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MIENTRAS AGONIZO

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Portada de MIENTRAS AGONIZO

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Autor: WILLIAM FAULKNER
Título original: As I Lay Dying
ISBN/ASIN: 9788420656571
Género: Ficción literaria
Editorial: ALIANZA
Fecha de publicación: 1930
Fecha de edición: 2004
Número de páginas: 205

Sinopsis:
Addie Bundren, antigua maestra de escuela, yace agonizante mientras sus hijos y su marido aguardan el momento de su muerte y se disponen a cumplir su voluntad de ser enterrada en el cementerio de Jefferson, a más de sesenta kilómetros de distancia, junto a sus antepasados. La narración de las peripecias que corren los pobres e ignorantes miembros de la familia Bundren a lo largo del extraño y accidentado traslado del cadáver en carromato de mulas, da pie a William Faulkner (1897-1962) para levantar en las páginas de Mientras agonizo (1930) una de sus novelas más ricas. Sirviéndose del monólogo interior de los personajes, crea una novela poliédrica que, cual una piedra tallada, va reflejando, según la faceta a través de la cual apreciamos su unidad, los infinitos claroscuros de la naturaleza humana.

 
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SUPERVIVIENTES
5 con 5 votos

“Mi padre decía que el sentido de la vida era prepararse para estar muerto mucho tiempo”. Esta angustiosa afirmación, puesta en boca de Addie en el único e indispensable capítulo que Faulkner le concede a la matriarca del clan Bundren -protagonistas y antagonistas absolutos desde la primera a la última línea de esta obra maestra de incalculable valor literario-, resume todas las miserias que decide atravesar dicha familia en su perverso y fétido viaje en pos de la nada. Cada uno de los hijos de Addie -Cash, Jewel, Darl, Dewey, Vardaman- y aun más su patético marido Ase tienen intransferibles motivos para cargar con el ataúd de la madre y esposa a través del Sur de los Estados Unidos y agonizar a la vez que ella, aunque prácticamente todos ya se estaban pudriendo desde hacía mucho tiempo. Lo más ridículo y absurdo es que ni el más mínimo de esos motivos está movido por un leve atisbo de generosidad y respeto hacia el ser que les dio la vida; cabe pensar con escaso margen de error que incluso ese último deseo de Addie, ser enterrada en Jefferson a insufribles kilómetros de distancia de su hogar, tiene como única inspiración seguir hostigando a Ase hasta después de muerta. Pero Addie, en su extraña bondad y en su sentimiento de culpa, es con todo el miembro más amable y tierno de la familia Bundren; tal vez porque la forma más eficiente para que hablen bien de uno es estar ya descansando en la tumba.

El propio título, “As I Lay Dying”, es toda una declaración de intenciones sobre el trajinar peregrino de esta dolorida familia del sur. Como ya sucediera con El ruido y la furia, Faulkner lo hace recurriendo a un verso de una obra clásica, esta vez a la Odisea de Homero: “mientras moría, con la espada clavada, y ella, la de cara de perro, se apartó de mí y no esperó siquiera, aunque ya bajaba al Hades, a cerrarme los ojos ni juntar mis labios con sus manos”. Sólo que en esta ocasión la Addie agonizante es Agamenón y Ase, metódicamente descrito por Faulkner como el ser con expresión de perro apaleado, su cruel esposa Clitemnestra quien, en el colmo de la indecencia, otorga a la literatura uno de sus más brillantes e inesperados finales cuando aún no ha sido soltada la pala con la que excava la tumba (1).

