En sopadelibros.com utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu navegación.
Si continúas navegado por la web, consideramos que aceptas su uso.
Para cambiar la configuración del navegador y/o obtener más información del uso de cookies en sopadelibros haz click aquí.
loading Enviando datos...

Reseñas de SokraM Opciones de perfil

Portada de 069034d90e251bd500e3
NO GANAR en LA MUJER DE LA ARENA
El protagonista, un entomólogo en busca de la inmortalidad, termina atrapado en una choza del desierto en compañía de una extraña mujer. Pronto se da cuenta de que sus sueños de grandeza son inútiles si no consigue escapar, pues allí encerrado está condenado al olvido. Sin embargo, pese a sus intentos, no puede huir del que parece ser su destino: barrer la arena de las dunas que amenazan con devorar la casa día tras día. Obra nihilista heredera de Kafka y aderezada con la sensualidad de la literatura japonesa, trata los temas del sinsentido, la gloria y el paso del tiempo. Recomendable tanto la novela como la película dirigida por Hiroshi Teshigahara en 1964, que no pierde por el camino ni una pizca de la extraordinaria sensibilidad de este fresco sobre el fracaso y la derrota mal asumida. Te gustará si disfrutaste con: - El desierto de los tártaros (Dino Buzzati) - Bartleby, el escribiente (Herman Melville) - El proceso (Kafka)

7 comentarios, puntuación: 4.67 con 3 votos
Escrita 23 de Abril de 2015
Añadir a mis favoritas

Portada de b128bbec42ba59f338f2
DEL SUELO A LAS RAMAS, DE LAS RAMAS AL CIELO en EL BARÓN RAMPANTE
Cosimo Rondo sube a los árboles por rebeldía y permanece por amor. Hay un fragmento del libro que me apasiona. La historia acaba de empezar pero Cosimo lleva largo tiempo encaramado a las ramas. En estas circunstancias se reencuentra con la niña a la que inconscientemente desea. En un intento inútil de seducción se pavonea; recuerda su gesta a la misteriosa chiquilla burguesa amiga de los ladrones: “¿Sabes que nunca he bajado de los árboles desde entonces?” Qué inocencia. Lo heroico se vuelve evanescente cuando es el héroe quien lo explica. La vergüenza se apodera de Cosimo que, arrepentido de lo dicho, desea entonces renunciar a su tenacidad y bajar inmediatamente de los árboles. La situación empeora tras la respuesta de la niña, carente de sorpresa, y las carcajadas de la parroquia de ladrones que hasta entonces le admiraban. La rama sobre la que se apoyaba se quiebra en ese momento de pudor y Cosimo cae al vacío: es el hundimiento de una idea, de una vida, y no hace nada para evitarlo, no trata de agarrarse: asume el vacío. Sin embargo, el destino todavía se guarda una carta en la manga: su traje queda enredado en una rama sosteniendo a Cosimo a escasos metros del suelo. Es lo más cerca que está en toda su vida de volver a pisar tierra firme. ¡Qué hermoso!, me recuerda sin remedio a este fragmento: "Apenas expresamos algo lo empobrecemos singularmente. Creemos que nos hemos sumergido en las profundidades de los abismos, y cuando volvemos a la superficie la gota de agua que pende de la pálida punta de nuestros dedos ya no se parece al mar de que procede. Creemos que hemos descubierto en una gruta maravillosos tesoros y cuando volvemos a la luz del día sólo traemos con nosotros piedras falsas y trozos de vidrio; y sin embargo en las tinieblas relumbra aún, inmutable, el tesoro." -Maeterlinck- “El barón rampante” es un cuento que gustará, en mayor o menor medida, a todos los que aman la literatura. Una bildungsroman llena de pasajes con los que cualquier persona consciente de la soledad de la vida se identificará. La belleza del aprendizaje inunda estas páginas. Sólo le puedo poner un par de pegas: -- La necesidad de Italo Calvino por explicar cada uno de los símbolos de la novela, lo que no siempre permite que el lector asocie libremente su experiencia a la de Cosimo. -- El estilo puede ser agobiante: consciente de sus dotes, el autor trata de subrayar constantemente la belleza de su prosa y de lo que ésta dice: “¡Aquí hay poesía!”, parece gritar a cada metáfora. -- El tono de cuento aleccionador que adquiere en algunas ocasiones puede escupir a determinados lectores de la historia. A pesar de esto, como digo, “El barón rampante” es una historia maravillosa en todos los sentidos. Todo el que lo lea se retrotraerá en algún momento a las imágenes de esta novela y éstas, seguramente, serán vívidas y cálidas. Amigos, os recomiendo este libro. Especialmente si necesitáis reconciliaros con la literatura. Especialmente si necesitáis reconciliaros con la vida.

