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EL ÁRBOL DE LA CIENCIA

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Portada de EL ÁRBOL DE LA CIENCIA

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Autor: PÍO BAROJA
ISBN/ASIN: 9788420658803
Género: Literatura contemporánea
Editorial: ALIANZA
Fecha de publicación: 1911
Fecha de edición: 2005
Número de páginas: 259

Sinopsis:
Para Azorín esta novela resume mejor que ninguna el espíritu de Baroja. Y efectivamente: sus principios filosóficos y sociales, la reacción frente a la miseria y el dolor, y los elementos autobiográficos hacen de esta obra muestra privilegiada del mundo del autor. Médico, como Baroja, el protagonista de El árbol de la ciencia asiste impotente a los desafueros de una socidad mezquina y envilecida. Entre el determinismo fisiológico y la rebelión moral hay la búsqueda de una camino propio.

 
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UN POSO DE AMARGURA EXISTENCIAL
5 con 6 votos

Vaya por delante que EL ARBOL DE LA CIENCIA es uno de mis libros favoritos. Y lo digo para que me disculpéis por si las palabras que seguirán a éste, el inicio de mi reseña, llegaran a traslucir un exceso de fascinación y devoción por él. El por qué es mi libro favorito sería una pregunta larga y extensa de contestar, no exenta de elementos en extremo personales y muy vinculados incluso a aspectos más allá de lo literario y yo diría que casi intrabiográficos, lo que para mí no es otra cosa que una biografía del pensamiento de uno mismo. Un pensamiento, que como la vida misma, crece, se conforma y varía, no siempre en respuesta a planes pretéritos, conscientes, deseados y racionales si no en ocasiones en respuesta a aspectos caprichosos y circunstanciales. Aunque no pretendo tratar todo estos aspectos en esta reseña, los traigo a colación porque esto es lo que esencialmente me parece la obra de Baroja que me ocupa: una narración, novelización si se quiere, del sentir y pensar Barojiano. Un sentir y un pensar que en el escritor vasco siempre van indisolublemente ligados, porque para él, vivir es esencialmente conocer o pensar, y el pensar deriva y conforma un determinado tipo de sentir. Algo que queda metafóricamente expuesto en la obra con las figuras contrapuestas del arbol de la vida y el arbol de la ciencia, que como si de dos opciones vitales (si acaso pudieran elegirse) se trataran, se presentan a los hombres. La opción entre una vida inconsciente pero intensa, egoísta, pródiga en deseos y pasiones, y en la prosecución de la satisfacción de estos, o una vida consciente, en exceso reflexiva, donde la verdad y la ciencia alumbran una realidad miserable y doliente. Está claro que Baroja, al igual que su personaje Andrés Hurtado, estaba destinado a degustar el agrio fruto del árbol de la ciencia. En un pasaje de la obra su personaje llega a decir: “ el hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir”. Una afirmación que supone un giro contra el optimismo que se daba en los albores del saber humano, donde un fascinado Aristóteles decía frases como “los hombres por naturaleza hambrean saber” o “las ciencias tienen las raíces amargas pero muy dulces los frutos”.
Pero además de una plasmación o resumen del espíritu de Baroja, como señaló Azorín, EL ARBOL DE LA CIENCIA es también una demoledora novela de costumbres, un retrato, en absoluto embellecido, de la sociedad española (urbana y rural, burguesa y proletaria) de inicios de siglo como solo un agudo observador social de la talla de Baroja podía ofrecer.
En lo que respecta a los personajes decir que todos ellos respiran una autenticidad inmejorable, aún cuando muchos parecieran responder a finalidades dramáticas dentro de la obra. Nada más lejos de la realidad. Baroja vuelca en esta obra personajes y experiencias vividas, propias, que hermanan vida y ficción de manera indiscernible.
Los diálogos son ricos y variados, respondiendo a la perfección a la psicología y cultura de quienes los pronuncian. Se suceden sin estridencias los diálogos entre personajes analfabetos con otros más elevados, cuya cumbre la representan el protagonista Andrés Hurtado y su tío Iturrioz en sus vastas conversaciones filosóficas.
El estilo barojiano está en esta obra más afilado que nunca. Los que nunca hayan leído a Baroja se sorprenderán de la agilidad y ritmo de su estilo, al tiempo que de lo certero que es su trazo a la hora de definir personajes y ambientes. Es la quintaesencia de la eficacia narrativa. Para aquellos amantes del cine como yo, sería algo así como el John Ford de la novela. Un creador dotado de un estilo aparentemente sencillo e invisible, pero cuya maestría ha sido difícilmente igualada, y que ha sido, y es, objeto de admiración de tantísimos escritores y críticos literarios, amén de lectores.
Se podrían decir tantas cosas sobre esta novela… pero ante el temor, seguramente fundado, de estar haciéndome pesado diré, para concluir, que es un libro recomendable para aquellos que quieran experiencias literarias fuertes, descarnadas y en absoluto fáciles de digerir, si se leen con atención y plena consciencia de sus implicaciones. No en balde es uno de los paradigmas narrativos de la amargura existencial. Por eso ¡ojo! con su poder conmocionador.

