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EL CASTILLO

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Portada de EL CASTILLO

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Autor: FRANZ KAFKA
Título original: Das Schloß
ISBN/ASIN: 9788477024828
Género: Literatura contemporánea
Editorial: VALDEMAR
Fecha de publicación: 1922
Fecha de edición: 2004

Sinopsis:
El castillo es considerada por muchos especialistas de la obra kafkiana como la cúspide literaria del escritor praguense, debido tanto a su complejidad estructural y a su madurez simbólica y metafórica, como a la densidad intelectual de los motivos que la forman. Efectivamente, en El castillo, escrito en la última fase de la vida del autor, cuando la enfermedad progresaba con una desesperante tenacidad, la fuerza expresiva de Kafka alcanza una intensidad inusual, siendo testimonio de la falta de compromisos del autor, de su firme voluntad de enfrentarse a un terrible reto existencial: el «asalto contra la última frontera terrenal», su deseo de ser «final o principio». Esta madurez e intensidad, su extraordinario estilo, el cual, como dijo Hermann Hesse, convierte a Kafka en un rey secreto de la prosa alemana, hacen de la novela El castillo un joven clásico de la literatura universal, un clásico que, como El proceso , ha desencadenado un alud de interpretaciones y comentarios, no sólo literarios, sino filosóficos, teológicos, psicológicos, políticos y sociológicos, demostrando así que ha tocado el nervio de nuestra época.

 
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Quería yo releer a Kafka, un autor al que jamás logré entender, pero que tampoco aborrecí, al contrario, lo leí con facilidad (relativa) pese a no encontrar indicios que me mostrasen su fama de autor imprescindible, lo leí como quien lee el periódico: sin problema; pero, leyendo el periódico uno absorbe información y la almacena (si quiere), mientras que la información que pudiera emanar de Kafka cae en saco roto porque no hay, pese a su prosa pulcra y ordenada, manera de procesarla; así que me seguía repitiendo las mismas preguntas: ¿todo esto para qué, cuál es el objetivo, qué quiere decir?, o bien: ¿tiene algún significado consciente esta enumeración de rarezas, absurdos y esperpentos (lo kafkiano), o son quizá simples elementos constitutivos de un extraño ejercicio práctico de simbolismo? Lo paradójico es que cuando se lee, se entiende —es fácil, por estar muy claramente escrito—, pero pesa demasiado el que no obedezca a la lógica común o que no siga una secuencia razonable; sus densas historias parecen sacadas de un mundo diferente al nuestro, están atiborradas de contenido irracional, y vacías de sentido común, algo que me desconcierta y me hace preguntarme el porqué de su prestigio y de su notable influencia en otros autores, ¿por qué razón se le considera tan importante cuando las sensaciones que transmite son tan raras? Este era y éste es mi problema, y al empezar “El castillo”, las sensaciones se reproducen y mi lectura vuelve a discurrir por itinerarios parecidos a los que discurrió en “El proceso” o “La metamorfosis”: un lenguaje muy claro, una trama que conduce a la nada, y una galopante percepción de frialdad; es decir, un balance insatisfactorio y seguramente muy poco original, porque algo así le debe pasar a mucha gente. La consecuencia es que llevo cincuenta páginas con ésta su mejor novela (supuestamente) y me parece tan extraña y tan falta de sentido que tendré que leer el resto sin ningún interés; por tanto, tiene que haber otra manera de enfrentarse a la obra kafkiana, y debería encontrarla.
En general el estilo literario de Kafka es sencillo: no utiliza recursos complicados ni tiene elementos que personalicen su escritura, lo único, si acaso, que destaca en ese campo, podría ser el deseo de revestir su texto de un carácter analítico, basado en explicaciones continuas, en frases supeditadas a condicionantes, en la extracción de consecuencias dimanadas, en una secuencia de ilaciones que conectan proposiciones y premisas. Claro que, tras varios renglones en este plan, cuesta identificar lo que quiere decir (en ese punto se hace más turbio), pese a seguir con términos muy diáfanos; es como si su fácil manejo de una prosa racional y sencilla, le diera la confianza necesaria para exprimir sus posibilidades dialécticas hasta extremos que, a veces, cuesta seguir. Pero reflexionando sobre esto, concluyo que tampoco hay que obsesionarse en ir tras el autor en esos tramos, por cuanto la comprensión óptima de sus razonamientos no influye demasiado en el balance de su lectura. Las claves de su correcta comprensión no pueden estar sólo en esos circunloquios, tiene que haber otros alicientes aunque yo aún no los haya descubierto, y la pregunta subsiguiente sería: ¿cuál es esa clave y dónde están esos alicientes? Observo a K y reflexiono mientras veo cómo se enreda en una maraña de relaciones con unos y otros en su afán de… ¿de qué?, ¿será esa la pregunta clave?: ¿cuál es su afán?, porque, ésta es la verdadera cuestión, sí supiésemos qué busca, valoraríamos más su actitud y comprenderíamos mejor la razón de toda esta sinrazón, conoceríamos su objetivo, o por decírlo mejor, su intención inmediata (acceder al poder que representa el castillo), pero ¿qué pretende conseguir con ello, cuál es su intención final? Y el lector tiene que reconocer que ignora lo que persigue K; su misión inicial (su tarea como agrimensor), se había ya revelado vacía de contenido, ¿pretende acaso que se le compense el trastorno ocasionado, o el lucro cesante?, o va más allá y lo que persigue es llegar a las altas instancias con alguna pretensión que…, que no acierta uno a comprender.