2 comentarios, puntuación: 4.5 con 6 votos
Escrita 18 de Febrero de 2012
Añadir a mis favoritas

Portada de 3cd3a9a0da291941837
¡OH BARTLEBY! ¡OH HUMANIDAD! en BARTLEBY EL ESCRIBIENTE
Nathaniel Hawthorne, escritor americano del siglo XIX fundamental para la historia de la literatura universal; puritano calvinista seguidor de la doctrina de la predestinación; hombre inquieto aunque silencioso y frío; compartió con Herman Melville, durante no pocos años, una amistad cercana y fructífera aunque extremadamente dolorosa y compleja por sus diferentes naturalezas y maneras de afrontar el mundo [*1]. Esta relación, en la que no voy a profundizar aunque me gustaría, ha permitido que lectores estudiosos o aficionados a su obra, gracias a las cartas y diarios que escribían, se acerquen de forma satisfactoria y fidedigna a las personalidades de ambos escritores. Por no alargar esta introducción sin razón alguna diré, sin más, que soy uno de esos lectores que ha podido acercarse a la personalidad de Melville a través de un escrito de Hawthorne. Un escrito que me permitió corroborar ideas hasta entonces simplemente sospechadas. Cuando leía “Bartleby el escribiente” no podía esquivar la sensación de encontrarme ante una obra nihilista: -Dios ha muerto-, una de las sentencias más famosas de Nietzsche, me parecía el tema sobre el que giraba Bartleby como obra y como personaje. ¿Había caído Herman Melville, por tanto, en el escepticismo filosófico propio de su época: la desacreditación de los valores supremos, el absurdo de la existencia carente de creador y director? He aquí el momento en que entra en escena Hawthorne y sus diarios. En 1864, después de un largo distanciamiento, Hawthorne y Melville se reunieron en una playa de Liverpool (donde Hawthorne trabajaba como cónsul) para caminar e intercambiar pensamientos y el humo de sus pipas. Tras la que a la postre sería su última conversación, Hawthorne anotó en su diario un pequeño esbozo de las ideas que se discutieron durante aquel paseo por las orillas del océano Atlántico: “Melville, como siempre, comenzó a razonar acerca de la Providencia y el futuro, y sobre todo lo que está más allá del conocimiento humano... Es extraño cómo persiste – y ha persistido desde que lo conozco, y probablemente desde mucho antes- en divagar de un lado para otro sobre esos desiertos, tan deprimentes y monótonos como las colinas de arena sobre las cuales estábamos sentados. Él no puede creer, pero tampoco sentirse cómodo en su falta de fe, y es demasiado honesto y valiente como para hacer ni una ni otra cosa.. Si fuera un hombre religioso, sería uno de los más religiosos y reverentes; tiene una naturaleza grande y noble, más trascendente que la mayoría de nosotros” [*2] Si bien con este texto no se puede deducir que Herman Melville no fuera religioso pues un hombre tan puritano como Hawthorne podría dudar de la devoción del mismísimo Pio IX (el por entonces Sumo Pontífice de la iglesia católica), si se puede atisbar la duda, la reflexión sobre la existencia, el miedo a la falta de socorro de los hombres a manos de Dios, en definitiva, la incertidumbre sobre la Divina Providencia. Es decir, Melville desconfiaba del dogma, primera condición para dudar de la existencia de Dios y por tanto del sentido de la vida tal y como se entendía en occidente: la eternidad como fin. Esto no es, sin embargo, sorprendente en su contexto. El siglo XIX fue la