En sopadelibros.com utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu navegación.
Si continúas navegado por la web, consideramos que aceptas su uso.
Para cambiar la configuración del navegador y/o obtener más información del uso de cookies en sopadelibros haz click aquí.
loading Enviando datos...

Reseñas de Poverello Opciones de perfil

Primera Anterior ... 1 2 3 4 5 ... Siguiente Última

Portada de 95dc6cb7bab0c0011142
EL GENIO IGNOTO en EMIGRANTES
Shaun Tan es un genio; puedo decirlo yo y que me hagáis caso, en un ataque irracional de confianza por parte de quienes leéis estas líneas, pero basta echar un ojo a su obra –ya sea medio bizco o con lupa– para que caigan de un plumazo todas las reservas. Además es un genio desde hace años, lo cual es decir mucho, pues no llega aún a los 45 años, pero como se estira poco, no creo que sus trabajos vayan a inundar nunca páginas webs ni artículos sobre ilustración o novela gráfica a pesar de los numerosos galardones que ha recibido a lo largo de su carrera profesional. Shaun Tan, aunque no lo parezca ni por nombre ni por facciones, es de nacionalidad australiana, pero de padre japonés, y desde bien zagal le dio por escribir y hacer garabatos, así que con el beneplácito de sus padres –fieles amantes ambos del arte y de la libertad expresiva de los infantes– olvidó gracias a Dios su posible carrera de ciencias para concentrarse en el dibujo y en la escritura. Y así, poco a poco, este escritor, ilustrador, dibujante, diseñador y director de cine de animación fue demostrando que podía desenvolverse con absoluta soltura en cada palo que tocaba. De los últimos pinitos, la creación y dirección de un corto de animación basado en una obra suya, «La cosa perdida», que ganaría el Oscar en 2011. Tan bueno el tipo, que hasta Pixar decidió contar con sus servicios para algunos diseños de la película WALL·E. A Tan siempre le ha dado un poco de coraje lo de encorsetar el arte. Él mismo señalaba en una entrevista que no entendía muy bien la clasificación de sus primeros libros ilustrados como literatura infantil, cuando en referencia a sus cuadros e ilustraciones surrealistas a nadie se le había ocurrido ponerles coto. Y ciertamente, admirando sus trabajos, como el maravilloso cuento “El árbol rojo” (2001), tal epíteto sería como meterle la cuña de infantil a la magna obra simbólica y política «Alicia en el país de las maravillas»; y hacerle una crítica despiadada bajo esos supuestos. Lo bueno de Tan es que al poco de tener que asumir –no aceptar– tamaños desmanes, llegó «Emigrantes» y las bocas se silenciaron como ante un cuadro de museo. «Emigrantes» es una novela gráfica, si bien no cuenta con el más mínimo diálogo, que convierte a todo lector en un extraño que acaba de aterrizar fuera de sus fronteras de origen. La estructura del libro y su enfoque narrativo hacen que resulte casi imposible no empatizar con la figura de aquellas personas que se han visto en la necesidad de dejar hogar y familia para buscar una vida mejor y más digna; al mismo tiempo que el protagonista, quien se sumerge en sus páginas, se ve obligado a realizar un imposible ejercicio de descodificación cultural, en el que nada se entiende, todo resulta inverosímil, inadaptable y hasta la fauna parece sacada de una novela de ciencia ficción. Aunque parte de las ilustraciones de la obra y el trabajo inicial de investigación de Tan se basan en fotos reales de las corrientes migratorias de alrededor de 1900, el ambiente fantástico y surrealista de los paisajes urbanos así como el lenguaje y los símbolos que reproduce el autor a lo largo de la novela gráfica dotan a todo el relato de una intemporalidad apabullante. No soy yo mucho de invitar al respetable a comprar y atesorar elementos prescindibles en las estanterías de casa, pero si hay un libro del todo disfrutable en cada una de sus ilustraciones y merecedor de habituales revisiones es, sin duda, «Emigrantes», que desde el propio diseño de la cubierta, las solapas y las créditos es una auténtica joya.

0 comentarios, puntuación: 5 con 3 votos
Escrita 30 de Mayo de 2018
Añadir a mis favoritas

