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LAS AVENTURAS DE TOM SAWYER

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Portada de LAS AVENTURAS DE TOM SAWYER

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Autor: MARK TWAIN
ISBN/ASIN: 9788466745284
Género: Aventuras
Editorial: ANAYA
Fecha de publicación: 1876
Fecha de edición: 2005
Número de páginas: 304

Sinopsis:
Alguien ha dicho que Las aventuras de Tom Sawyer es, ante todo, un libro de memorias. Y, en efecto, el relato de las cosas que le suceden a Tom Sawyer en esa pequeña ciudad a orillas del Mississippi bien puede ser una rememoración de la niñez de Mark Twain. A través de los ojos de sus personajes, el autor nos ofrece la visión de una doble realidad: la del mundo infantil, primitivo, que el lector adulto ya ha perdido, y la del mundo adulto, confuso e ilógico, asentado en unas convenciones que no resultan ser preferibles en ningún aspecto a los códigos de valor de un niño. Es esta una novela que no olvidará ningún lector joven y que acaso hará recordar y sonreír al adulto.

Etiquetas: Adaptación al cine, Juvenil

 
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LA INFANCIA NORTEAMERICANA
5 con 6 votos

Ha pasado año y medio desde que Mark Twain y yo nos rencontramos por primera vez gracias al príncipe Eduardo. Nos habíamos conocido ya en mi infancia, pero fue hace mucho tiempo y no me acordaría de no ser a un importante eclipse en Camelot. Ahora, hemos tenido un nuevo encuentro, esta vez con su novela más archiconocida (que no de mayor prestigio). Muchos de los juicios que hice entonces, se me han confirmado: si en algo son buenos los americanos es en contar historias, y Mark Twain es de los mejores en ello. Es un espléndido narrador que relata con revolucionaria sencillez formal historias capaces de hablar por sí mismas. Unas veces más que otras.
Samuel Langhorne Clemens fue ante todo un self-made men, es decir, un autodidacta, un hombre hecho a sí mismo. Huérfano a los doce años, tuvo de abandonar sus estudios para trabajar en el periódico. Su escritura no estuvo por tanto determinada por la elaborada, antigua, compleja y rica cultura europea adquirida en las academias, sino por una escritura más utilitaria -donde el contenido, la “historia”, prima sobre la forma- y sobretodo por su vida y su tierra.
Samuel nació en 1835, en tierras regadas por el Mississippi. En un tiempo y un lugar en el que la joven América estaba dando con optimismo sus primeros pasos, con todo un futuro por delante, respirando el aire de la libertad y la juventud, como el joven Tom Sawyer. América ya era grande y diversa, pero Samuel creció en lo más profundo de ella, en el Medio Oeste, al borde de la frontera. Una frontera que no era límite sino horizonte insondable, inabarcable, que nadie sabía aún a qué destino podía llegar. Samuel Langhorne Clemens fue, además de escritor, redactor, piloto de barcos, soldado (confederado), viajero y buscador de oro; pero, ante todo, fue americano. No había nadie más adecuado que él para ser el padre de su literatura.
Mientras que la prepotente Europa se recreaba en la forma y en densas obras maestras; Twain, optó por la naturalidad expresiva, por la sencillez, y fue, sin quererlo, un revolucionario. Su escritura del “color local” patente en este libro, es deudora de la sociedad de su tiempo, una sociedad que progresa a pasos agigantados tras una guerra civil. Con un imaginario propio donde surge la nostalgia por una Edad de Oro perdida en la que el hombre era libre y salvaje como un niño; infancia a la que Twain quiere devolver a sus lectores. En él la realidad y la magia se entremezclan bajo el sol del verano con la inocencia.