Las analogías y conexiones entre El ruido y la furia y Mientras agonizo, escritas apenas con un año de espera, son tan notorias que a veces se me hace imposible no pensar en las dos obras como partes de un todo global y que no pueden ser entendidas la una sin la otra. La decadencia del sur y la autodestrucción familiar, tan presentes en toda la obra de Faulkner, cobran en ambas novelas un sentido profundo y metaliterario a través de ese estilo narrativo tan peculiar, complejo y creativo, tan doloroso y marcado por percepciones. Quizá sea un íntimo deseo personal que en nada cuadre con la voluntad del escritor norteamericano, pero se me antoja pensar que, para llegar a la cuadratura del círculo, Faulkner -tal vez influido por su propia experiencia vital- nos entrega un ápice de esperanza decidiendo que la maldad y aburguesada vida de los Compson los convierta en cenizas, mientras que en el otro polo la paciencia y el sacrificio de Addie transforme a los Bundren, una tradicional y sencilla familia del sur, en supervivientes -aunque destrozados- en medio de la tormenta. Puede ser que casi todos sean unos pobres desgraciados hijos de perra (que diría Marzal), pero comprendes tan bien aun sin justificarlos el por qué han llegado a serlo que uno apenas se atreve a ser eco del pensamiento de Addie: “pecado y amor y miedo sólo son sonidos que las personas que nunca pecaron ni amaron ni tuvieron miedo usan para eso que nunca sintieron y no pueden sentir hasta que se olviden de las palabras”. Todos tenemos algo de lo que avergonzarnos sin la necesidad de que surja alguien de la nada, tipo Cora Tull -uno de tantos figurantes que componen este retrato coral-, que nos recuerde, a fuerza de bien y de palabras mal entendidos, nuestro pecado e indignidad. Hasta ganas de tachar sus párrafos me entraban.

Con todo, Mientras agonizo me ha resultado más dúctil dentro de la peculiar idiosincrasia de su autor, digamos. Posiblemente porque el flujo de pensamiento característico en los personajes de Faulkner es menos marcado y sobre todo porque Vardaman, el menor de los Bundren, no es Benji Compson a pesar de sus evidentes similitudes expresivas y de estructura mental y esto hace que la narración avance con más naturalidad y se haga más asequible (el primer capítulo de El ruido y la furia, escrito desde el punto de vista de Benji, discapacitado mental, es de una complejidad casi excesiva). De manera antagónica el personaje más extraño y hasta complejo de entender en Mientras agonizo puede que sea Darl, el hermano inteligente y reflexivo del que resulta infranqueable acertar si es narrador de sí mismo o del propio Faulkner: describe situaciones con una sutileza extraordinaria cuando es probable que ni estuviera presente y en el último capítulo del que es voz la narración sobre sí mismo la realiza en tercera persona. Su tour de force con Jewel a lo largo de toda la novela: hermano malo-predilecto versus hermano bueno-obviado, algo que la madre se siente incapaz de evitar a pesar de la supuesta injusticia del hecho (2), nos transmite con extrema lucidez lo débil de la condición humana y la inoportunidad de cualquier juicio. ¿Qué pretende Darl? ¿destruir el cadáver dañando a su hermano o, desde la única cordura del seno familiar, poner fin a lo absurdo y falso del viaje? Addie opta por Jewel, su particular Dios, con esa ilógica confianza que es blasfemia para los oídos abstrusos de su vecina Cora: “Él es mi cruz y será mi salvación. Me salvará de las aguas y del fuego. Incluso cuando haya soltado mi último suspiro, me salvará”.

Yo sé que opto por los Brunden, con sus incoherencias, mentiras y egoísmos, pues me reconozco a lo largo de mi vida en cada uno de ellos. He sido cruz y salvación, hermano bueno y malo, esposo sacrificado e infiel... pero tan sólo si el mago Faulkner hubiera sido capaz de trasladar a papel mi fluir de pensamiento se me reconocería en la sincera indignidad que Merezco.


***Spoilers (si es que importaran en Faulkner):
(1) “Os presento a Mrs. Bundren”, una frase que destruye lo poco que pudiera haber de sentido en el absurdo viaje como cumplimiento de la voluntad de Addie, la primigenia Señora Bundren.
(2) Jewel, como fruto de la infidelidad de Addie con el reverendo Whitfield, simboliza de algún modo la libertad y felicidad que jamás pudo ni tocar con la punta de los dedos al lado de un esposo celotípico y violento.

Escrito por Poverello hace mas de un año, Su votacion: 10

HEDIONDO PERIPLO
5 con 6 votos

De entre todas mis asignaturas pendientes en esto de la lectura, sobresale una: congraciarme con las novelas de William Faulkner. Es en ese contexto, en el que se debe encuadrar la lectura de esta novela, después de las ácidas experiencias pasadas con EL RUIDO Y LA FURIA, y con ¡ABSALÓN, ABSALÓN!

