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LA COLMENA

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Portada de LA COLMENA

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Autor: CAMILO JOSÉ CELA
ISBN/ASIN: 9788467023213
Género: Literatura contemporánea
Editorial: DESTINO
Fecha de publicación: 1951
Fecha de edición: 2007
Número de páginas: 264

Sinopsis:
La colmena, seguramente la obra más valiosa de Camilo José Cela, es un testimonio fiel de la vida cotidiana en las calles, cafés y alcobas de aquel Madrid de 1943, pero es también una amarga crónica existencial. Un aire de rutina y fatalidad ha invadido la conciencia de las gentes. Todos creen que las cosas pasan porque sí y que nada tiene remedio. Entre la abigarrada multitud se oye el solitario zumbido de muchos seres confusos y a la deriva. Como es habitual en su obra, Cela presenta la vida española sin piedad, con agria ironía y humorismo atroz. Sin embargo, de vez en cuando, un soplo compasivo alivia la áspera y dolorida realidad. Eduardo Alonso, que ha preparado esta edición, es novelista y profesor de literatura.

 
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EL CAFÉ DE DOÑA ROSA
5 con 3 votos

La acción de “La colmena” transcurre en diciembre de1943, si bien Cela la escribe entre los años 45 y 50, para finalmente publicarla en Buenos Aires en el año 51. Era su segundo título tras el éxito en 1942 de “La familia de Pascual Duarte”. Son fechas críticas para los españoles, que condicionan el carácter de unos episodios, que, sólo diez o quince años después, no hubieran sido ya iguales. El libro narra una sucesión de historias cruzadas en las que, en sólo dos días, aparecen muchísimos personajes pero, de todos ellos, sólo me referiré a doña Rosa, que está ya nombrada en el título de la reseña y que, además, es la anfitriona.
Leemos, pasan las páginas, y empezamos a reflexionar: ¿cómo son todas estas vidas marcadas por la depresión de la posguerra y por un entorno social envolvente y opresivo?: Son vidas a las que la fatalidad ha abocado a sufrir, además de tristeza y amargura, una conjunción de cansancio y desánimo, que la prolongación en el tiempo de las circunstancias convierte en vulgar rutina, en desaliento, y en resignación. En tales situaciones, uno espera encontrar personajes inimaginables, esquinados, extravagantes, insólitos, y eso es lo que ocurre en el café de doña Rosa. Sin embargo, al fijarse en ellos, se ve que detrás de su existencia hay algo, que intentaré explicar, que va mucho más allá de aquellas duras circunstancias y que, me parece a mí, obedece a otras causas.
La mayoría de personajes que se van incorporando a la trama, pertenecen a una clase social desfavorecida o muy desfavorecida y en muy pocos casos a una clase social acomodada. Téngase en cuenta que todo empieza entre las mesas del café de doña Rosa, en el que los clientes suelen consumir un café con leche y, todo lo más, un suizo. Muchos son personas sin ocupación fija, otros no tienen ocupación, y algunos son los propios camareros del café; pero casi todos comparten una economía estricta, están siempre sin blanca, y así se entiende que acudan allí a echar la tarde, aceptablemente acomodados, sin pasar frío, gastando poco, y en un ambiente distraído. Las ocupaciones habituales de los que la tienen, son variadas y bordean lo que hoy llamamos economía sumergida, a menudo no son empleos normales sino insólitos modos de ganarse unos cuartos, los necesarios para ir tirando. Entre las mujeres, las jóvenes buscan descaradamente novio, las maduras se juntan con las amigas de tertulia, las más atrevidas recurren a la picaresca para encontrar a alguien que las