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LOS DÍAS FELICES

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Portada de LOS DÍAS FELICES

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Autor: SAMUEL BECKETT
Título original: Happy days
ISBN/ASIN: 9788437608488
Género: Teatro
Editorial: CÁTEDRA
Fecha de publicación: 1960
Fecha de edición: 1989
Número de páginas: 256

Sinopsis:
Una mujer enterrada hasta la cintura –más tarde lo estará hasta el cuello– es despertada por un timbre. A partir de ese momento, y con su marido a un lado, no deja de repetir lo feliz que está. Y lo dice sin ninguna ironía, pues posee la facultad de aprovechar cualquier motivo para no estar ociosa ni un instante.

Fue escrita en inglés y luego traducida al francés por el propio Beckett como "Oh! les beaux jours"

Ficha creada por Nastenka

 
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BECKETT
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Me he dado el gusto de leer con un poco de detenimiento la obra de Beckett, al que hacía muchos años que no frecuentaba y del que guardaba, eso sí, un imborrable recuerdo. Más que a golpe de efemérides (por cierto, hace 60 años que se estrenó Esperando a Godot) suelo hacer repasos de este tipo cuando alguna biografía se cuela por ahí: en este caso, la que el irlandés Anthony Cronin, bastante sugerente, dedicó a su compatriota de perfil de pájaro.

Así que, acabada la biografía, me he puesto con su primera novela publicada, Murphy, que ha resultado ser una más que meritoria primera novela, tan irregular como sugerente. Y luego, su teatro, el que he podido encontrar. Primero, Eleutheria, la obra que nunca estrenó ni publicó en vida, lo primero que escribió en francés, una desconcertante parodia de los dramas burgueses con un protagonista casi del todo beckettiano, quien termina por preferir aislarse en una habitación vacía a todo contacto con familia, novia, amigos o circunstanciales interlocutores (un cristalero entrometido, un espectador inquisitivo que se salta literalmente del palco para increparle) que le instan a definirse. Luego, he releído Esperando a Godot, un logro mayúsculo, sin parangón en el teatro moderno, que me ha sorprendido tanto como la primera vez. Daría un brazo (es un decir) por verla representada en alguno de los montajes que dirigió el mismo Beckett. A continuación, Final de partida, un tanto decepcionante, aunque indudablemente sólida. Y luego saltó la sorpresa, con Los días felices.

La escritura de Beckett es un ejemplo extremo de despojamiento, de eliminar todo lo accesorio, de reproducir la sinrazón de la vida humana con el mínimo de elementos. Cuentan que en la primera versión de Godot el muchacho-recadero llevaba un mensaje escrito del misterioso personaje que retenía junto al árbol solitario a Vladimir y Estragon en su inútil espera; en la versión definitiva, el mensaje desaparece y las dudas sobre su existencia crecen. Así en todo. La trilogía es también significativa: Molloy repta, Malone se limita a esperar la muerte en absoluta quietud y el protagonista de El innombrable es un torso casi irreconocible que vegeta, en medio de interminables soliloquios. Lo mismo pasa en el teatro: si en Eleutheria los personajes van y vienen entre dos escenarios y hablan interminablemente, a veces de cosas banales, en Godot no se separan del sitio (están esperando) aunque, al menos, tienen algún atisbo del resto de la humanidad con la visita repetida, aunque desconcertante, de Gozzo y Lucky y del muchacho mensajero. En Fin de partida el protagonista Hamm se ve reducido a una silla de ruedas, dependiendo en todo de su criado Clov, rodeados por una luz grisácea que bien puede anunciar el fin de todo. Otros dos personajes, los padres de Hamm, viven en el interior de sendos cubos de basura, sacando de vez en cuando la cabeza y farfullando palabras sin sentido. Días felices es aún más drástica, aunque no tanto como otras obras posteriores de Beckett (en “Yo no” en el escenario sólo se ve una boca femenina, fuertemente iluminada, a casi tres metros del suelo, que parlotea incesantemente: la obra, eso sí, es corta, como todas las de la vejez de don Samuel) Cuando accedió a escribir el libreto de una ópera, suministró a los cantantes, siempre deseosos de notoriedad... veinte líneas de texto.

Si he contado todo esto es para situar debidamente Los días felices. Winnie, una mujer de mediana edad, aparece en el primer acto cubierta por un montículo de arena hasta la cintura, con una bolsa (conteniendo una serie de objetos diversos, entre ellos un revólver) y una sombrilla al alcance de la mano. Su ¿marido? Willie se mueve por detrás del montículo y el espectador le ve contadas veces, casi nunca entero, su mano acercando objetos o señalando a su mujer determinadas cosas; sus intervenciones son tan telegráficas como absurdas: lee anuncios por palabras y contesta con monosílabos. Se trata, pues, de un casi monólogo de una mujer, privada misteriosamente de movilidad y, progresivamente, de su memoria, que, pese a lo deshilvanado de su discurso, lleno de citas poéticas y de frases a menudo inconclusas, muestra una extraña entereza, una fuerte personalidad y una incomprensible resistencia a la adversidad (cuya causa nunca se explica, of course) Lo extraño es que Winnie se configure, con tan pocos mimbres, como un personaje fascinante, del que lo ignoramos todos, pero en la que intuimos una vida intensa, mezclándose coraje (organizar su existencia con tan escaso apoyos) y cobardía (manifestando un miedo pánico a quedarse sola), autoindulgencia y sensibilidad, audacia y convencionalismos. Sus frases más repetidas (“abundantes mercedes”, refiriéndose a lo bueno que le deparan sus extraños días, en medio del desierto y de una perpetua luz brillante, punteados por extraños timbres que sustituyen al alba y al ocaso; “el estilo antiguo”, frase siempre acompañada de una sonrisa, rememorando, posiblemente, las cosas, ideas, expresiones y actitudes anteriores a su extraña situación vital) se abren paso en la conciencia del lector, expresando de modo tan mínimo una actitud vital: desde luego, para recordar, como “esperamos a Godot”. El segundo acto es una vuelta de tuerca a una situación que no parece poder avanzar más: Winnie aparece enterrada hasta la cabeza, su memoria se deteriora, vuelven sus fantasmas (atención a la extraña referencia a una posible violación en su infancia) y su miedo a quedarse sola se acentúa. Ya no puede ni manejar las cosas de su bolsa para llenar sus extraños días, ni casi hablar con Willie, ni repetir sus versos favoritos, y sin embargo insiste en su optimista salmodia, desgarradora, conmovedora, extrañamente sincera. En el final Beckett procedió a podar, eliminar toda obviedad, toda evidencia y hay que estar verdaderamente atentos para captar el sentido de las acciones últimas del personaje (y medio) que se afanan por el escenario. La unviersal congoja de Winnie se confunde ya, a esas alturas, con la del lector.

Escrito por Faulkneriano hace mas de un año, Su votacion: 9