Portada de 4ee6bb8fc1b187f18332
A LOS ENEMIGOS DEL PUEBLO en UNA HUMILDE PROPUESTA
Comenta Fernando Villalobos en el prólogo que, en 1983, al actor Peter O’Toole le dio por leer, sin previo aviso, durante la reapertura del Gaiety Theatre de Dublín algunos fragmentos de «Una humilde propuesta». Se le ocurrió llevar a efecto su brillantísma idea delante de políticos, representantes de la cultura y otras personas de relevancia social. Cierto que al ínclito actor irlandés le perseguía un poco su fama de díscolo y de l’enfant terrible, pero los oídos bondadosos, tiernos, castos y solidarios que completaban el auditorio aquella noche no fueron capaces de soportar la despiadada sátira que representa el pequeño ensayo del no menos díscolo Jonathan Swift. Tras algunos momentos de asombro y malestar (lo mismo estirándose los lazos de sus corbatas o limpiándose el sudor copioso de sus frentes ilustres), muchos fueron abandonando el patio de butacas repletos de indignación. Justo a finales de ese mismo año, 1983, el gobierno de coalición irlandés aprobaba la Octava Enmienda a la Constitución, que reconocía el derecho a los nonatos y que llevaba debatiéndose desde un par de años antes. No podía ser pues más oportuna la proposición de Swift elaborada cerca de dos siglos y medio antes y que trataba de dar salida útil a los niños y niñas nacidos en situaciones de indigencia cuyos progenitores seguramente iban a ser incapaces de mantener y bajo ningún concepto podían ser una carga para las arcas públicas y el resto de la sociedad. No es mi intención destripar la ávida propuesta del escritor irlandés, pero si en el caso hipotético de que cualquiera de los Bardem se pusiera a proclamar a día de hoy en una Gala de los Goya algunas de las conclusiones de Swift, cualquier juez de pro, o la Ministra de Cultura de turno, o el presidente de la Academia pedirían su cabeza como si estuviéramos, justamente, en 1729, cuando se escribió el ensayo. Si fuera Guillermo Toledo lo mismo ya serían palabras mayores. Al día siguiente, en la prensa, M. Rajoy y allegados, y la derecha más rancia y hasta cualquier líder de una supuesta izquierda que se dice anticapitalista pero se resiste a perder el más mínimo privilegio llenarían sus perfiles de redes sociales con vilipendios y elatas muestras de desprecio. Serían probablemente los mismos que apoyan el asesinato de niños en la guerra de Siria con sus exportaciones de armas; o quienes permiten que tiernos infantes se congelen de frío en los campos de refugiados de Grecia al negarles visados; o que otros mueran aplastados bajo las ruedas de los camiones por tratar de buscar una vida mejor en este Occidente que quiere hacer suyo el mundo… Por eso, esos politicuchos de tres al cuarto no soportan la sátira, igual que aquellos a los que dirigiera su ofensa Swift y a los que lastimara O’Toole con su inoportuna puesta en escena, porque lo que supone un broma para otros (que ya hicieran cientos de propuestas mejores, como fue en el caso de Swift en «A short view of the state of Ireland» tres años atrás ) es verdad y sarcasmo para ellos, para sus vidas tan dignas, tan buenas, tan impolutas. Al inicio de otra obra certeramente satírica, «La conjura de los necios», publicada de manera póstuma apenas unos años antes del espectáculo de O’Toole en el Gaiety Theatre, su autor John Kennedy Toole (otra curiosa coincidencia) transcribía una frase de Jonathan Swift: «cuando aparece un gran genio en el mundo se le puede reconocer por esta señal: todos los necios se conjuran contra él». Habemus nescii. Una 'jartá'. Amemos la sátira. No va a llevar su lectura más de un cuarto de hora. https://zagueros.wordpress.com/2018/04/16/una-humilde-propuesta-1725/

2 comentarios, puntuación: 5 con 5 votos
Escrita 22 de Abril de 2018
Añadir a mis favoritas

