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NUESTRA SEÑORA DE PARÍS

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Portada de NUESTRA SEÑORA DE PARÍS

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Autor: VÍCTOR HUGO
Título original: Notre-Dame de Paris
ISBN/ASIN: 9788420666112
Género: Clásicos de la literatura
Editorial: ALIANZA
Fecha de publicación: 1831
Fecha de edición: 2006
Número de páginas: 704

Sinopsis:
En el París del siglo XV, con sus sombrías callejuelas pobladas por desheredados de la fortuna y espíritus atormentados, la gitana Esmeralda, que predice el porvenir y atrae fatalmente a los hombres, es acusada injustamente de la muerte de su amado y condenada al patíbulo. Agradecido por el apoyo que en otro tiempo recibió de ella, Quasimodo, campanero de Nuestra Señora, de fuerza hercúlea y cuya horrible fealdad esconde un corazón sensible, la salva y le da asilo en la catedral.

 
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ANAI’KH: TRAGEDIA MEDIEVAL
5 con 8 votos

Víctor Hugo, declarado admirador de Walter Scott, vio en el género histórico una oportunidad perfecta para su concepción de novela. De este entusiasmo nace NUESTRA SEÑORA DE PARIS, mezcla de W.Scott y Homero, de epopeya y drama, de lo bueno y lo feo, lo sublime y lo vulgar ¿Acaso no es así la vida? ¿No son estos los componentes de cualquier drama?

Hugo nos traslada al París del siglo XV, un Paris en pleno cambio, en punto de inflexión, donde el original y novedoso arte gótico será remplazado por la vuelta atrás, a la antigüedad, en un movimiento que se considera el renacer de la cultura, el despertar de occidente, y que Hugo relaciona con el inicio de la decadencia arquitectónica; donde la imprenta matará la arquitectura (“esto matará aquello”), y también a la sociedad medieval. Un París en que el viejo, cruel y vil monarca Luis XI, comienza a apuntar delirios de grandeza y ambición, maneras de monarca absoluto, con un modelo de estado que afianzará Richelieu, disfrutará el Rey Sol y perderá la cabeza tras no haber bastilla que la sostenga. Un París, donde el pueblo, niño aún, está por despertar; donde toda plaza tiene su picota, su horca y sus frecuentes visitantes; donde reina la superstición, la intolerancia y la festividad; donde los bajos fondos -el hampa formado por falsos epilépticos, leprosos que mudan sus yagas y lisiados que alternan amputaciones y laceraciones-, guardan la fuerza más sublime, terrorífica, noble, bella, cruel y peligrosa de la ciudad: el espíritu del pueblo de Paris, un pueblo al que llegará la hora: “cuando despierte, sonará la alarma en la atalaya de la Bastilla, tronaran los cañones, y el torreón se derrumbará con estrépito, burgueses y soldados gritarán y se matarán entre ellos; entonces, habrá sonado la hora para el pueblo francés”. Este es el Paris al que nos traslada Hugo, sin caer jamás en la demonización del medievo incluso con cierto aire nostálgico pero sin perder la crítica. Lástima que aun así lo haga desde un enfoque de progreso histórico, presentita en el punto de vista (que no la presentación magníficamente documentada), y no desde una deconstrucción histórica, donde nos mostrara lo que fue y como lo vivían sus habitantes (no como lo haríamos nosotros), lo que pudo ser, lo que acabó siendo y a qué precio y por qué. No obstante, nada de esto quita, que el maravilloso telar de París que teje Hugo con los hilos de sus personajes sea una magnífica recreación, una hermosa delicia y un auténtico viaje a las sucias y encantadoras calles del París del sXV.

