mis gustos no se quedaron estancados, sino que fueron evolucionando; hasta que, hace poco, vi entera por primera vez “Apocalipse now”, la película de Coppola sobre Vietnam, y me acordé del “Corazón de las tinieblas”, y decidí volver a leerla. Y hoy, tras haberlo hecho, ni me he llevado disgusto, ni puedo argumentar nada parecido a lo que dije entonces, porque lo que he encontrado es exactamente lo que buscaba; que es, ni más ni menos que, un sentimiento de fascinación por el ambiente, por la situación histórica, por su significación, y por la manera en que el protagonista queda subyugado por todo lo que le rodea, y todo eso como consecuencia del visionado de la película. Pensé en 2011 que mi problema estaba claro, y creí adivinar la razón por la que otros lectores no tenían el mismo problema: captaban el sentido a la primera, o casi, lo suficiente como para entender el mensaje de Conrad, de sus dudas, de sus reflexiones, de sus temores, de la finura lingüística de su texto, de la tenebrosidad de los paisajes, de ese universo suyo, oscuro y tenebroso. Pensé también entonces, que todos los que disfrutaban leyéndolo, escritores, críticos, o reseñadores, deberían haber dejado más clara la causa de su admiración, cuando lo recomendaron, porque hacer apología directa de Conrad, sin explicar los pormenores de su texto, es hundir al autor en el gueto de los autores minoritarios. A quién lo lee y queda confuso, no se le puede reclamar que se adhiera sin más, en nombre de la ortodoxia, sería un masoquista, o un incondicional de la ortodoxia, y yo, como no soy ninguna de las dos cosas, me quejé, que es algo que no hubiera hecho, de haber sabido de que estábamos hablando. Pero es verdad que yo también me equivocaba, cuando decía que otros captan el sentido que a mí se me escapaba, no, los demás leían lo mismo que yo, y lo captaban de forma parecida, con la diferencia de que yo esperaba entenderlo todo (es necesario en una novela de entretenimiento), mientras que los demás entendían la acción relativamente poco (Conrad es difícil para todo el mundo), pero disfrutaban con su prosa intensa, oscura, enigmática, poética y corrosiva, que todos esos calificativos pueden atribuírsele, y que yo, hoy, también encuentro y valoro, precisamente ahora que es eso lo que busco. En 2011, quise convertir esta reseña de “El corazón de las tinieblas” en un exponente del estado de ánimo con el que convivimos algunos lectores, cuando nos enfrentamos a cierta literatura que, por lo que sea, nos resulta difícil, incomprensible, se escapa de nuestros esquemas, y como no la procesamos se nos atraviesa; ¿podríamos afirmar, por ello, que no nos gusta?, en sentido estricto no, puesto que no la hemos asimilado; y por tanto no hay desacuerdo estético, se trata de un sencillo problema de ocultación, de invisibilidad; no podemos decir que no nos gusta la decoración de una habitación si su puerta cerrada nos oculta el interior, si no se asimila es como si no se viera, ¿cómo podemos decir que nos gusta o que nos disgusta lo que no vemos? “El corazón de las tinieblas” me sirvió para avalar ese razonamiento, y para utilizarlo como exponente máximo de un problema que me surgió también con las obras de otros autores, con las que aflora un conflicto parecido, y de las que podría redactar reseñas con parecidos argumentos, como ya hice en algún caso. No sé si el cambio, a mejor, que se ha dado al leerla por segunda vez, podría reproducirse de forma parecida en alguna de esas otras obras. El caso es que con “El corazón de las tinieblas” esto hoy ha cambiado, y además lo ha hecho con la novela más difícil de las suyas, al haber encontrado, en esta segunda lectura, la intensidad del lenguaje y la extraña obcecación o aturdimiento, que Conrad sufrió, en su deambular por ese espacio salvaje y terrorífico del río Congo. Hoy, aquí, sin ninguna duda, he encontrado esa intensidad y la he valorado muy positivamente. No quiero dejar de repetir lo que dije en 2011 de “El espejo del mar”, libro de Conrad, traducido por Javier Marías, que trata de la navegación y de la mar, y del que ya entonces hablé favorablemente; es un Conrad distinto, inteligible y sin alardes lingüísticos, aunque también hay que decir que no es una novela, sino una sucesión de relatos extraídos de sus experiencias marineras. Yo creo que son muy interesantes para cualquiera, pero especialmente para todo aquel que disfrute del mar.

3 comentarios, puntuación: 5 con 5 votos
Escrita 11 de Enero de 2018
Añadir a mis favoritas

Portada de e0672ca73b3e0fc5506c
UN PIGMALIÓN MUY PARTICULAR en MARTIN EDEN
Gustándome London se podía suponer que “Martin Eden” también me iba a gustar, y así fue, no hubo sorpresa; sí la hubo cuando disfruté en su momento de los “Relatos de los mares del sur”, algo un poco raro por aquello de ser muy cortos; también fue lógico que me gustara “Colmillo blanco”, que entra de lleno en el campo de la novela de aventuras, y más lógico todavía que me entusiasmara “El lobo de mar” que va de aventuras y de navegación, temas que están sin duda entre mis preferidos. Pero lo verdaderamente llamativo de “Martin Eden” es su traza, que no es de aventuras, ni de viajes, ni de acción, sino de una mezcla de contenido autobiográfico y literario; dos asuntos alejados de la temática de acción que no impidieron que, una vez más, volviera a gustarme otro libro suyo. London empieza evocando su niñez, vivida en un ambiente popular, falto de auténtica educación, metido en pandillas de jovenzuelos rebeldes, y en peleas callejeras regidas por la ley del más fuerte. Cuando tiene la edad suficiente para ello, se enrola en un barco que hace varias rutas por el Pacífico, y parte de Oakland, su ciudad, en un viaje de dos o tres años de duración. En sus singladuras por el gran océano, conoce varios países ribereños, así como los grandes archipiélagos: Tahití, Las Marquesas, Hawái y muchos otros. Vuelto a Oakland, el texto le describe como un joven de unos veinte años, con algunos ahorros, agradable presencia y conocedor del mundo, pero rudo y poco educado; o sea, un joven seguro de sí mismo y curtido por las dificultades pero con una gran ambición por conseguir objetivos personales, que sabe que son casi imposibles con una formación tan básica como la suya. Ese es, a grandes rasgos, el perfil del personaje cuando el autor nos lo presenta al principio del libro. A partir de ese punto se suceden los primeros vaivenes: casualmente, presencia un