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VOCES DE CHERNÓBIL

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Portada de VOCES DE CHERNÓBIL

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Autor: SVETLANA ALEKSIÉVICH
ISBN/ASIN: 9788432312588
Género: No Ficción
Editorial: SIGLO XXI
Fecha de publicación: 1997
Fecha de edición: 2006
Número de páginas: 300

Sinopsis:
Publicado por primera vez en ruso en 1997, Voces de Chernóbil fue traducido en 2005 al inglés para su edición estadounidense, que resultó ganadora del premio del Círculo de Críticos de Estados Unidos. Ahora sale publicado en castellano, en una edición especial realizada a partir de la última versión de la obra elaborada por la autora con motivo del XX aniversario de la catástrofe.

Ficha creada por Bronson

 
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EL APOCALIPSIS
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“Voces de Chernóbil” es una de las pocas obras publicadas en castellano de Svetlana Aleksiévich, la bielorrusa premio Nobel de literatura de 2015. Ni novela, ni reportaje; es una retahíla de testimonios — voces, dice el título— recogidas de afectados a los que la autora quiere ofrecer vías de expresión de su ira y su desaliento. Conocido ese formato podría suponerse que fuera pesado el resultado pero es entretenido, lo que lleva a concluir que la escritora tiene el don natural de escribir captando el interés del lector, si bien hay que decir que, en este caso, toca un tema muy sensible, que lo facilita.
El libro no es un reportaje de la catástrofe. Da su versión de los hechos, es verdad, pero ocupando sólo las treinta o cuarenta páginas del inicio. En ellas, sin extenderse demasiado, narra la secuencia del accidente nuclear para, una vez cumplido el trámite, pasar a lo que es la auténtica vocación del libro: trasladar a sus páginas una larguísima letanía de testimonios de afectados por el desastre. Y ya está, no hay que ir más allá para explicar la conformación básica del libro. “Voces de Chernóbil” es eso y poco más.
El principal factor que afecta a cualquier juicio literario que se quiera emitir sobre este libro, es que no hay en él una trama al uso; lo que no significa que no haya un asunto, lo hay; y tampoco significa que no haya unos personajes, también los hay y son multitud. Pensando en esto me vino a la memoria “La colmena”, porque allí también había muchos personajes, y todos tenían su pequeña trama, básicamente, parecida para todos ellos: sobrellevar sus miserias económicas y espirituales, ambas poso indeseado de la guerra civil española. Esto significa que los dos libros tienen un mismo “modus operandi”, que es darle voz a mucha gente y en eso se parecen. Se diferencian en que las voces de “La colmena”, tienen el tono literario que aporta Cela, en su condición de novelista, mientras que Aleksiévich, adopta un lenguaje periodístico, con protagonistas con nombres y apellidos que dicen lo que ellos quieren.
Por tanto, no hay una trama de enredo novelesco; sí que hay un argumento: una concatenación de episodios relativos al asunto: la catástrofe de Chernobil. Aunque todos hablen de lo mismo, cada personaje reacciona a su manera, con un discurso controlado por la pluma, periodística, si se quiere, pero equilibrada, directa, y sensible de la autora, que asume el claro compromiso de retransmitir tanta desesperación, perplejidad, dolor y espanto. Podría pensarse que el dolor es el más intenso de esos cuatro estados de ánimo, como en las guerras en las que la pérdida de seres queridos supera a todo lo demás. En Chernóbil, la desesperación, la perplejidad, o el espanto, son tan fuertes como el dolor, porque al desgarro interior de las personas se suma el estupor ante lo nunca visto, con un miedo y un desánimo, solo equiparables a los vividos en la catástrofe bélica de referencia, que aquí en la antigua URSS, es indudablemente la segunda guerra mundial. La contienda contra Alemania fue terrible, y son varias las voces que, a lo largo de este libro, se retrotraen a la niñez vivida en aquella guerra, para encontrar traumas con los que comparar. Particularmente me impresionó una voz, que cuenta que vivió en su infancia los novecientos días que duró el cerco de Leningrado, (¡Dios!, más de dos años de hambre, violencia y frío), y un día de invierno ve cómo pasa, por la acera de enfrente, un hombre andando lentamente —las fuerzas escaseaban por el hambre—, y ese hombre se para y se sienta, y al volver a pasar al día siguiente por el mismo sitio, ve con horror, que sigue allí sentado y que lo seguirá estando meses, hasta que llegue la primavera y el deshielo, y dice esa misma voz, que la guerra, la muerte, el frío helador, el hambre y los demás horrores de Leningrado, tenían una cara bien definida, sombría, macabra, espantosa, pero los seres humanos no pensaban que pudiera tener otra, ese era su único aspecto concebible y el único esperable. En Chernóbil, en cambio, horrores equivalentes se inscribían en un escenario magnífico, la catástrofe ocurrió a finales de abril, y los que llegaban para enfrentarse al desastre, se encontraban con una naturaleza en su plenitud, bosques exuberantes, animales vivaces, huertas ubérrimas y campos en plena