Que nadie espere en este fresco un acontecimiento histórico, ni en sus personajes a protagonistas raptados de los libros de Historia, ni encarnaciones sociales¿A quién van a representar una gitana, un jorobado y un cura depravado? No, sus personajes son seres marginales, escogidos por la fatalidad y por una genial pluma, para protagonizar un drama medieval de entre los muchos que pudieron suceder.
Están escogidos con cuidado, caracterizados con delicadeza y sensibilidad y conectados entre si en trabajadas relaciones humanas gracias a tres personajes claves: uno para el hilo narrativo (Gringoire) y otras dos para todo el contenido y acontecer de la novela: Esmeralda y Nuestra Señora (Notre Damme), catedral que ejercerá su influjo en todos los personajes: sus más oscuros misterios insuflan fuego a la obsesión de Claude, sus formas retorcidas y su sencilla nobleza forjan el cuerpo y alma del jorobado, que será su espíritu; librará la más épica de las batalla, el más oscuro y macabro de los momentos del libro, y dará asilo a Esmeralda. La catedral gótica presenciará y participará desde sus dos altas torres toda la tragedia, perdiendo su espíritu en ella.
No creo en absoluto que los personajes sean estereotipos. Todos los tienen una de cal y otra de arena (monstruoso y noble jorobado, inocente y superficial gitana, cariñoso hermano y cura depravado…), y de todos conocemos lo bastante de su historia y pasado como para comprender cada uno de sus actos. ¿Unipolares? No lo creo. Personalmente, me parecen magníficos y fascinantes todos y cada uno de ellos: desde la dulce Esmeralda, hasta el oscuro, desesperado, implacable y obsesionado Claude Frollo, otro pobre miserable salido de la pluma de Hugo.

El caso es que estos personajes se unen a la perfección, enredándose en la trampa arácnida de la fatalidad, siendo todos y cada uno simultáneamente víctimas e hilos de la tela que perderá, a la pobre mosca –Esmeralda-, quien siguiendo un rayo de sol primaveral va a parar en el telar de la despreciable araña. Todo el libro gira alrededor de ella, mezclando la esperanza y la frustración con gran maestría. Cada personaje, guiado por la fatalidad -ANAIK’HT es la palabra clave de la obra- pone su granito de arena hasta perderla y cerrar la tragedia. Pobre Esmeralda, perdida por su inocencia/estupidez, la confianza, la vanidad, la intolerancia, el deseo obsesivo, la confusión y los malentendidos que gobiernan toda la tragedia, aumentando aún más la dosis de frustración. Pobre Esmeralda, ella, la pieza clave que da pie a toda la historia, que altera profundamente a los personajes, cambiándoles las vidas; ella, tan natural, tan inocente, tan alegre, tan sensual, pura y valiente a su modo, medio niña y medio mujer, capaz de cautivar a todos los personajes que transitan las calles de Paris, a todo lector… En sus esporádicas apariciones en la primera mitad de la obra está en estado de gracia, refrescante, cada escena suya es sublime e hipnótica, aun en las más oscuras. El autor logra que entiendas la fascinación que ejerce en todos los demás protagonistas. Lástima que en la segunda mitad se vuelva tan frustrante, por su testaruda inocencia, por su estupidez, pero no es más que otro acierto de Hugo, una bofetada más al lector, otro juego de esperanzas y frustaciones.
Pobre gitana, perdida por la vanidad, la perversión y su inocencia.

Que nadie se sorprenda tampoco por el trágico final. No solo porque estamos ante la obra más oscura, quiromántica y endemoniada del autor, donde herejías, alquimia, chivos, aquelarres, torturas, formas retorcidas y ahorcamientos, salpican no solo “la corte de los milagros” (uno de los mejores pasajes de la novela), sino todo Paris y por tanto, toda la trama; sino que además es una tragedia medieval, y sus personajes, medievales también –incluida la Catedral- deben desaparecer con la llegada de la imprenta. Esto matará aquello, dice Claude; defiende Hugo. Tampoco es casualidad, que quienes sobrevivan sean la vanidad y los malos poetas.
Gracias Víctor por dar vida a estos seres una última vez, gracias.