En Las Aventuras de Tom Sawyer dudo que lo que importe sean, o al menos no será lo que yo recuerde, tanto las aventuras como el espíritu y clima que hay detrás de ellas. No importa la astucia de Tom para pintar una vaya, ni su amorío con Becky, su intento de ser pirata, o su búsqueda del tesoro o encuentros con Joe el indio, lo que importa es su personalidad y la de su amigo Huck, la imaginación de ambos, la mezcla de juego y realidad, y sobre todo, la atmosfera tan propiamente americana.
Tom y Huck se inspiran en la niñez del autor. Como dice en el prefacio, los personajes son reales, ambos son un collage de niños que conoció en su niñez -incluido él mismo- y de sus aventuras. Tom es un prototipo del americano ideal: aventurero, soñador, sencillo y astuto; ama la libertad de nadar cuando quiere, hacer trastadas en clase y en la Iglesia y dejarse llevar tan solo por su voluntad, pero siempre, dentro de las instituciones establecidas, negociando con los adultos, soñando alrededor de su mundo pero sin alejarse realmente de él; sueña con ser ladrón y pirata honrado, pero los domingos siempre se pondrá el mismo traje elegante e irá a la escuela, y con su alegría ganará la disculpa de tía Polly. Huck es un personaje mucho más interesante, en cierto modo dramático, pero sin que de jamás esa sensación a pesar de datos soltados con cuentagotas -duerme en un barril, su padre es un borracho que lo maltrata, no sabe leer ni escribir ni tiene la más mínima educación, si se muere nadie lo lamentaría y si reviviera nadie se alegraría por él, etc.- o frases como “a Tom no le interesaba que le vieran en público con él”, “-Jo, no es justo que nadie se alegre por Huck”. Huckleberry Finn Es un marginado de pocos años de edad, pero esto no da pie al melodrama, sino a la alegría de la libertad. Huck es el niño de la Edad de Oro perdida, y cuando quieran domesticarle por tener dinero, se sentirá fuera de lugar, encorsetado, aprisionado, y querrá escapar, volver con sus harapos a su barril.
Las aventuras de ambos se encuentran entre el juego y la realidad, pues como niños que son no hay diferencia. Así, jugar a buscadores de tesoros puede dar lugar al encuentro con temibles asesinos, y el botín hacerse real más allá de la fantasía. A ratos no sabía si estaba ante jóvenes adultos o adultos niños, hasta quedarme con la impresión de que no son, ni más ni menos, que niños que imitan lo que su mirada inocente concibe como ser adulto. Algo que permite al Twain más mordaz lanzar hirientes ironías sobre las fanfarronerías de los adultos, la avaricia, o las relaciones de pareja. Pero hay una gran diferencia entre la infancia y la madurez: la inocencia de los niños, y su ánimo inagotable.
Así es como Tom saborea su primera relación amorosa y juega, pero nunca serán simples juegos; son algo muy serio y hay que tomárselos, y los siente, como tal. Es esclarecedor acompañar a Tom cuando antes de volver al siguiente juego “Permaneció sentado largo rato meditando, con los codos en las rodillas y la barbilla en las manos. Le parecía que la vida era no más que una carga, y casi envidiaba a Jimmy Hodges, que hacía poco se había librado de ella. Qué apacible debía de ser, pensó, yacer y dormir y soñar por siempre jamás, con el viento murmurando por entre los árboles y meciendo las flores y las hierbas de la tumba, y no tener ya nunca molestias ni dolores que sufrir. Si al menos tuviera una historia limpia, hubiera podido desear que llegase el fin y acabar con todo de una vez“. No importa lo rápido que se disipen tales sentimientos ni la nimiedad que los motivara, siguen siendo reales.
Y es durante el juego que el niño se socializa, asimila las normas, los roles y aprende lo que es ser adulto. Pero “Las aventuras de…” no son una bildungsroman (novela de crecimiento) al uso, así como tampoco es una novela picaresca a pesar de compartir atributos. Tom y Huck comienzan y acaban sus aventuras como niños. Pero algo ha cambiado. La primera vez que Tom desaparece es por huir de sus problemas y dar rienda suelta a su imaginación en un acto irresponsable y hasta cruel -fingir su propia muerte para sorprender en el funeral-; la segunda, es por accidente, y temporalmente debe alcanzar una gran madurez para salir del aprieto y salvar a su novia, debe enfrentarse a sus miedos y valerse por sí mismo, será entonces cuando encuentre el ansiado tesoro. ¿Qué ha pasado de una desaparición a otra? Tom empieza siendo un niño encantador pero trasto, en un momento donde la inocencia hace de su moral un folio en blanco. Puede caer del lado de lo canalla, y su irreverencia, inconsciencia e irresponsabilidad parecen empujar hacia él; o del de la virtud, para lo que cuenta con su naturaleza y la estima hacia Tía Polly -su “madre”, víctima y verdugo, si es que tiene sentido separarlo-. ¿Qué ocurre para que Tom se incline a mediados del libro hacia lo segundo? Tras la inconsciente crueldad de su fingida muerte descubre los hirientes remordimientos de dañar a quien quiere y el valor del perdón; y con Becky descubre la satisfacción de portarse honorablemente. El conflicto está decidido, no puede soportar ser responsable de la muerte de un inocente y arriesga su vida y un infantil pacto sagrado de amistad para hacer lo correcto. La conversión es irrevocable. Huck es otro cantar, no tiene madre, la sociedad le margina, y su entorno no es mucho mejor; solo cuenta con su naturaleza y el modelo de Tom, suficiente para convertirse en un héroe anónimo sin ansias de gloria.
Por otro lado, esta infancia de juego e imaginación permite al autor reflejar la atmósfera de Missouri, donde conviven el puritanismo y progreso del hombre blanco con la “superstición” y folclore del negro en tierras arrebatadas a los indios, dando lugar con un aura nostálgica, a un mundo en el que -como en la infancia- el estío parece la única estación natural. Un mundo de infinitas posibilidades e irrealidad asentado sobre el más puro y sencillo realismo. Un mundo propiamente americano. Yo estuve todo el libro esperando una tarta de manzana. Fue una dura decepción.