explosión de fertilidad, ¿dónde está el terror, por qué la muerte se presenta con tan bello rostro? Era difícil digerir ese contrasentido, porque la belleza, por mucha que sea, ni disimula, ni mitiga el dolor o el miedo, y las mentes estaban acostumbradas a soportar las penas en un escenario sombrío, no entendían el horror en mitad de una naturaleza pletórica. Y sin embargo la muerte estaba allí, los dosímetros daban niveles de radiación decenas o cientos de veces superiores a lo admisible. Las consecuencias lo demostraron sin tardanza, como los bomberos que acudieron tras la explosión y murieron allí mismo, mientras otros aguantaron uno o dos meses de descomposición interna y externa de sus cuerpos, que, además de quemarse lentamente, emitían radiación nociva para sus mujeres, que les acompañaban y cuidaban; y después, niños, mujeres, ancianos, durante meses o años, con la lacerante incomprensión de las autoridades que reaccionaban con consignas al estilo de la guerra fría: “hemos de contrarrestar el ataque del capitalismo infiltrado”, “no hay que creer las mentiras de la propaganda antisocialista”, “¡el heroico pueblo soviético vencerá!”, todo de ese tenor, con una opacidad sangrante que nadie se creía allí a pesar de la incipiente perestroika, y mandaron hombres a recoger escombros encima de la cubierta del reactor, con una mínima protección que no les sirvió de mucho, por los brutales niveles de radiación. Obligaron a evacuar la población, pero los viejos no lo entendían, y volvían después a escondidas por los bosques, campo a través, y se encontraban saqueadas sus casas, y se llevaban sus patatas y sus cosechas contaminadas y los huevos de sus gallinas y la leche de sus vacas también contaminadas. Y más, mucho más, porque ya han pasado treinta años, y me entero en Internet que se está construyendo una cúpula gigantesca para cubrir el reactor y evitar que el sarcófago (estructura provisional que cubrió el reactor), apresuradamente construido después del accidente, pudiera hundirse y provocar un nuevo escape radiactivo, obligando a la comunidad internacional —Ucrania no podría asumir individualmente ese gasto— a construir una cubierta en la que cabría la catedral de Burgos, con sus dos torres dentro, pero, ojo, para minimizar los efectos de la radiación sobre los trabajadores, la están construyendo a 500 metros del reactor, lo que obligará, una vez acabada, a desplazarla sobre raíles hasta cubrir totalmente el reactor (por tanto, no sólo es gigantesca sino además transportable), permitiendo otros cien años de tranquilidad (¿?), antes de volver a deteriorarse. Y es que las construcciones no son eternas, la radiación no desaparecerá por las buenas en un plazo superior al milenio; algo tendrán que pensar dentro de cien años, pero lo único seguro es que lo pensarán otros. Lo que no se puede, por la reticencia de las autoridades a hacer esos cálculos, es saber cuántas víctimas han tenido como causa directa el accidente nuclear de Chernóbil. Los responsables sanitarios, son reacios a afirmar que muchos fallecimientos por tumores sean consecuencia directa de la radiación, a pesar de que los índices de afectados por enfermedades cancerígenas son altísimos en la zona. Yo personalmente, antes de leer este libro, conocía, incluso mejor que la mayoría de la gente, lo que pasó en Chernóbil, pero el concepto que tenía de la tragedia estaba alejadísimo de la magnitud real que he conocido leyendo el libro. Y la verdad es que es espeluznante, pone los pelos de punta, y lleva necesariamente a aborrecer la energía nuclear (si no se aborrecía ya antes), a pedir que cierren todas las centrales, y a que se aumenten las precauciones de manera exponencial porque cerrarlas tampoco evitará los riesgos que conlleva mantener sus instalaciones y sus residuos. En Chernóbil también se tomaban precauciones (el accidente se produjo en un simulacro programado de “incidente”), pero hubo errores y fallos, que, encadenados, dieron lugar al colapso del reactor.

Considerando el carácter trágico del asunto, habrá quienes no quieran saber nada de todo esto, y lo último que harán, será leer “Voces de Chernóbil”. No seré yo quien se lo reproche, pero, para los atraídos por el tema, o simplemente, para los que tengan algún interés o curiosidad, la lectura de estos testimonios puede reportar un saldo, muy positivo, en términos de un mejor conocimiento, enriquecido además por el humanitarismo y la autenticidad de los que, rebelándose contra el desastre, quisieron desahogar su impotencia expulsando todo lo que tenían, vaciándose sin dejarse nada dentro. Éste es un libro muy bien escrito, que permite poner al alcance de todo el mundo esa información, sin tener que someter a la mente a una lectura pesada o árida, todo lo contrario, Svetlana Aleksiévich consigue que llegue al lector sin esfuerzo especial y, consecuentemente, pueda ser procesada y valorada en su justa medida.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 8

DOLOROSOS TESTIMONIOS
0 con 0 votos

Dolorosos testimonios de la población afectada por la catástrofe nuclear sobre tragedias familiares y locales, sobre el poder político y el engaño a los económicamente necesitados.

Escrito por mfp78 hace 3 meses, Su votacion: 10