incidente en el que dos hermanos jóvenes de buena familia, se ven implicados en una pelea callejera, de la que salen indemnes gracias a la ayuda que él, curtido en esas lides, les presta; en agradecimiento a su ayuda, sus padres y su hermana Ruth le reciben en su casa. Acude a dicha invitación cohibido y acomplejado por el ambiente refinado propio de cualquier casa burguesa, muy consciente de que todo lo que tiene de experto en reyertas, lo tiene de inexperto en materia de educación y buenos modales. Sin embargo, su empatía con Ruth es mutua e inmediata, quedando fascinada por la fuerza que transmite Martin a pesar de su tosquedad, y quedando él fascinado por el lujo y las comodidades que ve y por la educación y la cultura que supone que hay tras aquel ambiente. Así que con la vehemencia que le caracteriza se enamora perdidamente, y para darle oxígeno a esa pulsión sentimental, decide poner en marcha, con la ayuda de ella, un plan formativo que incluye, por ejemplo, moverse con elegancia, aprender normas de comportamiento, o hablar con la debida corrección; pero sobre todo, empieza a leer sin descanso, en un intento por absorber todo lo que le puede ofrecer el mundo de la cultura, al que idealiza de forma un tanto irreflexiva. Ella a su vez, se encomienda con entusiasmo a la tarea de pulir las maneras y forjar el carácter de aquel joven tan tosco pero tan atractivo. Martin todavía no le habla de amor, porque entiende que, hasta que alcance sus objetivos, no tiene un futuro que ofrecerle, lo que le incentiva a esforzarse todavía más para alcanzar su meta. Todo lo dicho hasta aquí, está más o menos contenido en las primeras cincuenta, de las cuatrocientas cuarenta páginas que tiene la novela, es decir, representa solamente el arranque de la historia. La trama, al contrario de la mayoría de novelas de London, se desarrolla en el medio urbano y se centra casi todo el tiempo en Oakland, haciendo, como mucho, algún desplazamiento a San Francisco, al otro lado de la bahía. Su desarrollo en el tiempo, abarca un periodo de tres o cuatro años hasta que alcanza su culminación. Con esa base de partida, arranca una novela en la que no tuvo que recurrir a viajes, ni basarse en vidas ajenas (fue acusado de plagio en varias ocasiones), sino contar solo con su propia experiencia en su propia ciudad, y eso llegando hasta donde quiso llegar con la ficción. La trama contiene algunas cosas reales, mientras que otras, o las inventa, o las deforma convenientemente partiendo de hechos auténticos. Pero uno nunca sabe bien dónde termina la realidad y donde empieza la ficción, porque visto objetivamente, “Martin Eden” es una novela y, por tanto, una buena parte de lo que aparece en ella no ocurrió en la realidad. Quizá lo más importante sea decir que su prosa es sumamente accesible, y a la vez, tremendamente adictiva; si por ejemplo, disponemos de diez minutos libres y queremos aprovecharlos leyendo unas cuantas páginas, es muy posible que acabemos dedicando el doble de tiempo, y hayamos leído muchas más páginas de las previstas, tal es su facilidad, y tal es la adicción a que le somete a uno el texto. Esto tiene su importancia sabiendo lo densas que son las materias que aprende el protagonista, por lo que bien puede darse el caso de que el aluvión de referencias literarias y filosóficas, que va creciendo según avanza la novela, requiera un lenguaje especialmente fluido para seguirlas con facilidad y sin asperezas; y al decir esto me estoy refiriendo a cosas como su devoción por el filósofo Herbert Spencer, que le hace multiplicar citas suyas, o extractos de sus textos, o a la importancia que le da a su ya conocida simpatía por el ideario de Nietzsche. La novela da un exhaustivo repaso a una enorme cantidad de lecturas, obtenidas mediante préstamos de la biblioteca pública, o facilitadas por Ruth, adquiriendo, de paso, el hábito de leer y a la vez tomar apuntes de todo tipo, hasta que empieza por fin a escribir. Cuando lo hace, prueba con algunos ensayos, pero sobre todo con historias de ficción, cortas o largas, sacadas con frecuencia de su experiencia viajera, e incluso, se adentra en el mundo de la poesía, alentado en ese caso por su pujante impulso amoroso por Ruth. La novela se podría condensar diciendo que describe la transformación de su propio personaje, contada por él mismo y afectando a todo orden de cosas, aunque fundamentalmente a su intelecto y a su personalidad, mostrando claramente cómo esto repercute sobre las personas que le rodean, como sus familiares, su novia, sus amigos y compañeros de todo tipo, que ven con preocupación cómo el empeño y la ilusión que pone en que su obra salga adelante y sea publicada, llegan a afectar a su salud, e incluso a su equilibrio mental. Seguramente, ni el análisis de sus lecturas, ni su batalla por publicar, son asuntos especialmente divertidos, pero es muy interesante observar cómo influyen en el comportamiento y en la personalidad del protagonista. Ahí es donde verdaderamente está —para mi gusto—, lo mejor de la novela; en el proceso que muestra la progresiva modificación de su personalidad. Es un proceso complejo, lleno de bandazos y de contradicciones, como su adscripción al partido socialista, su adicción por el trabajo extenuante, su rechazo de la burguesía, su admiración por las teorías individualistas, y sus ideas sobre el triunfo de los más dotados, que a su vez se apoyan en el amor por la naturaleza y la vida al aire libre que tanto protagonismo tuvo en sus novelas. Si a eso unimos que su éxito le convirtió en un hombre adinerado, y amante de la buena vida, se puede decir que hay un antes y un después, en su vida y el hito que marca esa transición, se podría perfectamente identificar con los años en los que transcurre la trama de “Martin Eden”, en los que se transmutó en un personaje tan peculiar, como para combinar una mentalidad idealista con ser partidario acérrimo del individualismo, o posicionarse enfrente de la burguesía, y sin embargo, vivir inmerso en una vida cotidiana de marcado carácter hedonista. En mi opinión, su mayor interés está en contemplar cómo su trama, mezcla de ficción y realidad, describe las mutaciones que sufrió en aquella etapa en su vida y en su mente, dando lugar a transformaciones que alteraron su personalidad y que, unidas a una prosa excepcionalmente atractiva, conforman una novela completamente atípica dentro de su obra, pero no por ello menos interesante que las demás.