Antes de Tom Sawyer ya había detectado la maestría narrativa de Twain y su depurada sencillez carente de gran ambición o pretensiónes. Mi juicio se mantiene, pero no fui consciente de la importancia que esto pudo tener. Aprovecho nuestro rencuentro para agradecérselo y pedirle disculpas. Ahora, volveré a la vieja Europa.

Escrito por Tharl hace mas de un año, Su votacion: 7

EL MUNDO PERDIDO
4.8 con 10 votos

Cuando pienso en una palabra para definir LAS AVENTURAS DE TOM SAWYER la primera que acude a mí cabeza, rauda y certera como una flecha disparada por un guerrero sioux o por un arquero de Sherwood, es deliciosa. Sí, deliciosa, porque es un placer para los sentidos dejarse transportar por una novela, que aunque perteneciente a un género tan denostado por algunos como lo es la literatura juvenil y de aventuras, está tan bien narrada. Twain, lúcido conocedor de los hombres, ya avisa en el prefacio de sus intenciones. Textualmente dice: “Si bien mi libro va dirigido a los niños y las niñas, confío en que no por ello deje de interesar a los hombres y las mujeres, pues mi intención es en parte el recordarles a los adultos lo que fueron una vez, y cómo se sentían, pensaban y hablaban, así como las extrañas empresas en que a veces se embarcaban”.
Atendiendo a lo dicho por Twain no puedo más que decir que al menos en mí caso ha logrado su objetivo, y de manera doble. Doble porque cuando era niño me maravilló, como si de un prestidigitador de las letras se tratara, con las absorbentes aventuras de Tom y Huck a orillas del legendario río Mississippi, y de adulto lo ha vuelto a hacer aunque de forma distinta, como corresponde a mi edad. En esta relectura más madura del clásico, he podido comprobar que Twain cumple con su intención de recordar a los adultos lo que fueron una vez, con ayuda de ese característico toque mágico que le permite, por unos instantes, los que dura la lectura, trasladarnos a ese mundo perdido de nuestra infancia donde todo tenía un regusto a novedad, a frescura, e inocencia, y donde el más pequeño de los sucesos venía revestido con un halo de relevancia omnipresente. Cierto es que incluso para un mago de su talla es imposible reproducir al cien por cien el entusiasmo vivencial de aquellos años pero sus logros son destacables. Con su personaje Tom Sawyer podemos saborear de nuevo algo del primer amor, de las primeras e incondicionales amistades, de las primeras empresas y proyectos que ocuparon nuestro tiempo, de los primeros castigos y, en definitiva, de las primeras vivencias más o menos conscientes. No obstante, al tiempo que lo leía un nefasto pensamiento acudía a mi mente y se convertía por momentos en una realidad. El pensamiento de que la infancia, tal y como la recuerda y revive Twain, se está alejando a pasos tan enormes que es probable que para un niño venidero está narración este más cercana a la ciencia ficción que a otra cosa. Y eso suponiendo que pueda llegar a interesarle leer un libro como éste o leer simplemente. Es un hecho que mientras que los niños de antes podían encontrar similitudes entre los hechos narrados por Twain y sus vivencias personales en algunos pueblos de España, por ejemplo durante los periodos vacacionales, cada vez eso resulta más difícil. Entre otras cosas porque los juegos tradicionales que requerían como ingrediente indispensable un buen grupo de niños, imaginación, y poca cosa más, se están perdiendo. Hoy día es difícil imaginar niños jugando como Tom Sawyer y sus amigos a Robin Hood, a los piratas, al burro, etc. Más aún lo es imaginarlos jugando a algo con más entusiasmo que a un videojuego. Pero bueno esto es otra historia y poco tiene que ver propiamente con el libro de Twain, aunque creo que muchos experimentaran como yo, si lo releen, ese regusto agrio a infancia perdida, a mundo perdido, a perdida no privada (porque ya no somos niños) sino pública (porque los niños ya no viven nada parecido), que conlleva en su seno un destacable cambio de valores, ya que no hay que olvidar que la fase de socialización más importante, o de las más importantes, se dan en la infancia.
Volviendo a la novela, Twain ofrece en ella al lector un detallado y fascinante microcosmos repleto de variopintos lugares (bosques, pantanos, grutas, islotes, cementerios…) y de los más surtidos de personajes, que van desde los pacíficos y corrientes habitantes del pueblo hasta malhechores y vagabundos de la entidad de Joe el Indio. Y todo ello situado en el majestuoso y cosmopolita marco americano del río Mississippi, que no sólo es terreno abonado para las aventuras más insospechadas si no que mezcla de forma verosímil mentalidades y tipos humanos tan dispares como los que representan la puritana tía Polly o el ocioso Huck. Un marco idóneo que permite que junto con las más piadosas costumbres convivan las más extrañas supersticiones y ritos, que en definitiva provienen de dos mundos por entonces claramente separados como lo eran el del hombre blanco y el hombre negro, e incluso el indio. Es esta otra de las riquezas de la novela, su incuestionable retrato de costumbres; de un mundo que Twain conocía muy bien porque era el suyo.
Por si fuera poco, a la emoción, la aventura y al fidedigno retrato de un lugar y una época, hay que añadirle el fino y agudo sentido del humor que sazona toda la obra, y que es genuinamente representativo de Twain.
Como cierre para mi reseña, que será el que la dote de valor, citaré unas palabras acerca de Mark Twain del prestigioso profesor de filosofía, poeta, traductor, ensayista, crítico literario y, en definitiva, gran humanista que fue José María Valverde.
“Mark Twain queda como símbolo de un momento en que, a la vez que se vivía la aventura de las tierras abiertas, se hacía sobre ello literatura y humor sofisticado, por lo mismo que los hombres pasaban por todos los oficios, y hacían alternativamente de pioneros y periodistas: Buffalo Bill escribía novelas en que hinchaba sus propias peripecias; David Crockett fue, al principio, algo de una escalada literaria, que por suerte se legitimó muriendo heroicamente; Kit Carson encontraba ejemplares de falsas aventuras suyas al realizar las verdaderas. Pero lo que más importa es que Mark Twain es el primer norteamericano que escribe una prosa de valor absoluto.”