No quiero terminar, que ya va siendo hora, sin resaltar el magnífico estilo del autor: sencillo y claro en todo momento, como las aguas del río más límpido, ya sea para reflexiones arquitectónicas o históricas, épicas batallas, diálogos costumbristas, largas descripciones o el avance de una enfermedad mental. Estas aguas cristalinas descienden salpicadas de hermosas metáforas de gran lirismo, Hugo es único evocando imágenes mentales y sensaciones, cada una de diez formas diferentes, todas ellas poéticas, todas ellas deslumbrantes y tan nuevas desde la última hasta la primera, aportando algo distinto a cada vez. Además ajusta el ritmo a la perfección con el contenido tratado, siendo vertiginoso en la locura, preciosista o sensual cuando se requiere, pausado en las reflexiones, fluido en los paseos por las calles de Paris y solo algo pesado en la descripción de los barrios de la ciudad (Libro II, capitulo 2), donde hay que admitir que el catálogo es demasiado largo, aunque ligero (Reconozco que conociendo París a la perfección debe ser una gozada; para los que no, es una putada)

Mención especial a la reflexión sobre el arte, interesante desde el acuerdo y el desacuerdo, y sorprendentemente contemporánea. Me quedo en particular con la tiranía de la arquitectura, que reunía en su puño de piedra todas las demás artes hasta la llegada del renacimiento, donde la imprenta hace que por comodidad el arte dominante sea otro. Aunque no estoy de acuerdo en que la literatura sea o haya sido igual de tirana de lo que fue la arquitectura, si es cierto que cada época tiene su arte dominante, donde se expresa toda la mentalidad e imaginario del momento. Me quedo también con el cambio de sociedad que significa el paso del Románico (credo e iglesia) al gótico (libertad artística, burguesía y movimientos populares: cruzadas). No extraña que alguien tan comprometido y con tanta conciencia artística como Hugo haga tal reivindicación de la arquitectura medieval, afirmando que el arte lo destruyen tres fenómenos: el tiempo, el fuego de las revoluciones y el hombre, siendo este el peor, pues con sus modas las destruye desde los cimientos. Lastima que lo que valora de las catedrales: ser un fresco de su Historia, y en especial de Notre Damme: ser una catedral de tránsito que mezcla románico y gótico, no lo valore en su ciudad ni en su época. Me cuesta pensar que unas reflexiones tan interesantes, completas y complejas, puedan ser expuesta de forma tan sencilla, clara, ligera, y lírica. Dudo que un autor actual se atreva a sacudir al lector con estos interesantísimos parones narrativos.

Para terminar quiero nombrar, para no olvidarlos, algunos pasajes, solo por los cuales es más que recomendable la lectura:
*Las andanzas de Gringoire por los bajos fondos de Paris, su juicio y su boda. Todo en ese libro es magnífico, desde la primera aparición de Esmeralda, hasta su noche de bodas, pasando por la primera (y creo que única) confluencia de todos los personajes principales, que marcará sus destinos.
*El sufrimiento en la Picota de Quasimodo y la piedad de Esmeralda, casi como una santa medieval… y gitana
*El atentando en la habitación de Febo. Es increíblemente sensual y trágico al mismo tiempo.
*El asalto a Nuestra Señora, la escena más sublime y oscura del libro, repleta de andrajos, muerte, y nobles sentimientos.
*El hermoso epílogo

“Cuando se pretendió separarlo del otro esqueleto al que estaba abrazado, se deshizo en polvo”.