2 comentarios, puntuación: 5 con 2 votos
Escrita 20 de Noviembre de 2017
Añadir a mis favoritas

Portada de 180f1c20a55cc8deebfc
REFLEXIONES DE UN NEUROCIRUJANO en SÁBADO
Me gustaron las dos novelas que leí de Ian McEwan: “Expiación” y “Chesil Beach”. Y ahora, leyendo “Sábado”, veo que aquí su autor es tan diferente, que casi parece otro. Las dos novelas mencionadas enseñaban un escritor pulcro, ordenado e incluso refinado; tenían una trama más o menos lograda según su acierto personal o su sintonía con los gustos de cada lector, y es innegable que, al margen del tema, atesoraban una calidad cierta. En “Sábado”, las cosas se perciben de otra forma; no hay duda de que la calidad permanece, pero ¿dónde está la trama?, se pregunta uno a sí mismo mientras vaticina: ¿será que esto se va a resolver sin que haya trama? Estos planteamientos de esquemas cambiantes y arriesgados, podrían fastidiar a algún lector, pero no a mí, creo, incluso, que podría haber sido un acierto si se hubiera quedado en un simple ejercicio de estilo, cosa que, a lo largo de buena parte de la novela, pensé que iba a ocurrir. Pero no ocurrió; repentinamente sobrevienen las situaciones que dan lugar a la trama central, se desarrolla ésta, y se culmina todo el asunto; y me satisfizo mucho lo acertado de ese desarrollo y de esa culminación; y tal vez influyera en ello un cierto efecto sorpresa; cuando creía que nada iba ya a cambiar: ¡Zas!, cambio copernicano y además muy bien resuelto. Efectivamente, al no aparecer la trama, todo hubiera quedado en un ejercicio reflexivo y analítico del protagonista sobre múltiples cuestiones que le afectan, o afectan a su familia, a su actividad profesional, a la actualidad política más candente, y a muchos más asuntos que pasan por su mente mientras transcurren las horas de ese sábado que da lugar al título de la novela; y ello en una especie de monólogo interior (pese a estar narrado en tercera persona) que abarca tanto lo cotidiano, como lo excepcional; lo banal, como lo trascendente; lo próximo, como lo global. De esta manera, el continuo transcurrir de páginas va imprimiendo el carácter del personaje sobre el fondo de sus circunstancias, suavemente, sin caer en el tedio, sin grandes aspavientos y, en definitiva, sin provocarle al lector disconformidad con sus ideas; lo sorprendente es que él expone las suyas con tal claridad que podrían chocar con nuestro propio ideario, a pesar de ello, a mí, al menos, no me molestaron por dos razones: una, porque su discurso no es dogmático, sino que maneja la duda como una parte importantísima de su manera de entender el mundo, y la otra, porque aunque en ese instante seamos los receptores únicos del mensaje, la misión de éste no nos parece un intento de convencernos de nada, sino solo el simple resultado de compartir sus sencillas e inocuas reflexiones: simplemente su mente funciona y sus ideas no se reciben como un intento de adoctrinamiento, sino como una mera reflexión, con la que podemos coincidir o no. Así que ahí está uno leyendo, cautivado por la tenue plática que se desarrolla en la mente de Henry Perowne, eminente neurocirujano de un hospital londinense, que baraja cuestiones reales y cotidianas que interesan por su carácter insignificante de simple pensamiento, cuestiones, sin forma de novela, que son solo la vivencia de unas horas de un sábado cualquiera para un único individuo; uno más entre tantos. Es muy notable la tremenda miscelánea de materias que atraviesan su mente en esa fase inicial que podríamos denominar como “de reflexión”. La familia es una de las fuentes de meditación más constantes, incluyendo en ella a sus hijos y las actividades que lleva cada uno; su hija es poeta, su hijo incipiente músico de rock; incluye también a su excéntrico suegro, asimismo escritor y algo musicólogo, y a su mujer, abogada de éxito, que le da mucho juego para meditar sobre su vida de pareja, incluyendo afectos y sensualidad; también habla de su madre, antigua campeona de natación, pero mujer convencional, recluida ahora en una residencia con Alzheimer, a la que va a visitar regularmente y con la que toma el té, y nos explica cómo es ahora su relación mutua, la actual y también la pretérita; su situación profesional es otro tema recurrente, incluye compañeros de la clínica, algunos de rango inferior, otros de su misma categoría (con los que juega al pádel), e incluso pacientes de una significación especial; también disecciona su casa, inusualmente singular, en el centro de Londres, y su envidiable coche, y las actividades con las que generalmente transcurre su ocio. Como la novela coincide con los prolegómenos de la guerra de Irak (2003), la situación política internacional es otro de los temas a que dedica sus pensamientos; es un asunto éste en el que se revela claramente su punto de vista político, influido por el enfoque que los medios de comunicación dieron al tema (las armas de destrucción masiva), si bien no termina de germinar del todo en su mente aquel mensaje probélico, pues es un hombre inteligente y duda; sin embargo, cuando habla con su hija, joven y visceral, entra al trapo en el presumible debate: guerra sí, guerra no; madurez contra idealismo; y ello en medio de una innegable acritud; otras veces disecciona las discusiones literarias que suele mantener con ella, en esas ocasiones, de manera incluso relajada. Pero al fin las reflexiones avanzan y, en un momento dado, la novela convencional llega con el desembarco de la trama, que se engarza con todo lo anterior (que, desde luego, no tenía nada de gratuito), dando lugar a unas interesantes situaciones en las que el tema médico (neurocirugía), juega un papel bastante importante. El producto resultante es una novela eficiente, ¿un thriller?, que jugando con los recursos que manejan la mayoría de los novelistas consigue obtener un resultado brillante. Cierto es que por mucha brillantez que tenga no deja de ser una novela convencional, muy bien resuelta pero convencional. La etapa inicial produce la sensación de haber descargado sobre uno mismo una retahíla inacabable de mensajes —todo lo que ha cruzado su mente durante horas—, que trascienden de lo manido y funcionan como soporte de información alusiva a la esperada trama, y que, llegado el momento, ésta reconoce y utiliza convincentemente. He mencionado hasta aquí los asuntos que componen el grueso de su hilo de razonamiento en la zona inicial de la novela; no he hablado o he hablado menos, de los nuevos temas que eclosionan con la irrupción repentina de la trama y que se desarrollan de forma parecida a la que había hasta ese momento; en realidad, la tónica de la narración sigue basada en el monólogo interior del protagonista; solo cambia el hecho de que haya nuevas cuestiones emergentes, pero de esas ya no digo nada, porque no quiero destriparlas. En fin, que esta novela y, por extensión, este autor, están especialmente indicados para aquellos lectores que no se conforman con la narración de una historia convencional, por buena que sea, y buscan en la lectura una combinación de calidad literaria, con buenas historias, y con el complemento añadido de un estilo narrativo que ofrece motivos para pensar, en mil cosas si es necesario, o para hacerse preguntas o, en definitiva, para disfrutar de un autor, como este, que ofrece mucha calidad acompañada de algunos cambios sorprendentes, y que, hasta ahora, puedo decir que no me ha fallado.

