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LA MUERTE DE IVÁN ILICH

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Portada de LA MUERTE DE IVÁN ILICH

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Autor: LEÓN TOLSTOI
ISBN/ASIN: 9789687748382
Género: Clásicos de la literatura
Editorial: LECTORUM
Fecha de publicación: 1886
Fecha de edición: 2001
Número de páginas: 76

Sinopsis:
El argumento gira en torno a Ivan Ilich, un pequeño burócrata que fue educado en su infancia con las convicciones de poder alcanzar un puesto dentro del gobierno del Imperio Zarista. Poco a poco sus ideales se van cumpliendo, pero se dará cuenta de que no ha servido de nada dicho esfuerzo; al llegar cerca de la posición que siempre ha soñado, se encontrará con el dilema de descifrar el significado de tanto sacrificio, y de valorar también el malestar reinante en el pequeño entorno familiar que se ha construido. Un día, se golpea al reparar unas cortinas y comienza a sentir un dolor que lo aqueja constantemente. Dicho golpe es totalmente simbólico: sube a una escalera y cuando está en lo más alto -no sólo en la escalera, sino en el estatus que ha tomado en su posición social- cae, y ahí comenzará su declive. Poco a poco, Ivan Ilich irá muriendo, y planteándose el porqué de esa muerte y de esa soledad que lo corroe, a pesar de estar rodeado de personas en el mundo aristocrático y comme il faut (correctamente) que él mismo ha construido.

Etiquetas: Muerte, Realismo, S XIX, Literatura Rusa, Novela corta

Ficha creada por Orreaga

 
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NO DEBÍA DE MORIRME NO DEBÍA DE MORIRME Y SIN EMBARGO…
5 con 4 votos

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Para aquellos que no han leído la novela, advierto que la reseña destripa totalmente su argumento, no el final de la trama, que ya nos lo destripa el título, sino el por qué de ella, o lo que yo he interpretado como ese por qué.
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Tales eran las referencias que tenía de este Iván Ilich que las expectativas con las que me enfrenté al texto eran, además de cuantitativamente elevadas, cualitativamente muy alejadas del tono ligero que me encontré al iniciar su lectura y que se mantiene hasta muy avanzada la trama. La novela, con olor y sabor de relato, tiene una estructura sencilla, una narrativa clara, sin artificios, directa, fácil y agradable de leer; todo parece simple... y quizás lo sea... puede que demasiado; y no lo digo solo por lo sumamente explícitos, lo sobradamente remarcados, de algunos comentarios definitorios de los personajes, sino por lo ingenuo que a mí me ha parecido el tratamiento del tema y sus conclusiones, sin negar con ello el enorme talento narrativo de este autor, faltaría más, pero no sé yo si como pensador es merecedor de parecidos elogios.

¿De qué nos quiere hablar Tolstoi en La muerte...? Con ser importante, no es lo principal el trato a los enfermos terminales por parte de médicos, familiares y amigos; tampoco es el tema central la hipocresía social ni esa distancia que consciente o inconscientemente abrimos ante la muerte ajena a poquito que podamos; ni siquiera creo que constituyan el meollo de la narración esas dos cuestiones tan íntimamente relacionadas entre sí y, según el autor, tan determinadas por el tema fundamental de la novela, como son el enfrentamiento con nuestra propia e inminente muerte y, en esta situación, el repaso de nuestra biografía.

No, no es nada de esto, la clave de la novela se nos comunica muy pronto, en la frase inicial del segundo capítulo: “La vida de Iván Ilich no podía haber sido más sencilla, más corriente ni más terrible”. El tema no es la muerte de Ivan Ilich, el tema es su vida.
Por supuesto, el autor juega en su campo y lo riega y lo achica a su conveniencia: toma como protagonista a un sujeto que desde la infancia ha tenido una vida fácil y placentera, sin grandes ambiciones, sin grandes pasiones, sin un gran ni problemático mundo interior, todo es pequeño en Iván Ilich, que no se implica, que guarda las distancias, que no arriesga, que construye un entorno –amigos, familia, trabajo- a su medida, con el que se encuentra a gusto, satisfecho o, al menos, conforme, y que responde al lema que preside todos sus actos y toda su vida: comme il faut.

En resumen, escoge a una persona corriente y vulgar y la enfrenta al abismo que es una terrible y dolorosa enfermedad y una muerte inminente. En este enfrentamiento, a la vista de ese abismo, aparece el horror, un horror que rodea al enfermo, un horror que se encuentra allá donde mire, pasado, presente y futuro, siendo lo vivido lo que parece condicionar a los otros dos. En su último suspiro, Iván Ilich da con el gran secreto de la existencia y, como producto colateral, con el de una buena muerte, que no es otro que una vida entregada a los demás, sin guardar distancias, involucrándonos, responsabilizándonos de y con los otros; en definitiva, amar y ser amado, no hay más secreto que este.