Escrito por Hamlet hace mas de un año, Su votacion: 7

PARA TODOS LOS PÚBLICOS
3.5 con 4 votos

Y con ello no me refiero a que sea un libro infantil que no contenga frases malsonantes ni violencia, sino que se trata de un libro que agrada a grandes y pequeños por igual. Por un lado, se puede leer desde la óptica infantil, como un libro de aventuras muy entretenido Por otro, desde un punto de vista más adulto, el lector se sonríe con el sentido del humor entrelíneas de Twain. Además, refleja la discriminación racial existente en a lo largo del Mississipi a mediados del siglo XIX. Pero el bueno de Marc empatiza sutilmente -quién sabe si por temor a enemistarse con su comunidad- con aquellos más desfavorecidos, caracterizándolos como personajes con buen corazón y simpatía.

Escrito por Aliomo hace mas de un año, Su votacion: 8

NO TAN INFANTIL
2.67 con 3 votos

Uno de los relatos de aventuras juveniles por excelencia. El Mississipi observa impertérrito las peripecias de un chico algo rebelde, pero de buen corazón. No diría tanto como el comentario de arriba, que es inolvidable o tiernamente evocadora, sino que es un entretenimiento ligero y sin pretensiones. (Será que no soy ni joven ni adulto). Algunas de las anécdotas ya forman parte de la sabiduría popular y el joven Sawyer no es santo de mi devoción: no deja de ser un aspirante a macarrilla; un Will Hunting o un Tony Manero en ciernes.

Escrito por Minaith hace mas de un año, Su votacion: 6