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OTELO

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Portada de OTELO

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Autor: WILLIAM SHAKESPEARE
Título original: Othello
ISBN/ASIN: 9788467024036
Género: Teatro
Editorial: ALIANZA EDITORIAL
Fecha de publicación: 1603
Fecha de edición: 2007
Número de páginas: 185

Sinopsis:
La historia original del moro de Venecia, de Gianbattista Giraldi Cinthio (1565), sirvió a William Shakespeare para crear Otelo, la única de sus "grandes tragedias" basada en una obra de ficción. Contraviniendo la imagen isabelina del "moro", Shakespeare invierte los papeles de los protagonistas y otorga al moro Otelo el carácter de hombre noble y aristocrático, mientras que reserva para el italiano Yago la perversidad y la hipocresía, desarrollando en él uno de los estudios más profundos del mal. Otelo se presenta como la tragedia de la incomprensión, en la que luchan el amor puro, la pasión, el orgullo, los celos, la venganza..., y en la que al final, el protagonista, como un auténtico héroe trágico, consciente de su degradación y de su pérdida, escribe su propio epitafio, con la angustia del héroe destrozado.

 
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EL DEMONIO DE LOS CELOS
4.75 con 4 votos

Otra formidable obra maestra más de la incomparable pluma de Shakespeare . Leer o releer, como es el caso, a Shakespeare no es tan sólo volver a descubrir con asombro y placer la incomparable fuerza, dramatismo y lirismo que poseen sus textos si no también su eterna e inamovible actualidad. ¿Por qué? Pues sencillamente porque Shakespeare es capaz de alumbrar en forma de diálogo o monólogo sentimientos, vicios y virtudes, inquietudes, y yo no sé que más aspectos inherentes a la condición humana, convirtiendo sus obras en un magistral compendio de lo humano. De ahí que Shakespeare nunca pase de moda y que sus obras, con más o menos licencias por parte de los directores teatrales, sigan siendo las más representadas en el mundo. Incluso su amigo, el también formidable dramaturgo Ben Jonson, en un ejercicio de clarividencia, dijo de él: “no es de un siglo, sino de todos los tiempos”. Yo incluso diría, jugando con la cita de vinculación universal de Terencio (Homo sum, humani nihil a me alienum puto) , que soy humano, y por tanto nada de lo Shakesperiano me es ajeno.
Por otro lado aún no he encontrado un autor, quizás salvando a Goethe, que contenga tantas frases brillantes en una sola página. Uno se da cuenta que es tarea vana pretender subrayar aquellas frases más notables en obras como la que me ocupa, si no se quiere acabar con el libro prácticamente subrayado en su totalidad. Las frases de Shakespeare, por ejemplo las de éste, su Otelo, son magistrales no por alumbrar verdades si no por engendrar belleza. Es impresionante, de entre la cantidad de formulas posibles para expresar cualquier cosa, como este genio inglés siempre encuentra la más perfectamente bella.
Centrándome más en Otelo, decir que es una mayúscula y apasionante representación del poder terrible de los celos y de como estos pueden prender hasta en el más noble y confiado de los hombres, para perdición de la más fiel de las mujeres.
Una de las novedades (destacable en su época) que introduce Shakespeare en esta obra es la de colocar a un moro como fuente de las más elevadas virtudes y a un veneciano como el mayor de los villanos. Una inversión que es muestra de nuevo, no tan sólo de su espíritu cosmopolita y aventajado, si no también de la universalidad de su discurso. No obstante, pese a las diferencias entre uno y otro, ambos son igualmente humanos y eso hace que tanto uno como el otro sean al tiempo víctimas y ejecutores (no exentos por ello de responsabilidad) de los celos más infundados. En definitiva, Shakespeare muestra hasta las últimas consecuencias el poder destructivo de ese mal que aqueja a los hombres (incluidas las mujeres) y lo hace, como siempre en sus tragedias, sin el menor asomo de piedad para con sus personajes, ofreciendo al lector o espectador (en el caso de que se vea su obra representada) una catártica experiencia de la que no se sale de vacio.
Sin extenderme más, aunque materia hay como para extenderse, terminaré esta reseña como no podía ser de otra forma citando al “dulce cisne del Avon”, y para más narices en boca del mefistofélico Iago. Que cada uno saque sus conclusiones.

“Aunque comprometido a todo acto de leal obediencia, no estoy obligado a descubrir lo que los esclavos son libres de ocultar. ¿Revelar mis pensamientos? Pardiez, suponed que son viles y falsos -¿Cuál es el palacio en que no se introducen alguna vez villanas cosas? -. ¿Quién tiene un corazón tan puro donde las sospechas odiosas no tengan sus audiencias y se sienten en sesión con las meditaciones permitidas?”

