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LA BUSCA (LA LUCHA POR LA VIDA#1)

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Portada de LA BUSCA (LA LUCHA POR LA VIDA#1)

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Autor: PÍO BAROJA
ISBN/ASIN: 9788420658810
Género: Literatura contemporánea
Editorial: ALIANZA
Fecha de publicación: 1904
Fecha de edición: 2005
Número de páginas: 272
Saga: LA LUCHA POR LA VIDA (1)

Sinopsis:
Integrante de la trilogía «La lucha por la vida» –ciclo que, pese a narrar de forma unitaria la adolescencia y juventud de su protagonista en el Madrid hormigueante del tránsito entre los siglos XIX y XX, admite sin problema la lectura independiente de cada una de sus partes–, LA BUSCA es la primera novela de la serie. En ella, Pío Baroja narra la llegada a Madrid de Manuel Alcázar desde el medio rural, sus diversos trabajos y sus tímidas incursiones en el camino de la delincuencia, mezclado con gente de vida oscura, pícaros y hampones, en pugna con sus aspiraciones a una vida decorosa. La presente edición viene precedida de un esclarecedor prólogo a cargo de Ricardo Senabre.

 
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LA LUCHA POR SOBREVIVIR
5 con 5 votos

“La busca” es la primera novela de la trilogía “La lucha por la vida”, y personalmente es la segunda novela del escritor vasco que tengo a bien “echarme al coleto”, tras la magnífica “El árbol de la ciencia”. Una trama con claroscuros donde la existencia es una cruenta lucha, como señala el título “darwiniano” de la saga. Conseguir comida y poder alimentarse (bien o mal, mucho o poco) y lo que ello conlleva o arrastra es “el pan nuestro de cada día” de una muchedumbre variopinta.

Antes de seguir comentando el escrito glosaré la edición que he elegido: el volumen de la editorial, hasta ahora desconocida por mí, Caro Raggio. Un tomo realmente curioso que se puede tildar de “familiar”. La editorial fue fundada en los años 20 por su cuñado, y el libro se compone del texto de Pío ilustrado con una serie de dibujos realizada ex profeso por su hermano, el pintor Ricardo Baroja, y como proemio una breve e interesante introducción del sobrino de ambos, el antropólogo y ensayista Julio Caro Baroja. El prólogo nos pone en antecedentes sobre la vida madrileña del autor, conocedor de la capital, de sus gentes más desfavorecidas e incluso las cuestiones laborales de la época, no en vano regentó una panadería (unos de los escenarios de la novela). Se comenta sus gustos literarios, como los folletines de Sue o lecturas más ilustres como las novelas de Balzac. Además de otros aspectos, Julio Caro Baroja subraya que “La busca” no es la novela típica de escritores sociales al estilo de Gorki, es más bien una narración “documental” con características de objetividad, frialdad y sin caer en sentimentalismos (esta frialdad, casualidad o causalidad, ya lo lleva en el apellido: Baroja en eusquera significa rio frío o valle frío). Reflexión acertada y que, a priori, me suscitó buenas premoniciones lectoras; sin embargo, después de la lectura, lo que con antelación parece una virtud ahí reside uno de sus defectos.