Portada de 5da89e6b89fe0397906b
AGUJAS EN EL PECHO en SIEMPRE HEMOS VIVIDO EN EL CASTILLO
Alguna que otra vez, mi cerebro inclemente se ha preguntado por qué buena parte de las mujeres norteamericanas que se han dedicado a escribir a mediados del siglo XX lo hacían desde el noble y difícil arte del cuento o del relato. Es casi norma que todas ellas –Carson McCullers, Eudora Welty, Alice Munro, Katherine Anne Porter, Flannery O’connor…– tan sólo publicaran alguna novela. Y no es que se les diera mal; la única novela de Anne Porter, «El barco de los locos» (1962), fue la más vendida ese año en Estados Unidos y Welty, quien podría ser la excepción que confirma la regla al haber visto publicadas varias de sus obras, ganaría el Pulitzer con «La hija del optimista» en 1973, aunque ambas siguieran cultivando el relato el resto de su vida. Shirley Jackson está en un punto medio, seis novelas y más de cien cuentos, pero si hacemos caso a su biografía y a las anécdotas que de ella contaba su familia no es difícil encontrar paralelismos con lo que de sí misma decía Alice Munro y que nos ayudan a dar respuesta a la cuestión con la que daba inicio a estas letras. La cuentista canadiense afirmaba que se había dedicado al relato porque, literalmente, sus labores como madre y ama de casa no le daban rato para más y su amor por la literatura le hacían aprovechar los escasos minutos que le dejaba la siesta de sus retoños para poder escribir unas líneas. Los hijos de Jackson recuerdan que su madre se pasaba todo el día dejando anotaciones e ideas para sus cuentos en la nevera o en lo alto de los muebles y que solía acostarse a altas horas de la madrugada porque sus tareas domésticas apenas le permitían dedicarse a su pasión: la escritura. Mientras tanto, su marido, un conocido crítico literario podía pasar el día fuera de casa e incluso minimizar la calidad literaria de la obra de su esposa, no fuera a sacar los pies del tiesto. Todo ello no impidió que Shirley Jackson fuera una mujer ampliamente conocida en Estados Unidos gracias a las publicaciones de algunos de sus cuentos en el New York Worker y algunas revistas, y que su influencia en autores posteriores tan dispares como Stephen King o Neil Gaiman. Sin embargo, debido a su situación familiar acabó sus días cada vez más aislada del mundo, con agorofobia y serios problemas de salud; aspectos que ya se reflejaban en sus obras, de manera particular en su última novela: «Siempre hemos vivido en el castillo». Con todos los elementos característicos del estilo de Jackson, «Siempre hemos vivido en el castillo» no es una novela de terror al uso y puede resultar sumamente decepcionante para los amantes del género que no quieran darle demasiadas vueltas a ningún asunto, porque las obras de la novelista de San Francisco no puede decirse precisamente que se entiendan y que supongan un marco cerrado donde cada cosa cobra un sentido diáfano y agradable al lector. No, los libros de Jackson no terminan y el terror que nos muestra es el más horrible de todos: el psicológico, el de esos fantasmas o criaturas extrañas que pululan a nuestro alrededor y que, aunque seguramente no existen (tal y como sucede en la genial construcción «Otra vuelta de tuerca» de Henry James), provocan más estupor e inseguridad que lo cristalino. Lo que queda de una familia vive en una mansión, aislados, sin apenas relacionarse con el mundo, sacudidos (o no) por una tragedia ocurrida en el salón de la casa hace varios años. El progreso es lento, ni sabes lo que sucede ni por qué sucede, se despejan dudas, se crean otras, pero la estructura narrativa de Jackson, su humor negro, irónico y políticamente incorrecto consiguen que todo fluya hacia la nada más absoluta sin que preocupe demasiado aclarar los hechos, porque una vez inmersos en sus páginas la realidad deja de tener consistencia e incluso de existir y depende del ojo de quien observe. Lo importante es la inestabilidad, los traumas, las obsesiones… En una entrevista reconocía Shirley Jackson que desde niña había practicado vudú y magia negra. Lo mismo es eso, que cuando lees cualquiera de sus escritos sientes como si te estuvieran clavando agujas en el pecho y realizándote un encantamiento, porque terminas, sin saber que termina, y te mantienes igual, sentado en el sillón con los ojos como platos mirando al frente, emocionado y con escalofríos, aun sin entender muy bien del todo qué ha sucedido ni tratar de buscar un culpable.

3 comentarios, puntuación: 5 con 4 votos
Escrita 7 de Enero de 2018
Añadir a mis favoritas

Portada de da8f04e297ef8e5dd9c8
INSOSLAYABLE en MUNDAR
Hemos de agradecer a Dios -o a quien sea- que Juan Gelman se considerara a sí mismo un holgazán y renunciara al teatro o a la novela, pues sólo en virtud de esa premisa pasó por el mundo, bien alejado del desapercibimiento, posiblemente uno de los mejores poetas del siglo XX. “Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse”. Lo decía Gabriel Celaya, poeta vasco de posguerra, en su poema visceral y comprometido La poesía es un arma cargada de futuro, y pareciera que quería en aquel entonces profetizar y resumir sin saberlo la vida y milagros del bonaerense Gelman, un tipo de solidez ideológica admirable y que jamás renunciara a la lucha, a la pregunta, a la indignación e hiciera de sus poemas una constante reivindicación sin la cual, como el mismo reconociera, su vida hubiera tenido lógica. Desde que a sus 25 abriles creara junto con otros compañeros comunistas el grupo Pan duro -algunos de cuyos trabajos lo condujeran a prisión en más de una ocasión- y hasta el fin de sus días, con poemarios como Mundar cargados de revolucionaria tristeza y exigencias políticas, su obra es un monumento a la coherencia personal. No tiene el más mínimo desperdicio la biografía de Gelman: periodista, guerrillero, exiliado... padre y abuelo dolorido tras la desaparición de dos de sus hijos (uno encontrado a los años en un barril de cemento asesinado con un tiro en la nuca) y de una nieta aún no nacida, Macarena, que apareciera milagrosamente tras un cuarto de siglo ignominioso repleto de batallas en diferentes frentes que fueron contando con el apoyo sostenido de una lista interminable de novelistas, artistas, poetas... desde García Márquez a Fito Páez pasando por Saramago o Günter Grass. Inventor de recursos, de palabras, de una peculiar forma de entender la poesía -igual que hiciera un par de décadas antes su admirado César Vallejo, del que nunca negara su influencia tanto en letra como en estilo- y tal y como sucede de manera habitual con la buena poesía, es imposible explicar a Gelman, quien a partir de los años 70 carga su propia obra de constantes preguntas irresolubles que proponen al lector una amalgama de sentimientos, de emociones difícilmente clasificables, pero de una precisión modélica. Difícil, pero insoslayable. Juan Gelman.