5 comentarios, puntuación: 5 con 4 votos
Escrita 6 de Septiembre de 2017
Añadir a mis favoritas

Portada de d04a1d8e9bdb29a27175
CATARSIS DE UN LABRIEGO AIRADO en LA FAMILIA DE PASCUAL DUARTE
“La colmena” y “La familia de Pascual Duarte” son quizá las novelas más características de Camilo José Cela. Ambas se publicaron a poco de terminar la guerra civil, y en ambas su autor destaca por el vigor de su estilo narrativo y por su capacidad para la creación de personajes vitales y desgarrados; las dos marcaron una fractura en la narrativa española de la época, que adoptó, a partir de ahí, un estilo mucho más áspero y realista. “La familia de Pascual Duarte” toma forma de crónica retrospectiva; en ella, su protagonista, condenado a la pena capital, refiere por escrito los episodios de su trayectoria vital, desde pequeño, hasta los últimos delitos que fueron la causa directa de su condena definitiva, quedando configurada la novela como la narración de su historia con el acompañamiento puntual de su propio comentario. Esta es, simplificadamente, la estructura de la novela, sencilla y con el atractivo que suele caracterizar a las autobiografías, hace que el interés del asunto se centre en desentrañar la personalidad de su protagonista y en averiguar en qué medida las duras condiciones que vivió, podrían haber condicionado o, al menos en parte, justificado su proceder. La verdad es que leyéndola me venía a la mente el recuerdo de otras dos novelas de asunto relativamente cercano; una, “Los santos inocentes” (M. Delibes, 1981), por la coincidencia del medio rural extremeño y, quizá también, por la cruda exhibición de extrema pobreza de la gente del campo; la otra, “Réquiem por un campesino español” (R. J. Sender, 1953), por transmitir un mensaje casi coincidente con éste, sobre la trágica inexorabilidad de un destino prefijado por las circunstancias. Se puede observar por las fechas que “La familia de Pascual Duarte” es muy anterior a esas otras dos, pero como yo las leí antes, ésta me recordó a las otras, cuando la influencia real —si es que la hubo—, fue seguramente en sentido contrario; Cela pudo influir en Delibes o, sobre todo, en Sender; en la novela de éste, que es la que realmente me la recuerda más, el sentido trágico de las cosas obedece a la fatalidad de los acontecimientos, en cambio, en la de Cela, yo, leyendo, tuve a veces cierta sensación de que su componente trágica obedece a la decisión de una mente puñetera dedicada a pergeñar las más tremendas desgracias, más que a la auténtica fatalidad del destino; y tuve esa sensación, por el resabio que me dejó la lectura de “La colmena”, de la que me quedó el nítido recuerdo de la maña que se daba Cela creando personajes perversos o esquinados. Claro está que, aunque un elemental principio literario obligue a que la creación de personajes se sujete a cierta lógica para conseguir verosimilitud, los límites de esa lógica tienen que ser amplísimos, y en este caso creo que Pascual Duarte encaja bien en ellos. Una vez conocido el tema, yo particularmente esperaba de este hombre una narración retrospectiva con la falta de criterio que podía esperarse de un ser elemental, primario, y malvado. No es exactamente así. Él reflexiona sobre su existencia de manera lúcida, inquisitiva, y mucho más ordenada de lo esperable; él no es un hombre simple cuya maldad natural brota inexorable de una mente elemental en momentos de obcecación, o quizá si lo es, pero esa personalidad suya convive con la otra, con la reflexiva que aparece después, cuando llega el sosiego que sigue a la furia, como la calma sigue al temporal, eso sí, llega cuando ya no hay remedio. Sea como fuere, el caso es que me llegó mucho más, me creí mejor a este Pascual que a doña Rosa (La colmena), en la que siempre vi una deliberada exacerbación de los rasgos de alguna señora de aquel estilo, que Cela debió conocer en algún café. No es que me desagradara como personaje, pero encontré exagerada la fea catadura moral que exhibía y que tan bien daba María Luisa Ponte en la película de Mario Camus. El caso de Pascual Duarte, para mí, es el contrario, tras leer la novela, veo en el personaje muchos más pliegues y aristas que los que yo preveía, lo que le convierte en un tipo más complejo y menos primario de lo que, a priori, se hubiera podido vaticinar; es como si Cela hubiera conocido el caso real de algún condenado por asesinato y, al llevarlo a la ficción, hubiera incrementado en el personaje las capacidades humanas de las que careciera, en la vida real, dicho sujeto. Puede parecer excesivo que pondere aquí la capacitación moral de un personaje que comete atrocidades —alguna ciertamente terrible—, pero lo cierto es que las reflexiones con las que Pascual acompaña su relato tienen su miga; ¿acaso no la tenían también los personajes de Stendhal en Le rouge et le noir, y Dostoyevski en Crimen y castigo, o Valle-Inclán con su esperpento, o Baroja con La busca, fuentes, todas ellas, en las que bebió su autor? Lo cierto es que estas matizaciones e interrogaciones sobre la personalidad del protagonista, adquieren la mayor importancia en una obra como ésta, en la que toda la fuerza de la narración se concentra en el “yo” del protagonista, como consecuencia inevitable del carácter dual de su texto, que por un lado es una solitaria recapitulación autobiográfica, pero por otro es también el acto de confesión seguida de contrición, en que se acaba convirtiendo el relato. Es verdad que esa calidad humana relativa y mayor de lo previsible, encierra algunas contradicciones. En particular me llama la atención todo lo relacionado con el lenguaje con el que está escrita. Cela en esta novela ni utiliza un castellano perfecto ni lo pretende, como es lo lógico en un personaje inculto que ya dice al principio que apenas sabe contar, leer y escribir; por tanto no debería tener ni el dominio del lenguaje, ni la lucidez anímica necesaria para entregarse a semejante catarsis, ya me parece bastante que sea capaz de expresar lo que siente en un libro de ciento cincuenta páginas, algo, ya en sí mismo, bastante sorprendente; pero el caso es que Cela resuelve muy bien este aspecto de la novela, porque su texto conjuga perfectamente las características expresivas básicas, esperables en un campesino inculto y pobre (hablar de elocuencia hubiera sido ya un milagro), con los localismos propios del habla del campo extremeño, y con el vigor inherente a la personalidad, un tanto excesiva, de su temperamental autor. En resumen, Cela en esta novela sí que me ha gustado, haciendo desaparecer de mi valoración algunos inconvenientes que, en su día, vi en “La colmena”. Es una cuestión de gustos y comprenderé bien a todos aquellos que me digan lo contrario, pero a mí, personalmente, me ha gustado mucho más esta exhibición de tremendismo del drama rural carpetovetónico contado de manera directa y vigorosa, que la recreación de aquella, un tanto caótica, miscelánea de personajes urbanitas tratando de sobrevivir en el miserable Madrid de la posguerra.

