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PERORATA DEL APESTADO

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Portada de PERORATA DEL APESTADO

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Autor: GESUALDO BUFALINO
Título original: Diceria dell' untore
ISBN/ASIN: 9788433914958
Género: Narrativa
Editorial: COMPACTOS DE ANAGRAMA
Fecha de publicación: 1981
Fecha de edición: 1998
Número de páginas: 168

Sinopsis:
En 1946, en un sanatorio para tuberculosos de la Conca d' Oro -castillo de Atlante y campo de exterminio-, unos singulares personajes, supervivientes de la guerra y presumiblemente incurables, pelean débilmente consigo mismos y con los otros, en espera de la muerte. Largos duelos de gestos y palabras; de palabras sobre todo: febriles, tiernas, barrocas a tono con el barroco de una tierra que ama la hipérbole y el exceso. Tema dominante: la muerte que se propaga sutilmente, se disfraza, se esconde, se extravía, musicalmente reaparece. Y todo esto entre los ropajes de una escritura en equilibrio entre el desgarro y el falsete y en un espació siempre más acá o más allá de la historia...que podría incluso simular un escenario o la niebla de un sueño.

Ficha creada por Hamlet

 
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PERORATA DE UN POETA ÓRFICO
5 con 8 votos

Esta es la primera novela de Gesualdo Bufalino, ese escritor “secreto” hasta los 60 años, modesto, humilde y poco amigo de los fastos de la fama del que tan bien habla y se habla en el artículo que Enrique Vila Matas le dedica y que os emplazo a leer (http://www.enriquevilamatas.com/textos/relbufalino1.html ).

Decía que Bufalino había sido un escritor “secreto” y extremadamente reservado, prueba de ello es su hermética dedicatoria en este libro: “A quien lo sabe”, lo cual no es del todo cierto o no al menos siempre, como acostumbra a pasar con todo lo humano, por suerte para los amantes de la lectura. No lo es del todo, por diferentes razones. La primera de ellas porque en esta novela nos regala una historia que además de rabiosamente atmosférica, rabiosamente lírica, rabiosamente bella y emotiva, es también rabiosamente confidencial. Lo es, porque Bufalino vuelca en ella gran parte de su experiencia vital, de sus pensamientos más íntimos, como tuberculoso en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Su personaje protagonista, de hecho, no deja de ser un trasunto literario del autor comparable a éste no sólo a nivel biográfico sino intimo, incluso se expresa con la voz, con el genio y la desbordante cultura con que sólo Bufalino podría hacerlo. Por eso se entiende (y queda más que justificada por la misma realidad) que el joven soldado instalado en el sanatorio de la Conca d’ Oro, muestre y demuestre en cada página, en cada confesión y palabra, una mente cultivada y aguda como pocas. No obstante, eso multiplica la dificultad del texto, que por un lado se presenta como una confesión sinceramente abierta pero por el otro encierra dificultades estilísticas no aptas para todos los paladares. Aún así, merece la pena el esfuerzo. Os lo aseguro.

Siguiendo con las razones que antes mencionaba, la segunda sería que el mismo Bufalino ofrece al final del libro unas “instrucciones de uso” para su lectura donde allana el camino al desamparado lector, revelándole de paso parte del andamiaje genético de esta hipnótica obra. Unos apéndices que Bufalino escribió para cuando sus amigos leyeran la obra, pero que afortunadamente han visto la luz pública.
La tercera es que Bufalino, quiebra su voluntario silencio, revelándole la existencia de esta obra (que había escrito años antes) a su descubridor Leonardo Sciacia (que ya era un escritor consagrado por aquellos años), y de paso el silencio de protagonista y narrador, que nunca fue tal, porque de serlo completamente nunca hubiera escrito o narrado esta historia.

No es un secreto lo que voy a decir, ni si quiera al inicio de la novela, o sea que no se asusten los temerosos de los spoiler: el protagonista pese a estar sentenciado por la muerte consigue su amnistía, como la consiguiera el mismo Bufalino. Y es algo evidente ya desde el principio porque es él quién narra la historia. De no ser así, no hubiera habido narración, ya que esta implica tal necesariamente la supervivencia de Bufalino y su narrador. Y menciono este detalle porque es importante para apreciar y degustar la novela en toda su profundidad, ya que no trata de sorpresas ni reveses inesperados, en plan éste o aquel muere y mira lo que pasa. No es una novela de trama si no de argumento, donde sus hallazgos se encuentran precisamente en la situación terminal, excepcional, de unos personajes que se saben terriblemente enfermos y próximos a la muerte.