0 comentarios, puntuación: 5 con 2 votos
Escrita 31 de Diciembre de 2017
Añadir a mis favoritas

Portada de caa6eeeb8022fe396a98
LA GENIALIDAD EN VIÑETAS en BIBLIOTECA GRANDES DEL CÓMIC. RIP KIRBY 6 (RIP KIRBY#6)
Si tenía razón Mario Benedetti cuando dijo aquello de que «la perfección es una pulida colección de errores», Alex Raymond tuvo que cometer infinidad de ellos antes de embarcarse en las planchas del detective privado con pinta de intelectual Rip Kirby, y eso teniendo en cuenta que, de sus lápices, ya habían surgido diez años antes obras clásicas del noveno arte como Flash Gordon o Jim de la Jungla, porque la pulcritud que demostrara en Flash Gordon tras dedicarse en exclusiva a dibujar las tiras dominicales en 1938 era para hacerle palmas. Alex Raymond fue una de esas personas que anduvieron a rastras de un trabajo a otro porque tenían clara una vocación de difícil ejercicio; en su caso el dibujo y la ilustración, a la que se hubiera dedicado probablemente de haber tenido oportunidad, aunque fuera por el mero hecho de que reportaba mayores beneficios económicos. Sólo si asumimos un claro componente de artista inscrito en los genes se podría entender que la gran King Features Sindicate se fijara en un mozalbete de 24 años, sin estudios mínimos de arte, que dibujaba en negro y sin acreditar en algunas de sus series a principios de los años 30 del pasado siglo, y se les ocurriera la temeraria empresa de encargarle de golpe y porrazo sendas tiras diarias para hacer frente a dos de la empresa de la competencia, Amazing Stories, y que estaban rompiendo la pana: Tarzán y Buck Rogers. Frente a Tarzán (en manos nada menos que del gran Hal Foster) ideó Jim de la Jungla, frente a Buck Rogers creó Flash Gordon, que se convertiría en un clásico de la ciencia ficción con personajes y ambientes copiados de manera recurrente hasta el día de hoy. Al mismo tiempo, comenzaría a ver la luz otra tira diaria, Agente Secreto X-9, que sin ser un antecedente directo de Rip Kirby, supuso la irrupción de Raymond en el género de novela negra con un guión inicial del maestro Dashiell Hammett. Luego, como suele pasar, llegó la guerra y la llamada a filas del dibujante en 1944 dejando las dos series principales en manos de colaboradores, entre los que se encontraba su hermano James, y tras su regreso en 1946, Alex Raymond se pone a trabajar en lo que iba a ser su última serie antes de fallecer prematuramente en 1954 en un accidente de coche: Rip Kirby. Rip es un detective neoyorquino relativamente adinerado, una imposible mezcla de Philipe Marlowe y Sherlock Holmes, que se dedica a vivir bien en su apartamento junto a su fiel mayordomo Desmond cuando se lo permiten los múltiples casos inusitados que se le van presentando como si de Miss Marple se tratase. A pesar de su paso por los marines, su fama de deportista y sus pinitos como científico, la que resalta de Kirby es su meridiana hechura de ser un tipo corriente, no como su coetáneo Dick Tracy: con pipa, gafas y novia formal -la dulce Honey-, pero que se siente atraído por las femme fatale típicas de la novela negra, de manera concreta por la peculiar Pagan Lee. No faltan en sus páginas los malos sobresalientes, como El Triturador, o las ancianas adorables, ni las ideas -ahora políticamente incorrectas- habituales en las historietas de aquella época acerca del papel de la mujer, por ejemplo. Eran los años 40. Sin embargo, hay que reconocerle a los guiones de Rip Kirby un halo de integridad y de renuncia a determinadas cuestiones que resultan casi imposible de apreciar en obras contemporáneas, como la nombrada Dick Tracy o los cómics de DC, que ya hacían sus pinitos. Mismamente la libertad a independencia afectiva que muestra Honey en muchos de los episodios en su relación con Kirby, más allá de sus malos ratos o sus inseguridades. Raymond, que no era tonto, a partir de los años 50 se rodeó de un buen equipo de guionistas que supieron mezclar a la perfección muy diferentes géneros en las páginas del detective, desde la novela negra hasta el melodrama clásico. Pero sin duda, lo que hay que resaltar de Rip Kirby son sus viñetas. Raymond era un perfeccionista obsesivo que había cogido lo mejor de cada uno de sus colegas de entonces, y decían de él que era capaz de recorrer varios kilómetros para fotografiar o hacer el boceto de un edificio que se le había metido en la cabeza plasmar en una de las planchas. Cada viñeta de Rip Kirby, con un dibujo realista, meticuloso y lleno de contrastes de luz, es la perfección suma. Es imposible encontrarle un sólo defecto, aunque sea el plano detalle de una mano sujetando una hoja de papel. Del mismo modo es del todo imposible mantener el nivel óptimo cuando hablamos de una serie regular que mantuvo ocupado a Raymond a lo largo de diez años, pero se le puede perdonar cualquier debilidad narrativa, que es de lo que algunos suelen acusarle, como si fuera fácil la estructura narrativa en tiras diarias de, a lo sumo, cuatro viñetas consecutivas. Eso sólo lo logró hacer Milton Caniff, y porque su trabajo no dependió tanto de las decisiones de un periódico. Lo que está claro es que la obra de Raymond no pasó desapercibida ni cayó en saco roto; tanto las aventuras de Flash Gordon como las de Rip Kirby se estuvieron publicando con diferentes guionistas o artistas hasta finales de la década de los 90. Casi ‘ná’. Cuando el coche que Raymond conducía se estrelló contra un árbol cuando circulaba al doble de la velocidad permitida estaba a punto de cumplir 47 años. Iba acompañado de su amigo y también artista del Features Sindicate Stan Drake, que sobrevivió al lance. Era el quinto accidente del dibujante en apenas unos meses. Lo más probable es que Raymond tratara de suicidarse por los serios problemas en su matrimonio, o porque dos años antes nació la Comics Code Authority, una inmensa lista de prohibiciones impuestas a los cómics si querían ser publicados y que incluían las referencias al sexo, al tabaco, al alcohol, a que algún villano pudiera caerte simpático… Sí, sé que esta segunda posibilidad es harto improbable, pero es infinitamente más romántica, y como algunos villanos de Rip Kirby no caen del todo mal...