0 comentarios, puntuación: 5 con 1 votos
Escrita 24 de Julio de 2017
Añadir a mis favoritas

Portada de 5419d6b7616354231507b302dc851b
NOVELA CON RÍO Y NIÑOS en LA NOCHE DEL CAZADOR
“La noche del cazador” es una novela, del escritor norteamericano Davis Grubb (1919-1980), ambientada en los años de la Gran Depresión. Para hablar de ella hay que referirse inevitablemente a la película del mismo título, dirigida en 1955 por el actor inglés Charles Laughton; su escaso éxito de crítica y de taquilla hizo que fuera su única película como director. Pese a ello, las sucesivas generaciones de espectadores y críticos que la han visto posteriormente, la han convertido en una película única, en un auténtico e inolvidable clásico. Las escenas de la película siguen paso a paso y con un rigor absoluto la acción del libro, pocas veces se ha visto una traslación tan inmediata de las páginas a la pantalla. Sin embargo, los formatos literario y cinematográfico que dan soporte a ambas obras derivan necesariamente en sustanciales diferencias. La película tiene un cúmulo de rasgos expresivos y estéticos que la emparentan claramente con el cuento, los personajes y las situaciones son mucho más líricas que realistas, y toda la historia tiene un aire de fabulación, subrayado por la música, los claroscuros, y el carácter sesgado de sus protagonistas, efectos todos ellos que Laughton buscó de una manera consciente y decidida. Esos efectos, independientemente de que gusten o no, son abrumadoramente impactantes, y además, encajan muy bien en el formato de película de hora y media. La novela en cambio, aun compartiendo el mismo enfoque tenebrista, disfruta del privilegio de poder desarrollar los hechos en un libro de casi trescientas páginas; eso hace, inevitablemente, que la historia cobre mucho más sentido, que todo esté bien justificado, y que haya un porqué para cada situación, y que ese aire que tiene la película de cuento expresivo y esteticista pero un tanto inverosímil, parezca en la novela mucho más asumible después de que el texto haya situado cada cosa en su sitio. De todas formas el libro le debe mucho a la película porque hay que reconocer que nunca la habríamos leído de no haberse rodado ésta, pero eso es algo que forma parte inseparable de la grandeza y la servidumbre del cine, como ocurre también con la visualización permanente durante la lectura de la temperamental presencia (figura, rostro y voz) de Robert Mitchum haciendo de Predicador. Pero, dicho todo esto, pasemos a la novela que es lo que aquí nos ocupa. Sus características me han recordado constantemente ese estilo de novela, muy americano, que yo definiría como “novela con río”; y lo digo así, porque me recuerda mucho los escenarios y la situación de aquellos personajes que viven sus tramas condicionados, en buena medida, por la presencia de esa gran corriente de agua que, circunstancialmente, une o separa a los habitantes de ambas orillas, que sirve como permanente medio de comunicaciones, y que marca con su hábitat específico el estilo de vida de los ribereños, muy particularmente de los niños. Podría haber habría acabado antes, citando directamente a Mark Twain, porque es inmediata la identificación de sus obras con esos ambientes, pero mi referencia iba intencionadamente dirigida a los ambientes físicos, más que a sus narraciones sobre Tom Sawyer, o Huckleberry Finn, con las que no encuentro auténtico parecido. Claro que, en este caso, el río no es el Mississippi sino el Ohio, afluente del Missouri que a su vez lo es del Mississippi, pero eso aquí importa poco, al tratarse de otro río de considerable tamaño que también contiene un abundante tráfico fluvial. Otra característica muy reseñable es su carácter de “novela con niños” (que no infantil), no solo por la presencia de éstos, sino porque una buena parte de la narración sale de boca de John, el niño de nueve años que está en el centro de la historia; él y su hermana Pearl, de cuatro, tienen una presencia constante a la que hay que añadir tres niños más en su tramo final. El río, y los niños, son dos rasgos muy marcados que le imprimen a la novela un carácter entrañable y soñador. Pero el asunto central, el que queda como leitmotiv del libro es la presencia del “mal”, representado aquí por este Predicador que, en cuanto puede, enseña los dedos de una y otra mano marcados con las palabras love y hate (amor y odio), y suelta su pretencioso sermón; este hombre desequilibrado (muy pronto se nos desvela esa condición), recorre ominosamente el depauperado medio rural americano, entre la pobreza sobrevenida durante la Gran Depresión. En aquel ambiente enrarecido, aparece la figura del hombre que se mueve por el territorio al amparo de las religiones que por allí medran; las distintas ramas protestantes, presbiterianas, metodistas, o evangélicas, basándose en la libertad de comunicación que la religión luterana otorga a sus fieles en su relación con el Creador, conferían una autonomía ilimitada a sus ministros, para que, al margen del control de cualquier Iglesia, recorrieran el territorio organizando asambleas de fieles, e impartiendo mensajes rígidos y estrictos que remitían a un inminente apocalipsis: ¡Si los hombres no vuelven su mirada hacia Dios, la cólera de éste caerá implacable sobre ellos! ¡Amén!, contestaban a coro en la asamblea. Y ese tremendo y amenazador discurso integrista calaba fácilmente entre las gentes. En ese territorio duro y deprimido, el paro y la miseria produjeron infinidad de historias de hombres, mujeres, y también de niños, que se vieron obligados a sobrevivir vagando por lugares en los que todos, incluso quienes tenían medios de subsistencia, sufrían las nefastas consecuencias de la depresión; algunos lo hacían mendigando, pero otros recurrían a la delincuencia, dando lugar a oleadas de disturbios y linchamientos. La irrupción en el pueblo del Predicador, y su incorporación a una familia que ya vivía unas circunstancias especialmente difíciles, sitúa la acción en un ámbito doméstico presidido por el terror y la nocturnidad, en el que las mentes infantiles han de gestionar sus casi irresolubles traumas con la incomprensión y el abandono de unos adultos que no entienden sus problemas. La narración de esos conflictos internos de los niños, con los recuerdos constantes de su padre en la horca, con la ineficaz ayuda de una madre atolondrada, y con la cerril oposición de sus vecinos, permiten al autor crear un mundo infantil en el que los recuerdos del niño protagonista se mezclan con la realidad presente hasta confundirse en un magma informe, borroso, e irreal, del que solo