En sopadelibros.com utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu navegación.
Si continúas navegado por la web, consideramos que aceptas su uso.
Para cambiar la configuración del navegador y/o obtener más información del uso de cookies en sopadelibros haz click aquí.
loading Enviando datos...

QUO VADIS?

Tendencia a subir 7
11 votos
Portada de QUO VADIS?

Comprar QUO VADIS? en Amazon.es

Autor: HENRYK SIENKIEWICZ
Título original: Quo vadis. Powie?? z czasów Nerona
ISBN/ASIN: 9788477023357
Género: Histórica
Editorial: VALDEMAR
Fecha de publicación: 1896
Fecha de edición: 2000
Número de páginas: 672

Sinopsis:
Premio Nobel de Literatura 1905. La novela comienza en el año 63 d.C., en tiempos del César Nerón, de la dinastía de los Julio-Claudios. El joven Vinicio visita a su tío Petronio, uno de los favoritos de Nerón, para que le ayude a conseguir a Ligia, una rehén del ejército romano que vive con una familia que la considera su hija adoptiva. Sin embargo, Vinicio no sabe que la bella Ligia de la que se ha enamorado es cristiana, ni que sólo podrá casarse con ella si se convierte al cristianismo. Pero Henryk Sienkiewicz va más allá de la compleja historia de amor entre Marco y Ligia. Con una habilidad magistral, el Nobel polaco retrata el contraste entre la aristocracia romana, con sus excesos y frivolidades, y los primeros cristianos, perseguidos y martirizados por un Nerón desenfrenado que llegó a acusarles del incendio de Roma. Muchos críticos y lectores han querido ver en Quo Vadis? una metáfora política de la Polonia en que vivió su autor, Henrik Sienkiewicz (1846-1916), sojuzgada por el imperialismo de Rusia y su Zar (doble histórico del César Nerón), equiparando así a los polacos de entonces, que se habían levantado contra la ocupación rusa, con los primeros cristianos perseguidos por Roma. Publicada en 1896, Quo vadis? se convirtió en poco tiempo en un clásico de la literatura y se han realizado varias adaptaciones cinematográficas de esta novela, entre las que sobresale la que en 1951 protagonizaron Robert Taylor, Deborah Kerr y Peter Ustinov.

Etiquetas: Adaptación al cine

 
Ordenar reseñas:

ANNUS LXVIII PLUS MINUS
4.75 con 8 votos

Como pasa siempre que se lee un libro del que existe una versión cinematográfica muy conocida, la lectura de Quo Vadis anima a comparar novela y película de la primera a la última página. Qué, ¿leemos los diálogos de Petronio? allí está la cara de Leo Genn, el actor inglés que dio vida al autor del Satiricón. Qué, ¿nos divierten las temibles estulticias de un engreído Nerón? allá se nos aparecen en la mente las muecas teatrales de Peter Ustinóv, tocando la lira.

Es casi obvio, confirmar la coincidencia de intenciones entre Henryk Sienkiewicz, autor de la novela, y Mervyn LeRoy, director del filme; ambos desean enseñarle al público la bondad y la entereza de los cristianos en claro contraste con la depravación y la crueldad de los romanos. O dicho de otra forma: es una obra con un marcado carácter propagandístico con el objetivo obvio de exaltar el Cristianismo. Su autor, católico y polaco, quiso crear una novela histórica en la que explicar cómo aquellos primitivos cristianos armados de mansedumbre y de conmovedoras palabras de amor al prójimo, fueron capaces de sembrar la semilla de su por entonces incipiente religión, en la capital del mundo antiguo. La novela data de 1.895; La Metro Goldwin Mayer, produjo la película en 1.951 con formato de superproducción y con el deseo de conseguir un film espectacular. Así que, Mervyn LeRoy simplificó el mensaje, al adaptar la novela a la duración normal de una película importante, y banalizó un poco la trama para hacerla más digerible para un publico al que los cineastas de Hollywood no querían aburrir ni por casualidad.

Naturalmente, es en la producción literaria donde se desarrollan en profundidad los conceptos fundamentales y el leitmotiv que Sienkiewicz quiso plantear en esta historia. La pugna que late entre cristianos y romanos a lo largo de toda la narración, tiene su mejor expresión en los diálogos que entablan los romanos Marco Vinicio, Petronio, y Nerón, y los cristianos Urso, Ligia, Simón Pedro, y Pablo de Tarso. Se aprecia que el autor dota a estos últimos, de un talante bondadoso y de una fe inagotable en la autenticidad de su mensaje. Parece lógico que su mensaje sea claro y bien aprendido, ellos son los activistas, los que se movilizan para tratar de subvertir el statu quo; por tanto, no deben vacilar. En cambio, los diálogos de los romanos son más imprevisibles, ellos no subvierten nada, ni siquiera defienden demasiado su statu quo, no son conscientes de lo que se juegan, son sólo personalidades aisladas que manejan sus propios intereses particulares; Marco, su amor por Ligia; Nerón su vanidosa personalidad; Petronio, su mundo culto y vulnerable. Esa es la razón por la que los diálogos de los romanos son mucho más interesantes: el no estar dictados por una ortodoxia de ninguna procedencia, su único móvil son los sentimientos de las personas que los emiten. Marco Vinicio, responde al prototipo de romano recalcitrante, altivo, violento, e incluso cruel; Petronio, representa al romano culto, sensible, razonador, epicúreo, proclive a la moderación, y sobre todo, inteligente; de Nerón se desprende una imagen de estulticia, mezclada con extravagancia, fatuidad y una caprichosa crueldad.

