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CUENTOS IMPRESCINDIBLES

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Portada de CUENTOS IMPRESCINDIBLES

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Autor: ANTÓN CHÉJOV
ISBN/ASIN: 9788497592864
Género: Literatura contemporánea
Editorial: DEBOLSILLO
Fecha de edición: 2003
Número de páginas: 464

Sinopsis:
La acertada selección de un especialista en la obra del maestro de la pincelada breve y sagaz, de conmovedora humanidad. Estampas de la vida rusa, desde la pequeña tragedia burguesa de La dama del perrito, a trazos de amargo humor como Enemigos. La oportunidad de abordar un clásico.

Etiquetas: Literatura Rusa, S XIX, Naturalismo, Cuentos

 
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LO COMPLEJO DE LA SENCILLEZ
5 con 11 votos

La sencillez, como el amor, no se puede fingir. Claro está que se intenta, a veces con una suerte brillante en los primeros envites, pero el revolcón en el fango y el castigo ejemplar a los que se condena al impostor casi de súbito hace renegar al más plantado de cualquier posible dicha anterior. En eso radica la mayor cruz y la mayor gloria de la sencillez, en su curiosa dificultad. Exagerarla es caer a plomo en la vulgaridad y en la simpleza, porque o se tiene o no se tiene. Como el amor, decíamos.

Chéjov es un virtuoso de la sencillez, un humilde servidor del amor común, de los sentimientos más humanos y anodinos... de esa mediocridad estúpida que a veces somos, pero que en su superación nos convierte en mejores y más diestros actores subidas a la escena de la vida. Por más que no nos demos ni cuenta, como bien nos hace ver el escritor y dramaturgo ruso negándose en sus relatos, casi radicalmente, a endosarnos un final cerrado, un digno epílogo de por ahí van los tiros. Nada de nada. Se podría incluso afirmar que el naturalismo puro de Chéjov es la contraparte perfecta al discurso moral de los autores rusos de su generación, como Dostoievski, y especialmente a las digresiones filosóficas y antropológicas de Tolstói. El conocido relato corto 'La dama del perrito' sin ir más lejos se nos presenta como un canto, triste y melancólico, al amor libre exento de convencionalismos sociales y a cuyos protagonistas, al igual que en el resto de su obra, no les reserva ningún tipo de juicio moral ni ético. Esta misma ausencia de moralismo y de prejuicios está presente en todos y cada uno de los cuentos que componen esta antología imprescindible: en las dos perspectivas, contrapuestas y condenadas a no entenderse, que surgen entre terratenientes y campesinos dentro del terrible cuento “En el campo”; en el estilo de vida y comportamiento de Orlov en el episodio “Relato de un desconocido” (el más largo y menos logrado como conjunto); en las relaciones quebradizas, fatuas o dependientes de “Una pequeñez”, “Enemigos”, “Dushechka”... incluso en la pobreza y la miseria descritas sin perder detalle en “Muzhiks” o la utilidad ridícula y desastrosa necesidad de un alterego cultural del doctor del excelente “Pabellón nº 6” se perciben de una manera muy distinta, muy despojada de artificios. Un polo opuesto al estilo abstracto y abstruso de Borges o Carpentier y una delicia de sencillez que sin embargo ni se acerca vagamente a la vacuidad, aunque pueda correrse el riesgo inverso de que, en su agilidad y despojo de lo superfluo, el bosque no deje ver los árboles.

Este estilo tan diestro de mostrar simplemente lo que es renunciando a juicios externos, y que tanto me recuerda a Virginia Woolf (ésta menos ágil de lectura, sin duda, mas no por ello peor) y de manera mucho más influyente a Anne Porter en su devanar los más nimios asuntos hasta convertirlos casi en milagros de la vida, encuentra su forma de expresión en el propio sentir y pensar de los personajes. Sin llegar al extremo remarcado por los que saben de esto que consideran a Chéjov el precursor del monólogo interior tan característico de Joyce o Faulkner -me parece algo excesivo, honestamente- no hay duda de que las historias narradas por el escritor ruso perderían parte de su explosividad, naturalidad y lirismo sin ese sentir y pensar interno. Ejemplo apabullante es “Kashtanka”, una historia curiosa y entrañable narrada desde la perspectiva de un perro.

No puedo obviar en este trasiego literario a Ibsen y Hauptmann, también contemporáneos de Chéjov y enmarcados en el movimiento naturalista a pesar de la especial simbiosis e influencia del primero en la evolución de los géneros en el teatro moderno. Aunque según mi humilde opinión ambos son mejores dramaturgos (iba a decir que poco he leído de Chéjov, pero habida cuenta de que cuatro son sus obras teatrales más conocidas ya tengo ventilado el 50% de su producción) tan sólo él puede arrogarse el nada humilde privilegio de que, gracias a su radical forma de describir a los personajes lejos de toda impostación, hubiera de concretarse una forma nueva de interpretar, dada a conocer magistralmente en pantalla grande por Marlon Brando en el profundo drama “Hombres”: nos referimos evidentemente al método Stanislavski, creado por este director de teatro ruso para poder plasmar en toda su amplitud el estilo despojado y sencillo tan característico de su coetáneo, del que representó en escena sus cuatro obras. Su influencia está fuera de toda duda a pesar del relativo éxito cosechado en vida.