“La busca” es una obra realista divida en 3 partes con desigualdad en extensión y capítulos. En la breve primera parte, posiblemente la mejor ya que consigue atrapar la atención del lector, se hace un detallado retrato del Madrid de principios de siglo, básicamente sobre ambientes humildes que se acentuarán en las 2 siguientes etapas. Manuel, el joven protagonista, será los ojos del autor y se convertirá en una especie de crónica-documento de la ciudad. La acción comienza en la típica pensión donde conviven las más dispares personalidades: estudiantes, curas, prostitutas, buscavidas, fisgonas, maledicentes, etc. Singular lugar (tan bien aprovechado literariamente) donde se dan un sinfín de intereses, amoríos, intrigas y confabulaciones.
Tras este corto periodo, entra en el mundo laboral o, mejor dicho, consigue un “curro precario”. Una zapatería, propiedad de unos parientes, donde trabará conocimiento con su primo que será la llave para el descubrimiento de los barrios bajos, la criminalidad y las tascas con personajes estrafalarios y de baja estofa. El novelista refleja perfectamente esta chusma, no sólo físicamente (taras, enfermedades y maneras), sino también el lenguaje o jerga que los identifica. El humor, presente en la primera parte y al inicio de ésta, se va diluyendo conforme avanzan las aventuras (o desventuras) de Miguel; una actitud más acorde con el tono trágico y pesimista de la historia. Lo que si continúa, de forma exhaustiva y excelente, son las variadas descripciones, desde edificios deteriorados hasta atmósferas saturadas de podredumbre y miseria. Es un Madrid destartalado, sucio y con espacios malolientes, incluyendo los yermos cuadros campestres.
En la última parte el foco se centra en esta clase de microcosmos con sus estrambóticas figuras. Se ponen de manifiesto la moral laxa, los móviles egoístas, las acciones vulgares y la maldad acompañada con la omnipresente y atroz violencia. La hegemonía de la fuerza bruta y su “razón” (instintos bajos y básicos) anteponiéndose a otro tipo de consideración, es el principio por el cual se rige esta vida: es barato morir, trabajando o no; las relaciones de pareja o las pasiones son tortuosas, pues el amor es indisoluble con los celos y amargura; la mujer es siempre menospreciada y ella se reafirma con perversidad; el sexo es precoz y la prostitución una cosa cotidiana; el alcohol y los vicios son los elementos comunes a todos; la amistad se mide por el interés; y el compañerismo se ve con recelo.
Baroja ha dividido la vida (existencia-subsistencia) madrileña en 2 mundos paralelos (casi igual de míseros) pero interrelacionados: de un lado habitan la vida diurna, la sociedad urbana, la actividad serena y el esfuerzo de los trabajadores; y de la otra parte están la vida nocturna, los suburbios, la brusquedad y la actividad febril de los delincuentes. El protagonista, desde el inicio hasta el mismo final, se encuentra en un dilema moral entre elegir un camino u otro.

Novela escrita con un estilo sencillo, claro, ritmo ágil con abundantes diálogos y, como apunto al principio, de una forma atractiva. Configurado con un diseño “aséptico” dibuja la difícil situación de la capital de los primeros años del siglo XX, sin detenerse en buscar o indicar las causas (sociales o políticas) y culpables de la realidad. Baroja no cae en el error de tomar partido e inculpar (como el ínclito Galdós), ni siquiera se ampara en fórmulas naturalistas y maniqueas. En este sentido la narración es perfecta, no obstante, y según mi impresión, la novela adolece de varios momentos lánguidos y esa falta de vigor en expresar emociones pasa factura; todo ello debido a la pasividad y la apatía de carácter de la figura principal que está en perfecta sintonía y concordancia con la imparcialidad de la historia.
La trilogía fue escrita en el mismo año, 1904, y “La busca” tiene el suficiente aliciente para seguir con la serie. Continúa el ojo crítico de Baroja narrando las peripecias de Manuel que se adentra más en los mismos ambientes sórdidos e indigentes (“Mala hierba”) para culminar en el mundo obrero y entornos anarquistas (“Aurora roja”).

