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LAS PENAS DEL JOVEN WERTHER

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Portada de LAS PENAS DEL JOVEN WERTHER

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Autor: JOHANN WOLFGANG GOETHE
Título original: Die Leiden des jungen Werthers
ISBN/ASIN: 9788441401808
Género: Clásicos de la literatura
Editorial: EDAF
Fecha de publicación: 1774
Fecha de edición: 1997
Número de páginas: 200

Sinopsis:
La novela narra la historia del joven Werther y su pasión por la joven Charlotte S. A través de cartas destinadas a su buen amigo Wilhelm, el protagonista cuenta los sucesos y experiencias que vive en un tranquilo y apacible pueblo llamado Wahlheim, allí conoce a una mujer y a sus hijos, un mozo enamorado de la viuda de la casa donde trabajaba, y al administrador del príncipe... Su felicidad aumenta cuando conoce a Charlotte S., hija del administrador, en un baile organizado por los jóvenes de la localidad al que Werther es invitado, y aunque ella está prometida con un joven llamado Albert, él no pierde la esperanza de conquistarla acudiendo a menudo a visitarla. Cuando el prometido de la joven, regresa, Werther se da cuenta de que es un hombre honrado y amable, complicando así sus sentimientos. La situación para el joven empeora y guiado por los consejos de su confidente Wilhelm, decide marcharse del pueblo para trabajar en la ciudad como secretario del embajador, pero debido a los problemas que surgen en la relación decide regresar a la aldea. En Wahlheim han cambiado muchas cosas, la joven pareja se ha casado, la mujer del principio le cuenta la muerte de su hijo pequeño, y el mozo, que fue despedido es encarcelado por asesinar a su sustituto?

 
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GLORIOSO FANTASMA
4.63 con 8 votos

La noche del 9 de Junio de 1772, un joven Goethe de 23 años acudía al baile con su amigo Wilheim: ahí conoció a Carlota Buff una hermosa joven prometida a un hombre doblaba su edad. Goethe calló enamorado de ella en el acto y desde entonces mantuvieron una relación destructiva de amistad-rechazo en la que Goethe se esforzaba inútilmente por conquistar su amor. Al final, el 11 de Septiembre, Goethe, rendido, la abandonó sin despedirse. Poco después llegó a Weimar donde serviría al estado. Por su parte, su gran amigo Karl Wilheim se enamoró de otra mujer casada cuyo rechazo le rompió el corazón empujándole al suicidio por pistoletazo de unas armas prestadas.
Dos años después, en 1774, Goethe publicaba sus primeras obras, pertenecientes al Sturm und Drang: PROMETEO, oda romántica en que exalta la autodeterminación del hombre, del individuo, frente a las normas, pero con plena responsabilidad para con su destino, sabiendo -como buen romántico- afrontarlo, sabiendo vivir, sufrir y morir, incluso matarse si es necesario; y LAS CUITAS DEL JOVEN WERTHER, donde relataría los acontecimientos vividos poco tiempo atrás, mezclando historias, fantasía y realidad. Su relación con Carlota Buff compartirá el protagonismo, junto con sus propias reflexiones, de la primera parte y parte de la segunda, hasta que Werther se marcha –como hará él- para servir en política. La historia de su amigo Willheim –al que Werther dirige sus cartas- serán con una gran dosis de imaginación las protagonistas de la segunda y en especial de la nota de editor.