Parece que en 1886, Tolstoi quiso añadir a sus vitrinas una versión propia del Scrooge que Dickens nos regaló 43 años antes. ¡¡¡Bah, paparruchas!!! Sí, paparruchas, Lev Nikoláievich, porque no es tan fácil el asunto. Me parece a mí que el tema merecía más que una novela corta, o, visto de otra manera, que es imposible abordar de una forma adecuada estos asuntos en un relato de este tipo o, por qué no decirlo, que la historia merecería otro autor.

Porque, a ver Lev, incluso bajo el supuesto de que no tengamos ningún tipo de impedimento material o físico, ¿estamos todos en posesión de los talentos necesarios para conseguir esos objetivos que nos marcas? ¿Es la vida en todo caso tan flexible que es posible amoldarla a voluntad, o, lo que es prácticamente lo mismo, se puede elegir como somos? ¿Podemos todos llegar a ser como Guerásím, “un joven limpio, lozano… alegre y sereno”, que parece ser el modelo que eliges para contraponerlo a nuestro no querido difunto Iván Ilich? ¿Es ese, realmente, el modelo a seguir? ¿Se puede seguir un modelo, sea este cualquiera que sea?

Pero ahí no queda la cosa. Supongamos que vivimos una vida satisfactoria en la que no solo amemos y seamos amados sino que conseguimos lo más difícil de todo: amarnos a nosotros mismos, gustarnos. Pues bien, ¿haber vivido una vida en estos términos nos vacuna contra el horror de una muerte cercana? ¿La forma en la que hemos conducido nuestra vida o el efecto que nuestra próxima muerte tiene en aquellos que nos rodean es capaz realmente de aliviar ese horror, evitando que cualquiera de nosotros llore “por su impotencia, por su espantosa soledad” en ese trance? ¿No será que ante la vida pasada, sea esta como sea que haya sido, no responderemos todos igual que Iván Ilich lo hace al recordar su infancia, una de las pocas épocas de su vida de la que en esa última hora se siente satisfecho, al decir que “el hombre que había vivido esos momentos agradables ya no existía: era como el recuerdo de otra persona”? ¿No es irremediable que todo lo pasado y todos los anhelos, deseos, logros y miserias humanas se nos antojen pequeños y distantes ante esa inmensidad que es nuestra propia desaparición? ¿No es irremediable tratar siempre con la mentira, con el autoengaño, con esa estúpida idea o sentimiento que expresaba nuestro antihéroe: “mi caso es muy distinto: yo soy Vania, Iván Ilich, con todos mis sentimientos y mis pensamientos. No es posible que me esté destinado morir. Sería demasiado horrible… lo habría sabido, una voz interior me lo habría dicho, pero no me ha sucedido nada semejante”? ¿No es incluso esta la estrategia más habitual; esa en la que expresamos y nos expresamos argumentos en favor de la otra vida, de la continuación de esta en otro sitio? ¿Y no es cierto que ese tipo de estrategia no funciona a voluntad? ¿es realmente el problema la vida, o lo es la muerte o quizás lo son ambos? En definitiva ¿no es en el fondo trivial, sin solución quiero decir, todo el asunto, por mucho que nos vaya la muerte en ello? ¿No debiera haber titulado esta reseña de otra forma, quizás LO IMPORTANTE ES TENER SALUD?


P.D. Por cierto, ese tono ligero, que en un principio me sorprendió en Tolstoi y que me hizo llegar a pensar que me iba a encontrar con una tragicomedia (lo que posiblemente hubiera sido la forma más inteligente con la que Tolstoi o cualquier otro puede abordar estos temas); ese escándalo que expresa el enfermo ante el hecho de que la vida siga a su alrededor como si nada estuviera pasando, como si nadie se diera cuenta de que ante sus ojos estaba ocurriendo lo más tremendo que puede pasar desde nuestro punto de vista, la desaparición de uno mismo; ese estupor ante esa “mentira” que el autor recalca hasta la saciedad, esa falta de una verdadera ayuda por parte de todos ellos o, al menos, del consuelo necesario, si es que puede haber consuelo en esos momentos; todo ello, digo, me trajo a la memoria un programa de televisión que de pequeño, de muy pequeño, me impresionó de tal manera que llegó a ser uno de los pocos recuerdos que guardo de tan temprana edad; me refiero a una de esas maravillosas historias que nos contaba Ibáñez Serrador en sus Historias para no dormir -El asfalto- y que de paso os recomiendo encarecidamente a todos.