consigue escapar cuando visita a su único amigo, un viejo borrachín que vive en su casa/barco amarrada al pantalán del río. Esas son las dos partes más potentes de esta historia, la tensión latente que aporta la obsesiva y maléfica presencia del Predicador en el ámbito doméstico; y el desarrollo de la historia desde el punto de vista de John, el niño protagonista que lleva hasta el final el relato de sus vivencias contadas con la sinceridad, la firmeza, y la ternura propias de un chico de su edad. Estas dos partes acaban siendo con mucho, las más atractivas de la novela, hasta el punto de superar en interés a la resolución del asunto del botín, que preside la trama central, que al final acaba quedando un poco desdibujado. Y todo ello sin olvidarnos de que la historia va inserta en un contexto histórico y geográfico, que el libro explica a través de la visión adulta de un narrador omnisciente que expone y desentraña los conflictos sociales y religiosos de base, que dan sustento a esta historia. Para resumir lo que supone la lectura de este libro: hay dos situaciones posibles, una que se conozca la película del mismo nombre; en ese caso la lectura va a servir para recrearse en una historia ya conocida, y para disfrutar con toda su tensión y todos sus oscuros terrores, pero ello con la aportación de las ventajas que conlleva el soporte literario: la profundidad que permite su longitud, sin merma alguna de la tensión que se vivió en el cine y el cúmulo de información sobre las circunstancias históricas que ayudan a situar correctamente la trama en su lugar y época con una eficiencia que la película no tenía posibilidad de conseguir. La otra posible situación, es que se desconozca absolutamente la película de Charles Laughton, en cuyo caso es mucho mejor aún, porque, a lo dicho con anterioridad, hay que añadir el disfrute también mucho mayor del ambiente terrorífico y la tensión subsiguiente, al pillar absolutamente de nuevas. Además, esa situación sin referencias previas facilita varias cosas: la mejor valoración de un texto pletórico de fuerza en el desarrollo de la trama; la inquietud por la problemática social que soportaba aquella época convulsa; y, sobre todo, la posibilidad de disfrutar con la extraordinaria sensibilidad que aflora en el discurso de las mentes infantiles. El hecho de que su autor no volviera a escribir nada más con ese grado de relevancia no desmerece la calidad de esta obra. De todas formas, aparte de algunas otras novelas, escribió series de relatos cortos que fueron en algunos casos utilizados por Hitchcock en su serie televisiva. Además no fue este un caso único, porque, unos años después, le ocurriría algo parecido a Harper Lee con su To Kill a Mockingbird, también ubicado en la Gran Depresión y, en aquel caso, con auténtico éxito literario (Premio Pulitzer) y con un extraordinario éxito cinematográfico. En definitiva, es una novela que está muy bien escrita y que se lee con un grado de satisfacción extraordinario y sin desmerecer un ápice de la excelencia de su secuela cinematográfica.

2 comentarios, puntuación: 5 con 3 votos
Escrita 21 de Junio de 2017
Añadir a mis favoritas

Portada de 496700df8564fe3e66dd2a758467e7
UNA IRLANDA GÓTICA en EL UNICORNIO
“El unicornio” es una novela de la escritora irlandesa Iris Murdoch (1919-1999). Se la suele calificar como “gótica” por su ubicación en un caserón (castle, le llaman) cercano a la costa, en algún lugar perdido de una Irlanda indeterminada en el que se alternan playas solitarias salpicadas de arrecifes, con acantilados altos y siniestros por la negrura de la roca basáltica; en esa zona costera comienza también un páramo de tipo kárstico, que se prolonga hacia el interior de la isla formando una llanura yerma, sin árboles, y cubierta solo por musgos y ciénagas traicioneras. También se la considera “gótica” (y tétrica) por la climatología del lugar, fecunda en brumas, humedades y vientos, que incrementan su protagonismo con el transcurso de la trama, volviéndola cada vez más sombría. Así es el escenario que alberga esta historia. Comparte rasgos característicos de otras obras de Murdoch, entre las que había leído, hace años, “El sueño de Bruno” de la que no recuerdo detalles, pero sí, que me gustó y que la califiqué con un 8. Se observa en ella la influencia de la novela clásica decimonónica por el carácter gótico, invocado por lo tenebroso del paisaje y los interiores (sin luz eléctrica y con chimeneas encendidas en verano); por el estilo de la narración, franco, lineal y exento de complicadas innovaciones; y por el significativo puesto de institutriz, con el que entra Marian en el caserón rememorando a tantas y tantas novelas inglesas del siglo XIX (Jane Eyre, Agnes Grey, Otra vuelta de tuerca…). Con esos antecedentes, la historia empieza bien pero sin alardes; el narrador omnisciente se dedica durante un corto trecho a explicarnos el proceso de incorporación de la joven Marian Taylor al grupo de personas que viven en la casa. Sin embargo ese intervalo dura poco, porque su protagonismo inicial se va deshaciendo gradualmente, quedando finalmente diluido en el grupo de los seis u ocho personajes más significados. A partir del punto en el que ella empieza a compartir protagonismo con los demás, la trama evoluciona y llega a alcanzar tal intensidad, que el lector queda abocado a una lectura expectante y compulsiva. Pregunta obligada: ¿cuáles son pues las razones que originan esa expectación? Iris Murdoch, como escritora, tenía los recursos y el oficio necesarios para construir una trama atractiva y nutrida de giros sorprendentes y adictivos, es decir, era una novelista competente. Pero además —y esta es la clave—, nos estamos dando aquí de bruces con su sello característico, es decir, con su capacidad para crear círculos cerrados de personajes entrelazados, en los que cada uno activa con inusitada vivacidad sus propios engranajes mentales, de los que surge una mezcla de sentimientos amontonados y poco identificables. Conceptos tales como: dominación, obediencia, frustración, resentimiento, celos, culpabilidad, contrición, y sobre todo los más básicos, amor y odio, tienen aquí un significado un tanto desvirtuado por su acumulación en uno o varios personajes (o quizá en todos). Ese aluvión de ideas tormentosas superpuestas desemboca en unas tremendas encrucijadas éticas o morales de algunos de ellos, dotadas de multitud de matices entre los que el sexo es, solo, uno de los ingredientes y quizá no el principal, como suele ocurrir tan a menudo. Tanta tensión entrecruzada liga a los personajes mediante extrañas relaciones de