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SALÓN DE BELLEZA

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Autor: MARIO BELLATIN
ISBN/ASIN: 9788483101421
Género: Narrativa
Editorial: TUSQUETS
Fecha de edición: 2009

Sinopsis:
Una peste extraña fulmina paulatinamente a los habitantes de una gran ciudad. Rechazados por sus semejantes, algunos enfermos no tienen siquiera un lugar donde terminar sus días. Un peluquero, que hasta entonces ha regentado con grandes esfuerzos un célebre salón de belleza, decide dar refugio a los moribundos. Aficionado a los peces exóticos que en sus acuarios decoran el salón, el peluquero acaba convirtiendo su salón en un moridero medieval. ¿Qué mal diezma a los huéspedes del improvisado enfermero, carente al parecer de motivos filantrópicos? Con el tiempo ya sólo los peces multicolores serán testigos indiferentes de su dedicación, cercana a la santidad verdadera, sin paliativos naturales ni consuelos piadosos. Mientras le acecha la soledad, el protagonista ofrece un definitivo canto a la vida. Sin conmiseración, sin moraleja.

 
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FRIALDAD Y CRUELDAD DE ACUARIO
5 con 4 votos

Buscando las listas de los mejores libros de 2014 –por simple curiosidad; me parecen tan inútiles, tan sujetas a compromisos fraternales y editoriales– me encontré con una que reunía las 100 mejores novelas escritas en castellano. Siendo de mi gusto casi todas las que encabezaban dicha lista, encontré en el puesto 19 una novela de Mario Bellatin, autor del que nunca había oído hablar. Busqué cosas de él en sangoogle y vi que Alfaguara editó en 2013 una colección importante de narraciones suyas que incluye la novela del puesto 19: Salón de belleza. Tuve la suerte de encontrar la obra y resalto lo de suerte.

Bellatin, en sus narraciones –las llamo de esta manera porque no sé si pueden calificarse de novelas o de cuentos o de qué; casi ninguna supera las 50 páginas, aunque se han llegado a publicar por separado–crea mundos no exactamente coincidentes con el nuestro, el real, el conocido, pero que bien pudieran serlo o bien pudieran llegar a serlo y en los que, en cualquier caso, se plasman aspectos fundamentales del nuestro. Son textos evocadores, abiertos, alegóricos; con una sorprendente economía de medios, de estilo sencillo y de lectura muy ágil, que atrapan de una forma extraña.

Y digo extraña porque lo primero que llama la atención es la frialdad del estilo, la ausencia de sentimentalismos ante la dureza de lo contado, algo que he encontrado en las tres narraciones que llevo leídas. Los personajes sin nombre que pueblan estos mundos donde no se concreta ni tiempo ni espacio, parecen estar vacíos de ser, o, mejor sería decir, vaciados de ser, de tal forma que nada de lo que cuenta llega a conmovernos, ni la mucha crueldad que destila consigue soliviantarnos, y eso es precisamente lo que te golpea una vez te das cuenta.

Así empieza Salón de belleza:

"Hace algunos años, mi interés por los acuarios me llevó a decorar mi salón de belleza con peces de distintos colores. Ahora que el salón se ha convertido en un Moridero, donde van a terminar sus días quienes no tienen dónde hacerlo, me cuesta mucho trabajo ver cómo poco a poco los peces han ido desapareciendo."

Una frialdad y una crueldad de acuario (quién haya cuidado alguna vez de uno sabrá perfectamente a lo que me refiero), cotidiana, de la que vivimos casi a diario, con la que convivimos y hasta disculpamos cuando no incluso perdonamos. Crueldad como la de esos gobiernos, el nuestro mismo, que niegan la asistencia a sinpapeles o a enfermos caros de tratar; la de esos vecindarios que asaltan los centros de drogodependientes cercanos porque bajan el precio de sus pisos o simplemente porque son una mala influencia; la de esos grupos que se divierten apaleando vagabundos u homosexuales, la crueldad de la soledad no buscada ni merecida; la crueldad con mayúscula y doble subrayado, la de la propia vida que se acaba sin remedio.

De todo ello nos habla este propietario del Salón de Belleza en una narración de un acto que podría calificarse de bondadoso, de piadoso, como es ayudar a morir a aquellos enfermos despreciados por todos, familiares y amigos incluidos (qué mayor crueldad, qué mayor soledad), sin esperanza de recuperación, una desesperanza que nuestro jefe del Moridero evita cuidadosamente que sus enfermos olviden por su propio bien. Una recta piedad que no se puede dispensar a todos, que se niega, quizás sin compasión, a los que no cumplen los requisitos por el bien de los que los cumplen. Una piedad burocrática que no sabe de sentimientos, y que nos deja fríos por mucho que sea el bien que dispensa... y aunque, después de todo, no todas las reglas se cumplan a rajatabla.

Escrito por Guille hace mas de un año, Su votacion: 8