Escrito por Hamlet hace mas de un año, Su votacion: 10

¿QUIÉN MATÓ A ANDRÉS HURTADO?
5 con 4 votos

Lo mejor que se puede decir de Pío Baroja y de “El Árbol de la Ciencia” es su vigencia y modernidad. Vigencia en los sentimientos, temas y en la descripción de la sociedad española y de sus gentes. Modernidad de estilo. El estilo rápido, preciso y sencillo es lo que más llama la atención en una novela que apenas ha salido del siglo XIX. Baroja es mejor cirujano con la pluma que con el bisturí y sabe narrar con una sorprende sencillez y economía. Elimina todo lo superfluo para ir directo y con precisión a dónde quiere llegar. Sus descripciones son pinceladas impresionistas que dejan al lector reconstruir el todo a partir de unos pocos de sus elementos esenciales. Sus capítulos son breves, sus párrafos concisos y las oraciones cortas. El estilo rápido de Baroja es increíblemente cercano al ideal al que aspira la industria literaria actual. Todo esto me gusta de Baroja y de “El Árbol de la Ciencia”.

La cosa cambia cuando sale el médico que libro y autor llevan dentro. La higiénica estructura simétrica y muy marcada; las digresiones científicas y médicas de olor rancio; la agria actitud despótica del personaje y del narrador fruto de la seguridad de estar en posesión de la verdad y de ser superior al resto; y, sobre todo, la actitud hacia los personajes-tipos que pasan por las páginas.
La personalidad de los personajes barojianos es fisonómica. Un pobre miserable víctima de su estupidez ha de tener el labio caído; un mezquino miserable rasgos semíticos, etc. El semítico binomio esclavo-estúpido/mezquino-miserable parece suficiente para comprender la sociedad española y sus gentes. La maldad, la miseria, la bondad, parecen rasgo intrínseco e innato de las gentes grabados en sus rostros. Baroja, como otros miembros de La Generación del 98, fue un brillante observador de la sociedad española; pero donde en Unamuno encuentro comprensión, en Baroja encuentro el juicio y desprecio de un médico dogmático peligrosamente obsesionado por la higiene física y moral.
Si a pesar de ello he disfrutado tanto el libro se debe, sin duda, al amargo protagonista. Solo hay una pregunta que realmente me interesa del libro: ¿Quién mató a Andrés Hurtado?