El personaje protagonista, que no tiene nombre, reforzando la idea de que es el mismo Bufalino, se encuentra a camino de una muerte sublime y una salvación mediocre. Su situación terminal convierte en solemnes y especiales cada uno de sus vivencias, hermanándolo a un personaje trágico digno de Sófocles o Eurípides, al que sólo la vida, que no la muerte, pueden quitarle el estrellato de la escenario. He aquí uno de los aspectos más interesantes de la novela, el no presentar la muerte o la sentencia de muerte como algo más terrible de lo que en realidad es. De hecho, esa sentencia de muerte pesa sobre todos los hombres, incluso los sanos y jóvenes, aunque es la consciencia de su inminencia la que altera la vida de quienes la sienten. Ofrece de esta forma Bufalino un esplendido retrato de unos personajes fronterizos, encarados hacia la muerte, pese a seguir en la fina línea divisoria que cae del lado de la vida. Unos personajes que tal y como aparece en algún momento de la narración, tendrían más que temer a la vida que a la misma muerte, ya que la primera es la verdaderamente incierta, manipuladora y engañosa; la muerte no engaña, cuando llega es definitivamente y nunca ha escondido que está ahí.

Es evidente, que para narrar la historia de estos personajes además de una voz sensible y una mente lúcida, capaz de transmitir en palabras la trascendencia de la excepcional situación al relato, hace falta un personaje que se salve. Ese personaje no puede ser otro que el narrador, que se convierte en una especie de Orfeo que retorna del reino de la muerte. Él mismo Bufalino así se refiere a él, cuando en sus apéndices lo menciona como “un Orfeo malvado que se gira intencionadamente (él sólo quería visitar el Hades…)”, confiriéndole al personaje un talante aún mas inquietante.

En definitiva, os animo a leer este precioso y singular libro que si bien no me ha apasionado tanto como “Las mentiras de la noche” o “Qui pro quo”, del mismo Bufalino, no encuentro que sea inferior a estos en talento y belleza. Los otros, son quizás más adictivos, menos solemnes, porque contienen no pocos trazos de suspense y trama que contribuyen a enganchar al lector inquieto, avido de resolver misterios o de presenciar acontecimientos inesperados. “Perorata del apestado” no ofrece eso, porque no es de lo que trata, pero ofrece una profundidad y belleza desgarradora a aquel lector paciente y concienzudo que se atreva con él. Los amantes de las referencias clásicas encontraran no pocas joyas entre sus pocas páginas.

Mencionar también el maravilloso trabajo de traducción de Joaquim Jordá, que no debió ser en absoluto fácil, teniendo en cuenta que ya desde su aparición se saludo, desde la crítica especializada, a Bufalino como un rey a la altura de otros reyes de las letras europeas como Proust o Joyce, premiando a ésta, su primera novela, con el prestigioso Premio Strega, el más importante galardón que las letras italianas pueden otorgar a una novela.

Dejando a un lado esta sí, mi apestosa perorata, no puedo dejar de ceder la voz a Bufalino, el pleno protagonista de esta novela, cuando dice:

“Tal vez por esto me había sido concedida la dispensa, sólo por esto yo me había salvado, y nadie más, de la guadaña: para prestar testimonio, cuando no delación, de una retórica y de una piedad. Aunque ya supiera entonces que preferiría permanecer callado y llevar a lo largo de los años mi perorata al seguro debajo de la lengua, como un óbolo de reserva, con el que pagar al barquero el día en que me sintiera, a consecuencia de otra y menos remisible decisión o llamada, a las puertas de la noche.”
También quisiera citar lo que otros han dicho acerca de Bufalino, de “Perorata del apestado”, de su obra en general, y que suscribo sin atisbo de duda.

“Bellísima novela: dan ganas de decirlo con toda la impudicia que este adjetivo, bellísima, hoy día encierra, y de una rara, contenida fuerza expresiva” (Enzo Siciliano en el Corriere Della Sera)

“Enfermedad, metáfora de la vida…Un libro memorable” (Fulvio Panzevi, para Il Sabato)

“¡Que maestro, este Don Gesualdo! “ ( Leonardo Sciacia, para L’ Espresso)

“Bufalino es un nombre de significación máxima por la intensidad de su visión del mundo y por la opulencia del estilo” (Miguel García-Posada)

“Unas novelas deslumbrantes, hilvanadas en una prosa de una intensidad poética excepcional” (Lluis Bassets)

“Todos los atributos de la mejor literatura, con una escritura que identificamos, por lo que tiene de difícil perfección, con los clásicos…Un narrador supremo” (J.A. Masoliver Ródenas)

“Uno de los mejores prosistas de su tiempo, con un prodigioso estilo, barroco, aforístico y metafísico” (Mercedes de Monmany)

Escrito por Hamlet hace mas de un año, Su votacion: 8

AÑORANZA
5 con 4 votos

Ya Hamlet nos ha comentado fantásticamente los muchos logros literarios que atesora esta bella y triste novela, por lo que no creo que haga falta insistir sobre este tema que por sí solo justificaría la recomendación de su lectura.

