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UN HOMBRE QUE DUERME

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Portada de UN HOMBRE QUE DUERME

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Autor: GEORGES PEREC
Título original: Un homme qui dort
ISBN/ASIN: 9788493711061
Género: Literatura contemporánea
Editorial: IMPEDIMENTA
Fecha de publicación: 1967
Fecha de edición: 2009
Número de páginas: 131

Sinopsis:
Impedimenta presenta la nueva traducción de este clásico moderno de Georges Perec que narra la peripecia de un estudiante que el día de sus exámenes de sociología decide no levantarse de la cama, abandonar sus estudios y cortar toda relación con amigos y parientes. Encerrado en sí mismo, en su chambre de bonne donde todo es gris, el estudiante se sumerge en la indiferencia más total hacia el mundo que le rodea. Entonces se dedica a errar por París, a ir al cine, a leer los titulares de los periódicos, pero como lo haría un sonámbulo. Para el estudiante, todo forma parte de una vaga estrategia consistente en evitar los deseos materiales y la ambición, pero también la dependencia que tiene de las cosas materiales, de las que la novela está impregnada, no obstante, hasta límites insospechados. Novela cumbre de la «literatura Bartleby», desde hace años inencontrable en las librerías españolas, constituye una de las cumbres de la narrativa francesa de los setenta, que ahora se recupera en una magistral traducción de Mercedes Cebrián.

 
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“Un hombre que duerme” se abre con una cita de Kafka:

«No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.»

Y este será el camino elegido por nuestro protagonista una vez que, como si de un Gregor Samsa se tratara, se descubre un buen día enfrentado a una terrible verdad, “no sabe vivir, nunca sabrá”.

«¡esta caldera, este horno, esta parrilla que es la vida, estos miles y miles de requerimientos, de provocaciones, de amenazas, de exaltaciones, de desesperaciones, este baño de obligaciones que nunca se acaba, esta eterna máquina de producir, de triturar, de engullir, de superar baches, de volver a empezar de nuevo una y otra vez, este dulce terror que insiste cada día, cada hora de tu ínfima existencia! »

A partir de ese momento epifánico le acompañaremos en sus interminables itinerarios parisinos que le llevarán tediosamente por bares, cines, cafés, verbenas, museos, mercados, bibliotecas, escaparates, parques, siempre sin objetivo o siguiendo su propia sombra o una espalda gris. Persiguiendo un anhelo de serenidad sin hastío ni amargura, utilizará solo las palabras justas y necesarias, no habrá saludos ni disculpas ni relojes ni carcajadas, solo el abandono de fines, de elecciones…

«Caminas o no caminas. Duermes o no duermes. Bajas tus seis pisos, vuelves a subirlos. Compras le Monde o no lo compras. Comes o no comes. Te sientas, te acuestas, te quedas de pie, te deslizas dentro de la sala oscura de un cine. Enciendes un cigarrillo. Cruzas las calles, cruzas el Sena, te detienes, te vas. Juegas al millón o no juegas. »

… de proyectos, de deseos, un dejarse ir sin despechos ni rebeldías. Le veremos durante sus interminables lecturas de Le Monde u observando durante horas una cucharita egipcia en un museo o las figuras que las grietas dibujan en la pared de su habitación o un insecto o una piedra o un árbol, sus raíces, su tronco, su ramaje, sus hojas, cada hoja.

Pero algo no cuadra. Una prosa lírica, bella, va poco a poco contradiciendo en su forma este anhelo de ser piedra, de ser árbol, de ser rata. La voz, en segunda persona y en tiempo presente, con frases muy cortas o muy punteadas, haciendo continuas enumeraciones, va adquiriendo un ritmo, una impaciencia que casa poco o nada con lo que debería ser el estado anímico del protagonista. Una rabia creciente va tiñendo sus reflexiones, un subterráneo enfrentamiento con la vida elegida le va despertando. Nada ha podido evitar que se muerda las uñas, ni que de forma incesante entrelace y desenlace los dedos. Las ratas no buscan conciliar el sueño durante horas. Las ratas no se despiertan sobresaltadas, invadidas por el pánico, empapadas en sudor. Las ratas no sueñan. Por fin, llega el grito: "Deja de hablar como un hombre que sueña. ¡Mira!"

No es esta, como dijo Camus acerca de su novela El extranjero, citada expresamente en el libro, una novela realista ni fantástica. Su protagonista es uno de esos personajes improbables que encarnan una forma de hacer frente a un problema existencial, uno de esos personajes que son la novela. Un Bartleby, que también tiene su propia cita en el relato, sí, pero un Bartleby que aprende, un Bartleby que descubre que esa postura que pretendía ser una victoria de la libertad no era en sí misma más que una rotunda derrota de la vida.

«El mundo no se ha movido y tú no has cambiado. La indiferencia no te ha dejado indiferente. »

No, no es Bartleby, ni tampoco Meursault. No está muerto. No se ha vuelto loco. Todo lo contrario, siente, tiene miedo, sí, pero siente y ya espera, espera "a que la lluvia deje de caer".

Lo que vendrá después…

“Un hombre que duerme” será para mí, por encima de todo, el descubrimiento de un gran escritor que entra con el máximo merecimiento en mi lista de imprescindibles.

Escrito por Guille hace mas de un año, Su votacion: 10