Andrés Hurtado ha muerto ahogado. Su inmensa cultura, sus experiencias y conocimientos no podían salvarle. Eran abstractas, informes. Líquidas. Andrés se ha ahogado en sí mismo, absolutamente diluido en el intelectualismo y en su obsesiva búsqueda de una Verdad en mayúscula, pura, dogmática y objetiva. Andrés es, en el fondo, un romántico, un hombre sensible al dolor ajeno, con ansías de comprometerse y luchar por el progreso. Justicia y libertad en una España mejor. Un hombre que si encontrara un sendero y un horizonte práctico al que encaminarse más allá de su independencia, libertad y autonomía económica-espiritual habría podido construir algo. Pero vive tan aislado en sí mismo y su ciencia, que no puede comprometerse ni con dar luz a otra vida.
A Andrés le ha matado una sociedad mediocre en crisis: conformista con el presente, acrítica con el pasado e indiferente con el futuro. Le ha matado un entorno deprimido incapaz de estimularle, la ausencia de un círculo de iguales -como lo fue La Generación del 98 para el autor- o, al menos, de un amigo íntimo -lo más parecido es su tío Iturrioz, alterego del Baroja-adulto en contraposición del Baroja-joven que es Andrés- con el que discutir en pie de igualdad ayudándose a crecer el uno al otro. Andrés ha tenido amigos de lo más variados con los que divertirse, entretenerse y hasta discutir; pero ninguna alma gemela que rompa su aislamiento.
A Andrés, en el fondo un déspota en potencia cuando cree estar en posesión de la Verdad, le ha asesinado una inteligencia demasiado despierta, sincera y teórica, obsesionada por una Verdad científica más allá del relativismo en la metafísica. La imposibilidad de una ciencia rígida aplicable a la moral, la justicia y el dolor; el rechazo del “esclavo con espíritu de esclavitud” de dejarse adoctrinar en lo que es mejor para él; el dolor ajeno y la imposibilidad de cambiar algo a mejor, por nimio que fuera, es lo que ha matado a Andrés. Cuando a un hombre tan cuadriculado como él le rompes, en la práctica y en la teoría, los ángulos y las rectas, se desmorona y ahoga. Un hombre así solo tiene una salvación posible: el aislamiento sereno de la sociedad y de la vida: la ataraxia. Estado que casi alcanza en Valencia y que logra más tarde en Madrid, gracias al sencillo amor de Lulú. Pero la vida es muy puta y no te deja huir de ella; buscará a Andrés, y contestará a su rechazo incubando cadáveres.
Aquí entra el último responsable de la muerte de Andrés. Su alterego: Pío Baroja. Él le ha matado porque sabe que intelectuales como Andrés no tienen cabida, por lo menos en España. Andrés es un sacrificio inevitable y necesario. La muerte de Lulú no es consecuencia de la fatalidad, sino del rechazo de Andrés a la vida. De la incapacidad de éste de comprometerse con ella a riesgo de abandonar el refugio en que convirtió su existencia.
Andrés no tenía salvación posible. Él mismo construyó la trampa que finalmente le asesinó. Se obsesionó por un árbol del conocimiento estéril y ponzoñoso. Incapaz de aceptar la ambigüedad e incertidumbre de la vida y el conocimiento entrelazados, se empecinó en un fruto de acotina. Tal vez esa sea la diferencia que señala mi edición entre Andrés y su reverso en “Camino de Perfección”, Fernando Osorio. Uno escogió el conocimiento por la ciencia y otro el conocimiento por el arte; el científico se distanció en su ortodoxia de la vida y el artista se concilió con ella.

Crítica, pesimismo, mediocridad y ajuste de cuentas con el pasado. Kant, Schopenhauer , España y Baroja, vosotros matasteis a Andrés.

Escrito por Tharl hace mas de un año, Su votacion: 7

DOS, AL PRECIO DE UNO
4.33 con 3 votos

Para mi este libro se puede perfectamente desdoblar en dos textos diferentes aunque fundidos. El primero podría llamarse algo así como “Retrato despiadado de la sociedad española del 1.900”. El segundo llevaría por titulo “Las tribulaciones del estudiante Hurtado”.
El primero sería un repaso pormenorizado a través de la vida de una larga serie de personajes representativos de las clases media y proletaria de la España de entonces, tanto urbana como rural, contado a modo de secuencia, uno tras otro, dándonos un muestrario costumbrista formidable, pero sin caer en el casticismo, antes bien, rozando los trazos corrosivos de un Zola. El panorama del momento que describe es a la vez despiadado y entrañable. Este libro aún estando indisolublemente unido al segundo tendría a la vez entidad por si mismo y a mí particularmente es el que mas me gusta.
El otro título, “Las tribulaciones del estudiante Hurtado” por el contrario, muestra un mundo que el protagonista relaciona con su propio yo, con una visión suya muy personal y refleja los tumbos que va dando su vida y los que da su cabeza, con la colaboración de su tío, a fin de encontrar una razón de su existencia. Este segundo libro me gusta menos, no me siento tan identificado con el autor cuando describe lo terrible que era la vida de los demás, como cuando lo hace con la suya propia, con un claro tono autobiográfico.
En todo caso, ninguno de los dos “títulos” tal como me los he apañado yo, serían en realidad novelas convencionales; el primero sería mas bien una miscelánea de tema social y el segundo, algo así como un debate o coloquio existencial, a medias con Iturrióz y con Lulú.
Esta dualidad, que yo veo tan clara en “El árbol de la ciencia”, es para mí uno de los valores del libro y le da una trascendencia que no suelen tener las “otras” novelas de Baroja. También en este caso he apreciado mas claramente, no sé sí porque ya me fijo mucho, esa crítica que se le ha hecho repetidamente de no manejar demasiado bien la gramática, no me parece tanto que se exprese sin fuerza o sin la palabra adecuada, no, esto lo hace bien, lo que yo he visto se refiere concretamente a frases en las que el empleo de los verbos, sobre todo, no es lo correcto que uno espera, pero quizás sea también un modo de expresarse influido por el habla habitual del Norte de España.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 8