En mi opinión, el mayor interés de la novela no es seguir al detalle los tumbos que da el protagonista por los entresijos de aquella hermética sociedad centroeuropea, tales bandazos son sólo el instrumento al que Kafka recurre para disponer del material sobre el que desarrollar la gran batalla que libra K en la novela, una batalla protagonizada por el hombre del siglo XIX (el educado culturalmente con los recursos que proveyó la sociedad antigua o decimonónica), cuando hubo de enfrentarse con las nuevas formas de vida que trajo el siglo XX, en particular las que impuso la maquinaria organizativa de un Estado de marcadas tendencias totalitarias, que le descolocaron hasta hacerle sentir oprimido y alienado. Esto no es que lo diga yo, basta con indagar en cualquier documentación sobre el autor buscando el sentido de su particular estilo, para encontrar razones de este tipo. Lo que pasa es que, puesto todo eso aquí en relación con mis dificultades como lector, veo que, efectivamente, esas explicaciones tienen sentido y una confrontación de ese género podría ser el foco de interés principal de la novela, al permitirnos ver a su protagonista en la tesitura (cargada de simbolismos) de tener que revolverse e intentar superar los intrusivos abusos del poder.
Una de las primeras ideas que observa el lector con el avance de la novela, es que K libra esa batalla porque quiere hacerlo, perfectamente podría rehuir o posponer el enfrentamiento, pero no lo hace, él sabe contra quien lucha y no se arruga en el envite. Sin embargo el lector sí lo hace o, cuando menos, se ve afectado por cierta desazón creciente según la narración va desvelando los comportamientos, un tanto idos, de esos extraños individuos que enfocan su propia ubicación a los pies del castillo proyectando sobre éste una mirada compleja, unas veces lo entienden como un poderoso y omnipresente ente arquitectónico, otras como la viva representación del poder, o como un simple instrumento de manipulación administrativa, pero, quizá, mucho más que cualquier otra cosa, puede ser que lo miren como la personificación de sus más íntimos temores, como el lugar donde habitan los demonios con que se ven obligados a convivir, supeditados, como están, a su vecina fortaleza. Esa situación va formando un revoltijo de relaciones entre personajes, algunos chocan con K y otros entre sí, desvelándose historias rancias condicionadas por inquietudes, por prejuicios, por rivalidades, por tensiones arrastradas de atrás, con todos los personajes sujetos a códigos de actuación descabellados y sobre todo sin dejar nunca de mirar de soslayo al castillo. Aquí hago un inciso, para señalar que por diferente a nuestro propio mundo que pueda ser éste que crea Kafka, sus personajes se conducen por la trama con criterios profundamente humanos, sus rarezas o sus comportamientos absurdos no los convierten en una especie de alienígenas, son seres de carne y hueso con defectos y virtudes propios de personas, con la única diferencia, quizá, de que sus características psicológicas, o sus abundantes manías, parecen provenir más de la parte subconciente que de la racional de la mente humana. El resultado es un espacio delimitado, insólito y asfixiante (un mundo diferente de orígenes aparentemente desconocidos), que Kafka crea para el lector y en el que las reglas no son las de costumbre —todo allí es poco convencional— y los personajes razonan a su aire ante la sorpresa del aturdido espectador/lector que, al avanzar en su lectura, empieza a notar un repentino transporte a una extraña atmósfera en la que se siente sumergido y descolocado.
¿Habré bebido, o fumado algo que no debía?, se pregunta.