El filósofo, teólogo y escritor español Raimon Panikkar publicó allá por los inicios de la década de los 90 un ensayo, profundo y lógico, bajo el título “Elogio de la sencillez” sobre los prodigios de tan noble virtud. Te elogio, Chéjov, cual monje de excelsa simplicidad. Amén.

Escrito por Poverello hace mas de un año, Su votacion: 9

LA LIBERTAD Y LA VIDA NO VIVIDA
5 con 3 votos

Me costó lanzarme a escribir sobre Chéjov. No por falta de ganas, pues sigue ocupando mi mente y paladar tras haber acabado la colección de cuentos de Alianza; sino por lo difícil de aferrar la magia de sus cuentos. Chéjov, como sus historias, no necesita explicaciones; como sus personajes, debe presentarse directamente. A Chéjov, como a sus cuentos, hay que vivirlo.

Sus cuentos son sencillísimos, sobre temas e historias aparentemente banales, pero dejan un poso insondable: un clima delicado y sombríamente reflexivo. Probablemente quien mejor definió esta evasiva sensación fue Gorki al afirmar que <<En presencia de Chéjov todos sentían un deseo inconsciente de ser más sencillos, más sinceros, más ellos mismos>>.

Coincido con Harold Bloom cuando llama a Chéjov el artista de la vida no vivida. La vida no vivida es una verdad que, en cierto momento, de forma sutil, como la influencia de la naturaleza en nuestro ánimo, impregnará tus huesos y te hará desesperar. Pero el genio lúgubre insiste: la vida es hermosa, y hemos de estar alegres, aun con esta dulce tristeza. Sé que es ingenuo y que Chéjov solo es un hombre más como nosotros, igual de perdido y desorientado, pero al leerlo tengo la sensación de que en sus cuentos está la respuesta y el consuelo a la indolente y banal infelicidad de la vida. Si este ingenuo engaño es posible es porque Chéjov ha logrado con su compleja sencillez lo que solo está reservado a los más grandes: crear seres humanos e historias que transciendan por completo a su creador. Al leer sus mejores cuentos no leemos a Chéjov, por eso es tan difícil explicarlo; al leerlos nos leemos a nosotros mismos, y estamos un poco más cerca de comprendernos. Leer a Chéjov nos reconcilia con la humanidad (siempre en minúscula) y con nosotros mismos.

Pero Chéjov también es el artista de la libertad. Solo que no entiende la libertad de forma grandilocuente, con mayúscula. La libertad de que habla Chéjov es una libertad personal, existencial: la autoría de la propia vida. Esta ansia crepuscular de libertad o el descubrimiento de que vivimos sin ella, que caímos en las trampas de la indolencia, es el gran leitmotiv de su literatura. Por eso no podemos separar la ética de la sencilla estética chejoviana, una hace a la otra. Solo que mi buen Antón es lo suficientemente sabio y humilde para negarse a dar lecciones y explicaciones por nosotros.
Tal vez sea esta ética, la más grande de los autores rusos, tan dados a los juicios y lecciones morales; la que le hace tomar partido siempre por personas despreciadas (o despreciables, como Olga) -a menudo por él-, y criticados desde un estereotipo. Chéjov no se mueve por el juicio, sino por la comprensión de los desgraciados.

El tierno dolor de esta libertad, de los precios a pagar por ella, por ser uno mismo al margen de convenciones y otras trampas de la vida no vivida, me atrevo a decir que es la causa de esa sombra crepuscular que impregna todos sus relatos. A la indolente infelicidad se suma indisociablemente la alegría trágica de la vida. Una hermosa alegría, pesada y serena, de existir, una alegría trágica de quien quiere estar en contacto con la vida misma.

No es de extrañar que con Chéjov los personajes dejen de ser caricaturescos y rechacen a toda explicación aceptando el lado misterioso de sus conductas. No son personajes, son seres humanos como nosotros, redondos, verosímiles, consistentes, el fruto de una cuidada poda de detalles. Lo importante en Chéjov es lo que calla; su fuerza es el silencio. El silencio de hermosos paisajes contrapuesto a la sufriente soledad e insatisfacción de los seres humanos. Al final uno sospecha que no es que Antón sea esquivo y nos oculte las respuestas que tanto ansiamos, sino que sus propios narradores están relatándonos la historia en un intento desesperado por darles un sentido que se les escapó cuando sucedió. Y al poner el último punto, esa hermosa carga de dar sentido al absurdo de lo humano, cae como un pesado manto en nuestros sufrientes hombros lectores.