mantenga, y a las más desesperadas sólo les queda un último y vergonzante recurso. Muchos sufren humillación por razones laborales, domésticas, o afectivas, ejercidas por personas con más dinero, fuerza, o influencia, que desde su posición de ventaja aprovechan su debilidad para extorsionarlos y sacarles dinero, trabajo de balde, o favores sexuales. Todos ellos representan la parte más vulnerable de lo que podríamos definir como una depauperada clase media urbana, machacada por la economía de la posguerra. Naturalmente, todo esto son generalizaciones que marcan la tónica más repetida entre una maraña de situaciones varias. Hay alguna excepción que rompe el monopolio de ruindad general, pero son pocos los casos que escapan a esa norma; nuestro autor demuestra que las debilidades humanas le interesan más que la bondad de la gente.
Según progresa la novela, la narración sale del café de doña Rosa para poder recabar más datos de los protagonistas, profundizando en sus penurias mientras deambulan por la urbe y su actividad adquiere dinamismo. No todos los personajes están en situación de pobreza severa, algunos no viven mal, y no pasan hambre, ni frío, ni otras privaciones, pero su presencia se explica porque sus penurias son morales, como estupidez congénita, o miserias del espíritu derivadas del papanatismo oficial imperante, no sólo en lo político, también en lo religioso y en las costumbres sociales. Cuando surgen los asuntos amorosos, ya sea amor verdadero, o simulado, libre o bendecido, y, casi siempre, clandestino, se ve que don Camilo está en su salsa, se nota que disfruta aportando abundancia de detalles chuscos y divertidos, mientras nuestros personajes se refugian en los rincones más peregrinos, sórdidos, o innobles, que uno pueda imaginar, siempre guiados por una actitud pícara que aviva el entendimiento y provee recursos sorprendentes. Luego prosiguen las peripecias mañaneras de nuestros protagonistas, hasta que todos van retornando al café de doña Rosa, en donde se renuevan los episodios de chufla, choteo y humillación con que empezaron las historias.
No hay que decir, se presupone por lo anterior, que son historias leves que muestran instantáneas puntuales de sus vidas y que, en la mayoría de casos, son las más corrientes y cotidianas, y esas historias constituyen la materia con la que Cela construye su novela, que es como un variado mosaico de personajes en el que cada cual cuenta su problema. Todos ellos juntos, como en una orla colegial, componen una foto fija en la que, al modo de los añejos retratos de estudio, queda plasmada la patética autenticidad de sus tramas, pequeñas, plurales, y vigorosas, con un poder de seducción que les confiere intensidad y brillo, y con unas enormes dosis de fuerza y carácter, que Cela sabe inocular en sus personajes hasta convertir sus argumentos en abrumadores retratos individuales. Ese podría ser el compendio de los atributos y la singularidad de una foto fija que identificase a “La colmena”, novela que, ni es muy larga, ni es muy compleja, y cuya trama es, estructuralmente, sencilla. No la calificaría como una gran novela, pero sí diría, que obtiene un óptimo aprovechamiento de las bazas, limitadas, que maneja su autor.