Escrito por Hamlet hace mas de un año, Su votacion: 10

YAGO, EL DEMONIO DE LOS CELOS.
4.33 con 3 votos

Suele decirse que Otelo es la tragedia de los celos, igual que Hamlet es la de la venganza. Pero Otelo no es Hamlet.

Mientras Hamlet reunía todos los elementos de la venganza y la tragedia, y toda la obra en su persona, Otelo no es más que víctima de esa pasión, veneno, locura o enfermedad que son los celos. El verdadero demonio de ojos verdes no es él, sino Yago. Yago es el auténtico protagonista de la tragedia –él es la tragedia y no ese insulso pero noble Otelo. Otelo no es Hamlet.

Yago es el traidor y astuto demonio que disfrazado de amigo del amor se oculta en todos los amantes –hasta en los más nobles- con el ansia secreta de perturbar su calma y corroer su sentimiento. Es el cáncer que susurra al oído del enamorado esperando la ocasión de ser escuchado y reproducirse. Es astuto, mezquino y mordaz, amigo del cinismo, la duda y la desconfianza, peligroso enemigo del amante… y en manos de Shakespeare un gran personaje con ingenio a raudales. Él, el gran personaje de la obra, –no es por nada que Disney optó por darle un justo homenaje en Aladdin- sabe que, ante la duda, la incertidumbre y la ansiedad son tal que preferimos sospechar lo peor a mantener la imborrable y corrosiva sospecha. Sabe que en esa situación de locura la más mínima nimiedad puede convertirse en prueba, y unos gestos inocentes en una burla y confesión…
Así, aunque Otelo no es Hamlet, es inevitable sentir durante toda la obra ansias de ponerte los ropajes de actor y entrar en escena como Deus ex machina –al que los best seller nos tienen bien acostumbrados- para rogar a Otelo que no escuchen esa lengua ponzoñosa o que una vez sembrada la duda que se confíe a Desdémona. Pero no es posible… reservemos el consejo para nuestra propia tragedia.

Y poco más se puede decir de la obra, porque Otelo no es Hamlet, y no trata tantos temas tan ricos y variados como él, y aunque es hermoso –al fin y al cabo es Shakespeare- tampoco tiene su gracia. No, Otelo no es Hamlet, y no me refiero solo al personaje.

Pero que nadie se confunda “Otelo” sigue siendo una de las maravillas de la literatura, completamente por delante de su época –y no me refiero solo al hecho de representar la virtud en un moro y la mezquindad en un veneciano como bien señala Hamlet en su magnífica reseña-, me refiero al personaje de “Emilia”: otro de los grandes aciertos del libro, junto al amor fiel y apasionado capaz de enamorar a todo lector de Desdémona y junto a la maravillosa catarsis. Y por supuesto, como ya he dicho, el audaz y rencoroso Yago.

Y no me enrollo más. Otelo habla sobradamente mejor que yo sobre su personaje y la obra:
“¡Solo un momento!
Una palabra o dos antes de iros.
Algún servicio le presté al Estado,
y ellos lo saben. Mas no hablemos de eso.
Cuando debáis narrar en vuestras cartas
estos hechos funestos, os lo ruego,
pintadme tal cual soy; nada paliéis,
pero nada añadáis por mal propósito.
Debéis, por tanto, hablar de quien amó,
no con cordura, sino demasiado;
de quien, si no propicio a sentir celos,
cayó, instigado, en el confuso extremo;
de un hombre cuya mano,
cual la del indio inculto,
arrojó de su lado aquella perla
que más valía que su raza entera;
de alguien de cuyos ojos abatidos,
aunque no acostumbrados a las lágrimas
corrió profuso el llanto, igual que vierten
los arboles de Arabia su resina
medicinal. Hablad de todo esto,
Y después añadid que, una vez en Alepo,
donde un maligno turco enturbantado
tundía a un veneciano, al mismo tiempo
que injuriaba al Estado,
agarré por el cuello al perro circunciso
y le di muerte… así.
(se apuñala)

“Los celos son, de todas las enfermedades del espíritu, aquella a la cual más cosas sirven de alimento y ninguna de remedio.” Montaigne.

Escrito por Tharl hace mas de un año, Su votacion: 8

OBRA MAESTRA
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Una obra maestra del que para mí es el mejor escritor que ha habido. Como siempre en sus obras, encontrarás aquí esa manera tan especial que tiene Shakespeare de embaucarnos dentro de los diálogos y las situaciones vividas con su estilo propio e irrepetible.

Escrito por Pedro_Antonio hace 6 días, Su votacion: No ha votado