La primera novela de Goethe se propagó como un reguero de pólvora incendiando los corazones de cientos de jóvenes (pre)románticos que rápidamente adoptaron la indumentaria de su admirado protagonista y, en ocasiones, su pasión no correspondida estallaba en un trágico final idéntico al suyo. Había comenzado la “Fiebre de Werther”. La Iglesia prohibió la obra por empujar al suicidio, un ruin escritor rescribía un falso final, la crítica polemizaba, Napoleón la consideraba de las mejores obras jamás escritas -digna de acompañarle en todas sus campañas- y, mucho más adelante, se compondría una de las óperas más conocidas. Mientras, el periódico del pueblo en que se inspira Walheim, con buen humor marujeaba sobre quién era quién en la novela, se burlaba de cómo Goethe se dibujaba a si mismo y veía como aumentaban sus visitas.
¿A que se debió este éxito? Desde luego no ha que WERTHER fundará el Sturm und Drang, aunque sea su máximo exponente, ni mucho menos a que originara el Romanticismo; sino, a que materializó el sentir romántico de su época, fue capaz de plasmar a la perfección las nuevas inquietudes de los jóvenes de Europa, su nueva forma de sentir, de ver el mundo. Y esta materialización fue en la que hallaron eco los corazones románticos.
Y estoy seguro de que aquellos lectores exaltados y románticos, aquellos que tengan los sentimientos a flor de pie por los azares del amor, aquellos lectores capaces de sentirse únicos, de sentir que lo que sienten solo les ha pasado y les pasará a ellos o a un alma gemela, aquellos lectores sentirán que WERTHER fue escrito solo para ellos. Así, estos lectores (parafraseando a Goethe) no podrán rehusar su admiración y cariño al espíritu del protagonista y su carácter, ni sus lágrimas a su suerte. Y estos lectores excelentes que sentirán la misma congoja que él, recibirán consuelo de su sufrimiento, y dejarán que este librito sea su amigo, si no pueden encontrar otro más íntimo, por el destino o por su culpa.
A mi, me ha debido pillar en mal momento.
Supongo que esta sensación es la lleva a muchos a decir que el libro a envejecido mal, que sus lacrimosas páginas se han secado y solo queda un exceso no de sal, sino de azúcar. Y es cierto, pero para estos lectores admite otro tipo de lectura, tal vez una lectura más crítica (ole! La pretenciosidad) de la que se puede disfrutar, aun sin lágrimas, e incluso con ganas de abofetear al personaje y de ser ellos mismos quienes aprieten el gatillo. Esa ha sido la lectura a la que, a mi pesar, me he visto desterrado.