Escrito por Tharl hace mas de un año, Su votacion: 9

QUATTROCENTO PARISINO
5 con 6 votos

Leer a Víctor Hugo, a día de hoy, es encontrarse con un escritor distinto, no sólo de cualquiera otro actual o del siglo XX, sino incluso, de su propia época; basta empezar a leer sus páginas para que inmediatamente se detecte su fuerte personalidad. Su particular estilo literario, denso y fogoso, cuenta la trama de una manera que tiene algo de maniquea, mucho de ideológicamente apasionada, y casi todo de épica y de grandiosa. Esta forma suya de narrar, hace que no se le lea sosegadamente, como a cualquier otro escritor, sino con un aluvión de sentimientos encontrados, fruto de la carga ideológica que quiere, y que logra, transmitir; tan es así, que, al cerrar sus páginas, parece que uno se hinche con todas esas ideas que nos transmite, que bullen en nuestro ánimo y que permiten identificar su sello característico y calificarlo de singular, como decía yo al principio. De todas formas he de decir que, antes de ésta, sólo había leído Los Miserables, novela, por cierto, de emotiva lectura, aún muy presente en mi memoria, y de la que me hubiera gustado escribir desde que adquirí el hábito de hacerlo; lo malo es que pasados cinco años tras su lectura, es ya demasiado tarde para rememorar y tampoco era cosa de leer otra vez las casi mil doscientas páginas, sólo para poder escribir sobre ellas. Como me faltaba Nuestra Señora de París, novela mucho más corta y, por tanto, más accesible, decidí leerla, y aprovechar la ocasión para escribir sobre Víctor Hugo, a continuación.
Retomo nuevamente lo que decía al principio, lo especial que es leer a Víctor Hugo, relacionándolo, con su condición de poeta, porque parece que las sensaciones que transmite hayan salido de una mente con un aliento, básicamente lírico; eso sí, de una lírica más épica y dramática que intimista. En cambio, lo que no tiene duda es que su carácter está impregnado hasta el tuétano, de un romanticismo fecundo y exultante; no es concebible la obra de Víctor Hugo, desprovista de la fuerza que le da su tendencia romántica, y digo fuerza, pero, igual podría decir entusiasmo, vitalidad, vehemencia, apasionamiento…, quizá todo eso sea lo normal en un hombre del romanticismo, pero, esos son los atributos que exhibe de manera inequívoca en sus novelas, y a fe mía que llaman poderosamente la atención.
En Los Miserables, toca el tema fundamental de la libertad y el derecho a la dignidad de los más desfavorecidos. Arranca la novela describiendo Waterloo, el último acto de unas guerras napoleónicas que conoció cuando, siendo niño, su familia viajaba tras la estela de su padre (general de Napoleón). En esa infancia castrense conoció España, como se aprecia en Nuestra Señora de París, en la que aparecen frases en español y alguna que otra referencia a España. Pasado Waterloo, situó el grueso de Los Miserables, en el momento álgido de las revueltas populares de mediados del XIX, cuya descripción siguió intercalando con los hechos propiamente novelescos.
Pero al igual que la redención y la libertad de los humildes era uno de los temas románticos habituales, el medievalismo, por el que Hugo tenía debilidad, era otro de los iconos del ideario romántico siendo el elegido para esta novela que se convirtió en su primer gran éxito literario. Hay que recalcar, que Víctor Hugo se asentó, casi desde sus comienzos, como una figura inmensa de la literatura francesa y europea, y que llegó a ser, por su formación y pretensiones, algo así, como el prototipo del hombre del Renacimiento que aunaba todos los conocimientos de su tiempo, como una especie de Leonardo redivivo conocedor de todas las materias, una de ellas, indudablemente, el medievalismo, otra, la arquitectura. Así que, con una combinación de ambas y con sus dos personalidades, la del erudito que describe la vida en el tramo final de la Edad Media, y la del novelista que crea su trama y sus personajes, se embarca en las páginas del libro atiborrándolo de contenido; y de esta forma, nos cuenta como era la arquitectura de aquella época y la relación que guarda con la de épocas posteriores hasta llegar a la del siglo del autor. Incluso, se permite elaborar una teoría, que yo calificaría de "sui generis", en la que vincula el final de la arquitectura, de la gran arquitectura que a él le gustaba: la gótica, con el arranque del recorrido de la imprenta: ¡El libro mató a la arquitectura! exclama con énfasis; y razona a continuación, de manera interesante, aunque yo creo que con bastante ligereza, que todas las artes medievales se expresaban mediante el lenguaje de los grandes edificios, fundamentalmente de las catedrales, en las que los poderes fácticos medievales volcaban sus esfuerzos y su dinero sabiendo que éstas se lo devolverían con creces. Pintores, escultores, escritores, arquitectos, músicos, todos se beneficiaban con la creación de esos grandes contenedores de la creación artística. Pero, hete aquí, que se perfecciona la imprenta y los cauces del arte se abren en caminos infinitos, directos y al alcance de cualquier economía, y esa especie de democratización