fragua que permitió la forja definitiva de esta reflexión tan humana, la puesta en claro de esta idea, la creación de teorías y obras de arte que se basaran en este concepto presente en el ser humano desde épocas lejanas. Ahora bien, la problemática que surge de asumir la muerte de Dios es muy variada. ¿Qué motivos puede tener el ser humano occidental para continuar en el absurdo?, ¿cómo recomponer una sociedad que ha perdido su objetivo? Nietzsche lo tiene claro: el Übermensch ocupará el lugar de Dios. La voluntad de poder ocupará el lugar de la moral de los siervos. De lo contrario, el mundo occidental se derrumbará: Bartleby no es sino la muestra de este derrumbamiento. Antes de continuar, y tal vez un poco tarde, resumiré de forma muy breve, pues lo considero necesario, el argumento de la obra que nos ocupa. Un abogado contrata a un escribiente: Bartleby. Un buen día, Bartleby decide dejar de realizar su trabajo. Pronto extrapolará esta decisión a todas las facetas de su vida. Decide dejar de vivir ante la desesperación de su jefe pues, simplemente, “preferiría no hacerlo”. A través del abogado, incapaz de comprender la idiosincrasia de Bartleby, se irá destejiendo un drama ¿surrealista? sobre la vida y el significado de ésta que desembocará en un final convenientemente trágico. Entiendo por tanto, la actitud de Bartleby como una alegoría sobre el hombre que se percata de la muerte de Dios pero es incapaz de sobreponerse: destruido el significado, el hombre se abandona, “prefiere” no vivir. Actitud que, sin duda, se manifestó en el espíritu de no pocas personas del siglo XIX. Otras, sin embargo, prefieren continuar con el engaño, seguir su vida: son aquellas que consideran despreciable el comportamiento de Bartleby. Un tercer tipo de actitud lo encarna el abogado: no entiende a Bartleby, le desespera la situación; sin embargo siente fascinación por su resolución y hará lo posible por comprender aunque sea por el camino de la locura. “Parecía solo, absolutamente solo en el universo”, dice el abogado en una de sus reflexiones sobre Bartleby. Y es verdad, estaba solo, Dios ha muerto. El comportamiento de Bartleby, lo critica Nietzsche en su obra filosófica. Si el hombre se deja ganar por el nihilismo existencial, está condenado. Hay que asumir la muerte de Dios y conducir al hombre por caminos de superación no relacionados con la religión. Alcanzar la “supravivencia” por un camino distinto, pero nunca abandonarse. Desafortunadamente, su filosofía, al menos desde mi punto de vista, ha sido demasiadas veces incomprendida. Para terminar, sólo me queda una pregunta: ¿quién es Melville en esta obra? Aunque lo más seguro es que sea una suma de ambos personajes, le veo más como abogado: Bartleby no duda, su posición está muy clara, el abogado, sin embargo, muta a lo largo de la obra, sus dudas le hacen reflexionar y buscar significados. Es una actitud más propia del Melville que dibuja Hawthorne en su diario. Gracias Melville por mostrarnos al hombre sin voluntad de poder. Gracias por enseñarnos a un Ahab sin Moby Dick. Gracias por crear a Bartleby. [*1]Melville amaba a Hawthorne con pasión y éste era incapaz de devolver esa pasión por su naturaleza distante y fría. [*2] http://www.telegraph.co.uk/culture/books/bookreviews/8257013/Jay-Parini-on-Herman-Melville.html

12 comentarios, puntuación: 4.63 con 8 votos
Escrita 17 de Noviembre de 2011
Añadir a mis favoritas