Sienkiewicz, construye la novela como un pulso permanente entre todos estos personajes, y en el centro de ese debate sitúa la lenta metamorfosis, que transforma al orgulloso tribuno de origen patricio Marco Vinicio, en fervoroso creyente en la fe de Cristo. Transformación descomunal, que acomete ciegamente empujado por el amor irrefrenable que siente por la virtuosa Ligia. Este tremendo desafío de construir, luego destruir, y por fin regenerar al personaje, Sienkiewicz lo saca adelante con cierta dificultad, de manera que el lector no se siente totalmente convencido con el cambio; eso si, la extensión del libro juega a su favor ya que para cambiar de signo el alma de Vinicio se necesita tiempo y mucha perseverancia. En cambio, Ligia es un personaje plano e insulso; a lo largo de la novela, sólo parece decir frases dictadas por el amor o por una ñoña beatería.

Pero ya se advertía en la película, que Petronio era el personaje verdaderamente interesante. Un lector exento de maniqueísmos, apreciará en él a un autentico gladiador de la palabra. De hecho, en la conversación que mantiene con San Pablo, su carácter y sus dotes dialécticas brillan frente a la elocuencia de inspiración divina del apóstol y hacen brotar en el lector dudas sobre quien tiene la razón de su parte, Petronio o Pablo de Tarso, sobre todo teniendo en cuenta la lógica de la sociedad romana en la que se encontraban. Luego, en los arriesgados diálogos que mantiene con Nerón, brilla el ingenio del “arbiter elegantiarum” que ridiculiza a su augusto oponente con la inteligencia y el doble sentido de sus adulaciones. Volviendo aquí a la película, es evidente en ella que su director vuelca todo su arsenal de ingenio y agudeza, en el duelo dialéctico entre Nerón y su oponente Petronio, muy por encima del amor, un tanto baboso, entre Robert Taylor y Deborah Kerr.

Película y novela, tienen enfoques acordes a lo que podría esperarse de ellas. Cuadran perfectamente con la imagen que tenemos de ver distraídamente sus reposiciones de Navidad y Semana Santa. La novela se debate constantemente entre dos aspectos: de un lado un atractivo tono épico que se agradece y que agiliza su lectura, y de otro la difícil tarea de cambiar la mentalidad de Marco Vinicio; este último aspecto se agradece mucho menos por que endurece su lectura, añade demasiadas aristas a un personaje con interminables e insípidas crisis morales, y dificulta la asunción de ese cambio por parte del lector. Para que ese proceso sea menos milagroso y más creíble, en la película suavizan la dureza inicial del personaje; “no siendo tan perverso al empezar, no precisa cambiar tanto luego”, debieron pensar los cineastas.

Parece que Sienkiewicz, además de crear la epopeya de los primitivos cristianos, tuvo otra intención subyacente. Su idea, era convertir a aquellos en símbolo del dolor y de la persecución, para inmediatamente crear el paralelismo entre los primeros cristianos y los polacos, que entre 1.772 y 1.795, vieron tres sucesivos repartos de Polonia a favor de prusianos, austriacos y rusos. Me parece que es una comparación forzada, al manejar elementos heterogéneos. Por un lado, el arranque de la religión más influyente de la Historia; por otro, la desaparición de la patria de los polacos. Religión ante política; materias distintas pero por desgracia muy ligadas a lo largo de la Historia. El nacimiento del Cristianismo parece de mayor trascendencia; los repartos de Polonia, podrían ser de una importancia más localizada. Pero es entendible que la doble condición de polaco y de cristiano de su autor, pudiera ser razón suficiente para desear aquella comparativa. Desde luego, el tono de conmiseración hacia los cristianos que adopta en su libro, ya lo hubieran querido los polacos del siglo XVIII, para la causa de la Polonia expoliada.

Así pues, la digestión del libro no es fácil. El lector, comprende enseguida que la transformación eje de la novela, por la cual, el que antes era egoísta, cruel e impío, se convierte en desprendido, clemente y piadoso, supone quizá un objetivo excesivamente ambicioso. A mi juicio, la argumentación que el autor esgrime para justificar ese cambio no tiene el peso suficiente, convirtiendo dicha mutación en un inconveniente que resta algo de emoción a su lectura y la convierte en algo más frío de lo que debería ser, a tenor de la significación religiosa de los hechos narrados. En cualquier caso, es un clásico de la novela histórica, que tenía interés en conocer y valorar, de la misma manera que ya hice con Sinuhé el egipcio, y que antes o después haré con Ben-Hur.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 6