que constituye el libro, destruye la arquitectura, que así ya no levanta cabeza porque abandona su tendencia a elevarse hacia las alturas, porque pierde toda la magia que tuvo con anterioridad, y porque deja de poner sus muros y sus espacios físicos a disposición de todos los artistas, los cuales, con una inversión monetaria infinitamente menor, llegan a mucha más gente a través del libro. Antes, el pueblo había de ir a la catedral a disfrutar del arte, la catedral focalizaba el arte y atraía a las masas; ahora con la imprenta, el arte puede dirigirse a la casa de cada cual, el foco de atracción ha basculado de la catedral a la persona, al individuo, que es quien ejerce ahora como polo de atracción. Y fruto del cambio, la nueva arquitectura que surge del Renacimiento ya no tiene que ejercer aquella función anterior, empieza a carecer de sentido, y se convierte, poco a poco, en una sucesión aburrida y falta de carácter de pórticos griegos y cúpulas romanas, que ya no tienen el profundo significado para el pueblo que tenían los airosos arbotantes y los afilados chapiteles de la arquitectura gótica.
Bueno, estas ideas son bastante discutibles, pero a la vez son muy singulares, y representan un buen ejemplo para explicar su talante vehemente y su entusiasmo en la exposición y defensa de la posición medievalista de la novela, y por extensión, de cualquier otra posición que hiciese suya. De hecho con esa teoría y con el resto de parafernalia con que recrea el ambiente del quattrocento parisino, consigue definir la atmósfera del momento y convertir a la propia catedral de Notré Dame, en la indudable protagonista, por encima, incluso, de unos personajes, también muy particulares, de los que hablaré enseguida.
Así, pues, la novela comienza con unas ceremonias en las que una embajada de dignatarios flamencos, asiste a la representación de un misterio —una especie de auto sacramental—, para después narrar la casi simultánea elección en la plaza pública del papa de los locos, una celebración popular inspirada en las saturnales romanas al más puro estilo carnavalesco, en la que, a las gentes del hampa (la también llamada Corte de los Milagros), se les concede el derecho a elegir a su propio dirigente, elección que recae en el mismísimo Quasimodo, que así se configura como el primero de los protagonistas en entrar en escena cuando ya se lleva un buen montón de páginas que, hasta ese momento, han cumplido la misión principal de situar al lector en ambiente y de explicar cómo era la fiesta y el bullicio popular en el París de la época. A partir de ahí, alterna capítulos que narran la propia trama, con otros que siguen exponiendo datos y más datos sobre materia artística o urbana, como los dos largos capítulos en los que explica la configuración urbanística de la ciudad, sus edificios más destacados, su estilo, sus características y la metamorfosis que la fue transformando poco a poco con el paso de los siglos hasta dar lugar a la ciudad que era París a principios del siglo XIX; o como el capítulo en que, enuncia la teoría que mencioné más arriba: ¡el libro mató a la arquitectura! Y esto son sólo las digresiones más señaladas, pero hay muchas otras menos extensas con las que ejercita el deseo de enriquecer los conocimientos de los lectores de su época, que por el empeño que pone en ello, hay que suponer que debían ser escasos. En total, bien puede decirse sin temor a exagerar, que un tercio de la extensión del libro está dedicado a la exposición de materias varias, relacionadas con la trama, pero ajenas a ella.
Pero bueno, aparte de todas estas cosas, Nuestra Señora de París es también una novela en la que se mueven unos personajes, dotados todos ellos, de fuerte personalidad y con una, claramente definida, pauta de actuación de la que no se apartan fácilmente; es decir, que los personajes tienen desde su arranque un comportamiento que podríamos considerar ciertamente maniqueo. Decir esto, no quiere decir criticar, sino constatar algo, que está ahí y que no tiene porqué ser negativo, como lo demuestra el hecho de que exactamente lo mismo, se detecta en Los Miserables, sin que tampoco allí pueda ser entendido como crítica. En mi opinión, lo que hace que el maniqueísmo no perjudique a la novela es la propia condición recia de sus personajes, que compensan sobradamente con su enérgico carácter la debilidad que les obliga a actuar de una forma prefijada. Es como si su propia identidad, en manos del destino, les obligase a comportarse según la pauta que se les ha marcado; sólo cuatro años después de publicarse Nuestra Señora de París, el duque de Rivas tituló su, también romántica, pieza teatral: Don Álvaro o la fuerza del sino, en la que también hay un destino fatal que conduce a cada personaje por su propia senda; no dudo, que en una obra de corte realista no tendrían ningún sentido esos comportamientos dirigidos, pero, en una romántica, sí lo tienen, su carácter, genuinamente romántico, lo admite, o al menos, yo así lo veo.