dependencia o dominación, desarrolladas en un ámbito espacial que se podría calificar como sofocante. Pero además es un espacio delimitado, que dispone de dimensiones físicas —la casa y sus jardines—, y también psicológicas, estas últimas por efecto de la palpable coerción que se detecta en el ambiente y que impulsa a cometer actos de dudosa conducta que —se supone— llevarían al grupo hacia su presumible autodestrucción. Ese espacio físico y psíquico, me recuerda al que se crea al pie de El castillo kafkiano, en el que nunca puedes predecir cómo van a reaccionar los personajes, porque la red de tensiones que se teje es superlativa y ajena a los procesos de especulación racional del lector. Pero al contrario que en el mundo de Kafka, en el que lo imprevisible se revela absurdo (o kafkiano), en este otro, creado por Murdoch, esa imprevisión provoca en el lector un sentimiento de sofoco —no del todo desagradable, quizá, por lo sofisticado o sugerente de la proposición—, sino satisfactorio y sorprendente a la vez. Hago aquí referencia a El castillo, para resaltar la condición de ámbito cerrado que tienen las novelas de ambos escritores, como escenarios en los que todo transcurre siguiendo un orden particular fijado implícitamente por sus autores. El espacio de El castillo, es simbólico, onírico y desconcertante, y remeda a la sociedad real con su uso de una lógica aparentemente racional que, al estar desplazada en paralelo con respecto a la real, transforma lo racional en kafkiano. El espacio de El unicornio, en cambio, es un recinto en el que se hurga en el trasfondo del carácter de los personajes; y lo que allí se descubre es extraño, retorcido, contradictorio, y perfecto para ser extendido por el tejido de relaciones interpersonales previamente creado, como si fuese una especie de pasta untable hecha a base de miedos e insatisfacciones. Por tanto, no hay otra relación entre lo simbólico (Kafka) y lo pasional (Murdoch), que no sea el carácter de recinto cerrado y autárquico que tienen ambos lugares, y también lo imprevisible de sus propuestas. Mí evaluación particular es compleja, como también lo es la novela. En esta reseña he hecho una exposición que resalta sus características más acusadas, todas ellas, además, de trazos que podrían calificarse de favorables, por atractivos y prometedores (al menos para los aficionados a ese género de cosas). Sin embargo, he de reconocer que las luchas internas de los personajes han sido, en algunos casos, tan tremendamente difíciles de desentrañar en todas sus peculiaridades, que este lector ha acabado optando por una actitud renuente y acomodaticia, algo así como un dejarlo estar, que aleja un poco de la intensidad de la historia, sobre todo al final de la misma. Pero es bastante lógico, porque en esta novela se manejan sentimientos personales y la reacción de cualquier lector ante una materia tan subjetiva puede ser enormemente variada. Lo cierto es que, al leerla, queda uno tan impresionado por sus características, que apetece enfrentarse al reto de explicarlas, independientemente de que al cerrar la última página el balance personal de lugar a un 8, o a un 7, o a cualquier otro dígito.

2 comentarios, puntuación: 5 con 3 votos
Escrita 5 de Junio de 2017
Añadir a mis favoritas

Portada de b617d610c6bcb62bec97
GRIEGOS, DETROIT, Y SEXO DUDOSO en MIDDLESEX
Por lo general, el hecho de que me haya gustado un libro no implica forzosamente que desee llevar al papel la opinión que me merece; tal vez porque haya escrito ya sobre el mismo autor y no quiera repetirme, o porque trate un tema difícil de desarrollar o, sencillamente, porque que no me lo pida el cuerpo. En cambio “Middlesex" es de los libros que acumulan razones para escribir sobre ellos; véanse si no varios ejemplos: su estructura de novela-río de intriga creciente hasta el final; lo curioso e interesante de los variados temas que trata, o el estar escrito con lenguaje directo y distendido que resulta más que agradable. Sus casi 700 páginas y su título, que parece tener una dudosa relación con el sexo, son dos problemillas que dejan de serlo en cuanto se explica que su extensión es más una ventaja —porque se disfruta más tiempo con él—, y se descarta que su título indique una relación morbosa con el sexo. Con eso y con la información que da esta reseña, espero que el posible interesado esté en las mejores condiciones para decidir si quiere leerlo o no. Empezando por lo básico ¿de qué trata “Middlesex”?: son varios asuntos; en primer lugar, formalmente, tiene la factura propia de una novela-río; contada por el protagonista en primera persona, es la historia de tres generaciones de una misma familia, abuelos, hijos, nietos, parientes y amigos, que comienza en 1922 y que culmina en 1980, pese a que el protagonista la cuente desde la perspectiva del año 2002. Como suele ocurrir con ese tipo de narraciones prolongadas a lo largo de décadas, el solo hecho de contemplar la evolución de los personajes y sus vicisitudes, hace ya que el interés se mantenga hasta el final. Uno de los argumentos que más atrae de la novela es su relación con la cultura griega. Los iniciadores de la saga familiar son griegos —de la minoría asentada de antiguo en Turquía—, que emigraron de Esmirna a Detroit para iniciar allí una nueva vida integrándose de la comunidad griega de los Estados Unidos. A pesar de prolongarse su historia hasta los años finales del siglo XX, su condición de descendientes de griegos es omnipresente en su modo de vida americano, dando lugar a un interesante repaso de las circunstancias históricas que les hicieron salir de Turquía, y de las formas de vida y costumbres griegas que se esforzaron por seguir manteniendo en su nueva vida en América. Otro foco de interés para el lector, es conocer y pararse a observar la situación que se vivió en Detroit, la capital de la industria automovilística norteamericana, durante el periodo que va de 1922 a 1980. La ciudad fue próspera en los años veinte gracias al auge de la industria del automóvil; los tres grandes constructores americanos de coches, Ford, General Motors, y Chrysler tuvieron allí sus sedes centrales. La constante afluencia de obreros de raza negra para trabajar en las factorías, dio lugar a que, en años posteriores, se generase una situación convulsa, plagada de violentísimos disturbios y revueltas, y provocada fundamentalmente por la aparición del paro y el odio racial. La crisis del sector del automóvil llevó por fin a una decadencia urbana terrorífica, al éxodo de la población, al hundimiento de los precios de las viviendas, y a la bancarrota de su