Lo siento por mis lecturas cercanas, sobre todo por Tolstoi y el “realismo”, pero tras la humanidad y empatía de los personajes de Antón, todo psicologismo me sabe a pretenciosas cenizas.

Escrito por Tharl hace mas de un año, Su votacion: 10

¿QUÉ SIGNIFICA SER CHEJOVIANO?
5 con 4 votos

Difícil juzgar la obra de un autor que escribió más de 600 relatos en base a una veintena de ellos que son los que este volumen aglutina. Máxime cuando la selección, que pretende ser un compendio de todos ellos, le sirve a Richard Ford para sustentar la vacuidad del concepto chejoviano. Y en base a lo leído, no puedo estar más de acuerdo con Ford.

En lo que me resisto a coincidir con él es en la siguiente afirmación: "Los relatos de Chéjov -en especial los más destacados-, pese a su aparente sencillez, su engañosa accesibilidad y claridad, siguen pareciéndome relativamente impenetrables para los jóvenes corrientes".

Si Ford tiene razón, tendré que hacer frente al triste hecho de que en mí impera tanto la “corrientez” que incluso superada la juventud los cuentos de Chéjov me siguen siendo impenetrables. Y digo esto porque, aun gustándome más de lo que lo hicieron en una ya lejana primera lectura, seguramente habría disfrutado más de ellos si hubiera sabido traspasar su apariencia, pues la gran mayoría de los cuentos que aquí he leído me han parecido sencillos, accesibles y claros, que no es lo mismo que simples, insustanciales y obvios. Es más, tampoco prolifera mucho por aquí ese Chéjov imparcial, del que dicen que simplemente muestra los dilemas morales sin tomar partido. Mi impresión es que en la mayoría de los relatos su postura es más que manifiesta.

Por ejemplo, ahí tenemos las grotescas parodias de esos padres deseosos de “colocar” a su hija en “Fracaso” o del celoso amante de “Pequeñeces”. Es obvia su posición en contra de todo lo que significa Orlov en el “Relato de un desconocido” (y estoy de acuerdo con Poverello en que es un cuento mal rematado). Me parece innegable su ensalzamiento del amor romántico que está por encima de la felicidad o la desgracia, que es más importante que el pecado y la virtud y que es fuente ineludible de desdichas, ya sea por inalcanzable (“Del amor”) ya sea en el matrimonio (“Champagne. Relato de un granuja” o “Vecinos”) o, más aun, en el adulterio (“La cigarra”, “Relato de un desconocido” o “La dama del perrito”). También queda muy claro en varios de sus cuentos como, renegando de las clases altas (su corrupción y su nihilismo de cámara, muy bien representasdo en “El pabellón nº 6”, un relato filosófico y hasta con su puntito kafkiano), tampoco tiene en mucha estima a los campesinos rusos (“la alta sociedad y la baja son dignas la una de la otra. Las odio a las dos con el corazón y con el cerebro, pero mis gustos concuerdan con los de la primera”. Tomado de “Relato de un desconocido” y puesto en boca de Orlov, que me dio la impresión de ser su odiado Mr Hyde) como demuestra de forma simbólica en “Kashtanka” y explícitamente en “La nueva dacha” o “Muzhiks”, este último un cuento-retrato espléndido. Como cuentos-retrato son “Gente difícil” y “Champagne. Retrato de un granuja”. Y no faltan tampoco aquellos en los que prima el elemento dramático (“Enemigos”) ni una fábula protagonizada por esa vacía Ólenka de “Un ángel” necesitada de amar para rellenar su ser (por cierto, la frase final con la que Chéjov culmina este cuento, de curioso aire naíf, me pareció perfecta).

Por supuesto, también podemos encontrar relatos en los que se encuentran esos elementos que siempre parecen ser los más destacados a la hora de ensalzar la obra de Chéjov, como la sutileza, el amor por el detalle desapercibido, la reacción imprevista; aquellos en los que el final queda abierto, donde el autor busca la complicidad del lector para que complete el cuadro, para que cierre la historia, relatos en los que, como afirma Ford, “El deseo de Chéjov es complicar y poner en tela de juicio nuestra impresión sobre personajes que, erróneamente, uno se sentiría capaz de comprender a simple vista.” Ese espacio, mucho más de mi agrado, en el que sitúo a su fantástico “La desgracia” o a su maravilloso “El beso” o su famosísimo “La dama del perrito”.

Como conclusión, es tal la variedad que se puede encontrar en los cuentos de Chéjov que casi cualquier buen escritor de cuentos posterior a él podría ser calificado de chejoviano sin que ello signifique gran cosa.

Escrito por Guille hace mas de un año, Su votacion: 8