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AGAMENÓN

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Portada de AGAMENÓN (ORESTEA #1)

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Autor: ESQUILO
ISBN/ASIN: 9788424917340
Género: Clásicos de la literatura
Editorial: GREDOS
Fecha de publicación: 458
Fecha de edición: 2010
Saga: ORESTEA (1)

Sinopsis:
Esquilo es el primero y más antiguo de los tres grandes trágicos griegos cuyos nombres son bien conocidos: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Esquilo nació cerca de Atenas hacia el año 526 a. C. y murió en el 456 a. C. Escribió y puso en escena unas ochenta tragedias, de las cuales se nos han conservado siete.

Aunque se puede leer de forma independiente, "Agamenón" es la primera obra de la "Orestea", la única trilogía de Esquilo que conocemos en su totalidad y que se completa con "Las coéforas" y "Las euménides". El dramaturgo heleno nos demuestra en "Agamenón" lo complejo que es juzgar a una persona por sus hechos. El rey argólida que da nombre a la tragedia es considerado un héroe tras su regreso victorioso de Troya, pero también es un hombre adúltero y capaz de ofrecer en sacrificio a su hija Ifigenia como medio para obtener la gloria militar. Clitemnestra, esposa de Agamenón, planea vengar el acto impío que cometió su marido al no dudar en derramar la sangre de su hija. Sin embargo, Clitemnestra tampoco está libre de culpa, ya que tiene como amante a Egisto, un familiar de su marido, y el derramamiento de sangre por su propia mano deberá ser castigado en su justa medida.

Esquilo analiza en "Agamenón" la idea de justicia y nos de muestra con maestría el sufrimiento que acarrea a los hombres acatar los inevitables designios divinos.

«La tragedia de Esquilo es un gran espectáculo musical y poético, heredero de la antigua majestad de la épica y de la lírica coral, con tonos arcaicos y religiosos. Esquilo buscaba deslumbrar, seducir a su público con la combinación de un pensamiento profundo sublime, y de una forma en consonancia, que arrancara al espectador de la cotidianidad».

Ficha creada por Minaith

 
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LOS ESTRAGOS DE LA GUERRA
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Imagínense un tiempo sin apenas mediaciones: sin publicidad, sin televisión, radio ni imprenta; sin apenas conocimiento de la escritura. Imaginen lo que entonces debía ser la representación teatral. Unas pocas veces al año, en celebración de fiestas y rituales, los ciudadanos atenienses y extranjeros tenían ocasión de ir al mayor espectáculo de Grecia: el teatro. Ahí podían ver cobrar vida a los héroes e historias que tantas veces les fueron contadas por la tradición oral. El drama tenía tintes de realidad, probablemente no estuviera del todo clara la conciencia de la representación y por unas horas, para el espectador, el actor se transmutaba realmente en personajes “reales” perdiendo su cualidad humana tras ponerse la máscara. Había bailes, música y la cadencia de la lengua griega. El espectáculo al que esto daba lugar no nos lo podemos ni imaginar.
Por más que leamos LA RETÓRICA de Aristóteles jamás podremos imaginar cómo debía de ser asistir al teatro para un ateniense que había sobrevivido las Guerras Médicas; igual que Averroes nunca podía tener éxito en su borgeana búsqueda del concepto de comedia y tragedia. Nunca podremos hacer una lectura como la que entonces se hacía, pues para empezar estas obras no eran hechas para ser leídas y el texto no es más que una parte de ellas (falta la danza, la potencia del canto coral, y toda la poesía de la representación). Y aun así las seguimos leyendo. Y siguen causando impresión, siguen resultando hermosas y pudiendo emocionarnos. Empatizamos con los conflictos morales que Esquilo nos plantea, simpatizamos con unos u otros personajes y disfrutamos de este teatro que da sus primeros pasos. Nuestra lectura no será igual que en esos tiempos helenos y jamás conectaremos del todo con el sentido y el significado que pretendía transmitir Esquilo; tampoco leeremos la obra como en el medievo, cuando los clásicos se copiaban y leían como ecos y conocimientos de otro tiempo hasta el punto de idealizar a Virgilio en una especie de sabio-profeta; ni como humanistas del Renacimiento en busca de Belleza; y sin embargo, nuestra lectura, aunque distinta, será enriquecedora y placentera. No porque Esquilo llegara en sus obras a indagar sobre una inexistente alma y naturaleza humana, sino porque, como tantos otros genios, sus obras han dejado tal impronta en nosotros que leerle es reconciliarnos con una parte de nosotros mismos.