Escrito por FAUSTO hace mas de un año, Su votacion: 7

GENTES DE MAL VIVIR
5 con 4 votos

Ambientada en el Madrid de los años finales del siglo XIX, «La busca» es la primera novela de la trilogía: «La lucha por la vida», completada después con «Mala hierba» y «Aurora roja». Con ella, Baroja se propuso sacar a la luz la atmósfera que se vivía en los barrios más deprimidos, adoptando para ello un estilo duro y descarnado.
Formalmente, la novela tiene unas características extremadamente simples. Cuenta la adolescencia de Manuel, el hijo de una viuda que trabaja como cocinera en una pensión, durante los tres o cuatro años que transcurren, desde que viene del pueblo hasta que se convierte en un adolescente que deja atrás la pubertad. Baroja lo trasmite de manera deshilvanada, sin que lo que pasa en cada capítulo guarde relación con lo que pasa en otros, como si los capítulos fueran pequeños episodios independientes; la única conexión entre ellos, es la presencia de Manuel y de algún otro personaje que vuelve a aparecer de vez en cuando. Así se mantiene, prácticamente, hasta un final en el que, a punto de liquidar el último capítulo, expone con cuatro frases su tesis, formula sus conclusiones y finiquita la novela.
Conocía las críticas en las que se le achacaba un manejo tosco de la gramática, pero no lo aprecié ni en «Las inquietudes de Santhi Andía», ni en «El árbol de la ciencia»; en realidad algo sí noté, pero tan imperceptible que me parecieron rasgos propios de la manera de hablar el castellano en el Norte. En «La busca» esto cambia, apreciándose incorrecciones sintácticas que, más que molestar, sorprenden. Pero es un defecto fácilmente olvidable, porque su prosa, sencilla a la vez que atractiva, tiene la capacidad de traerse al lector a su terreno para ahí trasmitirle su historia de un modo tal que la siga aunque no quiera. Por lo demás, la utilización de la jerga popular y barriobajera es omnipresente y en ella se mezclan el lenguaje de germanía de rufianes y vagabundos con el habla propia del casticismo madrileñista, tan usada, y tan desgastada, por sainetes y zarzuelas. Julio Caro Baroja, en el prólogo del libro, dice que el autor empieza a escribir desde la trastienda de la panadería Viena Capellanes, heredada por su familia, lo que le ofreció la posibilidad de tratar con el público y poder así conocer bien el lenguaje de la calle.
Baroja, se vuelca en la descripción de los espacios físicos en que se mueven sus personajes; se aprecia, lo mucho que valora que la imagen que se configura en la mente del lector, se corresponda bien con la realidad del escenario. En lo personal, fue un hombre de temperamento escéptico, influido por un ideario nihilista y agnóstico, que no ocultaba, y que deslizó nítidamente a través del protagonista de «El árbol de la ciencia». Tal pesimismo le hizo descreído, y le llevó a acentuar una visión desalentadora de las cosas: las calles embarradas, las corralas insalubres, los solares llenos de basura y suciedad, o las apestosas tascas, focos de alcoholismo y delincuencia, son asunto principal de su descripción y de su denuncia. Se emplea en ello a fondo y con los términos más agresivos para la sensibilidad de un lector que, forzosamente, recibe el mensaje y se pone en situación. Su tono recuerda mucho la complacencia con que Zola, se aplicaba a estos menesteres con su conocida tendencia naturalista.
También menciona Julio Caro, en el prólogo del libro, el desagrado que le produce a su tío ver la condescendencia con que Galdós trata la sociedad de Madrid en «Fortunata y Jacinta»; y al hilo de ello, voy ahora a comparar las clases bajas madrileñas, tal como se reflejan en la novela de Galdós, con las que aparecen en «La busca». Jacinta queda al margen, porque su matrimonio la convierte en rica y le permite vivir holgadamente, pero Fortunata, sobrevive como se lo permite su humilde origen y los demás personajes están en niveles intermedios entre ambas, formando parte de una modesta clase media, en la que se aprecian las limitaciones de acceso al bienestar que padecía aquella burguesía en permanente situación de estrechez. Galdós, fiel a su adscripción realista, describe ese estado de cosas, de manera prolija pero, sin hurgar demasiado en ellas y sin juzgarlas; prefiere que las conclusiones las saque el lector. Consecuentemente en el mundillo de Galdós hay de todo: familias acomodadas que disfrutan sus casas del centro, otras más modestas que viven en los pisos de los ensanches, y las más pobres que sufren las corralas del extrarradio; en ellas, cada cual hace su vida, mejor o peor, y Galdós lo cuenta con estilo característico. En «La busca», sin embargo, el lector encuentra un texto seco y conciso, en el que los personajes visitan poco el centro de la ciudad; el escenario constante es el extrarradio Sur comprendido entre el puente de Segovia, por el Oeste, y la estación de Atocha, por el Este, es decir, el reducto que acoge a los más pobres, ese es el que le interesa a Baroja.
Quien haya vivido, como es mi caso, en el centro de Madrid hace cincuenta años (1964), sabe bien que la línea que forman las calles de Segovia, Magdalena y Atocha, constituía una frontera física que de Oeste a Este separaba la ciudad en dos zonas: al Norte de esa línea el centro y los ensanches, al Sur de esa línea los barrios bajos, sórdidos, y convertidos en terreno controlado por gentes de mal vivir. Todavía en 1964, sesenta años después de la publicación de la novela, si un chico de doce años, como yo, cruzaba aquella frontera, se metía en Lavapiés, en el Rastro, o en las Vistillas, con clara conciencia del riesgo asumido por entrar donde no debía; tal vez exagere algo, porque era una sensación más que un riesgo real, pero puedo asegurar que era una sensación compartida por muchos madrileños.