Decir lo difícil que es leer los libros de William Faulkner, es, como descubrir la pólvora: algo sabido por todo el mundo; o al menos, por la parte del mundo que lo ha intentado; por eso, prefiero dirigirme a los que aún no lo han hecho. No puedo hablar del resto de su obra, pero de entre las tres novelas que conozco, MIENTRAS AGONIZO me parece, con mucho, la más accesible. Se entiende de principio a fin, sin demasiados esfuerzos ni vueltas atrás. La estructura narrativa de la novela, consiste en una sucesión de cincuenta y nueve capítulos, contados alternativamente por los aproximadamente quince personajes que aparecen. Cada vez que un personaje interviene, su nombre aparece al principio del capítulo, así la dificultad habitual de sus novelas se diluye un poco al facilitar este sistema la orientación del lector que, por lo menos, sabe siempre quien es el que habla. La prosa de Faulkner en si misma, no es demasiado complicada; sus frases, no son muy largas aunque la escasez de comas hace difícil a veces captar su sentido. Una de las exigencias que han de superar los diálogos de sus personajes, es reflejar la manera de hablar de las personas de ese mundo particular suyo, integrado básicamente por gente del pueblo llano. Por tanto no deberían, en principio, ser textos de mucha complejidad o elaboración, y si a veces lo son, es precisamente por que la baja extracción social de sus personajes le confiere una simplicidad a su verbo, con la que es difícil expresar bien lo que se quiere decir. No digo que sus personajes se expresen mal por excesivamente rústicos, sino que Faulkner se ve en la tesitura de forzar un poco el lenguaje para hacer ver cómo personas de poca educación, sin salirse de ese papel, pueden manifestarse mediante un discurso enérgico, y transmitir bien las muchas dudas y contradicciones que sufren. Es innegable, que el lector ha de superar un obstáculo leyéndolo; pero éste, no consiste en descifrar palabras o frases incomprensibles, sino en conseguir acomodarse al funcionamiento del monólogo interior que, a veces, desconcierta a un lector que no sabe si lo que lee es diálogo o monólogo ni quien, si es monólogo, es el que está hablando con su propio yo. Es indudable, que reconocer y situar a los personajes constituye uno de los problemas; el otro, tiene que ver con sus cambios de espacio y tiempo sin avisar. Juega sobre todo con la concepción del tiempo a su antojo, de manera que hay que estar despierto y derrochar perspicacia para identificar bien al que habla, y cuando habla.

Pero siéndolo bastante, no son las dificultades técnicas relativas a la lectura, lo más característico de esta novela. La clave, está en la extravagante filiación de sus personajes; son gente salida del mundo rural del Deep South (Sur profundo), de los Estados Unidos. Viven de las labores del campo y su economía apenas les da para salir de la pobreza; son orgullosos y a la vez están dotados de un carácter muy particular suyo; aunque estén atacados por todo tipo de pasiones, las han de ocultar lo mejor que pueden, por que, la sociedad cerrada en la que viven las tolera mal; sin embargo, antes o después, sus desatinos pasionales se les escapan por algún resquicio y pasan a ser del dominio público, lo que no es raro en una comunidad reducida en la que es muy difícil mantener algo en secreto; es gente, decía, que pasa el tiempo debatiéndose, entre adoptar un comportamiento devoto y temeroso del Señor, como predica el pastor y consideran oportuno las asociaciones de damas respetables, o caer en aquellas tendencias primarias del ser humano que arrasan las mentes de los trabajadores poco educados y escasos de medios materiales, llenándolas de deseos impuros, groseros, y casi salvajes. A menudo, son estas últimas inclinaciones las que acaban imponiéndose, convirtiendo sus vidas en un ámbito abominable, en un espacio refractario al espíritu del lector, que sufre viendo como se desenvuelven en medio de la mugre social, moral, o simplemente física, en la que se desarrollan sus vidas. Cuando a esta prole sudista le toca hablar, sobrevienen aquellas contradicciones expresivas que antes indicaba al tener que manejar un lenguaje que ha de ser a la vez rústico pero sonoro, grosero y recio, capaz de expresar lo soez y lo sublime casi simultáneamente; es un reto difícil y Faulkner lo resuelve complicando un poco el lenguaje en busca de ese difícil compromiso.