Su estructura, dispersa y fraccionada, dificulta hacer una crónica a escala reducida de la trama, por lo que voy a desviar el contenido de la reseña hacia un tema colateral que me ha interesado y que denomino como sigue: “De cómo Cela concibe sus personajes” tema que veo aquí apropiado por tener condición de novela superpoblada. Todo surge desde que se empieza la novela y se detecta algo extraño y que llama la atención. Surgen, uno tras otro, tipos estrafalarios, o muy peculiares, que son presentados por el autor como si sus rarezas fueran la inevitable consecuencia de una dura posguerra; son personajes que muestran conductas o trazos tan exagerados, que delatan un origen exógeno, ajeno a cualquier café, bar, o cualquier otra procedencia que no sea la imaginación de su autor, y sus rasgos son tan próximos a la caricatura malintencionada, que hacen pensar que el autor los castiga, configurándolos a su libre albedrío, y achacándoles características físicas y psíquicas en virtud de criterios caprichosos y malévolos en exceso.
Bueno, se dirá, y ¿qué tiene eso de criticable?: en principio nada, al contrario, que los personajes tengan carácter y personalidad de sobra, es bueno y muestra la imaginación que Cela aporta para crearlos y eso, lógicamente, no se lo niego. Pero el problema es otro. En épocas mucho más recientes, y ya con los modernos medios de comunicación desplegados, Cela se prodiga en ilimitadas apariciones televisivas. Se diría que gusta de exhibir su persona a los demás, o lo que es lo mismo, se diría que está ansioso por convertirse él también en personaje, como si hubiera salido de repente de cualquiera de sus libros. Esa estrategia le saca del terreno de su lícita privacidad y le introduce en el espacio público que constituye toda obra literaria, por su propia naturaleza y, ello, sin privarse de su estilo preferido, directo, a las claras, sin tapujos, con aquella pose de incontinencia verbal superlativa, que paseaba con altivez y descaro ante cámaras y micrófonos.
Y concretamente en las cien primeras páginas de “La colmena”, en las que describe a la mayoría de sus personajes, se nota demasiado la manipulación de Camilo José Cela, no el magnífico escritor, sino aquel personaje, público en exceso, que manifestaba continuamente su particular idiosincrasia sin que nadie se la reclamase, y que ponía en sus novelas extraños personajes extraídos de su, a veces, esperpéntica imaginación. Son personajes al gusto de aquel hombre orgulloso, soberbio, que presumía de no morderse la lengua y, lo que es peor, que peroraba como si se considerase en posesión de la última verdad revelada. El caso es que en todo esto hay algo perturbador para la novela, y para sus personajes de los que se entienden sus tribulaciones, pobreza, miseria, o humillación, pero se entienden menos, las extrañas lacras morales o físicas que los atenazan, hasta extremos ajenos a toda lógica literaria, y cuyo origen no es otro que la mala leche de su creador.
Recuerdo que en “Niebla”, Miguel de Unamuno charlaba amigablemente con Augusto, su protagonista, que a veces le solicitaba como favor personal que mejorase su imagen en la novela; incluso, debatían ambos, relajadamente, sobre la conveniencia de cambiar algunos detalles. Si los personajes de “La colmena” hubiesen podido hacer lo mismo, se habrían constituido rápidamente en comisión (porque son muchos), para ir a visitar a don Camilo e insinuarle su malestar por la saña, al borde de lo escatológico, con que los trata, y solicitarle una dignificación de sus respectivas reputaciones.
Véase, en relación con esto, el siguiente detalle; en la película de Mario Camus “La colmena”, María Luisa Ponte era una doña Rosa muy ajustada a la idea que la novela da de ella. Entonces, aceptando como buena aquella recreación de la estúpida e intransigente dueña del café, e invirtiendo el razonamiento, yo me pregunto: si, partiendo de aquella película, quisiéramos reescribir el relato devolviendo a la doña Rosa fílmica (Mª Luisa Ponte) al papel, ¿sería necesario describirla con la saña con que Cela lo hace?, véase como la describe él en la novela:

“Doña Rosa tiene la cara llena de manchas, parece que está mudando siempre la piel como un lagarto. Cuando está pensativa, se distrae y saca virutas de la cara, largas a veces como tiras de serpentinas. Después vuelve a la realidad y se pasea otra vez, para arriba y para abajo, sonriendo a los clientes, a los que odia en el fondo, con sus dientecillos renegridos, llenos de basura.”

Este párrafo viene de perlas para divulgar la magnífica forma de escribir de su autor, pero, también, para hacer ver la “mala baba” que yo le achaco. Claro que siempre habrá quien diga, que por qué no puede haber una señora así, en una novela, o en la realidad. Bueno. Naturalmente, podría haberla, es obvio; pero aquí lo llamativo es que doña Rosa no representa un caso único, hay muchos otros parecidos en la novela, y al apreciar una reiteración de ciertos personajes y ciertos detalles, uno empieza a mosquearse y a sospechar otras cosas; es como detectar una especie de “teoría de la conspiración” a escala literaria. Entiéndaseme, al esgrimir estos argumentos no estoy tratando de decir que la novela no valga nada, ni que su autor sea un merluzo. Nada más lejos de mi opinión. Es más, muchos lectores considerarán la novela buenísima y su trabajo como escritor excelente, y puede, incluso, que los excesos que a mí me lo parecen y que estoy criticando, estén entre las cosas que más les hayan gustado. Ello es perfectamente posible, porque es una cuestión de personalidades y, por tanto, de gustos y de cómo afectan éstos a la obra literaria. La personalidad de Cela fue desbordante, y a la vez, invasiva y abrumadora, y conmigo no casaba, pero, al margen de eso, la importancia reside en su obra y en ésta, concrétamente, yo aprecio ese efecto y no para bien. Creo que penaliza un poco la valoración de la novela, aunque me apresure a decir que eso no nubla mis entendederas, ni me lleva a dejar de considerar que la suya es una buena novela y que su trabajo como escritor es magnífico.
En este tramo final de la reseña hablaré del lenguaje que utiliza Cela en “La colmena”. Me recuerda el caso de “El Jarama”, no porque se parezcan los diálogos en una y otra novela, que no se parecen, sino porque, igual que aquella novela reflejaba magníficamente el habla popular de algunos grupos de jóvenes de la época, “La colmena” refleja magníficamente, también, la manera de hablar de las clases populares en la posguerra, me la recuerda por eso, por su enorme arraigo popular. Como es lógico, tratándose de diálogos de café, contienen continuas incorrecciones gramaticales o sintácticas, propias del lenguaje coloquial y vulgar de personas de poca formación. Esto es normal y no molesta mientras se tome como lo que es; sería absurdo y ridículo, que los parlamentos de estas personas contuviesen una sintaxis perfecta. Sin embargo, tengo mis dudas en lo que se refiere al estilo que utiliza el narrador. La novela nos llega con la palabra de un narrador omnisciente que, sin embargo, no lo aparenta demasiado por adoptar un lenguaje muy a ras del suelo, formalmente muy próximo al de cualquiera de los personajes. Pareciera que el narrador no fuese sólo un ser idealizado que todo lo sabe sobre los personajes, sino, además, que se expresara como ellos, que fuera, incluso, uno de ellos, lo que, a veces, resulta chocante. Pero al margen de ese efecto, que no defecto, hay algunos ejemplos que me sorprenden, como aquello de: “Tenía ya trescientos y pico de versos…” que a mí me suena más que raro, aunque no sea incorrecto. “Tenía ya trescientos y pico versos…” me suena mejor. Y lo de: “Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero”, que figura en el segundo renglón de la primera página, no deja tampoco de sonarme extraño. ¿Tropezando a los clientes? Yo siempre creí que uno va por ahí: tropezando “con” la gente, y no “a” la gente, sobre todo si el tropiezo contiene contacto físico, que es el caso, porque tropieza con su trasero; sonaría mejor ese “a la gente” si el tropiezo tuviese el sentido de encontrarse inopinadamente con alguien (“me tropecé a fulano”), pero no parece ser este el caso. En fin, tiendo a creer que debe ser correcto, porque si no, no llevaría ahí, en la primera página de la novela sesenta y cinco años; pero raro, lo que se dice raro, lo es un rato.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 7

BUENA NOVELA, EXCELENTE PELÍCULA
4 con 6 votos

La novela se estructura en pequeños episodios, generalmente leves anécdotas protagonizado por un conjunto muy amplio de personajes (alguien se entretuvo en contarlos y llego a la conclusión de que pululan en la novela unos 300).

En la mayor parte de los casos, la anécdota argumental es mínima, son breves diálogos entre personajes que, una vez que “hablan”, Cela decide prescindir de ellos en el resto de la novela. No obstante, existen varias líneas argumentales principales (entre la que quizás cabe destacar como más extensa la que deriva de la muerte de la madre de “la fotógrafa” y (calculo) unos 30 personajes que tienen cierto protagonismo sobre el resto. Esto confiere a la novela cierta organización en el caos aparente que podría derivarse de tal profusión de personajes.

Colabora en esa sensación de estructura bien definido el hecho de que muchos de los episodios de desarrollen en un centro “geográfico” concreto como el café de Doña Rosa o el burdel, por citar algunos.

No obstante, aconsejo leer la novela con cierta continuidad pues, de otro modo, es bastante fácil perderse (como a un servidor le ha pasado)al recordar incluso a los personajes que protagonizan las historias principales.

Sin duda, lo que más me ha gustado de la novela es la brillante forma de dialogar: esos diálogos breves y certeros revelan a un minucioso observador del lenguaje popular y coloquial transmitiendo una sensación total de verosimilitud. Esos personajes son reales, “demasiado reales”.

La novela editada en Argentina en 1951 no se pudo publicar en España hasta 1.963, dada las numerosas referencias de carácter sexual, especialmente las relaciones homosexuales y la naturalidad con la que describe el mundo de los prostíbulos.