2 comentarios, puntuación: 5 con 2 votos
Escrita 4 de Noviembre de 2017
Añadir a mis favoritas

Portada de 9243e340aed560718f38
SÍSIFO en EL TAMBOR DE HOJALATA
Se lo llevó de nuestras vidas una pulmonía en 2015, cuando aún gozaba de unas ganas intactas para seguir escribiendo novela, ensayo y poesía… Se llevó la muerte a Günter Grass, pero ya no pudo impedir su eterno crecimiento -al contrario que Oscar, el protagonista de El tambor de hojalata- y que se haya convertido en un gigante de las letras, uno de los autores que más lúcidamente ha sabido plasmar las inclemencias del siglo XX, de manera particular Alemania, cuyo ejemplo es la obra que nos ocupa. Grass, Premio Nobel y Príncipe de Asturias, puede ser sin duda paradigma del hazte famoso y comenzarán a lloverte piedras. El escritor, un hombre que, quizá por haber nacido de entrada en una ciudad ‘libre’, Dánzig, sometida tan sólo a la Sociedad de Naciones hasta la ocupación nazi, demostró su compromiso socio-político con la clase obrera y ante todas las circunstancias que cercaron Alemania y a los países del Pacto de Varsovia, no pudo evitar las críticas de determinados sectores por su participación, imberbe y medio obligada, durante la II Guerra Mundial bajo las órdenes del III Reich. Es muy probable que quien critique ciertas locuras e insensateces de adolescencia no haya leído El tambor de hojalata, una novela no ya crítica a nivel social y cultural, sino verdaderamente despiadada por momentos, y hasta cruel en su sátira. En una entrevista, decía Grass que a nivel filosófico, más allá de su evolución personal, “no estaba bajo la influencia de Heidegger sino de Camus. Es decir, que vivimos ahora y tenemos la posibilidad de hacer algo ahora con nuestra vida. Es El mito de Sísifo, que conocí después de la guerra. Con el transcurso de los años me di cuenta de que tenemos la posibilidad de la autodestrucción, algo que antes no existía: se decía que la Naturaleza era la que la producía las hambrunas, las sequías, algo cuya responsabilidad estaba en otra parte. Por primera vez somos responsables, tenemos la posibilidad y la capacidad de autodestruirnos y no se hace nada para eliminar del mundo ese peligro”. Y buena parte de ese mito, de esa capacidad terrible que puede conducir a la raza humana a la desaparición, ya se hace presente en la vida de Oscar, el niño que se negó a crecer apenas cumplidos tres años, como una tremenda alegoría sobre una sociedad enferma que descompone al individuo, lo deforma, y después de cargárselo tiene la desvergüenza de convertirlo en Mesías, porque conviene, porque es lo que toca, porque mejor un mesías medio freak que ya poco tiene de inocente, que uno que intenta ser libre, aunque sea a consta de renunciar a determinadas responsabilidades. El propio Grass lo expone con una claridad manifiesta en las últimas páginas de la novela: “esto podría ser el punto de partida para un tratado acerca dela inocencia perdida; podría colocarse aquí al Oscar con tambor, en sus tres años permanentes, al lado del Oscar jorobado, sin voz, sin lágrimas y sin tambor”. No voy a caer en el optimismo de decir que El tambor de hojalata es una lectura fácil, pero es peculiar el estilo de Grass a lo largo de la obra, y ese curioso símbolo de referirse el propio narrador a sí mismo en tercera persona, más habitualmente según avanza su vida, como si fuera de otro, como si necesitara olvidarla… Porque Oscar, tanto el divertido y jocoso como el sufriente y sometido, es, igual que la mayoría de los seres mortales, un tipo que necesita darle sentido a su historia y sobrevivir al caos, aunque en parte deba para ello idearse un padre mejor o creerse padre de quien seguramente no lo es. ¿Puede haber algo tan tristemente sardónico como poder resumir la propia existencia en un párrafo de 8 líneas? Oscar-Grass lo hace, con un miedo no superado, aunque ausente de rencor: “nací bajo bombillas, interrumpí deliberadamente el crecimiento a los tres años, recibí un tambor, rompí vidrio con la voz, olfateé vainilla, tosí en iglesias, nutrí a Lucía, observé hormigas, decidí crecer, enterré el tambor, huí a Occidente, perdí el Oriente, aprendí el oficio de marmolista, posé como modelo, volví al tambor e inspeccioné cemento, gané dinero y guardé un dedo, regalé el dedo y huí riendo, ascendí, fui detenido, condenado, internado, saldré absuelto; y hoy celebro mi trigésimo cumpleaños y me sigue asustando la Bruja Negra. – Amén”.