Portada de 0d047cd5dcd90d96f75b
RESUENA LA TRAGEDIA en EDIPO REY
Acabo de releer lo ya leído (cómo ruge este pleonasmo) y ya sé lo que me espera hasta la noche: estar ausente; ser espectro. Porque sí amigos, los clásicos griegos profanan mi ser: entran por los ojos disfrazados de palabras y salen por la boca con mi alma agarrada por el cuello; después, me la enseñan, pobre ser agonizante, y me gritan: ¡esto eres tú!, no hay solución ni escapatoria. Al terminar de leer me la devuelven agitada, pero también más lúcida. El trato es justo. Hoy, tras la experiencia Edipo Rey, mientras cada rincón de mi cuerpo se reanimaba (es decir, recuperaba el ánima y la apuntalaba con fuerza en un vano intento por evitar futuros asaltos helénicos), una frase resonaba en mi cabeza: “FINIS TRAGOEDIAE”. Y es que hay algo cierto en esta característica sentencia, parte de la tragedia humana termina en la literatura clásica. Y digo parte, no sin antes tener que controlarme para evitar una sentencia total, porque la tragedia, el drama humano, ha continuado hasta nuestros días. Eso sí, el drama de hoy no es sino el drama griego transmutado. Hay que asumirlo aunque es difícil: hace más de dos milenios se exploraron todos los claroscuros del ser humano, todas las tragedias. ¿Después de la Grecia clásica, qué nos queda por decir? Cada vez estoy más seguro de que la respuesta es poco o tal vez nada. Pero no os preocupéis, en esa nada, en ese repetir lo dicho, en ese palimsepsto que es la historia del arte, queda belleza. Al fin y al cabo la literatura continúa su eterna lucha ahí fuera, sé que podéis verla cuando miráis las bibliotecas. Es imposible reseñar a los griegos en un medio como éste sin caer en la vacuidad más absoluta, lo sabemos. ¿Qué nos queda entonces?, grito al aire ; “invitar a la lectura” responde alguien desde fuera. Pues bien, yo os invito. Pasad, acomodaos y abrid el libro. Sí, por allí, ¿cómo dices?, sí, es aquel, aquel que está sobre el atril, encima de la mesa de ébano. Edipo Rey se llama y Sófocles lo firma. No temáis, no os avergoncéis, disponed de él como queráis. Al fin y al cabo, esta es vuestra casa, habéis estado aquí antes, ya habéis leído el libro: la tragedia sois vosotros.

4 comentarios, puntuación: 3.78 con 9 votos
Escrita 12 de Octubre de 2011
Añadir a mis favoritas

