En sopadelibros.com utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu navegación.
Si continúas navegado por la web, consideramos que aceptas su uso.
Para cambiar la configuración del navegador y/o obtener más información del uso de cookies en sopadelibros haz click aquí.
loading Enviando datos...

LA SEÑORA DALLOWAY

Tendencia a subir 7.08
24 votos
Portada de LA SEÑORA DALLOWAY

Comprar LA SEÑORA DALLOWAY en Amazon.es

Autor: VIRGINIA WOOLF
Título original: Mrs Dalloway
ISBN/ASIN: 9788420666266
Género: Literatura contemporánea
Editorial: ALIANZA
Fecha de publicación: 1925
Fecha de edición: 2006
Número de páginas: 304

Sinopsis:
Novela en la que se inspiró la película "Las horas", protagonizada por Meryl Streep, Julianne Moore y Nicole Kidman, La señora Dalloway relata un día en la vida de una mujer de la clase alta londinense desde el punto de vista de una conciencia que experimenta con plena intensidad cada instante vivido, en el que se mezclan sentimientos, pensamientos y emociones y se condensan el pasado, el entorno y el presente.

 
Ordenar reseñas:

LAS HORAS
5 con 8 votos

Me ha impresionado Woolf con este libro, el primero que leo de ella y, con absoluta seguridad, no el último. Me ha gustado todo, letra y música; todos los modos de la narración me han parecido portentosos, desde ese narrador, espíritu juguetón que se va colando en el alma de los personajes para mostrarnos sus monólogos interiores que, como tales, son algo caóticos, enrevesados, entrecortados, dispersos y saltarines, pasando por esos diálogos icebergs donde se mezcla con tanta agudeza lo dicho, lo callado y lo ni siquiera pensado, los sueños y hasta el discurso más tradicional de un narrador omnisciente.

Virginia Woolf comentó en una ocasión que solo se creía capaz de inventar situaciones pero no de inventar argumentos. Esta novela es un claro ejemplo, no de su incapacidad para el argumento (no somos tan íntimos… por ahora), sino de su habilidad e inteligencia para las situaciones, tanto las que mantienen el hilo de pensamiento (en realidad no hay argumento como tal) como todas aquellas engarzadas para crear el ambiente adecuado, para transmitir el sentimiento correcto o para describir el rasgo definitorio de cada personaje.

Toda la novela transcurre en un día y el tiempo es un personaje importante del libro (la autora barajó en un principio el título de “Las horas” para su novela, tal como después se tituló la obra de Michael Cunningham y la película de Stephen Daldry en él basada). El “reloj que daba la hora: una, dos, tres; qué razonable era el sonido”, imperturbable, indiferente a las alegrías y a las penas de “estos miserables pigmeos, estos débiles, estos feos, estos pusilánimes hombres y mujeres”, ese tiempo que nos machaca sin piedad (“Nada podía ser lo bastante lento; nada podía durar demasiado”), que incomprensiblemente ya transcurría antes de nuestra aparición y seguirá avanzando igual de incomprensiblemente después de que nos hayamos ido; que mantendrá el ritmo de la fiesta a pesar de que la muerte haga su presencia en ella una y otra vez.

Un libro maravilloso sobre el paso del tiempo y la soledad, la soledad en un concepto amplio que abarca tanto la imposibilidad de comunión con los demás como el enfoque existencial de un individuo sin dioses, solo ante el mundo y ante sí mismo sin una base sólida a la que aferrarse.

Cada uno tenemos una visión del mundo que tiene mucho que ver con la idea que tenemos de nosotros mismos y lo contentos o no que estemos de habernos conocido. Woolf no parece pertenecer al grupo de los satisfechos y eso que salimos ganando los demás. La literatura debía de servir a la autora como una catarsis y, al mismo tiempo, como una posibilidad de comunicación, de nexo con los otros, siempre difícil, siempre imperfecta, siempre deficiente, siempre decepcionante. El libro está repleto de sus obsesiones, de sus miedos, de sus debilidades. Cada personaje recoge una parte de ella, una parte no querida de ella.

La visión de conjunto sobre el ser humano es desoladora. Un ser dejado de la mano de dios, necesitado de comunicación, de roce e imposibilitado para una intimidad real, para un profundo conocimiento del otro, que le deja desamparado. Un ser veleidoso, caprichoso, vanidoso y perplejo ante la complejidad de la vida, que es incapaz de comprender como las cosas no pueden funcionar de forma más sencilla, tan fácil como acercarse a esa bella muchacha que el azar, que no es el azar, ha puesto en nuestro camino y decirle “Venga conmigo a tomar un helado” y que ella nos responda naturalmente “Ah, sí”.

Woolf es dura con el ser humano en general, pero fundamentalmente con ella misma. Es dura con la cobardía de Clarissa ante la realización de sus deseos, con su debilidad ante la opinión de los demás, con su esnobismo. Es dura con la inseguridad de Peter Walsh, siempre manoseando su cortaplumas, con su falta de ambición, con su falta de lucha en la consecución de sus objetivos, con su cobardía para hacer frente a sus sentimientos. Es dura con la frialdad ecuánime de Richard, con su serenidad, con su falta de pasión, con su falta de sensibilidad artística. Es dura con la insustancialidad de Hugh, con su bobería, con su autocomplacencia. Pero sobre todo es dura, durísima, con la señorita Kilman. Lo cual es llamativo.

La señorita Kildman que parece encarnar a la mujer liberada, autosuficiente, alejada de injustos sentimentalismos y capaz de hacer frente a la opinión dominante si la cree injusta, concentra, sin embargo, una buena parte de los odios de Woolf, quizás de los odios contra sí misma. No deja de ser significativa la descripción física que hace de ella:

“La señorita Kilman tenía más de cuarenta años; y, al fin y al cabo, no se vestía para gustar… No podía evitar el ser fea … un cuerpo desagradable cuya visión la gente no podía soportar. Se peinara como se peinara, la frente seguía pareciéndose a un huevo, blanca y desguarnecida. No había vestido que le sentara bien. Fuese cual fuere el vestido que se comprara.”

Woolf odia su inteligencia (“la inteligencia es estúpida”); su falta de compasión, su trascendentalismo frío; sus aires de superioridad, su intolerancia, su afán por someter a los demás con su alta moral y, cómo no, también su debilidad (“¿por qué deseaba parecerse a ella? ¿Por qué?”, refiriéndose a Clarissa a la que detestaba por su superficialidad).

Solo dos personajes se escapan a esta impiedad con el ser humano. Uno es Sally Seton, posiblemente la representación de su deseo, de su ideal, el espejo donde Clarissa no quiere mirarse, la independencia sin pretensiones, la claridad de sentimientos y de ideas, la mujer libre y dueña de sí misma. El otro es, claro está, el encargado de, en base a sus opiniones y a su propia vida, darnos una buena parte de esa imagen tan descorazonadora del ser humano, el imposibilitado para sobrellevar la vida, para “llevar una máscara de muecas”, el desesperado que ve la muerte como un abrazo, Septimus Warren Smith. Parece que este también tenía mucho de ella.

Escrito por Guille hace mas de un año, Su votacion: 10