3 comentarios, puntuación: 5 con 2 votos
Escrita 12 de Septiembre de 2017
Añadir a mis favoritas

Portada de 3d3c81d5c413c3ad3328
AMOR ETERNO en GABRIELA, CLAVO Y CANELA
Decir que en la década de los 50 el machismo campaba a sus anchas por todo el mundo resulta, obviamente, una perogrullada. Que podía considerarse que en sudamérica aún gozara de más contundencia también sería como para ganar un Pulitzer. Ahora, hablar mínimamente de feminismo y de liberación de la mujer e incluso plasmar esas ideas de manera metódica en una novela, y más por parte de uno de los más ínclitos literatos de tu país, sí puede ser decir palabras mayores. Lo curioso del caso es que, encima, dicha novelita de marras sea un éxito en el país de publicación y de origen del autor, Brasil, y que hasta se corra la voz de que Jorge Amado ha cambiado de registro y se ha vuelto romántico. Lo mismo es que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Jorge Amado no lo pasó bien. Su afiliación desde joven al Partido Comunista tuvo que pagarla y se exilió a Europa hasta mejor ver. Sus novelas eran un absoluto y machacón golpe en la nuca a la explotación, a la dejadez de los gobiernos. Siempre protagonizadas por personajes de baja escala económica. Quizá supuso un alivio para los de arriba que se publicara “Gabriela, clavo y canela”, porque debido a la común estulticia de quienes se dedican a disfrutar de las cosas y nunca pensarlas (advierto que pueden hacerse las dos cosas a la vez) llamó la atención el extraordinario fresco que nos presentaba de un pueblecito brasileño, de los que todos conocen, con sus coroneles/terratenientes que explotan al pueblo, con sus violencias, con sus historias comunes… en donde se cuela una bella historia de amor que no se sabe si es o no correspondido. Corin Tellado, vamos. Tan bien lo hace Amado, que pone verde al más 'plantao' y hasta consigue, seguramente, que lo interiorice, se grabe en su corazón lo machista, conformista y legalista que es y se ponga de parte de aquello que jamás pensó que fuera posible y que resume el autor de una forma precisa en un diálogo, cuya comparación se repite varias veces a lo largo del texto: "Hay flores que se marchitan en un florero". ¡Hay mujeres libres! Por Dios, que no tienen por qué casarse, ni depender de un hombre… y eso es precisamente lo que las hace especiales y las mejores compañeras. Esa es Gabriela. Una moza que llega a un pueblo de lo más vulgar (nada sobra en la primera parte de la novela, donde sitúa todo el pensamiento, la cultura y la sociedad de Ilhéus) y transforma sin pretenderlo todas sus estructuras. Cada personaje cambia nada más acercarse a Gabriela. Primero quizá por puro orgullo de macho, después por amor, ternura y comprensión. Todo cambia, florece con los olores a canela y clavo de Gabriela. En quien uno descubre amores eternos: - El amor eterno no existe. Hasta la más fuerte pasión tiene su tiempo de vida. Llegando su día, se acabo; nace otro amor. - Por eso mismo el amor es eterno. Porque se renueva. Terminan las pasiones, es el amor el que permanece.

