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MERIDIANO DE SANGRE

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Portada de MERIDIANO DE SANGRE

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Autor: CORMAC McCARTHY
Título original: Blood Meridian or the Evening Redness in the West
ISBN/ASIN: 9788439721222
Género: Terror
Editorial: MONDADORI
Fecha de publicación: 1985
Fecha de edición: 2007
Número de páginas: 327

Sinopsis:
Una impresionante e imaginativa fábula moral acerca de la naturaleza de la violencia y la justicia. Estamos en los territorios de la frontera entre México y USA a mitad del siglo XIX. La autoridades mexicanas y del Estado de Texas forman una expedición paramilitar para acabar con el mayor número de indios posible. Es el llamado Grupo Glanton, que tiene como líder espiritual al llamado juez Holden, un ser violento y cruel: un hombre calvo como una bola de billar, albino, sin barba, sin pestañas ni cejas. Nunca duerme, le gusta bailar y tocar el violín. Viola y asesina niños de ambos sexos y afirma que nunca morirá. En un momento determinado los carniceros de Glanton pasan de asesinar indios y arrancarles la cabellera a exterminar a los mexicanos que les pagaban. Empieza así la ley de la selva total: el terreno moral donde la figura del juez se convierte en una especie de Dios. Además del juez el otro protagonista es el Chico. Al principio de la novela, a sus quince años, recibe un disparo por la espalda pero milagrosamente sobrevive. Participa en la expedición pero en un momento determinado se retira. Muchos años después se enfrenta al juez y este le asesina cuando está desprevenido en el retrete. McCarthy es una de las voces más ásperas y potentes de la narrativa norteamericana actual, una voz que recoge la herencia de William Faulkner.

 
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PROHIBIDO BAILAR
5 con 9 votos

Juro solemnemente sobre la biblia que acompaña -junto a su cuaderno del bien y del mal- el mezquino caminar del juez Holden que, tan siquiera a punta de pistola, recomendaré este libro de una precisión quirúrgica exquisita ni al mismo Satán que se presente, aunque con toda probabilidad compartiera ganas y deshonras Mefistófeles con semejante individuo de medida maldad.

McCarthy no se guarda un as en la manga y ya lo avisa desde el título, de forma mucho más precisa en lo que contacta con el sentido profundo y demencial de la obra en el original inglés: the Evening Redness in the West (Atardecer enrojecido en el Oeste). Porque de eso trata en última instancia esta novela de ingrata digestión y por momentos espesa lectura, de la hermosura infinita que rodea al ser humano en su deambular por el mundo y como la irrupción en dichos parajes del ser supuestamente más inteligente sobre la tierra bestializa y desangra todo lo que toca a imagen del caballo de Atila. Y lo hace por mero placer, por inconsciencia, por antropocentrismo, pues ni en un sólo párrafo o frasecita minúscula de “Meridiano de sangre” se hace la más mínima mención a la venganza, a la necesidad, a la supervivencia... No hay excusas para la brutalidad y no hay motivos para buscar una. Lo explica con pasmosa indiferencia el endiosado/endemoniado juez protagonista: “La ley moral es un invento del género humano para privar de sus derechos al poderoso en favor del débil”. Profética visión de una sociedad enferma que, en sentido inverso a lo que hicieran Thoreau, Tolstoi o Gandhi, recurre a la usurpación de todo y a la denostación de la alteridad.

Alguna importancia habría que concederle al hecho de que la novela parta de un suceso histórico: la contratación de un grupo de asesinos a sueldo, la banda de Glanton, por parte del gobernador de Chihuahua a mediados del siglo XIX con el único fin de masacrar a los indios, pues supone sin duda conceder más ingrata credibilidad al asunto ignominioso de la justificación de la violencia gratuita, pero un asunto curioso y en absoluto banal es que el alterego del juez y personaje del que parte la obra jamás es nombrado en sus más de 300 páginas. Es “el chaval”, un chico, un muchacho, en un viaje iniciático y que, oportunamente invitado en medio del caos, se adapta a lo que le rodea como un parásito con tal de sobrevivir, de igual modo que estamos invitados a hacerlo cada uno de nosotros, poniendo con inasumida complicidad sobre cada línea nuestro nombre de pila. Todo, con la abstrusa opinión de que fuera posible sobrevivir a la maldad sin alejarse de ella.

Y claro, más allá de lo que puedan recordar el argumento y el uso despreciativo de la violencia a los filmes maestros de Sam Peckinpah (muy especialmente su conocida película rompedora de mitos “Grupo salvaje”) y a pesar de que en buena parte de la obra las frases son cortas y austeras lo que, junto a la característica del autor de no definir los diálogos a base de guiones o comillas, hace ágil su lectura, McCarthy no hace migas con nadie con tal de ser minucioso y puntilloso hasta lo agónico en los dos extremos opuestos que desea mostrar con pelos y señales, lo que ha de suponer sin duda alguna un lastre para según qué tipo de lector que se adentre en sus páginas con exceso de docilidad u optimismo. No estriba la concreta dificultad en la metódica descripción de las matanzas y los asesinatos, que con un uso martilleante de oraciones coordinadas y sin renunciar a esparcir sesos, entrañas y miembros amputados crea párrafos de una visceralidad y un desasosiego espeluznantes, sino más notoriamente en el necesario contrapunto de la balanza deteniéndose con una precisión exquisita al comienzo de cada escena en el entorno vital y de hermosura insondable que será transformado en desastre con absoluta inmediatez por el pie del “hombre blanco”. Tampoco ha de resultar banal la falta de aprecio y soberana decrepitud con la que McCarthy describe las ciudades por las que pasa el grupo de Glanton liderados por Holden en claro contrapunto con la sutilidad amorosa con la que aborda los paisajes a los que antes hacíamos alusión.