WERTHER es, como dije, la encarnación de una nueva forma de sentir. La Ilustración propuso enormes cambios sociales que se consideran fundamentales para el mundo moderno, pero este no habría sido posible sin el Romanticismo. El Romanticismo es un paso más, es llevar estos cambios a las esferas más íntimas, al sentir humano. Surge así la distinción subjetividad-objetividad que aun hoy mantenemos, surge la exaltación del individuo y con ello la libertad individual y la responsabilidad; ya no hay una razón única dictada por Dios y sus emisarios en la tierra, hay una racionalidad. El hombre romántico es el hombre necesario para el estado-nación, es el hombre que dará lugar a la revolución francesa. El golpe final a este cambio del sentir, de la subjetividad, lo dará el Realismo: los románticos frustrados no se satisfarán con una falsa exaltación, con una fingida afectación exacerbada, exigirán que esta nueva forma de sentir sea auténtica y sincera, tenga su lógica (psicología de los personajes) y se halla interiorizado completamente. El principio de este recorrido de cuya regulación emocional aun somos herederos es el Sturm and Drang, es WERTHER y por ello es una oportunidad única para comprender y reapropiarnos este cambio revolucionario.
Lo primero que hay que aclarar es que la obra Goethe, aunque reúna casi todos los elementos del Romanticismo, mantiene cierto Clasicismo y carece del furor (nacional o no) que darán al movimiento, por ejemplo, en Francia. El Romanticismo de Goethe es un romanticismo aristocrático, con gusto por el decoro, por la mesura y la harmonía, lo que incluye una ligera justificación a la estratificación social, y cierto despotismo ilustrado: esto es lo que llevará a Goethe a rechazar la revolución francesa. Demasiado violenta, demasiado fea. No obstante, es probablemente este tipo de romanticismo el que se acepta en la actualidad, bajo el lema “el furor es para los jóvenes”.
No había mejor estructura para las intenciones de Goethe que la novela epistolar: ahí tiene la justificación precisa (en ese momento era necesaria) para dar rienda suelta a la exaltación del individuo, el sentimiento y la imaginación, en una palabra: la subjetividad, que prima sobre la razón, la lógica y la ciencia: la objetividad, encarnada por Alberto. El sentimiento de Werther es tan grande que la naturaleza deja de regirse por los cánones naturales, para estar en función de su estado de ánimo, del exaltado individuo. Werther es un héroe romántico, el héroe corriente, en contraposición con el héroe clásico objeto de todas las virtudes burguesas, Albert. Tenemos la ruptura y enfrentamiento subjetividad-objetividad, que se propagará por otros temas: el rechazo al mundo y la sociedad, las normas; la preferencia por las clases humildes y sencillas e idealizadas (a pesar de saber que no pueden ser todos iguales…); la crítica a la educación como encorsetamiento y represión de los individuos desde su infancia, la crítica social, el cuestionamiento al matrimonio, a los valores clásicos; y sobretodo, la exaltación del suicidio como acto no cobarde, sino valiente, la libertad llevada al extremo. Podría verse todo el libro como una apología del suicidio, como consecuencia de la libertad y la subjetividad, siendo especialmente brillante la conversación con Alberto. Lo que imposibilita a Werther el logro de su amor son las convenciones. Su amor es un grito de rebeldía contra ellas y su suicidio una liberación y una protesta al mismo tiempo. Le falta gritar “mira sociedad, mirad normas lo que hacéis con el genio, como lo reprimís y matáis si se rebela, como cortáis de raíz cada brizna de yerba que sobresale al resto.” Quien iba a decirle a Wether que este nuevo modo de sentir y de ver el mundo acabaría naturalizándose remplazando al anterior. Algunas consecuencias: la meritocracia, la exacerbada búsqueda del éxito, las ansias de diferenciación, la competición insana y las horrorosas connotaciones del termino “mediocridad”. La base, por cierto, del capitalismo y el consumismo.
Como psicólogo, tampoco puedo evitar detenerme en las raíces de la “enfermedad mental”: enfermedad mortal -término acuñado por Lutero en su traducción a los evangelios, retomado aquí y que dará título a la obra de Kierkergard- del espíritu. En la primera parte hay un capítulo brillante en el que Werther defiende el deber moral de luchar contra esta enfermedad, pues perjudica a quienes rodean al enfermo. Esta enfermedad son los malos ánimos, la pesadumbre, la tristeza, a los que compara con la pereza, pues no hay mejor cura que la actividad, el “trabajo”. Como Goethe nos señalará en las notas, por suerte un cura amigo suyo ha comenzó a dar sermones en la Iglesia predicando no solo contra la pereza, sino contra estos malos humores tan inmorales. La tristeza, los malos humores, se han convertido en enfermedad y la cura del alma se ha vuelto fundamental, parece que la subjetividad tiene sus límites y estos son puestos por la sociedad, la objetividad (y compartidos por el individuo, Werther). Sin embargo, cuando esta enfermedad es tan, tan intensa, que se convierte en enfermedad mortal capaz de superar los límites de la naturaleza, el individuo es superado y la muere inevitable. El suicido es la única liberación posible el último y mayor acto de libertad. Es lógico, pues la felicidad se ha convertido en un deber, causa de todos los suicidios. Lo único que necesitaba Werther, era un buen psicólogo clínico (pronto aparecerán) que como buen doctor experto en salud y enfermedades le ayude a superar la enfermedad. Los límites sociales a la subjetividad son inherentes al Romanticismo desde Goethe y, una vez se establezca la nueva manera de sentir, a las enfermedades mentales de los malos humores se sumarán otras: no tenerlos, no apenarse por la desgracia, no tener las emociones prescritas para cada situación. Sentir ahora está bien, pero tampoco hay que pasarse, y mucho menos sufrir o molestar a la sociedad por ellos en extremo.

Todo esto predomina en la primera parte, sin duda mi favorita, a la que no quitaría ni una carta por mucho que halla quien diga que son pensamientos del autor y no aportan nada a la trama. Que alguien me explique cómo es posible separar la el pensamiento del autor de su obra. Esta primera parte ha sido para mi algo así como el manifiesto romántico. La segunda parte es una sobredosis de azúcar que en realidad no aporta nada, tal vez salvarían las historias de los hombres del pueblo a través de las que Goethe insinúa los pensamientos más ocultos del protagonista (forzar a su amada, o matar a su prometido). La última está bien –por el fresco cambio de discurso- hasta que meten el cantar de Ossian, 5 páginas que solo aportan confusión con tanto personaje que tan poco te importa. Comprendo la relevancia del paso de Homero a Ossian por Werther -y Goethe, quien retornará al poeta griego de vuelta al clasicismo más tarde-, pero no justifica esas páginas.
Por todo esto mi impresión final ha sido bastante irregular. Disfrute enormemente la primera parte (la pondría un 7.5), me cansé en la segunda (5) y remonté en la tercera (6). Por eso me resulta tan difícil puntuarlo, y por eso me he extendido tanto, para matizar y contextualizar este 6(.5) al clásico.