ayuntamiento. Hoy, Detroit muestra un paisaje apocalíptico con una parte importantísima de sus calles y sus casas abandonadas, saqueadas y devoradas por la vegetación y la ruina, habiendo quedado su población reducida al 40% de la que tuvo en los años cincuenta, en lo que se ha considerado la debacle del sector del automóvil “made in USA”. Toda esa decadencia, aparece en la trama, influye en ella, y se desarrolla explícitamente en el texto. Pero además, de relatar la historia de su familia, de enseñar el modo de vida de los americanos de origen griego, y de tratar sobre la decadencia urbana de Detroit, el otro asunto importante de la novela, y tema central de ésta, gira en torno a la incidencia que ciertas malformaciones genéticas de los órganos reproductores, pueden tener sobre el cuerpo y sobre la mente, y consecuentemente sobre el equilibrio psicológico de la persona que las padece, que, en este caso, es el/la protagonista de la historia. Por decirlo de una forma más ilustrativa que la que expresa su título inglés: el “hermafroditismo”, vivido como inevitable experiencia íntima por el narrador, es el tema principal que articula la novela y que se mantiene presente a lo largo de toda su extensión con una incidencia creciente según se avanza hacia el final. Es un tema muy especial que podría prestarse a la broma, o a ser enfocado demasiado a la ligera y, de hecho, el autor lo cuenta adoptando un talante que aparenta ser superficial y distendido, pero que solo lo es en apariencia, porque su tono desenfadado actúa a modo de coartada divertida para desdramatizar el problema de fondo, apreciándose perfectamente que su enfoque, en realidad, es serio y respetuoso. Si los temas son atractivos y la trama tiene motivos para engancharnos, las posibilidades de que nos guste aumentan exponencialmente, esto es indudable. Bien, pues, así y todo, lo verdaderamente sobresaliente, hablando de Eugenides, es el texto; la manera en que está escrito va más allá de las materias que contiene, por interesantes que sean éstas. Un contenido menos completo, como creo que es el caso de “Las vírgenes suicidas” (aunque no mucho menos), daría lugar a un libro menos redondo, pero, que se leería igual de bien. La singularidad de Eugenides estriba en constatar lo decisiva que resulta su forma de escribir de cara al balance final de su lectura, su estilo, al menos para mí, es tremendamente eficaz, al conjugar perfectamente profundidad y facilidad de lectura. Inicialmente, puede aparentar cierta ligereza cercana al desenfado, pero no hay tal, simplemente ocurre que es de esos escritores que tienen una facilidad innata para llevar al lector justamente por el camino en el que está el foco de interés del relato, de manera que el lector esté siempre sujeto a esa atracción. Su escritura remite al lenguaje natural y divertido con que se suelen expresar los jóvenes, dejando ver un estilo fresco y ágil, pero también, consistente y expresivo, que nos permite leer sin esfuerzo y a la vez captar el mensaje subyacente, que lo tiene, pleno de inteligencia y de intencionalidad. Su texto se apoya mucho en unos diálogos a la vez profundos y chispeantes, dándole todo el protagonismo a un humor muy matizado, que, no llega a la hilaridad, pero que tampoco le resta un ápice de profundidad a las materias que toca, que, a veces, son verdaderamente serias. Creo que con ese estilo tan particular, que contrapuntea continuamente entre lo serio y lo divertido, consigue mantener sutilmente receptiva la imaginación del lector para que siempre esté en disposición de seguir procesando su mensaje. Su forma de estructurar el relato, no busca dar una visión completa ni lineal de las situaciones; su técnica narrativa consiste en compartimentar la historia en una sucesión de fases o episodios que hacen avanzar la historia; a veces hay breves fases intercaladas vividas en tiempo presente (2002) con la consiguiente interrupción de la secuencia temporal, pero la mayoría de las veces estos episodios siguen el orden que marca el tiempo. Cada fase consta de un discurso inicial en primera persona, con idea de ir sumergiendo al lector en la situación propuesta, definiendo parámetros, planteando hechos, o desarrollando posibles opciones. A continuación, busca una vista acotada de la acción a modo de flash que recreé el momento y sigue con los personajes y sus diálogos avanzando hacia el desenlace parcial, con él zanja abruptamente la escena, y da un salto narrativo, que lleva al siguiente capítulo, donde retoma la acción en un punto posterior, en el que, otra vez en primera persona, reflexiona, extrae moralejas, y pasa página hacia otro nuevo episodio. Esos reflexiones o análisis, que va elaborando, a veces adquieren un tono mágico, o parcialmente fabulado, que durante unas cuantas páginas nos saca un poco de la relativa severidad de una narración de pincelada racional y figurativa, para entrar en el campo del simbolismo o la abstracción. Pero, teniendo en cuenta la chispa de sus diálogos y la simpatía que rezuma su prosa, estos lapsos un tanto mágicos, lejos de molestar, encajan con perfecta naturalidad en el conjunto del texto, como también lo hace su tendencia a citar, a la menor oportunidad, referencias literarias, cinéfilas, o teatrales, más o menos pertinentes, con las que mostrar sus aficiones culturales (menciona, por ejemplo, la película de Buñuel “El oscuro objeto del deseo”). Por último y para ser más ilustrativo, tiraría de comparaciones y diría, salvando las distancias, que su texto mezcla un tono inteligente y guasón como el de Woody Allen, con algo parecido a una fina y elegante ironía, que bien podría haber sido extraída del estilo de Salinger. Personalmente, la lectura de sus dos novelas, ésta y “Las vírgenes suicidas”, me ha gustado bastante, independientemente de cuales sean sus personajes y su trama. Lo que pasa es que los personajes y la trama de “Middlesex”, abarcan más, y son más interesantes, conformando una novela más completa y, por tanto, más satisfactoria que la otra. Lo que no sé es hasta qué punto puede haber una parte autobiográfica en esta historia. Yo tiendo a pensar que alguna hay, porque los datos cronológicos y el carácter de descendiente de griegos del protagonista, coinciden, más o menos, con los de Eugénides, aunque también podría ser que lo fuese solo en parte. Lo que sí he leído en la red, es que su actitud actual con los medios de comunicación parece ser casi tan esquiva como lo fue la de Salinger.

2 comentarios, puntuación: 5 con 5 votos
Escrita 9 de Mayo de 2017
Añadir a mis favoritas

Primera Anterior ... 1 2 3 4 5 ... Siguiente Última