Portada de 0b1bfeaf740ffc9e711e
"¿BAJAS DEL HONDO CIELO O EMERGES DEL ABISMO, BELLEZA?" en LAS FLORES DEL MAL
Desesperado, así te sientes cuando despiertas. No tienes ganas de moverte, apenas has empezado el día y ya quieres volver a dormir. Te revuelves en la cama, el pelo en la cabeza te molesta, sabes que el edredón te da calor, pero tienes frío. En ese ir y venir entre las sábanas, te das cuenta de que en un lateral, junto a tus zapatillas, anoche dejaste un libro. Lo miras con extrañeza, no te acuerdas, sólo el frío. La luz del nuevo día golpea tus ojos, la evitas, te das la vuelta, aplastas la cara contra la almohada. Te duele la cabeza, comienzas a recordar. Anoche, entre semana, acto irresponsable, saliste a beber: la casa de un amigo, muchas botellas de alcohol sobre una mesa (whisky suficiente para perder la cabeza) y ella. Claro, también estaba ella, pero no sirvió de nada. El resto es confuso: cristales rotos, conversaciones fugaces, música mala, rostros de felicidad fingida y un libro en tus manos. Sí, un libro en tus manos, ella te evitaba pero un libro en tus manos, qué gloria. “Te gustará”, te dijo tu amigo, y lo arrancó de la estantería para dártelo justo antes de echarte de su casa: nadie quedaba. Farolas, frío y tiempo, el resumen del trayecto hasta tu casa. La cama te esperaba, caíste rendido, el libro en el suelo hasta mañana. Hoy despiertas desesperado. Miras el libro en el suelo, te llama. Lo recoges y comienzas . Un poema tras otro, un verso tras otro y la cama se ha transformado en barro, pero no importa, nada importa, sigues leyendo: “J'aspire à un repos absolu et à une nuit continue”, “La Débauche et la Mort sont deux aimables filles”, “Mais l’amour n’est pour moi qu’un matelas d’aiguilles”, “Elle rit à la Mort et nargue la Débauche /Ces monstres dont la main, qui toujours gratte et fauche/ Dans ses jeux destructeurs a pourtant respecté/ De ce corps ferme et droit la rude majesté”. Te duele, la cama es barro y te hundes, te estas hundiendo y te duele, pero no paras de leer. Este dolor, casi vital, no lo puedes entender, pero no sueltas el libro, qué miseria, qué dolor, qué belleza, ya casi totalmente hundido en el barro, sólo la cabeza y los brazos quedan libres, todavía puedes seguir pasando páginas, todavía hay tiempo para leer, “Mon coeur, comme un oiseau, voltigeait tout joyeux”, “L’Amour est assis sur le crâne/ De l’Humanité”, pero te hundes sin entenderlo. Ya solo puedes respirar por la nariz, pero no importa, necesitas más dolor, más belleza, ¡qué efímera es la vida! ¿te das cuenta?, claro que te das cuenta: sigues leyendo, reblandeciéndote en el barro que está a punto de matarte y en el dolor que te produce cada verso. Ya queda menos para comprender, pero apenas puedes respirar, sólo ves las páginas que sujetas en alto. Intentas mover los pies para alzarte y respirar, pero es inútil, tu cuerpo esta trabado en esa masa de lodo que hace tiempo era tu cama, tus pies anclados en la masa, tus piernas impracticables, tu cuerpo se hunde pero hay literatura y no te importa. Abres la boca, ya sumergida en el fango, para intentar conseguir algo de aire, pero sólo consigues tierra húmeda que se abre paso hasta tu garganta. Tus ojos fijos en los poemas del libro que sostienes fuera del lodazal, el alma te duele a cada paso que das por esas páginas. “Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule!”, y te hundes ya sin más, asumes con desdén que ha llegado tu hora, ya nada ves, te estás ahogando, la cabeza totalmente sumergida, el libro aún en alto sujetado por tus brazos: la única parte de tu cuerpo ajena a la maldición de los elementos más cercanos, del agua y de la tierra. Pasa el tiempo, te ahogas, lo asumes, cada vez combates menos contra el barro. Encuentras placer en el silencio de allá abajo, pero también un dolor que entiendes como atávico, algo que ha despertado el libro que luchas por mantener en el exterior ya tan lejano, sujetado fuera por tus brazos. No es el libro lo que duele, lo comprendes, eres tú, los poemas existían antes de existir, esperando a ser escritos. Comienzas a morir, qué dolor, y fluye libremente el barro en tu garganta. No te queda más remedio que soltar el libro. ….. ….. ….. El barro ha desaparecido y llenas de aire tus pulmones con la inspiración más grande que recuerdas, como un niño recién nacido pero sin llanto, no hay tiempo para el llanto. Te levantas de la cama, no sabes qué hora es, el libro en el suelo junto a tus zapatillas. Te acercas al teléfono de la mesita de noche, lo descuelgas y llamas a tu amigo. “¿Si?” pregunta una voz quebrada allá al fondo. “El libro que me dejaste casi me mata”, dices sin reconocer tu voz, “Es sólo un libro”, dice tu amigo, miserable, ajeno a todo. “Sí”, respondes, “pero lo que yo siento es real”. Cuelgas sin despedirte, el libro en el suelo, junto a tus zapatillas. LES FLEURS DU MAL, reza la portada. Y ya no hay barro.

3 comentarios, puntuación: 4.64 con 11 votos
Escrita 10 de Octubre de 2011
Añadir a mis favoritas