Para intentar comprender el sistema y los valores que funcionan en el espacio cerrado construido por el autor y en el que sitúa su obra, conviene imaginar el ambiente plástico o estético que se respiraba en los años de Kafka. Su mundo anterior —ese que solemos llamar: el de toda la vida—, se había ido fraguando paulatinamente a lo largo del siglo XIX; los narradores de ese siglo habían explotado convenientemente las fórmulas que, primero el romanticismo y luego el realismo, habían ido propiciando; pero, no sólo los escritores habían asumido esos patrones, también los pintores llevaron su maestría academicista a un momento de agotamiento, y en cuanto a los músicos, otro tanto de lo mismo, el movimiento romántico había conducido a la música a un punto de no retorno. Como consecuencia de ese agotamiento los convencionalismos decimonónicos entran en crisis, y los creadores empiezan a buscar las vías alternativas que necesitan como medio para expresar sus inquietudes. Son los años finales del siglo XIX; los impresionistas dan con una de esas vías y se vuelcan en ella, yo por mi parte no puedo dejar de vincular, irremediablemente, esta vía del impresionismo pictórico con la obra de Marcel Proust (“A la búsqueda del tiempo perdido”), con la música de Gabriel Fauré, de Claude Debussy, o de Eric Satié y con la arquitectura modernista. Fue esa una vía extraordinariamente fecunda, aunque temo, también, que pronto se reveló como una vía muerta por su fatal agotamiento prematuro, sobre todo en música. Pero aquel no era el único camino, hubo otros y agotada la vía impresionista el acercamiento a la abstracción tomó el relevo. Vienen los “ismos”: expresionismo, cubismo, surrealismo, constructivismo, abstracto…, musicalmente, las tendencias contemporáneas siguen caminos aún más ásperos, y citaré sólo los que a mí, en alguna medida, me gustan: Mahler, Stravinski, Bartók o Prokófiev, por ejemplo. En ambos campos, pintura y música, el camino de las vanguardias es especialmente arduo y difícil, no sé si Kafka tiene, en alguna medida, algo que ver con esto último mencionado; yo me limito a expresar, a título particular, el patente paralelismo que encuentro entre la lectura de “El castillo“, y los nuevos criterios estéticos de los primeros años del siglo XX. Claro que los movimientos de arte vanguardista, manejan aspectos formales y estéticos de las cosas y Kafka, en cambio, maneja la propia vida, su desarrollo, las relaciones personales, o la relación con la maquinaria del Estado. Lo cierto es, volviendo al impresionismo, que cuando oigo la música de Fauré y leo simultáneamente las impresiones que transmite Proust de sus paseos por los parajes de Normandía, me siento transportado a un mundo diferente ambientado con perezosas y nostálgicas notas de violonchelo o de piano, mezcladas con pinceladas, luces, y colores propios de Monet, elementos estos que, aunque difieren, por su modernidad, de los tradicionales, a mí me resultan sumamente sugerentes y armoniosos, pero es el caso que los asocio con Proust, y no con Kafka, jamás los asociaría con Kafka, porque la sociedad que frecuenta éste en su novela es mucho más perturbadora y menos cómoda que la impresionista, y su tensión latente me recuerda mucho más la música de Prokófiev (inquietante, como la danza terrible de“Montescos y Capuletos”), o por qué no, “El grito” de Munch, los enigmáticos retratos de Modigliani o también los incomprensibles —entonces— volúmenes característicos de la arquitectura racionalista alemana. Ninguno de estos últimos ejemplos (Kafka, Prokófiev, Munch, Modigliani, la Bauhaus), son tan armoniosos —o tan previsibles— como los del ejemplo impresionista, pero están ahí, exhiben orgullosamente sus propios valores y, por tanto, hay que considerarlos. Obviamente con todas estas elucubraciones, salgo de la propia materia literaria, pero me da igual, porque creo que guardan alguna relación con el asunto del que estoy tratando, que es el entendimiento, o mejor, la asimilación, de la extraña prosa kafkiana.
Y aquí es donde entra en liza el esfuerzo de comprensión que se le reclama al lector, que ha de saber que la obra de Kafka vive unas circunstancias estéticas y sociales especiales, y será difícil explicarse sus tics desquiciados sin aceptar religiosamente esas circunstancias propias de su época. Contribuyen a estas últimas factores varios: el ambiente general de antes y después de la gran guerra, los últimos estertores del Imperio Austrohúngaro, las crisis brutales de la economía en Centroeuropa, el auge del socialismo como sistema que, por primera vez, accede al poder en Rusia…, todos esos cataclismos no se introducen sin más, sino que van acompañados de un escenario de transformaciones (un mundo nuevo), en el que cambia el fondo, pero también las formas, y el escritor sensible, y Kafka lo es, capta perfectamente el nuevo decorado, se incorpora a él, y lo hace derivar hacia donde cree que tiene tendencia a dirigirse. Con todo ese bagaje acumulado, la “lógica especialísima” con la que construye su novela, adquiere repentina carta de naturaleza en sus páginas y si el lector quiere leer sin interrogaciones constantes, habrá de reconocer, asumir y, en definitiva, creerse esos antecedentes que le dan sentido. Si las cosas suceden así, su mente quedará libre y se le facilitará el acceso a los aspectos más puramente novelescos de la trama, podrá entonces empezar a comprender al alcalde (uno de ellos), a su mujer (que hace un barquito de papel con la carta con la que tratan K y su marido), a Frieda (la novia/esposa que se echa sobre la marcha), a la posadera (que le recibe en la cama desde la que controla el trabajo en la cocina), a Jeremías, uno de los ayudantes, a Olga y a sus hermanos y a sus padres, y a los secretarios (uno de ellos charla con K desde su propia cama), incluso a personajes cuyos nombres están en boca de muchos, pero que no llegan nunca a materializarse. Éstos que menciono son sólo algunos de los integrantes de ese ámbito extraño y alucinado, situado por debajo del castillo, en el que no se sabe por qué extraña razón K queda como atrapado, sin ganas de salir corriendo (que es lo que haría cualquier persona sensata que se viese en su situación), a pesar de sospechar que allí no existe promoción posible para él, porque todo está en manos del poder, de ese ente superior que todo lo supervisa, llámese Klamm, llámese “Das Schloß”, o llámese como sea.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 7