No quiero terminar sin alabar el estilo de Goethe, que aunque por momentos me haya saturado, su belleza y esporádica brillantez me animan a leer algo más suyo. ¿Me atreveré con FAUSTO?
Por citar algo pondré una joya que se encuentra -cómo no- en la primera parte.
"Mucho podría decirse en pro de las reglas, casi tanto como puede decirse en alabanza de la sociedad burguesa. Quien se forma con arreglos a ella nunca producirá algo malo o carente de gusto, del mismo modo que quien se deje guiar por las leyes y los buenos modales nunca podrá ser un vecino insoportable ni un singular canalla, pero, dígase lo que se diga, ¡Toda norma destruye el verdadero sentir de la naturaleza y su auténtica expresión!"

Goethe acabó detestando su mayor éxito, su primera obra. Lamentó haber hecho público su amor por Carlota Buff y haber parido este libro; cambió su visión del suicidio considerándolo un acto de enojada arrogancia, y retomó el amor por Homero y el clasicismo rechazando a Ossian. Detestaba que todos los visitantes que conocía, aun en su vejez, solo hubieran leído este libro de entre toda su inmensa obra –poesía, prosa, ensayo y ciencia-, ¡incluso después de Fausto! Sufría con la persecución de su criatura, como si fuera un fantasma de una vida que el mismo hubiera arrebatado. Hoy en día no se ha olvidado a Goethe, pero partimos de FAUSTO, algo que creo que agradecerá su autor. Aun así, el fantasma de Werther y el Romanticismo nos persigue a donde vayamos ¡Maravilloso acoso! Podemos elegir, o lo aceptamos sin reserva vistiendo sus ropajes –frac azul, calzón corto y chaleco amarillos-, lo rechazamos como hizo Goethe, o comprendemos y aceptamos, haciéndolo explícito, desnaturalizando y tomando las riendas de nuestras decisiones, sean emocionales, enfermedades, o no.

Escrito por Tharl hace mas de un año, Su votacion: 7

WERTHER Y EL SUICIDIO. UNA DEFENSA.
4.6 con 5 votos

Esta reseña contiene spoiler
Leer

Escrito por nikkus2008 hace mas de un año, Su votacion: 9

CÓMO HEMOS CAMBIADO
3.67 con 6 votos

En muchas de las referencias sobre la obra literaria de Goethe que he consultado hay coincidencia en considerar al “Fausto” su obra maestra. Desde luego el “Werther” -fuera de ser conocida por el impacto que produjo en su época- está para mi muy lejos de encuadrarse en tal selecta categoría.

A la novela, narrada en forma aparentemente epistolar (y digo “aparentemente” porque en muchas ocasiones las presuntas cartas apenas representan un párrafo siendo mas bien reflexiones propias del protagonista sin aparente destinatario concreto) le pesa mucho el paso del tiempo y resulta fría y distante para el lector actual, cuya sensibilidad y forma de entender la relación amorosa se encuentra muy alejada de los excesos de la concepción romántica que emana de la novela. Leída hoy, la sensación es estar ante una novela que linda peligrosamente con la cursilería y el drama folletinesco.

Sorprende pensar el impacto que tuvo la novela en su momento, donde provoco un efecto imitación en los lectores que no solo asumieron la forma de vestir de personaje (por cierto al respecto solo hay una pequeña indicación al final de la novela) sino que incluso llegaron a emular su trágico final.

En la ultima parte del libro, Goethe introduce un extraño episodio cuento mitológico/ heroico plagado de personajes a cual con el nombre más estrafalario, episodio que aunque corto supone un improcedente “pegote” en la estructura general de la novela.

Eso si, al Werther le debemos al menos que haya servido de afortunada inspiración para la opera del mismo nombre de Jules Massenet, que contiene una de las arias para tenor mas bellas que se hayan compuesto nunca: “Pourquoi me réveiller”

Escrito por Alvaro03 hace mas de un año, Su votacion: 5