Hoy, los años han cambiado aquellos barrios; algunos por la llegada de inmigrantes (Lavapiés), otros por pasar a ser objetivo turístico (las Vistillas) y los demás por convertirse en zonas de viviendas de alto precio, como en las rondas de Toledo, de Segovia y de Valencia, que aparecen en la novela como extrarradios enfangados o polvorientos, y que ahora son barrios modernos con pisos caros.
Resumiendo, eran barrios miserables y Baroja ambienta «La busca» en ellos, porque allí vivían los desheredados de la sociedad, lo que en aquellos tiempos era decir, absolutamente desheredados, o sea, miserables. Su esquema incide en que la miseria no era sólo física, también moral, y que las posibilidades reales de caer en la delincuencia, el vagabundeo, o el mal vivir, eran muy altas para cualquier residente por la pésima catadura moral de un alto porcentaje de su población. Allí los chicos caían con facilidad en las malas amistades; las mujeres, jóvenes o adultas, estaban permanentemente tentadas por el recurso a la prostitución; y las tabernas, completaban el panorama llevándolos a todos, hombres y mujeres, por el destructivo camino del alcohol. Con esto, no es que Baroja pretenda decir que todo el mundo allí anduviese en tales términos, pero sí, que todas estas lacras proliferaban, haciendo muy altas las posibilidades de los residentes de caer en ellas. Nada de esto incomoda a Galdós, porque él ubica su novela donde le conviene, en función de la trama que tiene en la cabeza, en los barrios bajos, o en Pontejos (a dos pasos de la Puerta del Sol), donde vive la afortunada y rica Jacinta. A Baroja, en cambio, no le da lo mismo; Baroja sabe lo que se cuece en los barrios bajos, sabe de las penurias que allí se sufren y ello le parece razón más que suficiente para recrear su novela precisamente allí; conoce aquel mundo miserable y no quiere ocultarlo sino airear su sordidez, para que clame al cielo y golpee las conciencias.
El planteamiento barojiano tiene un cariz divulgativo, pero no con ánimo agitador, ni revolucionario, sino de un pesimismo escéptico, que busca llevar a los lectores al convencimiento de que, en condiciones de extrema penuria, el ser humano puede caer en un comportamiento depravado y abyecto, tirando por el camino del vicio, del delito o, en el mejor de los casos de la picaresca, para escapar de su situación. Este es un análisis de la cuestión social, que se aleja de los supuestos marxistas y de sus esquemas basados en la existencia de clases, y se aproxima a un enfoque del comportamiento del hombre como individuo que reacciona con violencia al verse acuciado por un entorno agresivo; es decir, que establece un análisis prácticamente antropológico. Desde tal perspectiva, sus puntos de vista no son considerados subversivos; al revés, es lógico que el poder vea en la novela un enfoque que, simplemente, resalta que la maldad es algo propio de la naturaleza humana y más viejo que la tos.
Por otro lado, la situación del grupo social que vivía en estos barrios era tal, que sus habitantes, con frecuencia, no sólo carecían de escrúpulos o moral sino también de la más mínima conciencia de clase. Por eso decía, que su intención está mucho más próxima al naturalismo que a cualquier intento de agitación proletaria. La trama constantemente se recrea en las penosas y desmoralizadoras vicisitudes que pasa el protagonista, enseñándonos cómo, por mala que sea su situación, al día siguiente empeora y cuando creemos que ya no lo puede hacer más, tozudamente, vuelve a empeorar y así sucesivamente. También lo hace, cuando expone la crueldad inaudita que uno de sus compinches utiliza en sus fechorías, sólo por el puro placer de hacer daño y por si no fuera bastante, jactándose de ello y presumiendo de maldad. En comparación, Manuel, nuestro protagonista, no es perverso; ahora bien, en la práctica, está tan sujeto como el otro, a la ley de la selva. De hecho, el objetivo del novelista al plantear las cosas como lo hace, es preguntarse cómo reaccionará este joven, inquieto y rebelde, aunque sin malos instintos, ante las enormes dificultades con que se tropieza, ante la maldad que ve continuamente a su alrededor y ante la desesperanza que le produce la certeza de que no hay salida a su situación. La duda de cuál será la reacción de un ser humano acuciado y abandonado a su suerte en una sociedad tan despiadada, es la incógnita que se plantea en la novela, y para despejarla no hay más remedio que llevar su lectura hasta el final. Lo que tampoco supone ningún esfuerzo porque, como decía, Baroja lleva suavemente al lector de la mano, mientras lee.
Para finalizar debo decir que he comparado en esta reseña el Madrid que Baroja describe en esta novela, con el que contempla Galdós en la suya, pero la comparación es, únicamente a efectos urbanos y sociológicos. Desde un punto de vista literario la comparación estaría desequilibrada; «Fortunata y Jacinta» y «La Regenta», fueron las mejores novelas españolas de del último cuarto del siglo XIX; «La busca», en cambio, es una novela pequeña, fácil de leer, y muy interesante por el tema que trata, pero muy sencilla desde un punto de vista puramente literario.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 7