Prometí hablar de los personajes, y ya he mencionado a uno, a Quasimodo, el jorobado de Notre Dame; pero no son muchos, se acaba enseguida: la gitana Esmeralda, dom Claude Frollo, Jehan el hermano de éste, el capitán Febo, Pierre Gringoire y alguno otro de menor presencia. Cada uno de ellos representa una personalidad diferente; en el caso de Quasimodo, los buenos sentimientos encerrados, eso sí, en lo más hondo de un cuerpo deforme, horriblemente feo, cojo, y sordo, aunque fuerte y poderoso físicamente. La bella gitana Esmeralda representa la inocencia y la candidez; a pesar de vivir en la calle de sus habilidades como saltimbanqui, sus sentimientos son puros, y no concibe la maldad. Y ya está; no hay más personajes bondadosos, porque el archidiácono dom Claude Frollo, personifica, no sólo la maldad, sino, sobre todo, el cinismo más abyecto: pasa por hombre religioso, pero le corroe la lujuria. Su hermano Jehan es el despreocupado e irresponsable vividor al que todo le da igual y sólo vive guiado por su atroz egoísmo. El capitán Febo personifica la altivez, la soberbia y la grosera rudeza del joven que trata de conjugar un próximo buen casamiento con su afición a los burdeles y a las mujeres fáciles. Nos queda Pierre Gringoire, pero, éste es una excepción en la lista de malvados, o para ser justos con él, habría que decir que no es un genuino malvado; Gringoire representa el pragmatismo, no es malo, tampoco bueno, procura llevarse bien con todos y librar su pellejo de los múltiples problemas que le acarrea, pese a ser hombre ilustrado, su pobre condición social y económica.
El bosquejo de cada uno, con las características que el autor les atribuye en la novela, ilustra perfectamente lo que quise indicar más arriba cuando hablaba de dicotomía entre bondad y maldad, todos responden a esos patrones, no se salen de ellos en ningún momento y, sin embargo, el lector lo acepta como algo que tiene todo el sentido dentro de esta historia, como algo que no chirría, como si los personajes de esta novela por el mero hecho de vivir en el medioevo no pudieran ajustarse a otros comportamientos, más cambiantes o más complejos, sino que sus personalidades simples, en el sentido de inmutables (no son simples en otros sentidos, al contrario, son mentes complejas y torturadas), parecen las que, necesariamente, tenían que darse en aquellos tiempos.
Es evidente que esta novela no puede, dadas sus características, calificarse de otro modo que como novela histórica y, sin embargo, ¡que distinto es Víctor Hugo, de Walter Scott, el paladín de la novela histórica! y ¡que diferente es Nuestra Señora de París, de Ivanhoe! No cabe duda de que Walter Scott le da a la novela histórica un enfoque sumamente activo, mediante el cual, la sucesión de hechos que aparecen en la trama, es cambiante, y es frenética, no deja un minuto de descanso y configura muy certeramente el concepto de «novela de aventuras», aun manteniendo su carácter histórico y un aire serio y trascendente. También está en Ivanhoe el tono majestuoso y solemne, pero su finalidad no es atizar el drama, sino exaltar un pasado aventurero y glorioso. Víctor Hugo también usa en su novela un tono épico y grandioso, pero, en lugar de utilizarlo para acentuar el lado dinámico y aventurero de la trama, su interés es regodearse en los dramas personales de sus personajes que son colocados en terribles encrucijadas por el fatal determinismo a que, inevitablemente, les dirige aquella sociedad medieval, deleznable, lóbrega y profundamente injusta. Los amargos sufrimientos que padecían las gentes del pueblo en el París del siglo XV, no podían ser motivo de exaltación y si Víctor Hugo los expone es por lo contrario, a modo de denuncia de aquel pasado cruel. Lo que es muy significativo es que, a pesar de esas evidentes diferencias entre su planteamiento y el de Walter Scott, el enardecimiento y arrebato con que narran ambas historias, es cualidad común a ambos; los dos se entusiasman mitificando el pasado. En una lectura actual de ambas novelas, tal vez conmueva más al lector de hoy Nuestra Señora de París, por sus connotaciones dramáticas, pero, puede que disfrute más con Ivanhoe, por el superior dinamismo de su trama.
Las digresiones sobre arquitectura gótica y urbanismo, que a muchos lectores puedan resultar pesadas, para mí no lo fueron, aunque bien es verdad que en esa materia juego con ventaja. En cambio los capítulos en los que el autor describe algunas tramas periféricas a la principal, sin duda con ánimo de dar forma al ambiente medievalista de la ciudad de París, me parece que son un poco más tediosos y distraen en exceso del pulso de la historia principal. No me cabe duda de que eliminando los capítulos de temática urbanística, y aligerando un poco más estas tramas periféricas que decía, la novela hubiera adquirido una extensión de unas trescientas páginas, en lugar de quinientas, lo que estaría mucho más en consonancia con su contenido propiamente novelesco, y hubiera dado lugar a una lectura notablemente más ágil. Pero en ese caso no tendría ya el sello característico de Víctor Hugo, y quizá no sería tampoco esa lectura tan diferente y tan especial que decía al principio.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 7