0 comentarios, puntuación: 5 con 1 votos
Escrita 24 de Julio de 2017
Añadir a mis favoritas

Portada de af19d6c116e0dda1910e43561730dd
INTERESANTE E INCLASIFICABLE en FILMISH. UN VIAJE GRÁFICO POR EL CINE
Es más que probable que “Filmish” no vaya a engrosar las listas de los mejores cómics de la historia. Ni del año. Puede también, quizá con menos margen de probabilidad, que no lo mencionen jamás en los regueros de tinta que se han publicado sobre el séptimo arte. Sí, es muy posible. Y es que “Filmish” es un tanto inclasificable, porque sería de lo más naif referirnos a ella como novela gráfica, y al mismo tiempo sería poco apropiado considerarla un ensayo sobre cine. ¿Qué es entonces “Filmish”? La obra de un dibujante al que le apasiona el mundo del celuloide y su historia y es capaz de interpretarla y compartirla aportando unos puntos de vista peculiares y que, a más de un purista, le pueden resultar cuanto menos controvertidos. No es mi caso, ni mucho menos, fiel amante como soy de ambas artes, tal vez porque desde hace años me dio por replantear determinados discursos mayoritarios y hacer una lectura alternativa del modelo social y cultural que nos hace normalizar y asumir conceptos de lo más rocambolescos. Y las lecturas alternativas, si uno es capaz de salir de su zona de confort, casi siempre han resultado soplos de aire fresco y modelos para determinados cambios de paradigma. Así, a partir de una elección de categorías bastante original en la división de capítulos (El ojo, El cuerpo, Los decorados, El tiempo…), el hasta ahora para mí gran desconocido Edward Ross le mete mano a la industria y a sus demonios. A través de un retrospectiva desde los orígenes del cine y sin obviar las nuevas tecnologías que han aterrizado para quedarse en nuestras pantallas el autor desmenuza qué criterios sociales, culturales y políticos han regido, queriendo o sin quererlo tanto, muchos de los grandes títulos del cine. - El patriarcado como modelo social. - La defensa de los valores tradicionales. - La sexualidad y el uso del cuerpo femenino. - El racismo y el odio a lo diferente. - La discapacidad como heroísmo en lugar de normalización. - La robotización y tecnificación de las relaciones sociales… Una visión distinta, lúdica y muy bien documentada en la que se rinde homenaje o pueden verse numerosos guiños cinéfilos a más de 300 películas clásicas de la historia del cine. No se puede dar más en tan poco espacio. https://zagueros.wordpress.com/2017/05/22/filmish-un-viaje-grafico-por-el-cine-2017/

4 comentarios, puntuación: 5 con 3 votos
Escrita 23 de Mayo de 2017
Añadir a mis favoritas

Portada de 3e31ac66233bbdacfd62de7c721723
EL PERDÓN en HE VISTO BALLENAS
¿Qué es más fácil pedir perdón o perdonar? Habrá siempre algún listo o lista que diga que ninguna de las dos cosas, pero yo no conozco a nadie que le haga cosquillas ninguna de las dos causas. Ese es el mérito del perdón, que cuesta, y en ello estriba su valor. ¿Qué cuesta más? Se puede decir que depende, pero las dos actitudes están demasiado ligadas al orgullo y a la capacidad de comprensión que difícil es separarlas como si se pudiera cojear mucho más de una que de otra o fuera posible ser notoriamente más dado a la exculpación que a la súplica. De estas menudencias, leves como un puñetazo en las costillas sea éste o no a destiempo, nos habla Isusi en “He visto ballenas”. Y lo hace la mar de bien. Seguro que el autor ha sido consciente en su vida de lo que nos cuesta decirle hasta a la pareja, al amigo, a la madre, al compi de curro que algo lo has hecho mal sin justificarnos. Aunque sólo hayan sido aquellas fotocopias que le hacían falta o que por la mañana afirmaste una sandez con toda rotundidad y ha resultado ser una metedura de pata. Lo normal es que hagamos como si todo fuera igual, como que sabemos que nos queremos, o nos perdonamos y ya está. A otra cosa mariposa. Si hasta esto cuesta un esfuerzo ínclito, el que hayas asesinado a alguien y darte cuenta con el tiempo de que es una cagada muy gorda debe de ser lo más terrible del mundo. Como para que alguien encima se atreva a juzgar tu arrepentimiento. Y el pedir perdón, el perdonar a las personas que nos rodean, tiene además mucho que ver con eso de perdonarse a uno mismo, con lo jodido que es, porque a nosotros mismos somos a quienes nos vemos obligados a aguantar a diario, cada segundo. Y lidiar con la propia conciencia puede ser una mierda bien gorda si nadie te echa un cable para limpiarla desde el fondo. Cuando descubres que tu perspectiva no es la de otros y no todo el mundo tiene que haber visto ballenas. Hay que ser muy valiente para pedir perdón, para perdonar de verdad, para autoperdonarse. Por eso cuesta tanto y se ve tan poco. Porque somos cobardes, y lo pero es que lo ocultamos detrás de la virtud, de la falsa fortaleza, en vez de llamarlo por su nombre. Isusi lo hace. Lo llama por su nombre. Con unas acuarelas preciosas y una sencillez encomiable. Como repitiendo que si alguien se siente mal al leer la novela gráfica es que es muy lerdo. La virtud no nos separa de los peores ni el error de los mejores, nos hacen iguales al resto de seres humanos. https://zagueros.wordpress.com/2017/01/12/he-visto-ballenas-2014/