Yo vengo a hablar aquí de lo tratado en ella y dar mi punto de vista.

Leyendo la novela, es imposible no acordarse de esa magnífica Montaña mágica, con la que comparte similar escenario y penas parejas.

“Solo yo soy de verdad y lo seré mientras viva. Vosotros, los demás, apenas sois sombras y ficciones que siento respirar y hablar a mi lado. Y la historia sólo os concierne a vosotros, yo no sé qué quiere decir. Entiéndeme: entro todos los miles de millones de siglos pasados y futuros yo no sé encontrar acontecimiento más importante que mi muerte. Y todas las carnicerías y derivas de continentes y estallidos de estrellas son únicamente cancioncillas y comedias en comparación con este minúsculo e irrepetible cataclismo, la muerte de Marta. Haría cualquier cosa por retrasarla un instante.”

Aunque aquí predomine la historia de amor y sus desarrollos estén ciertamente alejados, mantienen simbolismos y rasgos comunes, como no podía ser menos. En ambas historias encontramos al sanatorio refugio, frontera y recordatorio permanente, un mundo dentro de ese otro mundo, el de fuera, que se va haciendo cada vez más ajeno; los compañeros de infortunio y los lazos tan fuertes y al mismo tiempo tan leves que entre ellos se establecen; los diagnósticos, la muerte, propia y ajena, y las estrategias inútiles para disipar o reconducir el poder de su presencia. No por nada la elección del término “perorata”, discurso que en el fondo no sirve para nada, pues poco o nada se puede decir sobre el tema que realmente nos aproveche.

Entre otras posturas ante la muerte, como la inoportuna pérdida de la fe del capellán y el consiguiente nacimiento de la rabia o la del Coronel, quizás la respuesta más adecuada si somos capaces de ella, empeñado en mantener el orden en su vida como si la cercanía del enemigo no cambiara para nada la lucha, sobresalen otras dos encarnadas por los personajes principales de la novela.

Por un lado, tenemos al joven sin nombre que nos narra la historia desde su madurez. Su estrategia ante la cercana muerte consiste en una resignada huida de la realidad, en su negación, en conseguir hacerla menos real que los sueños, confinarla a una mera proveedora del combustible que pueda poner en marcha la imaginación que le alivie momentáneamente de la mortaja que cada vez le aprieta más.

Junto a él, la bailarina que al peso de la enfermedad suma quizás la carga de un pasado culpable, Marta, incapaz de resignarse, la que corre tras la vida alejándose de ella, la muerta en vida incapaz de cualquier satisfacción, se entrega al juego de la vida y la muerte con la rabia y la desesperación del que se sabe derrotado de antemano.

“Sé que esparzo y contagio por todas partes la muerte, en las superficies de las paredes, en las servilletas, en los bordes del plato. A veces se me ocurre una idea: utilizar adrede dicho omnipotente poder de incubación y de siembra; me imagino entrando en una casa; y que sea un casa feliz; me imagino escupiendo cuidadosamente sobre las cuatro paredes de cada habitación, sobre una funda de almohada, sobre un biberón... Cada vez siento mayor curiosidad por mí misma.”


Ambos son jóvenes y se puede entender la novela como una historia de aprendizaje y no deja de ser revelador el destino que a cada uno de ellos le asigna el autor, siendo lo más reseñable, aparte del sentimiento de culpabilidad y deslealtad que embarga al autor, la sensación de pérdida que acaba arruinando su vida posterior. ¿Puede la muerte cercana conferir a la vida una intensidad tal que pueda llegar a vaciarla de sentido una vez conjurado el peligro? ¿Puede sentirse añoranza de esas escaleras al patíbulo?

“Mañana me esperaban otros caminos. Fáciles, ruidosos, comunes. La fe a medias, las falsas banderas. Me resignaría a ello, ¿qué otra cosa podía hacer? Puesto que la seducción de la nada era inútil, repugnándole al corazón por tantos indicios dejarse persuadir por ella. Y ni la infelicidad, con su amarga miel, me servía ya.”

Escrito por Guille hace mas de un año, Su votacion: 9