Escrito por Guille hace mas de un año, Su votacion: 6

ANTE LA CERTEZA DE ELLA
4.33 con 9 votos

Los hombres como Iván Ilich nacen con una vía de hierro trazada de antemano. Si suben al tren de la vida burguesa -según su cuna les espera asientos en primera, segunda o tercera clase- se garantizan una vida cómoda, agradable y decorosa. Sobre todo si no se hacen demasiadas preguntas, pero esto, como sabe Iván, se trabaja para que no afecte al trabajo, a las relaciones públicas ni a la tranquilidad personal. Les prometen una carrera de progreso y éxito con la aprobación de la sociedad. Cuentan con la estabilidad y seguridad de conocer todas las paradas y estaciones de servicio hasta llegar al final, rodeados de médicos y luchando con la muerte. Pero ese destino solo ocurre a los viejos y, siempre está demasiado lejos. Es cierto que aun así hay encrucijadas y siempre puede haber dolorosos accidentes y descarrilamiento con un duro despertar para el buen burgués que vivió como dijeron que debía, es decir, en los límites aceptados para las alegrías y caprichos dentro del deber público y del trabajo; pero estos accidentes también les ocurre siempre a otros, nunca a uno mismo. Incluso si hombres como Iván trataran de hacerlo, fuera del tren y de la estación no alcanzarían a ver qué les espera de abandonar el sendero marcado. Solo podemos fantasear al mirar por la ventanilla. Inestabilidad, libertad, inseguridad, probable fracaso y atractivas promesas que rechazamos por miedo a la incertidumbre. Pero nada es comparable al miedo a la muerte, sobre todo cuando intuimos, inconscientemente, que aún no hemos vivido como debíamos. Ante la dolorosa certeza de la mirada de ella caen todas las máscaras, comienza el juicio y la toma de conciencia.

Con solo 70 páginas, ‘La Muerte de Ivan Ilich’, es una novela corta que entrelaza un excelente análisis psicológico, crítica a la sociedad burguesa e indaga en uno de los problemas más inquietantes de la vida (sobre todo si eres ruso): la muerte.
Puede que, por momentos, la novela parezca demasiado autobiográfica, el estilo demasiado austero o el formato de novela corta, que personalmente no me gusta, falto tanto de la intensidad y concentración del cuento como de la riqueza e inmersión de la novela; pero la capacidad analítica de Tolstoi en todos los aspectos y la medida intención de cada detalle -el capítulo introductorio, la familia, los amigos, Gerasim, la profesión escogida, el accidente en lo alto de la escalera, el vint, etc.- son argumentos suficientes para que hombres como Vladímir Nabókov o Mahatma Gandhi la consideraran la obra más grande de la literatura rusa.

Llega la incurable e indefinible enfermedad. Según avanza y crece el dolor e Iván va perdiendo la esperanza, aceptando su destino, repasando su vida y tomando conciencia de lo que hizo con ella. . Lo que parecía una carrera de éxito resulto ser una piedra rodando hacia el abismo. El juez es procesado y condenado por la muerte, pues no supo vivir en vida. Pero la muerte no existe, y el castigo se vuelve liberación cuando en los últimos minutos Iván comprende y pierde el miedo.
La familia, los burócratas, los médicos y todos quienes se someten a la rutina de una vida agradable y decorosa según los patrones de su sociedad; todos aquellos seres que viven orgullosamente vidas idénticas entre sí en decorosos hogares calcados; todos ellos, son juzgados y condenados ante la cercanía de la muerte. Son condenados como hipócritas que no pueden mirarla a ella de frente, que no saben comportarse ante un moribundo por no poder (¿querer?) comprenderle y por el rechazo natural a una muerte cuyas inquisitivas preguntas les aterra. Para ellos, ante el moribundo, la única pregunta es ¿Cuándo?

“ [Ivan Ilich] Había cambiado mucho y enflaquecido aún más desde la última vez que Pyotr Ivanovích lo había visto; pero, como sucede con todos los muertos, su rostro era más agraciado y, sobre todo, más expresivo de lo que había sido en vida. La expresión de ese rostro quería decir que lo que hubo que hacer quedaba hecho y bien hecho. Por añadidura, ese semblante expresaba un reproche y una advertencia para los vivos. A Pyotr Ivanovich esa advertencia le parecía inoportuna o, por lo menos, inaplicable a él. Y como no se sentía a gusto se santiguó de prisa una vez más, giró sobre los talones y se dirigió a la puerta -demasiado a la ligera según él mismo reconocía, y de manera contraria al decoro.”

Escrito por Tharl hace mas de un año, Su votacion: 8