0 comentarios, puntuación: 5 con 2 votos
Escrita 13 de Enero de 2017
Añadir a mis favoritas

Portada de 5452481f1fe03c204320
STATUS QUO en MUERTE ACCIDENTAL DE UN ANARQUISTA
Con el trasiego este del año enterito que vamos a estar sin gobierno (o con un gobierno en funciones, que recalca que sólo puede tomar decisiones en lo que le interesa seguir tomando decisiones) no puedo menos que echar un ojo a estos meses pasados y compartir la obviedad, a ojos vista, de que no se nota mucho la estancia en la que nos hallamos más allá de los miedos que tratan de volcar sobre las personas de a pie acerca de los bloqueos presupuestarios (aunque sus señorías siguen cobrando religiosamente cada mes por tocarse las partes nobles) y del desastre de tener que votar en Navidad, como si no se hubiesen podido valorar otras opciones. Sí, el desgobierno es el caos, como bien se encargan de repetir una vez y otra desde las instancias de poder aunque nada haya dejado de funcionar por el momento o cuando interesó, la Europa democrática, impusiera un gobierno de tecnócratas en Grecia o Italia hace un lustro. Quien manda es la Troika, así que importa un pito que nos pasemos veinte años más votando como si fuésemos borregos camino del matadero. Eso no va a pasar, claro, porque para beneplácito de la Europa rancia y fascista, en las terceras elecciones van a ganar los fieles apóstoles de la derecha, posiblemente con mayoría absoluta. No creo que resulte muy difícil encontrar la relación entre esta digresión introductoria y la obra de teatro que nos ocupa: “Muerte accidental de un anarquista”, de Dario Fo. Entre la ingente amalgama de bulos y falsas acusaciones hacia el movimiento anarquista está la de asociarlo de manera ordinaria con el desorden y la confusión. Algo con lo que colabora graciosamente la RAE y su diccionario asumiendo en su segunda acepción de anarquía la idea de desconcierto, incoherencia, barullo, cuando pocas situaciones más desconcertantes, incoherentes y embarulladas hemos podido vivir que aquellas que suceden con el gobierno de turno. Y si hay algo en lo que todos los gobiernos han de estar de acuerdo, pues los unen comunes intereses, es que la culpa de lo que sea (violencia en las manifestaciones, faltas de acuerdo, revoluciones, atentados…) la tienen los anarquistas. Dario Fo nunca se casó con nadie –figuradamente, pues su relación con a Franca Rame en medio de las más tormentosas experiencias como pareja no puede ser más emblemática- y atiza con mazo y puño de hierro a todas las instituciones de poder que a lo largo de la historia han supuesto coartar la libertad de los seres humanos: iglesia, estado, capitalismo… “Muerte accidental de un anarquista” no iba a ser menos y desde la sátira y el humor nos entrega una obra milimétricamente diseñada y que sorprende que sorteara la censura. De manera muy inteligente, en el prólogo a la obra, Fo escribe que el origen del argumento proviene de un suceso real acaecido en Estados Unidos en 1921 del que hace analogía a fin de evitar la censura, pero de lo que sí hay constancia es que en diciembre de 1969, prácticamente un año antes de que se estrenara la obra, fue detenido junto con otros compañeros el ferroviario y monstruo anarquista Pinelli tras dos atentados con bomba en Roma y Milán que sirvieron para demonizar a todos los movimientos de izquierdas. Pinelli se cayó por una ventana de la Jefatura de Policía de Milán. A partir de este hecho, Fo construye una tragicomedia esperpéntica de investigación sobre el supuesto suicidio, donde el personaje principal, un loco para todos menos para los que sean capaces de mantenerse cuerdos, asume muy diferentes papeles de cada uno de los mantenedores del status quo (obispo, juez, comisario…) para ridiculizar todo argumento, que en su boca son simples excusas, a favor del control social y la justificación de lo injustificable.

0 comentarios, puntuación: 5 con 5 votos
Escrita 13 de Octubre de 2016
Añadir a mis favoritas

Primera Anterior ... 1 2 3 4 5 ... Siguiente Última