Me ha interesado bastante una cuestión: la de los móviles que dirigen el comportamiento de los personajes. Cuando la madre muere, toman una decisión drástica; o mejor, el padre, es el que la toma. Empiezas a leer, y piensas: esto debe ser algo así como un homenaje póstumo para con la agonizante. Luego, vas viendo las dificultades; son grandes, pero el traslado sigue adelante. Piensas: le debían tener un enorme cariño y respeto a la madre para arrostrar tales dificultades. Pero si sigues leyendo, ves que no es así; ves, que esta familia es un gallinero; ves, que no se respetan unos a otros; que salen a la luz los conflictos primarios de que hablaba yo antes, y que el proyectado viaje no es sino expresión de la tozudez de un hombre corto de entendederas. Te quedas perplejo. ¿Por qué persisten en luchar contra su escasez de medios, contra los elementos y contra las leyes de la química? ¿Que sentido tiene todo esto? ¿Es la idiosincrasia de estas personas, es su tozudez, es su sentido del deber? Veo una contradicción o una pugna entre dos puntos de vista: uno representado por el talante rudo hasta la brutalidad, que no respeta el deseo póstumo de la madre; es un ámbito familiar incómodo, en el que el cariño no existe; es un ambiente irrespetuoso, en el que sólo es la tozudez del padre la que insiste en ir. Otro punto de vista sería el de personas de caracteres más elevados, más sensibles, que sí querrían ir para cumplir con su madre; el problema es que apenas uno o dos responden un poco a ese perfil. Ganaría pues, el punto de vista de los que se niegan. Pero he aquí, que surgen las inundaciones, e ir se convierte en algo disparatado. Y es entonces cuando estos personajes zafios y groseros, dicen que van como sea, justo cuando una lógica propia de gente sensata aconsejaría desistir. Me parece un mar de contradicciones, y no tengo la clarividencia necesaria para hacer un análisis lúcido de estos comportamientos; solo me queda recurrir a la irracionalidad como motor de sus actos.

Después de todo lo que he dicho, queda claro que sus novelas no son amables, al contrario; son hirientes como bofetadas, contundentes como mazazos, y trágicas como el destino ineludible de algunos de sus personajes. Son, en definitiva, inclementes con el espíritu de un lector que tiene que poseer redaños para disfrutarlas. Yo, no los tengo. Si. No niego que podrían haberme gustado historias de este tipo, forjadas por dramas personales, ¿por que no? La literatura al final, siempre se nutre de conflictos basados en las relaciones sociales. Lo que pasa, es que en esa búsqueda en el fondo del alma humana, William Faulkner va, un paso más allá del último paso que yo daría por territorios tan inhóspitos e intransitables.

He procurado, decir lo que tenía que decir, y como casi siempre sin contar la trama; aunque, puede que aquí me haya excedido en eso. Aún así, añadiré qué, en uno de los cincuenta y nueve capítulos, es Addie, la madre que agoniza (“la mamma morta” de Andrea Chenier, iría aquí muy bien), la que cuenta las cosas que quiere contar, y su testimonio es la manifestación más enérgica, y a la vez emotiva y reveladora, de todas las que aparecen en la novela. Aparte de lo dicho, es un libro que se sigue con facilidad hasta el final, sin perder el interés en ningún instante. ¿Que en ese momento postrero la novela haya gustado, o más aún, haya enamorado?, eso es algo que cada lector descubrirá cuando la lea. En mi caso, ya lo he dicho, a salvo de algunos detalles como el capítulo mencionado y alguno otro aislado, no llego nunca a ese escalón último del enamoramiento. Temo, que la asignatura, que indicaba yo tener como pendiente, quizá la apruebe, pero será con un aprobado raspado. He de afirmar sin titubear, que Faulkner, es mucho Faulkner para mí;

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 7