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UN VIEJO QUE LEÍA NOVELAS DE AMOR

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Autor: LUIS SEPÚLVEDA
ISBN/ASIN: 9788483835302
Género: Narrativa
Editorial: TUSQUETS
Fecha de edición: 2009

Sinopsis:
Antonio José Bolívar Proaño vive en El Idilio, un pueblo remoto en la región amazónica de los indios shuar (mal llamados jíbaros), y con ellos aprendió a conocer la Selva y sus leyes, a respetar a los animales y los indígenas que la pueblan, pero también a cazar el temible tigrillo como ningún blanco jamás pudo hacerlo. Un buen día decidió leer con pasión las novelas de amor -«del verdadero, del que hace sufrir»- que dos veces al año le lleva el dentista Rubicundo Loachamín para distraer las solitarias noches ecuatoriales de su incipiente vejez. En ellas intenta alejarse un poco de la fanfarrona estupidez de esos codiciosos forasteros que creen dominar la Selva porque van armados hasta los dientes pero que no saben cómo enfrentarse a una fiera enloquecida porque le han matado las crías. Descritas en un lenguaje cristalino, escueto y preciso, las aventuras y las emociones del viejo Bolívar Proaño difícilmente abandonarán nuestra memoria.

 
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EL PROBLEMA DE LOS "CUENTECILLOS"
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Un viejo que leía novelas de amor es muy similar a El viejo y el mar. (O a El Principito, o a...) Y todo ello sin que se parezcan lo más mínimo.

Y son tan similares, a la vez que tan distintos, porque son simples cuentecillos que lo fían todo a esa tramposa sencillez con que desarmar al lector. Porque son previsibles. Porque no son sofisticados. Porque su difícil sencillez se aposenta igualmente en el estilo directo pero cautivador y engañosamente naif.

Porque como decía un cartelito made-in-Ikea que he visto durante este puente: "la felicidad es un día en la playa".

Y sí, es cierto, no hace falta más si consigues llegar al centro del corazón de quien te lee, (o se tumba a la bartola debajo de la sombrilla). Lo cual, como muchas veces digo no es solo cuestión del libro (o del maravilloso sol en la playa), sino del que está tumbado a la bartola. Porque si, por lo que sea, no alcanzas ese punto mágico, el día en la playa se puede convertir en lo más insulso y sosainas del mundo.

Bueno pues eso creo que me ha pasado con este libro. Que no he entrado en él. Y al no entrar, al no verme mágicamente transportado en él, pues todo es demasiado simplón, manido, previsible. Todo aderezado con filosofía de todo a cien de "uy, uy, uy, qué malos somos los occidentales y nuestro progreso destructor y qué buenos los indígenas con su sabiduría ancestral en karma con la naturaleza (o algo así)". Sí, pero quizás, cuando uno de ellos se muere de apendicitis, (o dando a luz), quizá nos acordamos de que el progreso se llama progreso quizás por algo (aunque, como todo, tenga su cara B, y facturas que pagar).

Pues eso, que El viejo y el mar me llegó, como exactamente me ha pasado con, (para mí), la maravillosa y cuasi-perfecta La forma del agua de Guillermo del Toro, y este libro no. Pero puedo comprender perfectamente a cualquiera que emplee exactamente el mismo argumento, palabra por palabra, pero en sentido diametralmente contrario.

Escrito por arspr hace 6 meses, Su votacion: 6