Así, a XXV siglos de distancia, AGAMENON puede parecernos una obra atemporal, de enorme vigencia y aun contemporánea en su temas. Aunque ignoremos la oposición de Esquilo al expansionismo de Atenas en tiempos de la Liga Ateniense, aunque no conozcamos su apoyo incondicional a la democracia y su rechazo a la guerra, vemos en el AGAMENON una potente obra antibélica sobre los estragos de la guerra.
A pesar de los vestigios de épica que hay en el drama esquiliano, donde los personajes y el coro hablan con palabras elevadas y grandilocuentes, tan enaltecidas como sus sufrimientos y pasiones -pues aun con todo, seguimos estando ante héroes y criaturas sobrehumanas que veneran y se relacionan con los dioses-; a pesar de ello, la primera parte de la ORESTEA es una obra “antihomérica”. Donde a la gloria y al botín de la guerra la acompaña la acompaña el exceso de orgullo (hybris) -materializado en el momento en que Agamenón pisa la alfombra tentado por su traicionera esposa-, la muerte de los hombres convertidos en cenizas, el sufrimiento de sus familias y la destrucción de vencedores y vencidos. Como dice Esquilo por boca del coro al principio de un hermoso, acertado y conciso párrafo: es “Ares, el dios que cambia por oro cadáveres”.
La guerra de Troya es una sombra omnipresente en la obra. Paris violó las leyes de la hospitalidad, luego la guerra fue justa y la destrucción de la ciudad justificada. Por eso Zeus hizo ganar al ejército heleno, no tanto por su mayor valía y coraje, sino por la justicia de su causa, como si de un justa medieval se tratara; pero, como toda guerra, también fue un atentado a la vida (esa visión de dos águilas devorando una liebre preñada), y sin sentimientos de piedad que suavizaran la crudeza de la venganza por parte del ejército comandado por Agamenón, la victoria se tornó en nuevas injusticias que deben ser castigadas. Algo malo ocurrió en esa guerra, en esa pérdida estéril de vidas, para que al regreso Menelao fuera muerto con su gente a manos de una tormenta. Desde el mismo comienzo de la expedición, cuando Agamenón hubo de sacrificar a su hija para poder lanzarse a la batalla, quedó claro que la guerra solo traería desgracias.
El comandante hubo de elegir entre la guerra, sus aliados y su honor, o la vida de su hija. Decisión más gris y funesta que la épica elección de Aquiles: Agamenón escogió la guerra, tras un leve quejido sacrificó a su hija sin piedad y deberá asumir su destino, mucho menos heroico que el del otro héroe. El sacrificio de Ifigenia es un crimen contra la tradición al que se sumará otro, el adulterio con Casandra, que atenta de nuevo contra la familia, y el héroe no tan heroico ha de pagar por ello iniciando (o perpetuando) una oleada de crímenes y venganzas. Este (re)inicio de los crímenes atridas es una mácula presente desde los primeros cantos de alegría por la victoria en Ilio que se va extendiendo hasta mancharlo todo en un magnífico clímax: la profecía de Casandra. Todo comienza con una sospecha a callar como si “un gran buey pisara nuestra lengua”. Sospecha sobre la que todos sabemos, salvo Agamenón, ignorante de su destino.
El único modo que tiene el hombre de aprender es por el sufrimiento, doloroso método inculcado por Zeus. Todo crimen llama a la justicia y la venganza y suele provocar nuevos crímenes en una escalada sin fin. Los crímenes de las cámaras manchadas de sangre de Clitemnestra se remontan a una generación atrás. Tiestes violó las leyes de la familia y cometió adulterio con la esposa de Atreo, padre de Agamenón y por ello fue vengado y ajusticiado por su hermano, quien le hizo devorar sus propios hijos violando así las leyes de la hospitalidad. Paris también violó dichas y tradicionales leyes y por ello fue arrasada Troya, que le prestó refugio y apoyo. Pero Agamenón fue orgulloso, se excedió en su venganza, sacrificó a su hija y cometió adulterio: será castigado, le asesinará su propia esposa en la bañera Clitemnestra, mediante engaños. Muerte irónica y poco heroica para quien quemó Troya. Clitemnestra en su venganza no sólo ha traicionado la confianza de su esposo y atentado contra la familia, sino que ha sido adultera con Egisto, y ambos deberán ser castigados. Así lo vaticina Casandra, la profetisa sin el don de persuasión.
Esta profecía realizada por la heroína troyana supone el momento más intenso de la tragedia. Casandra, en tierras extranjeras, ante un coro de ancianos sorprendidos, recupera el pasado, describe el asesinato presente y los futuros, y, aceptado su destino, entra a morir a palacio. Son las mejores páginas de la obra, sólo por ellas merecería leerse.
Los crímenes parecen imparables, al menos por la venganza. Tal vez si se atemperara con sentimientos de piedad y se delegara la justicia en las leyes humanas… o eso parece sugerir la obra y, sobretodo, mi introducción a ella.

Es sorprendente cómo Esquilo logra un magnífico ritmo con sus recursos y una obra amena a pesar de su forma grandilocuente. No molesta en absoluto el protagonismo del coro, ni la única presencia de dos personajes (el tercero lo incluiría Sófocles, justo antes de que Platón escribiera sus diálogos, forma natural de pensamiento). Los recursos limitados de su tiempo obligan a Esquilo a no mostrar la acción, sino describirla y relatarla en boca de sus personajes, mediante soberbios monólogos y grandilocuentes diálogos, haciendo mención al pasado, al presente y al futuro, pero sin restar ni un ápice de fuerza a lo que sucede. Impresionante.

Escrito por Tharl hace mas de un año, Su votacion: 7

POCO MÁS QUE AÑADIR
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Poco más que añadir a la reseña anterior. Simplemente decir que me encantó.

Escrito por Pedro_Antonio hace 28 días, Su votacion: 9