LA GITANA, EL JOROBADO Y UN CURA DEPRAVADO
3.22 con 9 votos

Cogi este libro con muchas ganas y la verdad que al final me costó bastante terminarlo. No porque la historia fuese mala, ni mucho menos, sino porque se me olvidó que lo que leía era novela del XIX y no un best-seller actual.

La historia no es para nada lo que nos vende el mercado cinematográfico. No hay un protagonista claro, Esmeralda no es ni mucho menos la joven valiente y avispada que nos pintan las pelis, es más bien una niña inocentona y algo estúpida. Es la pieza clave de la historia ya que todo gira en torno a ella, es el "trofeo" que todos buscan, pero en realidad no deja de ser la sufrida "damisela en apuros", es decir, el prototipo de lo que debía ser una jovencita atractiva en el entorno burgués de la época en que se escribió la novela, solo que añadiéndole el toque "picantón" que le da el hecho de ser una zíngara.

Los personajes en general no tienen un transfondo muy complejo, casi todos tienen un unico rasgo característico: Gringoire es charlatán, Esmeralda ingenua, Quasimodo leal, Phoebus arrogante, Frollo un loco depravado. Es decir, tienen el rasgo clave y necesario para cumplir su papel en la historia y nada más. Esto no es malo si se tiene en cuenta que la historia pretende ser más una sátira que una tragedia. El autor del siglo XIX, que ya ha vivido y sabe todo aquello que aconteció durante la Revolución Francesa, ambienta su novela en el París medieval para hacer una y otra vez constantes guiños históricos a todos aquellos hechos que ocurrirían en Francia después de la Edad Media. Para ello, se sirve de diálogos muy ingeniosos a lo largo de toda la historia quedando especialmente patente en el capítulo en el que aparece Luis XI, ridiculizándolo como un rey pusilánime y ya con las claras tendencias absolutistas que sus herederos terminarían por imponer en siglos posteriores.

El ritmo y la trama de la novela hubieran sido buenos de no ser por los constantes "stops" que el autor obliga a hacer al lector. Cuando consigues meterte en la historia y seguir de cerca a los personajes, de repente, porque sí, el autor hace un inciso de 60 o 70 paginas de ensayo sobre la arquitectura del París medieval o la comparación entre la imprenta y la arquitectura. En fin, temas muy interesantes si quisiera leer un ensayo sobre ellos, pero en medio de la novela lo que hacen es romper el ritmo y hacerla tediosa a ratos. Claro está, que como ya dije al principio, estamos ante los primeros ensayos de la novela actual, y como tal, hay que leerla con dicha perspectiva.

Escrito por Timbel hace mas de un año, Su votacion: 7

CUENTO DEFORMADO
3 con 3 votos

Esta reseña contiene spoiler
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Escrito por Aliomo hace mas de un año, Su votacion: 9