En fin, que no se la recomiendo a nadie, aunque me pueda parecer imprescindible, como lo es para el juez que sólo quien haya visto la sangre de la guerra y haya vivido en el hoyo pueda bailar como poseído por el diablo después de cometer la más atroz de las tropelías. Por mi parte no sé bailar, y menos ganas me quedaron.

Escrito por Poverello hace mas de un año, Su votacion: 9

NÁUFRAGOS DEL DESIERTO
5 con 5 votos

Tomemos 1833 como punto de partida, año de nacimiento del pálido niño protagonista que agarrándose desesperadamente a las paredes del cuello uterino de su madre consigue salir al exterior estrangulando así la existencia de quien durante nueve meses le incubó en su interior. El padre jamás pronuncia su nombre, ni el mismo se lo ha preguntado nunca, tampoco sabe leer ni escribir… y a los catorce años decide pirarse de casa. A grandes rasgos es en este flash back de inicio de la novela cuando realmente empieza a tejerse su trama argumental y ese ínfimo dato me parece importante de mencionar porque a partir de aquí, 1847, el niño ya es y será para siempre “El Chaval” (al menos hasta que se haga un hombre, pero no adelantemos acontecimientos…); desde este punto de partida, toda la acción transcurrirá en una especie de tiempo lineal sostenido, aunque con muchísimo movimiento en espacio territorial. El chaval empieza a recorrer mundo: Menfis, San Luis, Nueva Orleans, San Antonio… hasta que tropieza con otros dos personajes fundamentales en el transcurso de la historia: El juez Holden (el coronel Kurtz trasladado desde Vietnam al Far West, háganse ustedes una paranoica idea… y aun así deléitense con la sorpresa de que se han quedado cortos de perspectiva) y Toadvine (secundario de lujo y amigo del alma hasta… que el destino los separe). Ellos tres, a su modo y manera, se enrolan en las filas del escuadrón de la muerte que dirige con puño de acero un tal John Joel Glanton, gran estratega que se erige como auténtico protagonista en los dos primeros tercios de narración (quede claro que esta es una opinión muy personal) y cuya misión consiste en exterminar indios de toda tribu y pelaje -excepto los delaware, colaboracionistas, con un terceto de miembros rastreadores entre sus filas- como objetivo prioritario para recaudar gastos de empresa y cobrar recompensas del gobierno mexicano (y por lo bajini del estado de Texas también) por sus cabelleras o cabezas empaladas, pero además a todo aquel pobre diablo que ose interponerse en su demente viaje a ninguna parte; todo ello envuelto en una espiral de violencia que, estoy completamente convencido, va a descabalgar a muchos lectores de la que, por otra parte, me parece la novela de McCarthy más fácil de seguir para el lector común, y eso es una verdadera pena, antes de llegar a ese apoteósico y crepuscular final de trayecto. Danzad o leed, malditos, al son de los tambores de amor y de guerra.

Sería injusto no mencionar en los títulos de crédito a David Brown (¡oye! pon oreja, y no te pierdas el collar que luce el menda en el cuello…), los Jackson (un blanco y un negro que comparten apellido… y no lo pueden soportar) y sobre todo Benjamin Tobin (un cura que cuelga los hábitos para unirse a la banda: la batalla dialéctica con la religión, la justicia y la filosofía como pilares de debate que sostiene con Holden, y el chaval como testigo, es sencillamente memorable). A partir de aquí, el lector puede cabalgar solo, el camino puede que sea largo y sinuoso -23 capítulos distribuidos en casi 400 páginas- pero vale la pena no desfallecer. Además de los lugares citados con anterioridad, incluye otras muchas paradas y fondas: Laredito, Chihuahua, Corralitos, Janos, Gallego, Nacozari, San Bernardino, Yuma, San Diego, Fort Griffin (Texas)… y por supuesto, el inevitable Desierto, puede que el protagonista mayúsculo y absoluto de la novela, no en vano es bajo su influjo donde se suceden la mayoría de sus mejores momentos. Espejismo, espejismo, ¿Quién entre todos los malvados autores es el más guapo o te ha sabido describir mejor?

Ese chaval ya es un hombre y tiene nombre: Cormac McCarthy, 80 años, publicó esta novela con la bolsa becada que cobró en 1985 cuando contaba con 52 muescas en el revolver de la vida, justo antes de su famosa Trilogía de la Frontera (allá llegaremos, amigo) y justo después de “Suttree” (que le costó la friolera de veinte años de gestación). La prosa poética con que envuelve y disfraza la extrema violencia que hace acto de presencia en este “Meridiano de sangre” (puede que la novela más dura –dejaría la etiqueta de ‘gore’ en pañales- que un servidor haya leído jamás) me parece su mejor argumento defensor, un disparo certero en la diana de la inmortalidad.-

*El pesadillesco juez Holden se me ha aparecido esta noche en sueños, cuando aún no se cumple ni una luna desde que cerré la contraportada del libro, me ha despertado acariciándome el pescuezo con una de sus asquerosas manos y me ha susurrado al oído:
-Levántate y escribe la mierda de reseña que baila en tu mente, chaval… o calla para siempre.

Escrito por Krust hace mas de un año, Su votacion: 10