En los años 80, ese genio de las adaptaciones literarias llamado Mario Camus (“Los santos inocentes”, “La regenta”, “La casa de Bernarda Alba”, entre otras) llevó a la pantalla la novela, respetando gran parte de la obra (el propio Cela, personaje difícil, se mostró contento con la adaptación) pero incorporando otros episodios que no están en la novela pero que rematan el resultado final convirtiéndola en una autentica Obra Maestra de nuestro cine. Para mí, en esa siempre discutible comparación que se hace, es bastante superior la película a la novela.

Creo que en los últimos años se ha olvidado bastante a este escritor. Sus últimos y frecuentes exabruptos de todo tipo (recuerdo uno especialmente hiriente sobre los jubilados) quizá perjudicaron su prestigio de novelista, tornándole en un personaje antipático, polémico, molesto y excéntrico, lo cual ha podido producir injustos efectos colaterales perjudiciales en la valoración de su obra. Otro gran escritor, Fernando Fernán Gómez siguió en sus últimos años semejante estela con algún episodio sonado lamentable (“a la mierda”....!!!)

En la novela, hay también algún rastro de este tipo de exabruptos a los que luego se abonaría Cela con entusiasmo en los últimos años. Transcribo este pasaje gratuitamente hiriente y despectivo hacia las mujeres(Pág. 174 edición Espasa 1.999:

“La alcoba de la señorita Elvira huele a ropa usada y a mujer: las mujeres no huelen a perfume, huelen a pescado rancio” (sic)

En resumen, buena novela superada por su traducción cinematográfica.

Escrito por Alvaro03 hace mas de un año, Su votacion: 7

BIENVENIDOS A LA COLMENA
3.5 con 6 votos

Si eres de los que en ocasiones no puedes evitar escuchar las conversaciones que se suceden durante los viajes en autobús, te quedas perplejo mirando a grupos de gente pasar por la calle o simplemente eres de los que te gusta escuchar historias de la vida cotidiana, este, sin duda, es tú libro.

La Colmena es un tour, por el Madrid de 1942-43, donde a través de visitas a ilustres lugares como el Café de Doña Rosa, algún que otro burdel o algunos domicilio; y guiados por un sinfín de personajes cuyas vidas no pasan de la más absoluta mediocridad, que afrontan el día a día como pueden, resignados a la realidad que les ha tocado vivir y en los que impera, en la mayoría de casos, una absoluta apatía; damos cuenta de la realidad social del momento.

Estas personas, esos guías de nuestro particular tour, son las “abejas” que configuran esa “colmena” llamada Madrid, reflejo de una España urbana en horas bajas (la España rural estaba todavía peor, pero eso no nos concierne comentar aquí). Una España de crisis económica, de cartillas de racionamiento, de estraperlo, de durísima represión política, de censura, de fascismo…en fin, de franquismo.

Todo ello hace de La Colmena, bajo mi punto de vista, una excepcional novela, en la que se disfruta sabiendo de la vida de personas tan convencionales y, a la vez, tan reales que al ser descritos dan la impresión de poder ser cualquier persona que te cruzas en la calle pues, he de añadir, que aunque políticamente hayamos evolucionado, socialmente seguimos anclados en la misma realidad de la novela, en la que solo cuando se leen profesiones como la de sereno u organizaciones como el Movimiento Nacional se nos traslada de nuevo al siglo XXI.

Por todo ello, invito a leer esta novela de la cual que espero que, igual que a mí, no defraude a nadie.

Escrito por david hace mas de un año, Su votacion: 8

SOBREVALORADO
1 con 2 votos

Después de haber leído "La familia de Pascual Duarte", cogí con ganas "La colmena"; además había oído hablar muy bien del libro. Pero me ha parecido algo tedioso y ligeramente aburrido. No me ha acabado de gustar, quizás por la forma en que está escrito o simplemente por el desarrollo de la caótica historia de sus abejas protagonistas.

He de reconocer que el libro no es malo, pero tampoco es tan bueno, a mi parecer, como dicen. Le considero sobrevalorado.

Escrito por auragris hace mas de un año, Su votacion: 5